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lunes, 11 de julio de 2016

El verano de los nuevos ricos, por Miryam Satrústegui

 EL VERANO ESTRESANTE DE LOS NUEVOS RICOS


No existe época del año que se comporte de forma más cruel y estresante para  con un grupo social que el verano para con los nuevos ricos.  
En cuanto se pone en marcha la fatídica operación bikini anunciando la llegada de los calores estivales, -que reducen drásticamente la posibilidad de echarse encima esa  cantidad de ropa y accesorios de marca que uno puede ponerse e otras estaciones-, los nuevos ricos empiezan a ponerse muy nerviosos.
La globalización también ha globalizado a los de esta especie, que ya no se conforman con pavonearse localmente.  Antes, los recién llegados al mundo del dinero, se quedaban en sus zonas.  Por ejemplo si eran americanos iban al Caribe, si eran chilenos a Valparaiso, que eran griegos, pues a Mikonos.  Pero ya no. Ahora todos se mueven por todas partes, y esto tiene sus consecuencias.
Llegan los nuevos ricos rusos, chinos, árabes y demás procedencias de allende los mares y Urales para poblar nuestras costas, consiguiendo dejar a los nuevos ricos españolitos a la altura del betún.  ¡Hombre, esto no es justo! ¡Ya está bien de que esos millonetis extranjeros vengan aquí a hacer sombra!
Y claro, nuestros nuevos ricos, frente a competencia tan desleal, se agarran a las pocas cosas a las que pueden agarrarse. Todo nuevo rico nacional tiene que poseer o alquilar, por narices, un yate. De acuerdo, los árabes son capaces de venir con sus "trasatlánticos" y jorobar, pero los chinos y los rusos aún no lo hacen, y los nacionales aprovechan ese resquicio.
A bordo de un yate, al nuevo rico  se le distingue perfectamente por ese dubitativo aplomo en sus movimientos, esa pose "casual" que adopta en el lugar más visible de cubierta y ese escoger fondeadero en las zonas más abarrotadas frente a los chiringuitos más de moda.
Además se ven en la obligación de otear el horizonte para comprobar que a su alrededor haya alguien que les reconozca. Y aquí caben dos posibilidades: saludar a otro -con un barco peor- haciendo grandes aspavientos, que podrían llegar a confundirse con llamadas desesperadas de auxilio;  o por el contrario,  enfrentar la cruda e hiriente realidad de que otro nuevo rico nacional, conocido de él, tiene un barco más grande o más moderno. ¡Qué vergüenza! ¡Qué apuro!
A nuestro personaje le acaban de arruinar el día complicándole los planes de ahí en adelante.  Tendrá que pensar en fondear, en el futuro, lo suficientemente lejos del otro como para que no sea demasiado evidente la diferencia.  Vete tú a hacer eso tal y como está el tráfico en los fondeaderos de moda.  
¿Y si el conocido del barco mejor ha tomado el atraque inmediatamente seguido al de ellos?. Uffff!!!! 
Personalmente el plan del barco me gusta para bañarme en mar abierto disfrutando de un entorno idílico en soledad, navegar viendo paisajes bonitos o  ir a pescar con la esperanza de encontrarme con algunos delfines durante la travesía. Y , si acaso, trasladarme frente a alguna playa, siempre que el siguiente barco guarde una distancia mínima que respete un especio vital suficiente. Pero he observado que, nada de lo que a mí me puede resultar atractivo en el hecho de embarcarme,  se ajusta a los planes de estas gentes de los que hoy se ocupa el escrito.
Porque esta obsesión de los nuevos ricos por tener todos yate o alquilarse uno, habrá salvado a muchas navieras,  pero también ha venido a chingar muchos planes. Y a los que antes disfrutaban de una cierta privacidad frente a la costa, y se daban sus chapuzones tranquilamente desde su barco, les han convertido esa costa en un campo de concentración.  
¡Hala! Allá van todos en un indiscriminado pelotón, que ya no distingue entre los "de siempre" y los "recién llegados",  a fondear entre una nube de embarcaciones.   Se juegan la  vida intentando dar unas brazadas en medio del denso tráfico de motos acuáticas y zodiacs, que da un miedo espantoso porque los pilotan gentes muy inexpertas  que,  si te descuidas, te pasan por encima y te llevan un brazo con una hélice. Esos baños de antes, en aguas transparentes, se han visto reemplazados por baños de alto riesgo, cuya única virtud reside en que si te has quedado con hambre, puedes tragarte los restos de alguna paella que cualquier vecino "nuevo rico"  ha tirado por la borda.
Ahora, que los que más penita me dan son los que se han comprado  o alquilado los yates más absurdamente enormes y carísimos, y se ven forzados a pasar sus vacaciones dentro de ellos.  Porque es sabido que cuando un nuevo rico hace un gasto considerable, necesita que se note continuamente.
Ahí los tienes cenando a bordo, a la vista de todos los transeúntes de los paseos de puertos deportivos. 
Los ricos  de toda la vida no pernoctan a bordo salvo que sean auténticos lobos de mar o estén haciendo algún viajecito náutico que les obligue a  fondear al abrigo de alguna cala.  ¿Cuándo se ha visto eso de dormir en un barco atracado permanentemente en el mismo sitio? Este punto me resulta particularmente incomprensible.
¿Podrían explicarme qué tiene de maravilloso dormir en un camarote que es más pequeño que la habitación de un hostal, con un techo tan bajo que te recuerda a cuando te tienen que hacer un TAC?¿Puede ser estupendo el hecho de "disfrutar" de un cuarto de baño diminuto cuya ducha es multiusos cual vaporeta? ¿Cuál es el tremendo atractivo de saborear algo cocinado en un  hornillo de camping gas?¿Eh?
Nada, nada. No me convence.  Por mi parte, mantengo que el plan es cualquier cosa menos elegante. De hecho solo puedo asemejarlo al veraneo a bordo de roulotte en algún camping. 
Y con todo esto, dígame usted querido lector: ¿Podrán los nuevos ricos pensar alguna vez que el verano es maravilloso o que se descansa un montón?

sábado, 9 de julio de 2016

Los antiguos chiringuitos levantinos, por Miryam Satrústegui

VERANO : LOS ANTIGUOS CHIRINGUITOS  LEVANTINOS (DE LOS QUE YA QUEDAN POCOS)

