sábado, 23 de marzo de 2013

Los Ruspoli



Escudo Ruspoli



Del linaje Marescotti Ruspoli[1], hoy simplemente Ruspoli, hay unas biografías muy exhaustivas de santos, altos oficiales, cardinales, prelados, embajadores, políticos, exploradores, poetas y héroes. En ellas se explica su origen, sus títulos, sus feudos, sus hazañas, sus obras, sus virtudes y sus defectos. Todas ellas forman parte de mi libro inédito titulado Retratos. El linaje tiene su origen documentado en Mario el Escocés, nacido en el siglo VIII (en italiano Mario lo Scoto, desde el cual se derivó hacia el apellido Marescotti). Muchos de los Ruspoli brillaron por luz propia. Algunas fuentes fueron recabadas de apuntes realizados por las mismas personas, como es el caso de doña Victoria Ruspoli, que al morir dejó sus apuntes y retratos a su hija Emanuela, Duquesa de Segovia, quien me los trasmitió o el de Francisco Ruspoli, cuyos apuntes biográficos fueron trasmitidos por su hijo don Sforza a mi padre. Reproduzco a continuación un árbol genealógico simplificado de la familia Ruspoli[2], desde el hito de la obtención del título de príncipe de Cerveteri, hasta la época actual.

El desayuno de los Ruspoli en Viena

El paseo de los Ruspoli en el castillo de Vignanello
·         Francesco Maria Ruspoli Marescotti Capizucchi. 1º príncipe, antes marqués, de Cerveteri (1672-1731), hijo primogénito de Alejandro Marescotti Capizucchi y de Ana María Corsini, se encontró con la obligación de asumir a los quince años de edad el apellido Ruspoli para heredar de su tío abuelo Bartolomé Ruspoli. Bartolomé, hijo de Horacio Ruspoli, decidió trasladar su residencia a Roma, y, después de liquidar sus conspicuos bienes rústicos, urbanos y financieros en Florencia, Toscana y el banco de Siena, adquirió en 1674 el feudo y marquesado de Cerveteri en la región de Lacio, por 550.000 escudos, cuya extensión fue de tres mil “rubbia”, equivalentes a 5600 hectáreas. Dado que no tenía hijos y para evitar la extinción de la rama de su linaje, cuando murió dejó como heredero universal a su sobrino Francisco, hijo de su hermana Victoria, casada con un Marescotti, con la obligación de asumir el apellido y las armas de la familia Ruspoli. Este contrajo matrimonio con doña María Isabel, hija de Angiolo Cesi, duque de Acquasparta y de Jacinta Conti, hermana del Papa Inocencio XIII. Tuvieron ocho hijos, dos varones y seis mujeres, de las que tres tomaron el velo. El título de marqués fue elevado a la categoría de príncipe por el muy agradecido papa Clemente XI, que decidió elevar el rango del Marquesado de Cerveteri a Principado el 3 de febrero de 1709. Francisco María nunca fue un guerrero, al máximo asistió a los desfiles, pero su Regimiento se había cubierto de gloria defendiendo a los Estados Pontificios y con la concesión del título de príncipe ¡había logrado su propósito! Tuvo en Palazzo Ruspoli como músico de cámara a Händel. Desde el año 2009 se convoca un premio internacional de música barroca en el castillo de Vignanello, recordando el ilustre compositor barroco de origen alemán y su vinculación con el príncipe al que dedicó alguna de sus composiciones musicales.
·         Alessandro Ruspoli. 2º príncipe de Cerveteri, 2º marqués de Riano, 7º conde de Vignanello, Patricio Romano, Noble de Viterbo y de Orvieto, Caballero del Toisón de Oro (Austria) (1708-1779) hijo del anterior y hermano de Bartolomé, Cardinal de la S.I.R., Gran Prior de Roma de la Soberana Militar Orden de Malta, se casó con Prudencia Marescotti Ruspoli.
