lunes, 15 de octubre de 2018

Condecoraciones a políticos anteriores

UNA INTERESANTE CUESTIÓN PREMIAL: MINISTROS RÉPROBOS Y CENSURADOS,Y SIN EMBARGO CONDECORADOS


Es bien conocida la costumbre, ya antigua en nuestro ámbito político más alto -si es que tiene alguna altura ese ambiente-, de que a los ministros del Gobierno de España que han dejado de serlo se les premie y condecore por el Gobierno que les sucede tras las inevitables elecciones, generalmente con la gran cruz de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III -llamada por eso, en afortunada frase del gran periodista Antonio Burgos, la cruz de los caídos-; o, de haber sido condecorados ya con ella anteriormente, con la gran cruz de otra Orden del mismo elevado rango.

Al mismo tiempo, los secretarios de estado y subsecretarios solían ser distinguidos con la gran cruz de la Orden de Isabel la Católica, y los directores generales y otros altos cargos, con la gran cruz de la Orden del Mérito Civil.

Por cierto, el Gobierno presidido desde 2012 por don Mariano Rajoy Brey, si bien condecoró con la gran cruz de Carlos III a los ministros socialistas salientes, en cambio no observó esta otra parte de la costumbre de condecorar a los altos cargos que les seguían en rango, ocasionando así algunos enfados, pero sobre todo una anomalía política y premial, y un agravio comparativo que, por ahora, se mantienen.
           
No así respecto de los secretarios de estado y subsecretarios del último Gobierno del centro-derecha, a quienes el gabinete presidido hoy por don Pedro Sánchez Pérez-Castejón, ha distinguido según aquella costumbre, con una generosidad digna de encomio. El Boletín Oficial del Estadoha publicado varios reales decretos fechados el 7 de septiembre último, agraciando con la gran cruz de la Orden del Mérito Civil a don Rubén Fausto Moreno Palanques, don Roberto Bermúdez de Castro Mur, doña María González Pico, don José María Jover Gómez-Ferrer, don David Villaverde Page, doña Irene Garrido Valenzuela, doña María Luisa Poncela García, doña Carmen Vela Olmo, don Alfredo González Panizo Tamargo, don Mario Garcés Sanagustín, doña María Jesús Fraile Fabra, don Marcial Marín Hellín, don Fernando Benzo Sáinz, don José Ramón Lete Lasa, don José Canal Muñoz, don Tomás Burgos Gallego, don Juan Pablo Riesgo Figuerola-Ferretti, don Pedro Llorente Cachorro, don Daniel Navia Simón, don José María Lassalle Ruiz, doña Matilde Pastora Asían González, don Pablo García-Manzano Jiménez de Andrade, doña María García Rodríguez, don Jaime Haddad Sánchez de Cueto, don Agustín Conde Bajén, don Arturo Romaní Sancho, don José Enrique Fernández de Moya Romero, don Alberto Nadal Belda, doña Elena Collado Martínez, don Felipe Martínez Rico, don José Antonio Nieto Ballesteros, don Luis Aguilera Ruiz, don Julio Gómez-Pomar Rodríguez, doña Rosana Navarro Heras, don José Luis Ayllón Manso, doña Cristina Ysasi-Ysasmendi Pemán, doña Eva Valle Maestro, doña Carmen Martínez Castro, doña María Rosario Pablos López, don Ildefonso Castro López, don Jorge Toledo Albiñana, don Fernando García Casas, doña Beatriz Larrotcha Palma, doña Carmen Sánchez-Cortés Martín, don Eugenio López Álvarez y doña Áurea María Roldán Martín.

Pero ahora acabamos de asistir a otra anomalía premial muy notable, que sin duda merece que le dediquemos algunas líneas.

Como es públicamente conocido, por primera vez en los casi cuarenta años de democracia en España el Congreso de los Diputados reprobó a un ministro. Fue en octubre de 2016 -en comisión, no en pleno-, y tocó en suerte al ya entonces ministro del Interior en funciones, don Jorge Fernández Díaz. Posteriormente, el 16 de mayo de 2016, el pleno de la misma Cámara parlamentaria reprobó a don Rafael Catalá Polo, ministro de Justicia, y al fiscal general del Estado don José Manuel Maza, fallecido poco después. En junio del mismo año, fue reprobado también el secretario de Estado de Interior, don José Antonio Nieto -que, sin embargo, acabamos de decir que ha sido ahora condecorado-.