  El chiringuito de Pepe, serie televisiva 
             
En los años de la explosión turística de la costa levantina española, allá por los sesenta y principios de los setentas, proliferaron los chiringuitos de playa.
Al frente, paseando entre las mesas de la terraza, un avezado hombre de negocios, con pocos estudios pero un finísimo sentido para detectar nichos de mercado y, tras la barra, su mujer/socia/cómplice, especializada en hacer croquetas, tortillas, arroces y guisos varios.
Las mesas las servían camareros sin edad mínima. Y no era raro ver a un chiquillo, que levantaba del suelo lo que una taza de café con leche, corriendo entre las mesas con las comandas.
El empresario en cuestión, se asomaba a la terracita   y  hacía una perfecta disección de la clientela del momento: nacionales o guiris. 
Era de suma importancia tener en cuenta la franja horaria, que imponía siempre un descalabrante movimiento en los números. A la una del medio día el 99% eran guiris y a las tres de la tarde nacionales. 
El menú estrella de todo chiringuito levantino que se preciara era, y creo que aún  es, la paella acompañada de sangría.  La elaboración, tanto de este plato tradicional de la cocina española como de tan patriótica bebida,  admite muchas variaciones. Y aquellos linces de las finanzas lo sabían perfectamente.  
En las cocinas hervían lo pucheros con el fumet de pescado reservado para las paellas de los españoles.  Los pescados y mariscos se seleccionaban también por tamaños, estados de "entereza", frescura etc.; al igual que el azafrán quedaba separado del colorante "carmencita" o las verduras frescas de las de bolsa.  Para la sangría existía la posibilidad de  usar vino de botella de cristal con corcho, o de botella de plástico con tapón a rosca- que venía directamente desde la bodega clandestina de algún pariente o amiguete de fiar.
En la primera franja horaria, esa que iba desde la una a las dos, los guiris ocupaban las mesas.  Esos turistas nórdicos de piel del color de la de  los carabineros. Si apretabas un dedo contra su brazo, aparecía una marca blanca que tardaba un poco en volver a ponerse del mismo color casi "púrpura" del resto de su epidermis.
Llegaban, se sentaban a las mesas y esperaban a que el "jefe" les ofreciera: Paella y Sangría.  Quizá quisieran comer otra cosa, pero como no entendían ni las cartas ni mucho menos al "jefe", asentían, siempre sonrientes, y dejaban hacer.
Primero salía la Sangría.  Los guiris, deshidratados bajo este sol nuestro que no está hecho para termostatos humanos tan sensibles, se bebían las dos primeras jarras del tirón, sin tan siquiera esperar al cesto de pan ni a las aceitunas- invitación de la casa- ni a ningún otro sólido.
Pasados veinte minutos, cuando los nórdicos ya estaban cocidos como mirlos  y sus carcajadas habían sustituido por completo aquella jerga diabólica en la que se entendían, el "jefe" salía de cocinas con la paella siguiendo una escrupulosa puesta en escena que discurría, más o menos así:
Portando la paella en alto, cual preciado trofeo, voceaba: "A la rica paella. Qué viva España".  Esto solía coincidir con otro detalle nada despreciable: en el radio casete del local sonaba "Una lágrima cayó en la arena", de nuestro universal cantante Peret.
 A la altura de la mesa de los incautos guiris, el tremendamente profesional "jefe-camarero",  bajaba la paella con un movimiento de swing circular describiendo un arco perfecto, hasta presentarla a los clientes con una inclinación de unos 30 grados. 
Las paellas "especiales"  para guiris eran dignas de verse. Ningún nacional jamás les hubiera hincado el diente. Claro que los guiris no se daban cuenta de nada.  Porque la ignorancia en materia culinaria española unida a la euforia del momento vacacional, el pedal que se cogían con las dos primeras sangrías- que se les habían  subido a la cabeza como los ciclistas colombianos (escarabajos) suben el Tourmalet-, y el principio de insolación, eran los perfectos aliados del dueño del chiringuito.
El arroz estaba muy muy amarillo, salpicado de guisantes de un verde casi fosforescente y textura tan tersa y compacta como los balines de una chimbera de feria. Trocitos de pimiento rojo,  cachos gruesos de choco, alguna gamba descuartizada y un par de cigalas maltrechas.  
Las cigalas siempre estaban enfrentadas una a la otra en el centro de la paella, con el cuerpo curvado, cabezas levantadas y la única pinza que les quedaba alzándose amenazante contra su contrincante. Porque las cigalas que participaban de las paellas para guiris más que cigalas parecían aparcacoches.  Lo de los aparcacoches de antaño lo tendré que comentar en algún post futuro (baste decir que no había ni uno que no fuese cojo, manco, torcidito o algo peor).
Bueno, a lo que iba.  El jefe servía los platos con aquello y a los guiris se les hacía la boca agua mientras pensaban para sí: "el verano es maravilloso, y se descansa un montón"

jueves, 7 de julio de 2016

El verano añorado, de Miryam Satrústegui

EL VERANO AÑORADO

            
  Los juguetes de nuestra infancia 
Añoro paisajes humanos que poblaron los veranos de mi infancia y que quizá ya nunca volverán.
Echo de menos a esas mujeres vestidas como para ir a misa que, descalzas, remangaban sus faldas por encima de las rodillas y daban gritos y saltitos en la orilla, temerosas de que micro olas de cinco centímetros de altura les fueran a arrastrar mar adentro.
Echo de menos a las familias compuestas por:
-Padre, con meyba azul descolorido y camiseta blanca ceñida en la que se leía "Fontanería Padilla" "Suministros Palentinos " y cosas semejantes, o camisa a cuadros, dos tallas menores de las que les hubieran sentado bien, que dejaban su torso al desnudo y sólo abotonaban en la cintura.
-Madre con traje de baño prieto , estampado en flores grandísimas, cubierta por una batita a rayas verticales, con cuello de inmaculado blanco y un par de bolsillos a la altura de sus muslos.
-Suegra vestida de luto riguroso con pañuelo a juego cubriéndole la cabeza. Todo ello tan negro como el futuro de Alemania después de la Segunda Guerra Mundial.
-Y una colección de cuatro o cinco niños de edades indefinidas, camuflados bajo colchonetas y toallas, cubos, palas, moldes para hacer castillos, un par de cazamariposas, un balón de Nivea, aletas y gafas de buceo. Entre aquellos grupo de infantes, el más pequeño era fácilmente identificable porque era el único que sólo llevaba en su cintura un flotador con cabeza de jirafa o de algún otro animal exótico.
Los padres robustos, de calvicie incipiente cubierta con gorra de visera, bigote fino (que les daba aire de militar con mala baba) y papada generosa, llevaban enroscados en su brazo izquierdo cuatro flotadores ya inflados y, bajo el mismo, tres sombrillas gigantescas de muchos colores a rayas horizontales.
Esos recios cabezas de familia de antaño, también acarreaban una nevera, del tamaño del petate de un torero, tres sillas plegables, un transistor negro con una antena de setenta centímetros y un paipay azul y blanco de plástico trenzado para darse aire.
Las orondas madres de pelo corto y rizado, teñido de un castaño tirando a rojizo, iban cargadas con la mesita de aluminio , también plegable, el mantel a cuadros rojos y blancos y un canasto reventón del que asomaban infinidad de cosas.
Añoro a las suegras/abuelas con las bolsas de plástico del super. Una llena de platos, cubiertos y vasos tintineantes al compás de sus caderas, y la otra rebosante de naranjas valencianas.
Eso era organización y saber vivir y no lo de ahora. Que la gente baja a la playa como si todos fueran unos sin techo. Aquello sí que era una puesta en escena con fundamento.
Esas familias, a las que siempre envidié….Porque confieso que los de mi casa siempre hemos ido a la playa como auténticos menesterosos. Que no llevábamos nada de nada. Si acaso un triste bocadillo y una botella de agua camuflados en la cesta de la playa.
Sus sombrillas coloridas hacían que la nuestra de de lona gorda, rematada en flecos blancos de cordoncillo retorcido, pareciera insignificante. Ese flotador fauno-mórfico que nunca tuve. Esos niños con cabellos al viento mientras los míos permanecían aprisionados bajo un gorro de goma que asemejaba un pez y me hacía sentir ridícula.
Esas familias sí que sabían. Los mayores plantaban las tres enormes sombrillas, las sillas y la mesa mientras los niños corrían con sus flotadores, palas, cubos, moldes de hacer castillos, aletas y gafas de buceo hasta la orilla.
El padre sintonizaba "Carrusel Deportivo", se encendía un Celta corto, se repanchingaba en la silla plegable como un marqués y se abanicaba con el paipay.
Madre y suegra/abuela ponían el mantel, los platos, los vasos ,una jarra de verdad-de las de cristal-, una cuchara de palo, y los cubiertos con servilletas y todo.
Aquel saloncito de piso piloto que desplegaban, ocupaba una porción de playa en la que hoy caben unos cincuenta turistas. Y, por fin, nos sacaban de dudas abriendo la nevera.
¡Qué delicias!
Brick de vino tinto, una lata grade de melocotón en almíbar, dos botellas de litro de La Casera, dos tortillas de patata- de las de a docena de huevos cada una y bien compactas porque también llevaban medio kilo de patatas por pieza-, un tupper de boquerones en vinagre, otro de mejillones en escabeche, una tartera con calamares en su tinta bien aceitosos, dos barras de pan y la sandía. Ah, la sandía…fruta prohibida de colores seductores y aspecto maravilloso…
La suegra/abuela vertía en la jarra el vino, la casera y los melocotones con todo el almíbar y hasta hielos, que salían de la misma nevera, y removía con la cuchara de palo hasta conseguir que la sangría estuviera al punto.
Cuando llegaba la hora de comer y a mí me levantaban porque nos íbamos, -que siempre fuimos muy sosos y comíamos en casa-, esa madre española gritaba con toda la fuerza de sus pulmones."Niños, a comer" -Y aquella familia devoraba aquellos manjares bajo la sombra de las flamantes sombrillas de colores.
¡¡¡Ay, aquellos veranos!!!! Esos sí que eran veranos maravillosos y entonces sí que se descansaba un montón.

