La avalancha migratoria de Ceuta no admite la coartada de la fatalidad ni la cómoda bruma de la incertidumbre. A diferencia de otras crisis, aquí el responsable no puede diluirse: la política exterior, la defensa del Estado y la gestión de la frontera dependen directamente del Gobierno. Lo ocurrido constituye un episodio de extrema gravedad que exige explicaciones detalladas de los servicios de inteligencia, Interior y Defensa, y no un relato evasivo que trate de convertir una agresión en un fenómeno espontáneo.
2. La descoordinación institucional
La democracia española dio una impresión de descoordinación y fragilidad. Mientras miles de personas cruzaban la frontera, los ciudadanos quedaron desatendidos y el Estado pareció ausente de sí mismo. España denunció la violación de su integridad territorial, pero evitó cuidadosamente señalar quién cometía la agresión. Nadie lo hizo: solo se mencionaron vaporosas mafias, desinformación, o entusiastas lectores de sentencias del Tribunal Supremo. Y, al parecer, nadie debía estar vigilando.
3. La frase que revela el problema
El ministro del Interior, que hace tiempo demostró no estar a la altura de su cargo, resumió la situación con una frase que debería avergonzar a cualquier democracia seria: “No necesariamente tiene que haber una responsabilidad”. Como si el universo fuera ciego y las cosas simplemente ocurrieran. O, en un estilo a la vez kafkiano y presidencial: “72.000 personas han entrado ilegalmente en Ceuta. Por la tarde, fui a nadar”. La distancia entre la gravedad del hecho y la ligereza de la respuesta es, en sí misma, un síntoma.
4. La tragedia humana y la instrumentalización
No debe olvidarse que esta crisis es también una tragedia humana. Es un ejemplo del uso de la inmigración como herramienta de presión y del desdén del régimen marroquí hacia la vida de sus propios ciudadanos. La explotación política fue inmediata y tramposa: numerosos medios y gobiernos extranjeros vincularon la avalancha a la reciente regularización migratoria española. Era falso. El decreto no permite a los regularizados obtener permisos de residencia o trabajo en el espacio Schengen y restringe severamente su circulación.
5. El régimen específico de Ceuta y Melilla
Conviene recordar que Ceuta y Melilla tienen un régimen fronterizo específico. El control de salida —por vía marítima o aérea— lo ejerce la Policía Nacional, y no existe un tránsito libre hacia el continente europeo. Pese a ello, algunos gobiernos de centroizquierda, como Dinamarca y Malta, aprovecharon la ocasión para manifestar su irritación por la regularización española. Hubo un componente evidente de oportunismo e hipocresía en esos reproches iniciales.
6. La solidaridad europea que tardó en llegar
Los socios europeos, como finalmente ocurrió, debían mostrar su solidaridad y defender unas fronteras que son también europeas. Pero la reacción inicial fue tibia, calculada y, en algunos casos, interesada. Como en otras crisis, no está claro qué medidas se tomarán ni qué falló exactamente. Lo que falló puede quedar, una vez más, envuelto en una bruma conveniente.
7. El desplazamiento del debate hacia los menores
Puesto que la conversación debe continuar, el debate se desplazará hacia los menores. Resulta llamativo que se asuma tan rápidamente la tutela estatal. El primer paso, pensaría uno, es devolverlos a sus familias cuando sea posible; y, si no se puede, que las autonomías cumplan estrictamente la ley. El riesgo es evidente: convertir la cuestión de los menores en un cortafuegos político para evitar hablar de responsabilidades.
8. La explotación partidista
Hablar de las posiciones de Vox y el PP —y, aunque menos, de Junts— resulta útil para comprender la dinámica política. La frase de Marlaska está incompleta: “No necesariamente tiene que haber un responsable de lo que pasa… a menos que sea mi adversario”. La tentación de convertir una tragedia humanitaria en munición electoral es una degradación que debería preocupar a cualquier ciudadano.
9. La imagen final: ausencia en la cima del poder
Y, por encima de todo, queda una imagen que no puede ignorarse: una crisis humanitaria de enorme envergadura explicada por Marlaska mientras el presidente Sánchez disfruta tranquilamente de vacaciones con su mujer en la Residencia Real de La Mareta, en Teguise, Lanzarote, gestionada por Patrimonio Nacional. La distancia física y simbólica entre la frontera en llamas y el retiro presidencial es, en sí misma, una metáfora de la desconexión del poder.
10. Conclusión: lo que no puede quedar en la bruma
España no puede permitirse que una crisis de esta magnitud quede sin responsables, sin explicaciones y sin reformas. La frontera de Ceuta es frontera europea. La integridad territorial es un principio, no una sugerencia. Y la dignidad de los ciudadanos exige que el Estado esté presente, vigilante y coordinado, no ausente, fragmentado y en silencio.
Resulta imposible ignorar la imagen que proyectó el poder en las horas decisivas de la crisis. Mientras Ceuta vivía una situación límite —una frontera desbordada, miles de personas entrando sin control, menores abandonados, fuerzas de seguridad exhaustas— el presidente del Gobierno disfrutaba tranquilamente de vacaciones con su mujer en la Residencia Real de La Mareta, en Teguise, Lanzarote, un enclave gestionado por Patrimonio Nacional y reservado históricamente para la familia real. La distancia física y simbólica entre la frontera en llamas y el retiro presidencial no es un detalle menor: es la representación plástica de un Gobierno que, en el momento de mayor vulnerabilidad territorial en años, optó por la ausencia. No se puede permitir que una crisis humanitaria de esta envergadura sea explicada por Marlaska mientras Sánchez permanece en silencio, protegido por el protocolo y el océano, como si la integridad territorial fuera un asunto delegable y no la primera obligación de un jefe de Gobierno.