 Y el 29 de junio de 2017, el pleno del Congreso de los Diputados reprobó a don Cristóbal Montoro, ministro de Hacienda.

Pocos meses después, el 24 de octubre de 2017, el pleno parlamentario reprobó a don Alfonso Dastis Quecedo, ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación, y a don Juan Ignacio Zoido Álvarez, ministro del Interior. Y al primero volvió a reprobarle el Congreso de los Diputados en sesión plenaria de 6 de noviembre de 2017, gozando así del dudoso honor de ser el único ministro que en democracia ha merecido dos reprobaciones parlamentarias.

Posteriormente, todo el Gobierno presidido por don Mariano Rajoy Brey, fue censurado por el mismo Congreso de los Diputados en sesión del 1º de junio de 2018, lo que provocó su destitución ipso iure, en aplicación de las normas contenidas en la Constitución Española de 1978.

Y, sin embargo de concurrir en aquellos miembros del Gobierno de don Mariano Rajoy las expresadas circunstancias de reprobación, y en todo caso la de censura de todos y cada uno de ellos, el Gobierno presidido por don Pedro Sánchez Pérez-Castejón, ha decidido proponer a S.M. el Rey el premio de condecorarles a todos ellos con la sólita gran cruz de la Orden de Carlos III -menos al presidente Rajoy y al ministro Montoro, que ya la habían recibido con anterioridad-. Y así se ha verificado mediante varios reales decretos fechados el 3 de agosto de 2018, según consta en el Boletín Oficial del Estado.

 Y estos hechos nos dejan perplejos, y nos suscitan algunas dudas y consideraciones.

¿Significa todo esto que el actual presidente del Gobierno ha querido premiar a sus adversarios políticos, a pesar de haber sido reprobados y censurados por el Congreso de los Diputados?

¿Significa todo esto que el actual presidente del Gobierno desprecia los acuerdos de reprobación y de censura tomados por la mayoría del pleno del Congreso de los Diputados?

¿Significa todo esto que, tras la derrota humillante de sus adversarios, el actual presidente del Gobierno ha querido escenificar de esta manera el perdón político de los vencidos?

¿Significa todo esto que el actual presidente del Gobierno prefiere hacer tamaño alarde de magnanimidad -de soberbia más bien- con el adversario vencido, al mantenimiento de sus propias reprobaciones y censuras hacia ellos, en ocasiones tan acres y tan virulentas?

Y es que, bien mirado, todo esto es bastante extraordinario, pues no parece muy lógico, sino que más bien es políticamente inadmisible, que en el ámbito de una democracia avanzada como lo es la española, se premie y se condecore a quienes han sido previamente reprobados por el Parlamento -Catalá Polo, Zoido Álvarez, Dastis Quecedo-, o bien a aquellos que han merecido tal censura parlamentaria por sus actos de gobierno, que ha causado su destitución fulminante.

Y es que una cosa es premiar y distinguir a los ministros que son relevados regularmente por haber perdido unas elecciones ordinarias -por ejemplo, también los ministros del Gobierno Rajoy de los años 2012 a 2016-, y otra muy distinta a los ministros que han merecido la censura pública de la Patria -de la Soberanía Nacional-, representada por la mayoría de los diputados a Cortes, y la automática destitución por su mal proceder político.

¿Cómo lucirán las condecoraciones tan poco merecidas los últimos exministros agraciados así? Más les valdría quizá guardarlas en un armario, al menos hasta que dentro de algunos años se haya olvidado la afrentosa censura patria...

Quizá en el fondo, a más del desprecio de los propios actos parlamentarios por parte del actual presidente del Gobierno de España, lo que subyace bajo la graciosa e injustificada concesión de tan elevadas distinciones públicas, no es más que el desprecio gubernamental hacia el elevado carácter que, a tenor de las leyes vigentes, deberían tener nuestras más antiguas y respetables Órdenes nacionales.
           