·         Francesco Ruspoli. Hijo del anterior y 3º príncipe de Cerveteri, 3º marqués de Riano, 8º conde de Vignanello, Patricio Romano, Noble de Viterbo y de Orvieto, príncipe del S.R.I[3]., Caballero del Toisón de Oro , Chambelán del Emperador y embajador de Austria (1751-1839). Gran Maestre del Sacro Hospicio Apostólico. Se casó en segundas nupcias, después de haber quedado viudo y sin hijos de su primera mujer, doña María Isabel hija del príncipe Giustiniani con la condesa Leopoldina Kevenhüller-Metsch y Liechtenstein con la que tuvo siete hijos. Doña Leopoldina fue hija del príncipe Segismundo Khevenhüller, embajador  plenipotenciario imperial en Italia del Sacro Romano Imperio y de la princesa Amalia de Liechtenstein.
·         Otros hijos: ver ramas (1) y (2).
·         Alessandro Ruspoli. Hijo primogénito del anterior y 4º príncipe de Cerveteri 4º marqués de Riano, 9º conde de Vignanello, Patricio Romano, Noble de Viterbo y de Orvieto, príncipe del S.R.I., (1785-1842). Gran Maestre del Sacro Hospicio Apostólico. Se caso con doña Mariana, hija del conde húngaro  Juan Nepomuceno Esterhazy de Galantha.
·         Giovanni Nepomuceno Ruspoli. Hijo del anterior y 5º príncipe de Cerveteri 5º marqués de Riano, 10º conde de Vignanello, Patricio Romano, Noble de Viterbo y de Orvieto, príncipe del S.R.I., (1807-1876). Gran Maestre del Sacro Hospicio Apostólico. Se casó con doña Bárbara de los príncipes Massimo.
·         Francesco Ruspoli. Hijo del anterior y 6º príncipe de Cerveteri 6º marqués de Riano, 11º conde de Vignanello, Patricio Romano, Noble de Viterbo y de Orvieto, príncipe del S.R.I., (1839-1907). Gran Maestre del Sacro Hospicio Apostólico. Se casó con Egle de los Condes Franchesi.
·         Alessandro Ruspoli. Hijo del anterior 7º príncipe de Cerveteri 7º marqués de Riano, 12º conde de Vignanello, Patricio Romano, Noble de Viterbo y de Orvieto, príncipe del S.R.I., (1869-1952). Gran Maestre del Sacro Hospicio Apostólico. Se casó con Marianita de los Duques Lante Montefeltro della Rovere.
·         Francesco Ruspoli. Hijo del anterior 8º príncipe de Cerveteri, 8º marqués de Riano, 13º conde de Vignanello, Patricio Romano, Noble de Viterbo y de Orvieto, príncipe del S.R.I., (1899-1989). Se caso con Claudia de los condes Matarazzo, con la que tuvo dos hijos Alessandro, primogénito, 9º príncipe de Cerveteri, etc. con descendencia, su hijo Francesco es el actual 10º príncipe de Cerveteri, etc. y Sforza. Hijas de Sforza son Claudia, Giada (actuales dueñas del Castillo de Vignanello) y Giacinta.
·         (1) Camillo Ruspoli (1788-1864). Patricio Romano, Noble de Viterbo y de Orvieto, príncipe del S.R.I., Grande de España por matrimonio. Se casó con Carlota de Godoy y de Borbón, duquesa de Sueca y de la Alcudia, condesa de Chinchón. Aquí empieza la primera rama española.
·         (1) Adolfo Ruspoli y de Godoy (1822-1898). Hijo del anterior, Grande de España, duque de Sueca, de la Alcudia y conde de Chinchón, príncipe del S.R.I. Se casó con Rosalia Álvarez de Toledo y Silva.
·         (1) Carlos Luís Ruspoli y Álvarez de Toledo (1858-1930). Hijo del anterior, Grande de España, duque de Sueca, de la Alcudia y conde de Chinchón, príncipe del S.R.I. Se casó en primeras nupcias con Maria del Carmen Caro y Caro  y después con Josefa Pardo y Manuel de Villena.
·         (1) Camillo Carlos Adolfo Ruspoli y Caro (1904-1984). Hijo del anterior, Grande de España, duque de Sueca, de la Alcudia y conde de Chinchón, príncipe del S.R.I. Se casó con doña Belén Morenés y Arteaga, condesa de Bañares y tuvo tres hijos: Carlos, Luís y Enrique.
·         (1) Carlos Ruspoli y Morenés (N. en San Sebastián 1932- …). Grande de España, duque de Sueca, de la Alcudia y conde de Chinchón, príncipe del S.R.I., Caballero de Honor y Devoción de la Soberana Orden de Malta. Sin descendencia.