lunes, 10 de noviembre de 2014

EL olor del cocido

Pagó la última ronda de unas cervezas que le habían sentado divinamente después de una intensa semana de trabajo, se lo habían pasado bomba despotricando del viaje del Papa, de la hipocresía de la Iglesia, de todo lo que les pedía el anticlericalismo que los unía como la amistad que se profesaban y que les servía para estar colocados en la misma empresa pública de la Junta.

Se fue a casa para comer algo antes de echarse una buena siesta, pero de camino se encontró con un olor que lo llevó directamente hasta el paraíso efímero de su infancia. Un olor a cocido, a caldo humeante, el aroma que lo recibía cuando llegaba a su casa después del colegio, con su madre atareada en la humilde cocina donde la olla hervía sin cesar.

Entró en un local que le pareció un restaurante modesto, pero con encanto; iba distraído pensando en el Informe  Técnico sobre Prevención de Riesgos Psicosociales de las Personas Expuestas a Situaciones de Disrupción Económica Familiar que le habían encargado en la empresa pública donde trabaja. En realidad, no era un restaurante; sino un autoservicio frecuentado por gente de toda condición. Había personas ataviadas a la antigua usanza, junto a individuos solitarios que vestían según las normas alternativas del arte povera.


De pronto abrió los ojos y se quedó pasmado al comprobar que, quien le servía la comida en la bandeja, era una monja. Aquello era un comedor social y se vio rodeado de eso que nunca se nombra en los informes ni en los dosieres que prepara: pobres.

Quiso retirarse; pero la monja no lo dejó. Le sonrió y le dijo que no se preocupara, que la primera vez es la más complicada, que no debía avergonzarse de nada, que el cocido estaba buenísimo y que, de segundo, había filete empanado; que no se perdiera las vitaminas de la ensalada ni de la fruta, y que podía rematar la comida con un helado de los que había regalado una fábrica cuyo nombre obvió. Se vio sentado a una mesa donde un matrimonio mayor, y bien vestido, comía en silencio, sin levantar los ojos de la bandeja. Enfrente, un tipo con barba descuidada sonreía mientras devoraba el filete empanado y le contaba su vida; había perdido el trabajo, el banco se había quedado con su casa, después del divorcio no sabía a dónde ir; menos mal que las monjas le daban comida y ropa, y que dormía en el albergue bajo techo. Al final, he tenido suerte en la vida, compañero; así que no te agobies, que de todo se sale...

No podía creer lo que estaba sucediendo. Nadie le había pedido nada por darle de comer, ni le habían preguntado por sus creencias. Se limitaban a darle de comer al hambriento, sin adjetivos.
Al salir, no le dio las gracias a la monja que le había dado de comer. Pero no fue por mala educación, sino porque no podía articular palabra. Una inclinación de cabeza. Ella le contestó con una sonrisa leve.

- Vuelve cuando lo necesites y, si no estoy, di que vienes de parte mía. Me llamo Esperanza.

Pregunta:

¿Hay algún comedor social regido por ateos, musulmanes o por los sindicatos?

Si quieres puedes olvidar este relato; nadie se enterará.

"Los hombres no valen por lo que tienen, ni siquiera por lo que son, valen por lo que dan".

miércoles, 6 de noviembre de 2013

El conocimiento silencioso

Los naguales descritos en el Códice Borgia, criaturas metamórficas capaces de cambiar su forma física a cualquier otra forma animal o incluso en formas humanas a voluntad.


Después de ayudarle todo el día a don Juan con sus pesados quehaceres, en la ciudad de Oaxaca, quedamos en encontrarnos en la plaza. Al caer la tarde, don Juan se reunió conmigo. Le dije que me hallaba completamente exhausto, que debíamos cancelar el resto de nuestra estadía en la ciudad y volver a su casa, pero él sostuvo que debíamos emplear hasta el último minuto disponible para repasar las historias de brujería o bien para hacer mover mi punto de encaje cuantas veces me fuera posible.
Mi cansancio sólo me permitía quejarme. Le dije que, al experimentar una fatiga tan profunda como la mía, sólo se llegaba a la incertidumbre y a la falta de convicción.
Tu incertidumbre es de esperar —dijo don Juan, muy calmadamente—. Después de todo, estás lidiando con un nuevo tipo de continuidad. Toma tiempo acostumbrarse a ella. Los brujos pasan años en el limbo, donde no son ni hombres comunes y corrientes ni brujos.
—¿Y qué les pasa al final? —pregunté—. ¿Optan por lo uno o lo otro?
—No, no pueden optar. Al final, todo ellos se dan cabal cuenta de lo que son; brujos. La dificultad consiste en que el espejo de la imagen de sí es sumamente poderoso y sólo suelta a sus víctimas después de una lucha feroz.

Me dijo que comprendía a la perfección que por mucho que tratara, mi imagen de sí aún no me dejaba comportarme como le correspondía a un brujo. Me aseguro que mi desventaja, en el mundo de los brujos, era mi falta de continuidad. En ese mundo debía relacionarme con todo y con todos de una nueva manera.
Describió el problema de los brujos en general como una doble imposibilidad. Una es la imposibilidad de restaurar la destrozada continuidad cotidiana; y la otra, la imposibilidad de utilizar la continuidad dictada por la nueva posición del punto de encaje. Esa nueva continuidad, dijo él, es siempre demasiado tenue, demasiado inestable, y no ofrece a los brujos la seguridad que necesitan para actuar como si estuvieran en el mundo de todos los días.
—¿Cómo resuelven los brujos ese problema? —pregunté.
—Ninguno resuelve nada —replicó él—. O bien el espíritu lo resuelve o no lo hace. Si lo hace, el brujo se descubre manejando el intento, sin saber cómo. Esta es la razón por la cual he insistido, desde el día en que te conocí, que la impecabilidad es lo único que cuenta. El brujo lleva una vida impecable, y eso parece atraer la solución. ¿Por qué? Nadie lo sabe.
Don Juan permaneció en silencio por un momento. Luego, otra vez, él comentó acerca de un
pensamiento que pasaba por mi mente. Yo estaba pensando en que la impecabilidad siempre me hacía pensar en moralidad religiosa.
—La impecabilidad, como tantas veces te lo he dicho, no es moralidad —me dijo—. Sólo parece ser
moralidad. La impecabilidad es, simplemente, el mejor uso de nuestro nivel de energía. Naturalmente, requiere frugalidad, previsión, simplicidad, inocencia y, por sobre todas las cosas, requiere la ausencia de la imagen de sí. Todo esto se parece al manual de vida monástica, pero no es vida monástica.
"Los brujos dicen que, a fin de tener dominio sobre el movimiento del punto de encaje, se necesita
energía. Y lo único que acumula energía es nuestra impecabilidad.
Don Juan observó que no hacía falta ser estudiante de brujería para mover el punto de encaje. A veces, debido a circunstancias dramáticas, si bien naturales, tales como las privaciones, la tensión nerviosa, la fatiga, el dolor, el punto de encaje sufre profundos movimientos. Si los hombres que se encuentran en tales circunstancias lograran adoptar la impecabilidad como norma y llenar los requisitos del intento, podrían, sin ninguna dificultad, aprovechar al máximo ese movimiento natural. De ese modo, buscarían y hallarían cosas extraordinarias, en vez de hacer lo que hacen en tales circunstancias: ansiar el retorno a la normalidad.
—Cuando se lleva al máximo el movimiento del punto de encaje —prosiguió—, tanto el hombre común y corriente como el aprendiz de brujería se convierten en brujos, porque, llevando al máximo ese movimiento, la continuidad de la vida diaria se rompe sin remedio.
—¿Cómo se lleva al máximo ese movimiento? —pregunté.
—Con la impecabilidad —respondió—. La verdadera dificultad no está en mover el punto de encaje ni en romper la continuidad. La verdadera dificultad está en tener energía. Si se tiene energía, una vez que el punto de encaje se mueve, cosas inconcebibles están al alcance de la mano.
Don Juan explicó que el aprieto del hombre moderno es que intuye sus recursos ocultos, pero no se atreve a usarlos. Por eso dicen los brujos que el mal del hombre es el contrapunto entre su estupidez y su ignorancia. Dijo que el hombre necesita ahora, más que nunca, aprender nuevas ideas, que se relacionen exclusivamente con su mundo interior; ideas de brujo, no ideas sociales; ideas relativas al hombre frente a lo desconocido, frente a su muerte personal. Ahora, más que nunca, necesita el hombre aprender acerca de la impecabilidad y los secretos del punto de encaje.

