Adolfo Suárez: la dignidad que fundó nuestra democracia
Cincuenta años después de su llegada a la presidencia del Gobierno, el nombre de Adolfo Suárez sigue siendo, para muchos españoles, sinónimo de concordia, valentía y altura moral. Para otros, sorprendentemente, su figura permanece envuelta en una especie de silencio injusto, como si la Transición —ese milagro político y humano que permitió que España se reencontrara consigo misma— hubiera surgido por generación espontánea. Nada más lejos de la verdad.
Suárez fue el artífice decisivo de la Transición querida por el Rey Juan Carlos, el hombre capaz de convertir una visión regia en una realidad política. Y lo hizo con una mezcla de serenidad, audacia y sentido del deber que hoy resulta casi irrepetible.
Tuve la suerte de conocerlo personalmente. En su trato directo descubrí algo que los libros de historia apenas pueden transmitir: la nobleza silenciosa de quien sabe que está trabajando para un país entero, no para sí mismo. Su mirada transmitía una convicción tranquila, una certeza íntima de que España podía ser mejor si se la conducía sin miedo y sin rencor. Esa serenidad —tan poco frecuente en la política de cualquier época— fue la que permitió que millones de españoles confiaran en él.
La Transición no fue un proceso automático. Fue una obra humana, frágil y gigantesca a la vez. Suárez tuvo que enfrentarse a un país dividido, a un terrorismo que golpeaba sin descanso, a la desconfianza internacional y a la tentación permanente de los extremismos. Sin embargo, eligió siempre el camino más difícil: el de la concordia, el de la ley, el del respeto al adversario. Su legado no es solo político; es moral.
Esa grandeza se refleja también en su familia. Soy amigo de su hijo, Adolfo Suárez Illana, a quien tengo una simpatía profunda y sincera. En él reconozco la continuidad de una forma de estar en el mundo: discreción, cortesía, lealtad y una elegancia que no necesita estridencias. Lleva el apellido con dignidad, sin explotarlo, sin convertirlo en arma ni en escudo. Su presencia confirma que la herencia de Suárez no se limita a la historia: sigue viva en quienes la encarnan con honestidad.
Hoy, cuando España atraviesa momentos de confusión moral y política, conviene recordar que hubo un tiempo —no tan lejano— en que la palabra “política” significaba servicio, responsabilidad y grandeza. Suárez no fue perfecto, porque ningún ser humano lo es. Pero fue, sin duda, el presidente que hizo posible que España se reencontrara consigo misma.
Quizá no hemos sido del todo justos con él. Quizá la memoria pública no ha sabido agradecerle lo suficiente. Pero quienes lo conocimos, quienes tratamos a su familia, quienes vivimos aquella época, sabemos que su figura permanece intacta en lo esencial: la dignidad de un hombre que eligió unir cuando otros querían dividir.
Recordarlo no es nostalgia. Es un acto de justicia.
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