I. La raíz de polvo (La constante del mundo)
Nació la trampa cuando nació el linde,
cuando el primer pastor miró la tierra
y dijo: «Esto es mío, que el resto se rinda»,
y cambió la simiente por la guerra.
No hay época limpia en los anales,
no hay siglo sin el brillo de la quiebra:
atropellaron Roma sus proconsules,
compraba la fe el oro de Ginebra.
Cambiaron las túnicas por capas,
las capas por casacas y levitas,
pero la misma mano firme y sucia
firmaba el pagaré y la ley prescrita.
El mundo siempre ha tenido su precio,
un peso en plata, un cargo, una moneda,
y en la balanza vil de los negocios
el hombre pasa, pero el fraude queda.
II. El gran teatro ibérico (La España de ayer y hoy)
Pero hablemos del suelo de esta corte,
de este viejo solar de sol y cal,
donde el honor se canta en los romances
y se vende por debajo del mantel.
Viene de lejos la costra en el escudo,
del valido, del duque, del privado,
del hidalgo pelado que en la sombra
soñaba con vivir del estrapado.
España, patria hermosa y malquerida,
donde el talento se muere de ayuno
mientras se sienta a la mesa servida
el pícaro de siempre, el importuno.
Ayer eran estancos y favores,
concesiones de indias, fueros reales;
hoy son los despachos con moqueta,
los trajes a medida y los avales.
III. Los nuevos señoríos (La corrupción actual)
Miren el mapa de la patria hoy día,
cubierto por una fina y gris resina:
ya no hay navaja ni ladrón de camino,
hoy el desfalco lleva corbata fina.
Es el contrato inflado a medianoche,
la mascarilla a precio de lingote,
el consejero que cobra en el coche
y el comisionista que exige su bote.
Son las mordidas bajo la moqueta,
el sobrecillo azul, la recalificación,
las puertas giratorias donde entra
el político tras vender la nación.
«No es nada personal», dicen sonriendo,
mientras recortan la sanidad y el pan,
mientras los trenes se paran muriendo
y las promesas con el viento se van.
Prometen la patria, la bandera, el pueblo,
se envuelven en lemas de izquierda o derecha,
pero bajo el discurso de seda y terciopelo
todos celebran la misma cosecha.
IV. El peso sobre la espalda
Y abajo, en el barro, la gente despierta
a las seis de la mañana a sudar el jornal,
pagando la cuota, la luz y la renta,
sosteniendo sobre sus hombros el mal.
El autónomo exhausto que cuenta los céntimos,
el joven que busca un techo sin fe,
el anciano que espera en el hospital público
mientras ellos se reparten el botín en el café.
¿Qué fue de la ética, qué de la vergüenza?
Se perdió en la bruma de la impunidad.
Si el delito es grande, la pena se aligera;
si el robo es pequeño, cae la gravedad.
V. Coda: La lección de la historia
Es la corrupción actual y la de siempre,
el mal de España, el veneno global:
la ambición que al humano la mente le pervierte
y convierte la patria en un gran tribunal.
Cambian los nombres, las siglas, los rostros,
los titulares del diario de hoy,
pero el monstruo es el mismo de los viejos siglos:
el ansia del que dice «yo tomo y no doy».
Y aunque la historia parezca condenada
a repetirse en un bucle infinito,
nos queda la palabra, la voz levantada,
para no normalizar jamás su delito.