Dejó de hablar y pareció sumirse en sus pensamientos. Su cuerpo entró en un estado de rigidez que yo había visto cada vez que se involucraba en lo que yo caracterizaba como estados de contemplación, pero que él describía como momentos en los que su punto de encaje se movía, permitiéndole acordarse.
—Voy a contarte ahora la historia del boleto para ir a la impecabilidad —dijo de pronto, tras unos treinta minutos de silencio total—. Voy a contarte la historia de mi muerte.
"Huyendo de ese espantoso monstruo —prosiguió don Juan—, me refugié en la casa del nagual Julián por casi tres años. Incontables cosas me pasaron durante ese tiempo, pero yo no las tomaba en cuenta.
Estaba convencido de que, en esos tres años, no había hecho nada más que esconderme, temblar de
miedo y trabajar como un burro.
Don Juan dijo que estaba cargado con tres años de increíbles acontecimientos, de los cuales, al igual que yo, ni siquiera se acordaba.
Por eso le parecía muy natural jurar que en esa casa no aprendió nada ni siquiera remotamente
relacionado con la brujería. En lo que a él le concernía, nadie en esa casa conocía ni practicaba la brujería.
Un día, sin embargo, se sorprendió a sí mismo caminando, sin ninguna premeditación, hacia la línea invisible que mantenía a raya al monstruo. El hombre monstruoso estaba vigilando la casa, como de costumbre; pero aquel día, en vez de volverse atrás y correr en busca de refugio dentro de la casa, don Juan siguió caminando. Una inusitada oleada de energía lo hacía avanzar sin preocuparse por su seguridad.

Una sensación de abandono y frialdad totales le permitió enfrentarse con el enemigo que lo había aterrorizado por tantos años. Don Juan esperaba que se abalanzara sobre él y lo aferrara por el cuello. Lo extraño era que esa idea ya no le provocaba terror. Desde una distancia de pocos centímetros, miró fijamente a su monstruoso enemigo y luego lleno de audacia traspasó la línea. El monstruo no lo atacó, como él siempre había temido, sino que se tornó en algo borroso. Perdió su contorno y se convirtió en una bruma blanquecina, un jirón de niebla apenas perceptible.
Don Juan avanzó hacia la niebla y ésta retrocedió, como con miedo. La persiguió por los campos hasta que se esfumó por completo. Comprendió entonces que el monstruo nunca había existido. Sin embargo no podía explicar a qué le había tenido tanto miedo. Tenía la vaga sensación de que sabía exactamente qué,era el monstruo, pero algo le impedía pensar en ello. De inmediato se le vino la idea de que ese pícaro del,nagual Julián sabía la verdad. A don Juan no le extrañaba que el nagual Julián le jugara ese tipo de treta.
Antes de enfrentarse a él, don Juan se dio el placer de caminar sin escolta por toda la hacienda. Hasta
entonces nunca había podido hacerlo. Cada vez que necesitaba aventurarse más allá de esa línea invisible, lo había escoltado alguien de la casa, lo cual restringía mucho su movilidad. En las dos o tres veces que trató de salir sin escolta descubrió que corría riesgo de ser aniquilado por el extraño monstruo.
Repleto de un extraño vigor, don Juan entró en la casa, pero en vez de celebrar su libertad y su poder, reunió a todos los miembros de la casa y les exigió, furioso, que explicaran sus mentiras. Los acusó de haberlo hecho trabajar como un esclavo aprovechándose de su terror a un monstruo inexistente.
Las mujeres rieron como si les estuviera contando el chiste más divertido del mundo. Sólo el nagual Julián parecía arrepentido, sobre todo cuando don Juan, con la voz entrecortada por el resentimiento, describió sus tres años de miedo constante. El nagual Julián se deshizo en lágrimas cuando don Juan exigió una disculpa por el modo vergonzoso en que había sido explotado.
—Pero, nosotros te dijimos que el monstruo no existía —observó una de las mujeres.
Don Juan fulminó al nagual Julián con la mirada y él inclinó la cabeza dócilmente.
—El sabía que el monstruo existía —gritó don Juan, señalando al nagual con un dedo acusador.
Pero al mismo tiempo comprendió que estaba diciendo tonterías, pues en principio su queja era que el
monstruo no existía.
—El monstruo no existe —se corrigió, y temblando de ira acusó al nagual—. Fue uno de sus pinches
trucos.
El nagual Julián, llorando sin poder dominarse, se disculpó ante don Juan, mientras las mujeres se reían como locas. Don Juan nunca las había visto divertirse tanto.
—Te he mentido, por cierto —murmuró—. Nunca hubo monstruo alguno. Lo que veías como un monstruo era, simplemente, una oleada de energía. Tu miedo lo convirtió en una monstruosidad.
—Usted dijo que ese monstruo iba a devorarme. ¿Cómo pudo usted mentirme así? —le gritó don Juan.
—El ser devorado por el monstruo era algo simbólico —replicó el nagual Julián, en voz baja—. El
verdadero monstruo es tu estupidez. Ahora mismo estás en peligro mortal de ser devorado por ese
monstruo.
Don Juan gritó que no tenía por que soportar las idioteces de nadie. E insistió que le dijeran claramente que estaba en perfecta libertad de partir.
—Puedes irte cuando quieras —dijo secamente el nagual.
—¿Eso quiere decir que me puedo ir ahora mismo? —preguntó don Juan.
—¿Quieres irte? —le preguntó el nagual.
—Por supuesto que quiero irme de este pinche lugar y del montón de pinches mentirosos que viven aquí
—gritó don Juan.
El nagual Julián ordenó que entregaran a don Juan la totalidad de sus ahorros y, con ojos brillantes, le
deseó felicidad, prosperidad y sabiduría. Las mujeres no quisieron decirle adiós. Lo miraron fijamente hasta hacerle bajar la cabeza para huir del fulgor de sus ojos ardientes.
Don Juan guardó el dinero en el bolsillo, y sin echar una mirada atrás, salió de la casa, feliz de saber que su tormento había terminado. El mundo era un enigma para él. Lo deseaba fervorosamente. Dentro de esa casa había estado aislado de todo. Era joven y fuerte. Tenía dinero en el bolsillo y sed de vivir. Se marchó sin dar las gracias. Su ira, embotellada por su miedo por tanto tiempo, al fin pudo salir a la superficie. Hasta había aprendido a querer a esa gente. Y ahora se sentía traicionado. Quería huir de ese lugar tan lejos como pudiera.