·         (1) Luís Ruspoli y Morenés (N. en Madrid 1933- …). Marqués de Boadilla del Monte, Caballero de Honor y Devoción de la Soberana Orden de Malta, con descendencia. Se casó en primer matrimonio con María del Carmen Sanchiz y Nuñes Robles, marquesa del Vasto; en segundo con  Melinda d’Eliassy y Mallet, fallecida.
·         Mónica Ruspoli y Sanchíz (N. en 1961) casada con el diplomático Alonso Dezcallar y Mazarredo. Con descendencia.
·         Luís Ruspoli y Sanchíz (N. en 1963). Barón de Mascalbó, se casó con Maria Álvarez de las Asturias-Bohorques y Rumeu de Armas. 
§  Carlos Ruspoli y Álvarez de las Asturias-Bohorquez (N. en 1993).
·         Belén Ruspoli y Sanchíz (N. en 1964) casada con el conde Cesare Passi. Con descendencia.
·         Santiago Ruspoli y Sanchíz (1961-1996)
·         (1) Enrique Ruspoli y Morenés[4] (N. en Madrid 2/2/1935- …). Conde de Bañares, Caballero de la Orden Piana y Gentilhombre de Su Santidad, Caballero de Honor y Devoción de la Soberana Orden de Malta, Maestrante de Granada. Sin descendencia.
·         (2) Bartolomé Ruspoli (1800-1872). Aquí empieza la rama de los príncipes de Poggio Suasa. Se casó con doña Carolina Ratti. Fue capitán del ejército pontificio y luego coronel de ejército piamontés, en el que participo en las guerras del resurgimiento italiano. Paralítico de cintura por abajo por la explosión de una granada, siguió participando a las batallas en silla de ruedas empujada por su asistente.
·         (2) Emanuele Ruspoli (1838-1899). Hijo del anterior y 1º príncipe de Poggio Suasa, Patricio Romano, Noble de Viterbo y de Orvieto, príncipe del S.R.I. Se casó tres veces y tuvo nueve hijos. Su extraordinaria vida no se puede resumir y merece un capítulo aparte, ya que alcanzó los más altos honores por méritos propios. Se casó con la princesa rumana Caterina Vogorides-Konaki, con la que tuvo cinco hijos, luego con doña Laura Caracciolo de los príncipes de Trella, con la que tuvo un hijo. De su tercer matrimonio con doña Josephine Mary Curtis, empieza la rama de los duques de Morignano.
·         (2) Mario Ruspoli (1867-1955). 2º príncipe de Poggio Suasa, Patricio Romano, Noble de Viterbo y de Orvieto, príncipe del S.R.I., se casó con Pauline Marie Palma de Talleyrand Périgord, hija del duque de Talleyrand Périgord, con descendencia.
·         (2) Marcantonio Ruspoli (1926-2003). 3º príncipe de Poggio Suasa, Patricio Romano, Noble de Viterbo y de Orvieto, príncipe del S.R.I. se casó primero con Helena Pessoa de Mello y luego con Gleide Chagas Portela con la que tuvo seis hijos.
·         (2) Constantino Ruspoli (1971-…) 4º príncipe de Poggio Suasa, hijo del anterior.
·         (2) Francesco Ruspoli (1891-1970). 1º duque de Morignano, de los príncipes de Poggio Suasa y Cerveteri, Patricio Romano, Noble de Viterbo y de Orvieto, príncipe del S.R.I., casado con Giuseppina Pia de los condes Savorgnan de Brazzá.
·         (2) Galeazzo Ruspoli (1922-2003). 2º duque de Morignano, de los príncipes de Poggio Suasa y Cerveteri, Patricio Romano, Noble de Viterbo y de Orvieto, príncipe del S.R.I. Casado con doña María Elisa Soler de los marqueses de Rabell en primer matrimonio y posteriormente con Giovanna Nannni de los barones de Casabianca.
·         (2) Carlo Emanuele Ruspoli (1949 -...). 3º duque de Morignano, de los príncipes de Poggio Suasa y Cerveteri, Patricio Romano, Noble de Viterbo y de Orvieto, príncipe del S.R.I., suele llevar en España los títulos de su mujer. Es doctor arquitecto por la Universidad de Roma y el autor de este artículo. Se casó en 1975 con Doña María de Gracia de Solís-Beaumont y Téllez-Girón, Grande de España, duquesa de Plasencia y marquesa de Fromista. Fue padrino de su boda Su Majestad el Rey Humberto II de Italia. La boda se celebró en el Palacio de los condes de La Puebla de Montalbán[5] y la Iglesia parroquial “Nuestra Señora de la Paz” contigua al mismo.


