domingo, 26 de mayo de 2013

Manazas



Dejó 
el agua caer sobre el cuerpo sin vida de su esposa. Le pareció, que aún no se 

había frito lo suficiente...

Estaba tan cansado de escuchar los reproches de su mujer, que decidió  iniciarse en el arte del bricolaje. Adquirió nociones de fontanería, electricidad, albañilería y pintura. Estudió el funcionamiento del taladro y la sierra de calar, y se familiarizó con el manejo de todas las herramientas necesarias, para realizar las habituales chapuzas del hogar. Para un profesor de filosofía, acostumbrado al estudio de las obras de Sócrates, Platón, San Agustín, Marcuse o Sartre, no resultó complicado aprender la teoría, incluso podría recitar de memoria, los componentes, los materiales y los principios de funcionamiento, de una lámpara, un enchufe, o una válvula de paso. Pero el día que tuvo que sustituir, por uno nuevo, el interruptor que se había estropeado, se dio cuenta de que sus manos carecían de la destreza suficiente para hacerlo. Se rindió y resignado, hubo de aguantar los insultos de su mujer. 
El carácter autoritario, vengativo y agrio de su esposa, había conseguido anular por completo su personalidad y convertirlo en un auténtico pelele, una marioneta al servicio de la tirana. El odio hacia aquella que manejaba sus hilos, arraigó de tal modo en él, que se obsesionó con la idea de matarla. Era sábado. Su mujer se levantaría a las nueve, tomaría café y se daría una ducha. Él, haría lo posible porque fuera la última.


A la siete se levantó. Ayudado de una linterna, un atornillador y unos alicates, desmontó el enchufe dónde se conectaba el termo, y desconectó el cable verde y amarillo, después volvió a montar el enchufe. Desatornilló la tapa del calentador que protegía las conexiones de las resistencias, y esperó. Creyó apropiado amenizar la espera con la lectura de uno de sus libros preferidos: “Sobre el asesinato como una de las bellas artes”, del gran Thomas De Quincey.

A las nueve se levantó su esposa, le dirigió un frío saludo y se tomó un café. Pasó al cuarto de baño. Oyó cómo dejaba correr el agua de la ducha. Desconectó el terminal del cable negro de una resistencia. Esperó. Su mujer se metió en la ducha. Acercó el terminal a la chapa del termo.
El sonido del cuerpo al caer se confundió con el grito de socorro de su mujer. Sujetó el cable a la chapa con  cinta aislante y abrió la puerta del aseo. El agua seguía cayendo sobre el cuerpo desnudo de su esposa.  Se sintió libre, nunca volverían a llamarle manazas. La tirana estaba vencida, humillada y muerta. Se regocijó con la estampa, hasta que el olor a carne quemada comenzó a hacerse insoportable. La luz se apagó. Salió del cuarto de baño.

Tranquilo, rememoró el siguiente paso de su elaborado plan. Ayudado de la linterna, para simular un accidente soltó unos hilos del terminal de la resistencia y los aproximó a la carcasa del termo. Dejó conectado el terminal. En el enchufe colocó el cable verde y amarillo y apretó el tornillo hasta que notó que el cable se tensaba, Después aflojó el tornillo, dejando una conexión defectuosa. Montó el enchufe. Por primera vez consiguió dejarlo nivelado. Restableció la luz, subiendo la palanca del magnetotérmico. Guardó las herramientas. No dejó nada al azar.

La policía concluiría, que la muerte de su esposa fue debida a un desafortunado accidente, provocado por el mal estado de la instalación eléctrica. Descolgó el teléfono, marcó el 112 y fingió desesperación en la llamada de socorro. Después esperó. No tardarían en llamar a la puerta. Era difícil mantenerse sereno. El reloj corría y el timbre seguía sin sonar. Miró sus manos. La manipulación de los cables había ennegrecido las yemas de sus dedos. Debía limpiarlas, era un rastro que tenía que eliminar. Frotó la suciedad con un pañuelo. El timbre sonó: “DING, DONG”.  El color negro permaneció en sus dedos. Nervioso, se dirigió al aseo. Abrió el grifo del agua fría, enjabonó sus manos y restregó con fuerza una contra otra. “DING, DONG”. No conseguía blanquear sus yemas. “DING, DONG”. Maldita sea, tal vez 
con agua caliente. “DING, DONG”.  Abrió el grifo, metió las manos. Sintió un latigazo que le atravesó el corazón. Notó que la vida se le escapaba. Intentó mantenerse en pie. Sus rodillas se doblaron y murió. Quedó frente al cadáver de su esposa, arrodillado, con la cabeza agachada y los ojos casi cerrados.

Parecía implorar perdón. El timbre dejó de sonar. El vendedor volvería en otro momento. 





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