En la ciudad, tuvo su primer contratiempo. Viajar era muy difícil y muy caro. Descubrió que, si deseaba
abandonar la ciudad de inmediato no podría elegir su destino, sino que tendría que esperar a que algún arriero quisiera llevarlo. Algunos días después partió hacia el puerto de Mazatlán, con un arriero de buena reputación.
—Aunque entonces yo sólo tenía veintitrés años —dijo don Juan—, había llevado una vida plena. Lo único que me quedaba por experimentar era el sexo. El nagual Julián me había dicho que era el hecho de no haber estado con ninguna mujer lo que me daba mi fuerza y mi resistencia, y que él disponía de poco tiempo para arreglar las cosas antes de que el mundo me alcanzara.
—¿Qué quería decir con eso, don Juan? —pregunté.
—Quería decir que yo no tenía idea del infierno que me esperaba —contestó don Juan— y que él tenía muy poco tiempo para levantar mis barricadas, mis protectores silenciosos.
—¿Qué es un protector silencioso, don Juan? —pregunté.
—Un salvavidas —dijo—. Un protector silencioso es una inexplicable oleada de energía que le llega al
guerrero cuando todo lo demás falta.
"El nagual Julián sabía qué dirección tomaría mi vida una vez que ya no estuviera bajo su influencia. Por eso luchó para darme opciones de brujo; tantas como fuera posible. Esas opciones de brujo eran mis protecciones silenciosas.
—¿Qué son las opciones de brujo? —pregunté.
—Posiciones del punto de encaje —replicó él—, el infinito número de posiciones que el punto de encaje puede alcanzar. En todos y cada uno de esos movimientos, profundos o superficiales, el brujo puede fortalecer su nueva continuidad.
Reiteró que cuanto él había experimentado, bajo la tutela del nagual Julián, era el resultado de un
movimiento de su punto de encaje, profundo o superficial. El nagual lo hizo experimentar incontables opciones de brujo, más de las que normalmente eran necesarias, sabiendo que el destino de don Juan era ser el nagual y tener que explicar qué son y qué hacen los brujos.
—El efecto de los movimientos del punto de encaje es acumulativo —continuó—. Y es el peso de esa
acumulación lo que causa el efecto final.
"Muy poco después de entrar en contacto con el nagual, mi punto de encaje se movió tan profundamente que pude ver. Vi a una oleada de energía en la forma de un monstruo tal como era: una oleada de energía sin forma. Había logrado ver y no lo sabía. Creía que no había hecho nada, que no había aprendido nada; mi estupidez no tenía medida.
—Era usted demasiado joven, don Juan —dije—. No podía ser de otro modo.
Se echó a reír. Estaba a punto de contestar, pero pareció cambiar de idea. Se encogió de hombros y
siguió con su relato.
Dijo que, al llegar a Mazatlán, era prácticamente un arriero, al punto que le ofrecieron un empleo
permanente a cargo de un tiro de mulas. Quedó muy satisfecho con la oferta. La idea de hacer el viaje entre Durango y Mazatlán lo complacía infinitamente. Pero había dos cosas que lo preocupaban: primero, que aún no se había acostado con una mujer; segundo, que sentía una tremenda pero inexplicable urgencia de seguir viaje hacia el norte. No sabía por qué, sólo que en algún lugar hacia el norte algo lo estaba esperando. La sensación se hizo tan fuerte que al fin se vio obligado a rechazar la estabilidad del empleo permanente para poder continuar su viaje.
Su gran fuerza física y una extraña e inexplicable astucia, recientemente adquirida le permitieron hallar trabajo aun donde no lo había, mientras iba en camino hacia el norte. Llegó así al estado de Sinaloa. Y allí terminó su viaje. Conoció a una viuda joven, yaqui como él, que había estado casada con un hombre con quien don Juan estaba en deuda.
Trató de pagar su deuda ayudando a la viuda y a sus hijos; y sin darse cuenta, fue asumiendo el papel de padre y esposo. Esas nuevas responsabilidades representaron una gran carga para él. Perdió su libertad de movimiento e incluso su necesidad de viajar más al norte. Se sintió compensado por esa pérdida, sin embargo, con el profundo afecto que sentía por la mujer y por sus hijos.
—Experimenté momentos de sublime felicidad como esposo y como padre dijo don Juan—. Pero fue en esos momentos cuando noté que algo andaba muy mal. Comprendí que estaba perdiendo la sensación de abandono, de frialdad, de audacia que adquirí en la casa del nagual Julián. Ahora me hallaba identificado con la gente que me rodeaba.
Don Juan dijo que comenzó sintiendo un profundo, aunque reservado, afecto por la mujer y sus hijos. Ese desapegado afecto le permitía desempeñar el papel de padre y esposo con abandono y placer. Con el correr del tiempo, su desapegado afecto se convirtió en una pasión desesperada que lo hizo gastar toda su energía. En cuestión de un año perdió todo vestigio de su nueva personalidad, adquirida en la casa del nagual.

Una vez que hubo desaparecido el desapego, que era lo que le daba el poder de amar, sólo le quedaron las necesidades mundanas: la miseria y la desesperación, rasgos distintivos del mundo cotidiano. Para hacer las cosas aún peores, también desapareció su espíritu de empresa. En los años que pasó en la casa del nagual había adquirido un dinamismo que le fue muy útil cuando anduvo solo.
Pero la pérdida más aguda fue su energía física. Sin estar enfermo, un día quedó completamente paralizado. No sintió dolor alguno ni tampoco sintió pánico. Mientras yacía desvalido en cama, no hizo sino pensar y llegó a comprender que había fracasado porque no tenía un propósito abstracto. Se dio cuenta, por primera vez, que la gente de la casa del nagual era extraordinaria porque perseguía la libertad como propósito abstracto. No comprendía qué era la libertad, pero sí sabía que era lo contrario de sus necesidades concretas.

Su falta de un propósito abstracto lo había vuelto tan débil e ineficaz que no podía rescatar a su familia adoptiva de su abismal pobreza. Por el contrario, ellos lo arrastraron otra vez a la misma miseria y desesperación que había conocido antes de encontrarse con el nagual.
Al repasar su vida, cobró conciencia de que la única vez que no fue ni pobre ni tuvo necesidades concretas fue durante los años pasados con el nagual. Y supo entonces que la pobreza es un estado de ser y que lo había reclamado cuando sus necesidades concretas lo abrumaron.
Por primera vez don Juan comprendió plenamente que el nagual Julián era, en verdad, el nagual, el líder, y su benefactor. Comprendió lo que había querido decir su benefactor al expresarle que no había libertad sin la intervención del nagual. No había ya dudas en la mente de don Juan de que el nagual Julián y todos los miembros del grupo eran brujos. Pero lo que comprendió con la más dolorosa claridad fue que él había desperdiciado la oportunidad de estar con ellos.
Cuando la presión de su impotencia física se le hizo insoportable, su parálisis terminó tan misteriosamente como se había iniciado. Un día, simplemente, se levantó de la cama y fue a buscar trabajo. Pero su suerte no mejoró. Apenas le alcanzaba para vivir.