Los duques de Morignano y de Plasencia en su residencia
·         Ambos tienen una hija: Doña María de Gracia Giacinta Ruspoli y de Solís-Beaumont (N. en Madrid, 16/6/1977 -…), marquesa del Villar de Grajanejo, de los príncipes de Poggio Suasa y Cerveteri, de los duques de Morignano y noble de Viterbo. Licenciada en Administración y Dirección de Empresas. Universidad San Pablo CEU; Diploma de Estudios Avanzados de Tercer Ciclo. Universidad San Pablo CEU; Programa Superior en Responsabilidad Corporativa. Instituto de Empresa; Master en RSC y Sostenibilidad. UNED; Programa de Desarrollo de Directivos. EOI; Executive MBA. Instituto de Empresa (en realización).Se casó el 28 de noviembre de 2009 con Don Javier González de Gregorio y Molina[6].

Alegoría de los Ruspoli con la Santa Sede

Las noblezas española e italiana tienen históricamente muchos puntos de contacto, algunos poco conocidos. Reflexionar sobre el presente o el futuro de las noblezas española e italiana no deja de ser, en muy gran medida, un contrasentido; o mejor dicho un imposible, toda vez que en puridad estos colectivos ya prácticamente no existen, al menos como fenómeno social o como hecho general de civilización. Sin embargo creo que hoy la nobleza tiene que estar al servicio de la sociedad y que su acción debe centrarse sobre todo en las actividades humanitarias y culturales, así como para la conservación de los valores morales tradicionales.
En seguida me di cuenta que las investigaciones sobre los personajes de la familia de mi mujer iban a ser muy interesantes, puesto que descubrí  diversos contactos entre las familias retratadas, empezando por San Francisco de Borja, que se denomina afectuosamente en la familia de mi mujer como el abuelo Santo Duque, y los Marescotti de Bolonia, con motivo de un encuentro hacia 1570 en el Real Colegio Mayor de San Clemente de los Españoles en Bolonia, fundado en 1365 por voluntad del cardenal Gil Álvarez de Albornoz. Este encuentro, en el marco del viaje de San Francisco de Borja con el cardenal nepote, fue para impulsar unos nuevos estatutos más ambiciosos que lo vigentes hasta entonces, para hospedar más de la treintena de españoles y cristianos. Los Marescotti, entonces condes de Bagnocavallo, regían en aquella época la ciudad. Luego hay un cardenal Galeazzo Marescotti, que renunció a ser proclamado Papa, nuncio apostólico en Madrid en el siglo siguiente, hay múltiples contactos del tercer duque de Osuna con miembros de la familia Marescotti-Ruspoli-Caracciolo; hay una boda en el siglo XVII del príncipe de Venosa, pariente de mi familia, con una nieta de Lucrecia Borgia, otra de Camillo Ruspoli con Carlota Godoy y Borbón en el XIX; el matrimonio de S.A.R. el Infante don Jaime de Borbón con Emanuela Dampierre Ruspoli,  para llegar finalmente a mi matrimonio en 1975 con una ilustre descendiente de los Téllez-Girón, Borja y Pimentel, entre otros linajes con conexiones con Italia, como los Álvarez de Toledo.

“Victoria y sus siete hermanos” es el relato de la hermana de mi abuelo Frank, revisado y ampliado. Extraído de Retratos, páginas de 530 a 571.

El matrimonio[7] de mis padres fue arreglado por la tía Bessie. Tante Bessie fue quince años mayor que su hermana Josephine, es decir de mi madre. Esta tía fue muy autoritaria y agresiva, nos tenía controlados a todos los de la familia, incluyendo a mamá. Fue, en fin, la abeja reina. Casada con el Duque de Talleyrand Périgord, vivió en su palacio de Paris. Siempre fueron muy orgullosos de ser descendientes del histórico personaje de la época napoleónica, pero a mí un obispo con hábitos colgados nunca me gustó. No niego su grandeza histórica, pero cuando se ha elegido a Dios no se puede cambiar de idea para transformarse en un revolucionario.

