viernes, 23 de abril de 2021

La Duquesa de Plasencia, historia de un gran amor por Carlo E. Ruspoli, su marido


Estoy escribiendo el libro más importante de mi vida. A veces no sabemos, no comprendemos, no tenemos palabras. Y el silencio tampoco parece ayudar. A veces lo inesperado irrumpe con estruendo, con imparable exigencia, dándole la vuelta a certidumbres sólidamente asentadas. A veces las preguntas aturden. Y nos llevan al límite en el que no podemos más que aventurar respuestas. Entonces podemos enloquecer, perder pie y hundirnos en un mar bravío. La gran tentación en ese momento es convertirnos en el centro del mundo. Pero el mundo es el mismo que era antes. Con sus dosis de alegría y tragedia. Con sus retos. Con sus carencias y oportunidades. Entonces hay que darse permiso para llorar, para aceptar que uno tiene derecho a romperse un poco, para pedir un abrazo que sea refugio, o envolverse en una distancia necesaria, porque cada uno somos diferentes en nuestra forma de bailar con la tormenta. Pero también, con honestidad desnuda, hay que aceptar que la incertidumbre estaba ahí antes. Que el mundo ya era extraño. Que cada día importa. Que el amor baila, disfruta, y se acostumbra, pero también pierde, añora y tiene que dejar marchar. Y que Dios no nos ha engañado, pues siempre supimos que la vida era este misterio.


Carlo Emanuele Ruspoli


lunes, 1 de marzo de 2021

Mi dulce mujer María



La conocí al poco tiempo de llegar a España. En una comida en un jardín de Puerta de Hierro habían convidado a dos jóvenes solteras muy guapas. Quedé prendado de una de ellas cuyo encanto era único. Guapa, divertida, inteligente y muy joven de 17 años, pero ya madura. Comprendí enseguida que solo había dos momentos en que quería estar con ella, desde entonces y para siempre. 
Me casé con María de Gracia de Solís-Beaumont y Téllez-Girón el 11 de octubre de 1975 y desde entonces alcancé la felicidad que había sido esquiva hasta ese momento en mi vida. El amor llena los momentos y los momentos comienzan la eternidad. Mi mente desde entonces se pasó los días, meses y años hablándome de ella. Marìa me ha regalado 45 años de felicidad y siempre estará en mi corazón porque tuve la suerte de encontrar mi alma gemela. Tuvimos una hija preciosa que se llama como su madre y dos nietas encantadoras que han alegrado la vida de los últimos años de Marìa.
Cuando le diagnosticaron su enfermedad, ella no quiso cambiar su vida ni angustiar a sus seres queridos y siguió adelante con una fuerza y un coraje dignos de una admiración incomparable. Mucho antes de eso y durante los trece años de tratamientos e intervenciones quirúrgicas, María siguió con su entrega y altruismo. Fue Dama Enfermera Voluntaria de la Cruz Roja y hasta aprendió y se convirtió en maestra de Reiki, una terapia que tiene un origen espiritual. Es la transmisión de energía vital a través de las manos para utilizarla como una técnica más de relajación y meditación que puede curar enfermedades. Doy fe que muchas personas se han beneficiado de esa terapia que Marìa dominaba, hasta yo mismo.  Incontables obras benéficas, de tipo material, espiritual o psicológico, han permitido a muchas personas recuperarse de sus enfermedades, angustias o problemas económicos. Marìa fue un ángel para quien quiso o tuvo la suerte de conocerla. Nunca olvidaré su primera obra benéfica, tras casarse conmigo, fue para una mujer pobre muy mayor que iba a ser desahuciada de su apartamento de renta antigua en el barrio de Tetuán de Madrid. La había conocido trabajando como enfermera en la Cruz Roja. Marìa, en una época que contábamos con recursos muy limitados, le compró el apartamento y se lo donó. Devolvió la felicidad a esa persona. Podría seguir relatando muchos más ejemplos de su generosidad pero Marìa era muy discreta y quiero respetar su voluntad.
Fue para mi un orgullo y un honor inconmensurable haber compartido tantos años con María, mi tesoro preciosa, y solo espero al momento en que pueda volver a estar con ella para la eternidad, tras intentar ayudar a mi hija y a mis nietas.


La carta que escribió San Agustín a su madre me ofrece un poco de consuelo. 


No llores si me amas…
¡Si conocieras el don de Dios y lo que es el Cielo!
¡Si pudieras oír el cántico de los Ángeles y verme en medio de ellos!
¡Si pudieras ver desarrollarse ante tus ojos los horizontes,
los campos eternos y los nuevos senderos que atravieso!
¡Si por un instante pudieras contemplar, como yo,
la belleza ante la cual todas las bellezas palidecen!
¡Cómo! ¿Tú me has visto, me has amado en el país de las sombras
y no te resignas a verme y amarme en el país de las inmutables realidades?
Créeme; cuando la muerte venga a romper las ligaduras,
como ha roto las que a mí me encadenaban,
y cuando un día, que Dios ha fijado y conoce,
tu alma venga a este Cielo en que te ha precedido la mía,
ese día volverás a ver a aquel que te amaba y que siempre te ama,
y encontrarás tu corazón con todas sus ternuras purificadas.
Volverás a verme, pero transfigurado,
extático y feliz, no ya esperando la muerte,
sino avanzando contigo,
que me llevarás de la mano por los senderos nuevos de la luz y de la vida,
bebiendo con embriaguez a los pies de Dios
un néctar del cual nadie se saciará jamás.
Enjuga tu llanto y no llores si me amas…
Lo que éramos el uno para el otro, seguimos siéndolo.
La muerte no es nada.
No he hecho nada más que pasar al otro lado.
Yo sigo siendo yo.
Tú sigues siendo tú.
Lo que éramos el uno para el otro, seguimos siéndolo.
Dame el nombre que siempre me diste.
Háblame como siempre me hablaste.
No emplees un tono distinto.
No adoptes una expresión solemne, ni triste,
sigue riendo de lo que nos hacía reír juntos.
Reza, sonríe, piensa en mí, reza conmigo.
Que mi nombre se pronuncie en casa como siempre lo fue,
sin énfasis alguno, sin huella alguna de sombra.
La vida es lo que siempre fue: el hilo no se ha cortado,
¿Por qué habría de estar yo fuera de tus pensamientos?
¿Sólo porque estoy fuera de tu vista?
No estoy lejos… tan solo a la vuelta del camino.
Lo ves, todo está bien…
Volverás a encontrar mi corazón, volverás a encontrar su ternura acendrada.
Enjuga tus lágrimas y no llores si me amas.
Con todo mi cariño, con toda tu alegría.