En fin, todo lo ocurrido me parece bastante sorprendente, e incluso, por qué no decirlo, lamentable.

Dr. Vizconde de Ayala

viernes, 5 de octubre de 2018

Katiuska, la mujer rusa

Estrenada en 1931 en Barcelona, vuelve la primera gran obra lírica de Sorozábal al Teatro de la Zarzuela tras treinta y siete años de ausencia en co-producción con el Teatro Arriaga, el Campoamor de Oviedo, el Calderón de Valladolid y el Español madrileño. Cierto es que, por tanto, estamos ante una producción ya vista, pero que se renueva en la Zarzuela. Hay una circunstancia adicional, ya que se vuelve a introducir el “Canto a la tierra”, conocido por la grabación de Marcos Redondo de 1930 previa al estreno, para desaparecer al poco tiempo y, de hecho, en la grabación de 1958 de con Lorengar, Kraus y Cesari ya no figuraba sin que se sepan exactamente los motivos. En los años ’80, antes de morir, el maestro revisó la partitura y mostró su deseo de que se volviese a incorporar en futuras representaciones. Ese fragmento, que refleja el enfrentamiento entre las rusias roja y blanca, causó muchos enfrentamientos entre el público del estreno catalán. Hoy bien se podía haber traspuesto a la actualidad y, quizá también, provocaría lucha en la sala.
La apertura de temporada era un reto mayor de lo habitual tras la frustrada fusión del teatro con el Real y podría verse como una reacción, pero la producción estaba programada desde bastante antes de esos hechos. Lamentablemente sólo se retransmitirá por Facebook y no por televisión a causa, aún, de la rigidez de los contratos laborales del teatro.
Emilio Sagi y Daniel Bianco narran escenográficamente lo que la música y el libreto expresan con un concepto de tintes cinematográficos no exento de una cierta nostalgia al revivir la Rusia de la revolución de 1917 con ojos de 1931 que acerca la obra a la opereta, aunque Sagi podría haber arriesgado más. Es difícil escenificar estas zarzuelas, dramáticas y cómicas simultáneamente, y Sagi y Bianco lo logran. Estupendos los números del cuarteto de esos comprimarios que no son comprimarios porque convierten sus papeles en primeros papeles.
Guillermo García Calvo regresa al foso de la Zarzuela tras su éxito con “La Tempestad” para hacerse cargo de esta música cosmopolita en la que se mezclan los temas eslavos con la música negra americana, y bastante moderna en su época. Dirige con vivacidad y control, con cuidadas dinámicas en las que no faltan tanto fortes como pianos y todo bien regulado.
La Zarzuela no pudo elegir un cast más mediático, impresionante no ya para una zarzuela sino para cualquier teatro de ópera del mundo. Ainhoa Arteta, que sólo canta dos funciones, imprime gracia y donaire a Katiuska, con una voz de caudal que es capaz de rebajar al mínimo en pianísismos exquisitos. Carlo Álvarez luce su voz de precioso timbre baritonal. No se si hoy día hay algún barítono con una voz más atractiva. Se le ve a gusto y pone toda la carne en el asador, convirtiéndose en el gran triunfador de la velada. Jorge de León luce sus potentes medios y perfila un Sergio con más poder del habitual, en un papel corto pero no fácil. Antonio Torres, Milagros Martín, Emilio Sánchez, Enrique Baquerizo, Amelia Font son veteranos intérpretes que aportan no sólo su solidez profesional en las partes cómicas de la obra, sino un donaire propio de los grandes comprimarios. Soberbia Milagros Martín bailando la escena del deseado viaje a París, muy de cabaret y opereta.
La Zarzuela ha abierto su temporada a lo grande, con la complicidad y el entusiasmo de un público entregado que no paró en ovaciones y vítores a lo largo de toda la representación. Todo apunta a que las catorce funciones programadas logren un lleno hasta la bandera. ¡Enhorabuena! Gonzalo Alonso!