Tante Bessie tenía por costumbre arreglar matrimonios y sospecho que lo hizo desde muy joven, porque eligió bien a su marido, juntando la riqueza de los Curtis norteamericanos a la nobleza del linaje francés. Tuvo una hija, Palma que cumplió sus diez y ocho años cuando mamá tenía veinte y tres. Ambas jóvenes estaban listas para casarse. ¿Qué hizo Tante Bessie? Descubrió la disponibilidad de dos príncipes romanos y en el transcurso de un año, casó su hija Palma con don Mario Ruspoli, mi medio hermano, y luego la hermana Josephine a mi padre don Emanuele Ruspoli, príncipe de Poggio Suasa, que era viudo. Don Mario, nacido del primer matrimonio con la loca rumana, de la que hablaré después, se encontraba a tener como madrastra la tía de su mujer, y el hecho es que nunca pudo tragar este asunto.

Ahora explico quienes eran los siete hermanos. Cinco eran hijos de Mario y Palma, lo cual quiere decir que en realidad eran mis sobrinos, los otros dos eran mis hermanos verdaderos. Todos nacimos juntos, o mejor dicho, en parejas. Constantino, de Mario y Francisco, apodado Frank[8], de Emanuele en 1891. Marescotti, de Mario y Victoria, yo misma, de Emanuele en 1892. Edmundo, de Mario y Eugenio, de Emanuele, en 1894. Luego las parejas se pararon porque mamá y papá no tuvieron más hijos, mientras que en los diez años siguientes, Mario y Palma tuvieron otros dos, es decir Emanuele, denominado Bino y Carlo Mauricio, conocido como Picci. Mario y Palma vivían con nosotros en Roma, en la vía de San Nicolás de Tolentino[9], por lo que más que era natural que se estrechara aún más el vínculo de parentesco entre nosotros y sus hijos. ¡Qué guapos eran aquellos muchachos, como me querían y me protegían, siendo la única niña entre siete varones!

Después de la muerte prematura de papá que sucedió cuando yo tenía siete años, dejamos Roma y fuimos a vivir todos en París, en el hôtel particulier de Avenue Elisée Reclus, bajo la torre Eiffel. Mamá, buscando consuelo y distracción ante su precoz viudedad, se había refugiado baja el ala protectora de Tante Bessie, que en seguida aprovechó para tomar las riendas de la situación, dar órdenes y organizar nuestra vida. Pero sobre todo nos hacía sentir ¿Quién sabe por qué? Como si nosotros fuéramos sus huéspedes y como si tuviéramos que agradecer su amabilidad. En otra planta de la casa de Avenue Elisée Reclus, vivía la familia de mi medio hermano Mario, entonces Ministro Consejero de la Embajada de Italia.

Para nosotros lo importante era estar unidos, bajo el  mismo techo. Y parecíamos realmente hermanos, pues éramos de la misma edad y llevábamos el mismo apellido: una tribu divertida y ruidosa, vivida a caballo de la Belle époque y la gran guerra del 1914-1918. Y crecíamos internacionales, aún sintiéndonos en nuestros corazones profundamente italianos[10].

La abeja reina, que velaba por todos, pretendía organizar mi vida. ¿Pero porque? Yo vivía con mamá, en el piso de mi madre y me peleaba a menudo con la tía: ella me acusaba justamente de ser impertinente, pero en realidad pienso que prefería a los varones y que mi error era el haber nacido mujer. Con el pasar del tiempo pienso en ello sonriéndome, pero oigo todavía el estribillo de Tante Bessie y aquella frase tan odiosa: ¡Estad siempre a la altura de vuestra posición social! En su palacio recibía suntuosamente a medio París, forasteros de muchos países, además de la mejor sociedad francesa.