Pasó un año más. No prosperó, pero en una cosa, al menos, tuvo más éxito de lo que esperaba: hizo una recapitulación total de su vida. Comprendió entonces por qué amaba y no podía dejar a esos niños, y también por qué no podía seguir con ellos, y por qué no podía actuar ni de un modo ni del otro.
Don Juan se dio cuenta de que había entrado en un callejón sin salida, y de que morir como guerrero era el único acto congruente con lo que había aprendido en la casa de su benefactor. Cada noche, tras una frustrante jornada de trabajo agotador y sin sentido, aguardaba pacientemente la llegada de la muerte.
Estaba a tal grado convencido de su fin, que la esposa y los niños esperaban con él; en un gesto de solidaridad, también ellos deseaban morir. Y los cuatro se pasaban las noches sentados, en total inmovilidad, recapitulando sus vidas, mientras esperaban a la muerte.
Don Juan le había hecho la misma advertencia que su benefactor le hizo a él.
—No la desees, ni pienses en ella —su benefactor le había dicho—. Simplemente, espera hasta que venga. No trates de imaginar cómo es la muerte. Quédate quieto hasta que llegue a ti y te atrape en su flujo irresistible.

El tiempo pasado en silencio los fortaleció mentalmente, pero no en lo físico; sus cuerpos enflaquecidos hablaban de una batalla casi perdida. Sin embargo, un día don Juan pensó que su suerte comenzaba a cambiar. Halló un empleo transitorio, pero con buena paga, con un grupo de trabajadores en época de la cosecha. El espíritu, empero, tenía otros designios para él. Un par de días después de comenzar a trabajar, alguien le robó el sombrero. A él le era imposible comprar uno nuevo, pero necesitaba tener uno para trabajar bajo el sol abrasador. Se protegió de algún modo, cubriéndose la cabeza con trapos y puñados de paja. Sus compañeros de trabajo comenzaron a reír y a burlarse de él. Don Juan no les prestó atención. Comparado con la vida de las tres personas que dependían de su trabajo, su aspecto tenía poca importancia. Pero los hombres no pararon. Se rieron y le hicieron tanta burla, que el capataz, temiendo un motín, despidió a don Juan.
Una rabia salvaje acabó con la serenidad y la cautela de don Juan. Lo que le estaban haciendo era una injusticia. El derecho moral estaba de su parte. Soltó un grito escalofriante y agarrando a uno de los peones lo levantó por sobre sus hombros, con intención de quebrarle la espalda. Pero pensó en esos niños hambrientos, acompañándolo noche tras noche, a esperar a la muerte. Puso, al hombre de pie en el suelo y se marchó.
Don Juan dijo que se sentó al borde del campo donde los hombres trabajaban, y dejó que estallara toda la desesperación que se había acumulado en él.
Era una ira silenciosa, pero no contra la gente, sino contra sí mismo.
—Allí sentado, a la vista de toda esa gente, me eché a llorar —continuó don Juan—. Me miraban como si estuviera loco. Y así era, estaba loco, pero eso ya no me importaba nada. Había sobrepasado toda preocupación.
"El capataz se compadeció de mí y se acercó a darme consejos, creyendo que lloraba por mí mismo. No podía saber que yo lloraba por el espíritu.
Don Juan dijo que un protector silencioso llegó a él cuando su ira se desvaneció. Una inexplicable oleada de energía lo dejó con la nítida sensación de que su muerte era inminente. Supo que no tendría tiempo de ver otra vez a su familia adoptiva. Les pidió disculpas, nombrándolos en voz alta, por no haber tenido la fortaleza y la sabiduría necesarias para salvarlos de su infierno terrenal.
Los peones continuaban riendo y burlándose de él. Don Juan apenas los oía. Las lágrimas se le agolparon en el pecho, al dirigirse al espíritu para darle gracias por haberlo puesto en el camino del nagual, otorgándole esa inmerecida posibilidad de ser libre. Oía las risotadas de los hombres, que nada comprendían. Oía sus insultos y sus alaridos como desde dentro de sí mismo. Tenían derecho a
ridiculizarlo: él había estado en los portales de la libertad, y no se había dado cuenta.
—Entendí entonces cuánta razón había tenido mi benefactor —dijo don Juan—. Mi estupidez era un
monstruo y ya me había devorado. En cuanto tuve ese pensamiento comprendí que cuanto pudiera decir o hacer era inútil. Había perdido mi oportunidad. Había perdido todo. Ahora era sólo el payaso de esa gente.
El espíritu no podía interesarse en mi desesperación. Somos tantos los que sufrimos, los que tenemos
nuestro infierno privado y particular, nacido de nuestra estupidez, que el espíritu no puede prestarnos
atención.
"Me arrodillé de cara al sudeste. Di gracias otra vez a mi benefactor y le dije al espíritu que estaba tan
avergonzado... tan avergonzado. Y con mi último aliento me despedí de un mundo que hubiera podido ser maravilloso si yo hubiese tenido sabiduría. Una ola inmensa vino hacia mí entonces. Primero, la sentí. Después, la oí. Por fin la vi acercarse a mí desde el sudeste, por sobre los campos, Llegó a mí y su negrura me cubrió. Y la luz de mi vida se apagó. Mi infierno había terminado. ¡Por fin estaba muerto! ¡Por fin era libre!

La historia de don Juan me dejó devastado. Guardamos silencio por un largo rato.
—Los brujos luchan por tener continuidad —dijo, de pronto— y esa es la lucha más dramática del mundo. Es dolorosa y cara. Muchas, pero muchas veces, le ha costado la vida a los brujos.
Explicó que, para que un brujo tuviera completa certeza acerca de sus acciones, o acerca de su posición en el mundo de los brujos, o acerca de su capacidad de utilizar inteligentemente su nueva continuidad, debe invalidar la continuidad de su vida cotidiana.
—Los brujos videntes de los tiempos modernos —prosiguió don Juan— llaman a ese proceso de invalidar la vida cotidiana "el boleto para ir a la impecabilidad" o la muerte simbólica, pero muy definitiva, del brujo.
Yo, personalmente, conseguí mi boleto para ir a la impecabilidad en aquel campo de Sinaloa. Lo tenue de mi nueva continuidad me costó la vida.
—Pero ¿murió, usted don Juan, o sólo se desmayó? —pregunté, tratando de no mostrarme cínico.
—Me morí en ese campo —dijo don Juan—. Sentí que mi conciencia salía flotando de mí y se encaminaba hacia el Águila  y como había recapitulado mi vida, el Águila no se tragó mi conciencia; me escupió como una pepa de ciruela. Puesto que mi cuerpo estaba muerto en el campo, y un brujo no puede dejar el cuerpo atrás, al Águila no me dejó pasar a la libertad. Fue como si me indicara regresar y tratar otra vez.

