Acto de entrega del Premio Internacional Francisco de Vitoria por el embajador de Italia, Giuseppe Buccino Grimaldi.
Doctor arquitecto, autor de numerosos títulos técnicos y catálogos, así como de proyectos de edificación. Colaborador de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía y articulista en revistas técnicas y culturales. Ha escrito sobre historia, antropología, crónicas de arquitecto, poesía, filosofía y novelas históricas, con más de cuarenta libros publicados en papel y formato digital. Ganador de varios premios literarios de prestigio.
Italiano
Arse la fiamma, ma non la tua voce,
che ancora veglia l’alba di Roma antica.
Non fu la fine, ma un varco di luce
per chi difende il pensiero che osa.
Guardasti il cielo, libero e infinito,
quando altri lo volevano rinchiuso.
La mente tua fu un astro senza patria,
un lampo fiero contro il buio cieco.
Bruciarono il corpo, non la tua anima:
la fiamma resta in chi cerca il senso.
Il tuo martirio è un faro nella notte,
memoria viva di un uomo che pensa.
Español
Ardió la llama, pero no tu voz,
que aún vela el alba sobre Roma antigua.
No fue tu fin, sino un umbral de luz
para quien guarda el pensamiento libre.
Miraste al cielo, vasto e infinito,
cuando otros lo querían encerrado.
Tu mente fue un astro sin frontera,
un rayo firme contra el miedo oscuro.
Quemaron carne, nunca tu conciencia:
tu llama vive en quien busca sentido.
Tu muerte es faro en medio de la noche,
memoria ardiente del hombre que piensa.
Que brote en ti la paz como una fuente,
y el corazón despierte agradecido;
que el día sea un don resplandeciente
y el mal se vuelva polvo ya vencido.
Que el amor te sostenga en su ternura,
firme y humilde, claro como el alba;
que honradez y verdad sean tu armadura
y la amistad, tu mesa y tu palabra.
Bienaventurado el pobre que confía,
el manso que no hiere ni condena,
el que llora y convierte su agonía
en río de consuelo que no suena.
Dichoso el que hace el bien sin pedir nada,
el limpio de mirada y de memoria,
el que perdona siempre la estocada
y siembra paz donde otros siembran gloria.
Feliz quien busca al justo en cada gesto,
quien da su pan sin miedo a la escasez,
quien abre el alma al prójimo y al resto
y en cada herida enciende su altivez.
Que la caridad sea tu camino,
que el bien te guíe, firme y silencioso;
y que al final del día, peregrino,
tu espíritu descanse venturoso.
Che in te sgorghi la pace come una fonte,
e il cuore si desti riconoscente;
che il giorno sia dono risplendente
e il male si dissolva, ormai vinto.
Che l’amore ti sostenga nella sua tenerezza,
fermo e umile, chiaro come l’alba;
che onestà e verità siano la tua armatura,
e l’amicizia la tua mensa e la tua parola.
Beato il povero che confida,
il mite che non ferisce né condanna,
colui che piange e trasforma la sua pena
in fiume di conforto che non suona.
Felice chi fa il bene senza chiedere nulla,
chi ha lo sguardo e la memoria limpidi,
chi perdona sempre la ferita
e semina pace dove altri seminano gloria.
Beato chi cerca il giusto in ogni gesto,
chi dona il pane senza temere la scarsità,
chi apre l’anima al prossimo e al resto
e in ogni ferita accende la sua dignità.
Che la carità sia il tuo cammino,
che il bene ti guidi, fermo e silenzioso;
e che alla fine del giorno, pellegrino,
il tuo spirito riposi beato.
A esa metáfora —“El poder es un espejo de fuego: quien se mira demasiado en él termina ardiendo”— se le pueden aplicar infinitas figuras humanas, desde reyes antiguos hasta líderes contemporáneos, empresarios, artistas o incluso individuos comunes atrapados por su propio reflejo.
En esencia, describe una condición universal del poder y la vanidad:
La metáfora no acusa, sino que advierte: el fuego no distingue entre reyes y aprendices; solo quema a quien se queda demasiado tiempo mirándose en él.