"Ascendí a las cumbres de la negrura y descendí otra vez a la luz de la tierra. Y me encontré en una tumba superficial en el borde del sembrado. Estaba yo cubierto de piedras y tierra.
Don Juan dijo que supo de inmediato lo que debía hacer. Después de salirse de entre las piedras, re-acomodó la tumba como si su cuerpo aún estuviera allí y se marchó. Se sentía fuerte y decidido. Sabía que tenía que volver a casa de su benefactor. Pero antes de iniciar el viaje de retorno, deseaba ver a su familia y explicarles que era brujo y, por ese motivo, no podía quedarse con ellos. Quería explicarles que su perdición había sido no saber que los brujos jamás pueden tener un puente para reunirse con la gente del mundo. Pero, si la gente desea hacerlo, pueden tender un puente para reunirse con los brujos.
—Fui a la casa —continuó don Juan—, estaba vacía. Los espantados vecinos me contaron que unos
peones habían llegado con la noticia de que yo había caído muerto mientras trabajaba; mi mujer y los niños se habían marchado.
—¿Cuánto tiempo estuvo usted muerto, don Juan? —pregunté.
—Al parecer, todo un día —dijo.
A don Juan le jugaba una sonrisa en los labios. Sus ojos parecían hechos de obsidiana brillante. Observaba mis reacciones, a la espera de mis comentarios.
—¿Y qué fue de su familia, don Juan? —pregunté.
—Ah, la pregunta de un hombre sensato —comentó—. Por un momento pensé que me ibas a preguntar acerca de mi muerte.
Confesé que había estado a punto de hacerlo, pero como sabía que él estaba viendo mi pregunta al tiempo que la formulaba en mi mente, le pregunté otra cosa, sólo para llevarle la contraria. No lo dije como broma, pero él se echó a reír.
—Mi familia desapareció ese día —dijo—. Mi mujer estaba hecha para sobrevivir. Era forzoso, dadas las condiciones en que vivíamos. Puesto que yo había estado esperando la muerte, seguramente creyó que había conseguido al fin lo que deseaba. Y como no le quedaba nada que hacer allí, se fue.
"Eché de menos a los niños y me consolé pensando que no era mi destino estar con ellos. Los brujos tienen una inclinación peculiar. Viven exclusivamente a la sombra de un sentimiento cuya mejor descripción serían las palabras "y sin embargo..." Cuando todo se les viene abajo, los brujos aceptan la situación. "Es algo terrible, dicen, pero inmediatamente escapan a la sombra del, y sin embargo..."
"Eso hice con mis sentimientos por aquellos chicos y la mujer. Con gran disciplina, especialmente en el caso del niño mayor, habían recapitulado sus vidas junto conmigo. Sólo el espíritu podía decidir el resultado de ese afecto.

Me recordó que me había enseñado cómo actúan los guerreros en tales situaciones. Dan lo mejor de sí y después, sin remordimientos ni lamentos, se quedan tranquilos y dejan que el espíritu decida el imposible resultado.
—¿Cuál fue la decisión del espíritu en su caso, don Juan? —pregunté.
Me estudió sin responder. Yo sabía que él estaba completamente consciente de los motivos detrás de mi pregunta, pues yo había experimentado un afecto similar y una perdida parecida.
—La decisión del espíritu es otro centro abstracto —dijo—. Historias de brujería se tejen a su  alrededor.
Hablaremos de esa decisión cuando lleguemos a ese centro básico.
"Ahora bien, ¿no querías preguntarme algo sobre mi muerte?
—Si lo creyeron muerto, ¿por qué lo pusieron en una tumba superficial? —pregunté—. ¿Por qué no
cavaron una verdadera tumba para enterrarlo?
—Esto es ya tu estilo —observó, riendo—. Yo también me hice la misma pregunta y llegué a la conclusión de que aquellos peones eran gente muy religiosa. Yo era cristiano y a los cristianos no se los entierra así nomás; tampoco se los deja a que se pudran como los perros. Creo que esperaban a que mi familia fuera a reclamar el cuerpo para darle un entierro apropiado. Pero mi familia nunca apareció.
—¿Usted los buscó, don Juan? pregunté.
—No. Los brujos nunca buscan a nadie —respondió—. Y yo era brujo. Había pagado con la vida el error de no darme cuenta de que los brujos jamás se acercan a nadie.
"Desde ese día sólo he aceptado la compañía o los cuidados de gente o de guerreros que están muertos, como yo.
Don Juan dijo que volvió a la casa de su benefactor, donde todos lo o trataron como si nunca se hubiera ido y comprendieron instantáneamente lo que él había descubierto.
El nagual Julián comentó que, debido a su peculiar temperamento, don Juan había tardado mucho en
morir.
—Mi benefactor me dijo entonces que el boleto de un brujo para ir a la impecabilidad es su muerte — prosiguió—. Que él mismo había pagado con la vida ese boleto, como todos los demás en su casa. Y que ahora éramos iguales en nuestra condición de ser candidatos a ser libres.
"Y también dijo que el gran truco de los brujos es estar totalmente conscientes de que están muertos. Su boleto para ir a la impecabilidad debe estar envuelto en puro entendimiento. En esa envoltura, dicen los brujos que el boleto se mantiene flamante.
"Hace sesenta años que compré mi boleto y todavía está flamante.

Nos quedamos de pie junto a la banca, contemplando a los transeúntes nocturnos que paseaban por la plaza. La historia de su muerte me había dejado con una inmensa sensación de nostalgia, de tristeza. Don Juan me sugirió que volviera a casa; el largo viaje hasta Los Ángeles, dijo, daría a mi punto de encaje un descanso, después de todo el movimiento que había tenido en los últimos días.
—La compañía de un nagual es muy fatigosa —prosiguió—. Produce un cansancio extraño y hasta puede hacer mal.
Le aseguré que no estaba cansado en absoluto, que su compañía distaba mucho de hacerme mal y que, de hecho, me afectaba como un narcótico: no me podía pasar sin ella. Aquello sonó como adulación, pero yo lo decía en serio.
Recorrimos tres o cuatro veces la plaza, en completo silencio.
—Anda a tu casa y piensa en los centros abstractos de las historias de brujería —dijo don Juan, con un tono de finalidad en la voz—. Mejor dicho: no pienses en ellos, sino que deja que el espíritu descienda y mueva tu punto de encaje al lugar del conocimiento silencioso. El descenso del espíritu lo es todo, pero no significa nada si no se llenan los requisitos del intento. Por lo tanto, cultiva el abandono, la frialdad y la audacia. En otras palabras, sé impecable.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Cinco trucos para escribir cuentos

No por tener menos palabras expresa menos. Y no por ser más corto es más fácil de crear. En mis relatos he experimentado como el cuento ha pasado de ser el arte de explicar historias orales -cuando aún no existía la escritura- a convertirse, como bien apuntaba Italo Calvino en una de sus obras, en el rey de una época.
Así lo reflejan las cada vez más numerosas historias de otros autores así como las de los grandes escritores contemporáneos en español –Borges, Benedetti, Mutis, Rulfo o Cortázar-, quienes se han dedicado al cultivo del relato breve con técnicas literarias cada vez más desarrolladas. Y como no sólo se han dedicado a escribir sino también a teorizar sobre la brevedad de sus creaciones literarias, estoy en disposición de ofrecer a autores que quieran auto-publicar sus obras en mis blogs algunos de estos valiosos consejos.
1. No más de dos horas, Allan Poe


Para saber cuanto debería ocupar un cuento, nos fiamos a pies juntillas de uno de los maestros universales del relato corto, Edgar Allan Poe, quien califica de cuento “aquella lectura que necesita de media hora a dos horas”. Traducido en palabras para su aplicación práctica, esto significa que el cuento no tendría que sobrepasar las 7.500 palabras.
No obstante, como las leyes de la literatura son un tanto arbitrarias y el puritanismo es difícil cuando el genio creativo está en juego, se estima que la extensión de un cuento puede oscilar entre las 1.000 y las 20.000 palabras.
2. Inicios truncados y exabruptos, Carver



“Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono”. Así empezó una de sus historias Raymond Carver, uno de los mejores contadores de historias breves de finales de los 80 en América. ¿Quién es él? ¿Quién llamaba? ¿Por qué? ¿Pudo oír el teléfono? Este principio nos conduce inevitablemente a una serie de interrogaciones que incitan a seguir leyendo.
Independientemente de si se trata un libro publicado en español o en inglés, esta es una de las reglas de oro del cuento: inicios no sólo bruscos sino además truncados. Importa el conflicto, no hay tiempo que perder en las presentaciones de personajes ni en las descripciones de ambientes.
3. Una trama de dos historias, Piglia


El lector cree que está leyendo una historia pero en realidad son dos. Tendrá que descubrir cual es cada una y donde se centra la importancia de la acción. Pese a que no todos los cuentos recogen esta conocida tesis del escritor argentino Ricardo Piglia, su uso es muy útil para despertar la intriga en el lector y lograr el efecto sorpresa que caracteriza las narraciones cortas.
El truco consiste en narrar la supuesta historia principal en el primer plano de la narración e ir descubriendo la historia secundaria en los intersticios de la primera. Al final, aunque las dos tramas estarán siempre relacionadas, la segunda desbancará a la primera como nudo narrativo. El resultado: lector conmocionado.

4. La precisión léxica, Quiroga


Si podemos expresar una circunstancia en 5 palabras, ¿por qué hacerlo en 10? El arte del cuento es el arte del despojo de lo superfluo, de la concisión, de la represión –o precisión- léxica.
Lo anunciaba Horacio Quiroga en su Decálogo del perfecto cuentista, donde aconsejaba no adjetivar sin necesidad so pena de debilitar las palabras importantes y en mis blogs creemos que es casi un imperativo si se dedican a esta tarea. Junto a la adjetivación contenida, sugerimos también el uso de frases breves y diálogos –mejor que hablen los personajes, no el narrador-. El objetivo es que el cuento pueda crecer si así lo requiere la imaginación del lector, nunca decrecer.
5. Final de jaque, Cortázar


Se trate de novela o cuento, los finales son siempre importantes porque constituyen el sabor último que dejamos en la boca del lector. Esto no significa que el autor tenga que optar por las clásicas frases hechas, rimas o moralejas propias de la tradición oral pero sí es necesario culminar con la tensión que ha ido cocinando a lo largo de la narración.
En palabras de un cuentista, Julio Cortázar, “el final debe ser una cachetada al lector, o un jaque mate. La novela gana la contienda por puntos, el cuento por knock-out”. A ello puede ayudar la técnica de Piglia de desvelar una trama escondida.
En el fondo no se trata tanto de encontrar la idea 10 para un cuento sino de mimarla con el tratamiento literario preciso. Después de estos básicos, ¿quién no se atreve a publicar su cuento conmigo?

sábado, 13 de julio de 2013

La saga de El Profeso

http://www.amazon.com/saga-Profeso-Spanish-ebook/dp/B00DWCKQQG/ref=sr_1_16?s=books&ie=UTF8&qid=1373712833&sr=1-16&keywords=carlo+emanuele+ruspoli
O: http://www.amazon.com/dp/B00DWCKQQG




Todas las noticias sobre el Bailío y Gran Prior de Pisa Fray Gian Galeazzo Ruspoli de la milenaria Orden Militar del Hospital de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta denominada hoy simplemente como Orden de Malta.
Todo lo que necesitáis saber de la saga: las características de los personajes principales, las novelas escritas o en proyecto y como empezó la afición de escritor acerca de un antepasado de la Orden de Malta del pasado que viaja en el tiempo, un personaje que en su semblante de fantasma procedente del guerrero de la alegoría de la ilustración ha ido seduciendo a su descendiente Carlo Emanuele Ruspoli con cada una de sus historias, hasta ejercer en él la fascinación que despiertan los grandes detectives de la literatura, como Hércules Poirot o Sherlock Holmes. Gracias a sus investigaciones, el lector podrá profundizar en su universo, en su carácter peculiar, en su exquisita cultura, en su círculo familiar, cargado de luces y sombras. No obstante, Ruspoli siempre es un personaje enigmático, que guarda tras su rostro inescrutable multitud de misterios y talentos desconocidos.

miércoles, 26 de junio de 2013

Gordi

El cronómetro indicaba cinco minutos. Sólo cinco minutos.

Notó su cabello empapado en sudor. Miró el cuadro de control de la bicicleta estática, el selector de dureza estaba en modo uno. La distancia recorrida no alcanzaba aún los dos mil metros. Su corazón rozaba las ciento cuarenta pulsaciones.

Volvió a escuchar aquellas malditas risas. El hambre no bastaba. Tenía que sudar. Colocó el selector en modo dos, agachó la cabeza, apretó los puños en el manillar y siguió pedaleando.

El sudor escocía en sus ojos. Con la mano derecha, cogió la toalla que llevaba en el cuello y secó su cara. Ocho minutos. Dos mil setecientos metros. Ciento cincuenta pulsaciones. Tensó los músculos. Debía esforzarse más. Su cabeza debía centrarse en el esfuerzo.

Necesitaba olvidar. No quería volver a llorar recordando su niñez. Una niñez amarga, cruel, en la que, al contrario que los otros niños, siempre temió la hora del recreo. La hora de la humillación. Las primeras cien veces, esperó ilusionado a que alguno de los capitanes lo eligiera para su equipo de fútbol. Nunca sucedió. En algunas ocasiones, incluso prefirieron jugar con uno menos. Primero, lloró viendo como los demás se divertían jugando Luego, aprendió a disimular sus lágrimas. A beberse su amargura.A tragarse su dolor.

La camiseta se pegaba a su cuerpo y le escocía los pezones Chorreaba sudor. Se levantó del sillín. Pedaleó con rabia. Tenía que sudar más. Once minutos. Tres mil doscientos cincuenta metros. Ciento sesenta pulsaciones. No era suficiente. Debía llegar al límite.

No quería pensar. Debía acostumbrarse a no desear, a no sentir. Sabía que nunca experimentaría el placer de tocar los suaves, palpitantes y turgentes pechos de una chica, la calidez de sus besos, o la ternura de sus caricias.

Para los demás,él era un monstruo, un ser deforme,un contrahecho. Quince minutos. Cinco mil metros. Ciento ochenta pulsaciones. Volvió a secarse. La toalla apestaba a sudor.

Quería más. Colocó el selector en modo tres. Las piernas le dolían. Miles de agujas parecían clavarse en sus músculos. Siguió pedaleando. No volverían a reírse, a humillarle. Jamás volverían a insultarle. Conseguiría que le llamaran por su nombre. Él se llamaba Nicolás. De una puñetera vez todos lo sabrían.

Apretó los dientes. Tragó saliva. La garganta le ardía. Aumentó el ritmo de su pedaleo. Veintidós minutos. Once kilómetros. Ciento noventa pulsaciones. Respiraba con dificultad. Estaba agotado, pero era insuficiente. Tenía que seguir. No podía dejarlo. No podía fracasar de nuevo. Veinticinco minutos. Doce kilómetros doscientos metros. Doscientas pulsaciones.

Su pecho quería explotar. Intentó pedalear más rápido. Le pareció imposible. Más rápido, maldita sea. Más rápido. Notaba las venas hinchadas en el cuello y en la sien. De sus labios comenzó a caer baba. Una baba que sabía a hiel. 

Aún no era bastante. Tenía que sudar más. En poco tiempo dejaría de visitar las horribles tiendas de tallas grandes, “las tiendas para gordos”. En un mes, la gente no volvería la cabeza para mirarle. No haría chistes sobre su aspecto. Dejaría de ser gordo. Dejaría de ser un monstruo

Pedaleó más rápido, más fuerte. Más, mucho más. Treinta minutos. Catorce kilómetros.Sus pulsaciones se dispararon. Sintió un dolor inmenso cuando sus venas estallaron. Intentó pedalear. Quedó muerto sobre la bicicleta.

Al día siguiente en el tablón de anuncios de la universidad, en una escueta nota, se comunicaba a todos los alumnos el fallecimiento de José Jimenez Zapatero, estudiante de filosofía. Nadie supo quien era.

Días después, en la cafetería y en tono jocoso, un alumno comentó que hacía algún tiempo que no veía al Gordi. “Seguramente el animal se ha comido el horario”. Todos rieron la ocurrencia.