Tapiz de los Ruspoli que colgaba de las ventanas de Palazzo Ruspoli en vía del Corso, Roma.
Me acuerdo de los nombres de algunos de los visitantes, había americanos, alemanes, austriacos, rusos, pero sobretodo ingleses. Mrs. Leslie, reverenciada por todos por ser la amante del rey Eduardo. Los famosos Sackville-West, ellos también involucrados con la corona de Inglaterra y aún más  en juegos inmorales (había que escuchar atentamente, porque ciertos asuntos los oía en voz baja). Peerpoint Morgan, que me impresionaba por su nariz tan grande como las siete colinas de Roma. Mientras, el escritor Sean Leslie era un hombre extravagante y decididamente insoportable, cuando se divertía en asustarnos a todos. Un medio loco pero con mucho encanto, odiaba las recepciones, cuando en aquella época las fiestas eran consideradas como un deber social ineludible. Casado con una señora elegante de la sociedad londinense, tuvo que interrumpir uno de sus viajes, para asistir a una recepción de su mujer. Llegó tarde y se presentó en el salón con un traje para viaje y afeitado en un solo lado de la cara: la otra mitad con una barba muy peluda, sin afeitar durante varias semanas. ¡Era su manera de rebelarse! También los Leslie eran una tribu relacionada con los Sackville-West, por el lado americano.

Una de ellos fue la madre de Winston Churchill. Cuando íbamos a Londres, vivíamos en casa de los señores Mott, ellos también conectados con la tribu. El hijo de los Mott era un borrachín, pero después se convirtió en un buen escritor y físicamente se parecía a su primo Winston Churchill. Este último, de mi misma edad, fue un joven poco prometedor, pero su madre decía que era muy ambicioso y afirmaba que de mayor hubiera querido llegar a ser primer ministro, pero que si lo hubiese logrado ¡pobre Inglaterra! A menudo volví a pensar en esta profecía… Durante un week-end en el Surrey, la dueña de la casa, como es costumbre en Inglaterra, organizaba juegos para los jóvenes. Uno de estos era una carrera de burros en la que gané a un Winston Churchill furibundo, porque no soportaba perder. Cuando lo pienso, aún me divierto. Me parece que asistió también la famosa Virginia Wolf, que no conocí personalmente, pero no me importa, ¡porque era tan inmoral! Muchos años después me acuerdo que en Florencia una tal marquesa Tripcovich, que presumía ser hija del rey Eduardo. ¿Lo fue de verdad? Me parece que las fechas no coinciden.

Pero este espíritu relamido estaba entonces de moda y, por otra parte, el duque de Windsor hacía el amor con todas las mujeres que se le ponían a tiro, para vengarse del despotismo de la reina Victoria. Asistí en Londres desde una ventana cerca de Westminster Abbey al cortejo para la ceremonia de coronación del rey Eduardo VII, un fantástico conjunto de coches de caballos, importantes personajes y militares con uniforme de gala. Me acuerdo de la salida del rey de la catedral con la corona puesta en la cabeza y de todos los Pares, con sus capas envueltas gloriosamente en sus brazos, que bajo muchos paraguas corrían hacia los coches de caballos para evitar la lluvia. Grandeur et misère, richesse et pauvreté[11], imágenes verdaderas de vida.

También Noirmoutiers[12], fue una decisión de Tante Bessie, sin dudas la mejor.  Se la sugirió una amiga de la familia que le pidió que nos entregara para llevarnos de vacaciones, junto con sus hijos, asegurándola que seríamos muy felices. Al principio a la tía no le pareció bien, pues creyó que se trataba de una isla para salvajes. Pero al final dio su consentimiento diciendo que si nosotros estábamos contentos y teniendo en cuenta lo económica que saldría la vacación…

Por una vez el famoso orden de la tía de obedecer y callar, fue asumido por nosotros. La tribu Ruspoli se unió a sus nuevos amigos cantando a plena voz, también de noche, yendo a la playa, haciendo compotas de fruta, con una completa familiaridad. Noirmoutiers era la isla de la felicidad, porque para nosotros jóvenes representaba la más completa libertad. No obstante fuéramos educados en colegios y países distintos, volvíamos a encontrar con orgullo nuestro abolengo y un crecido sentido de patriotismo. Raro, este último, que se desarrollaba agresivamente en medio de la alegría de una libertad conocida en suelo extranjero, en aquella isla que presume de unas ruinas de una abadía destruida por los Vikingos acaudillados por un Marescotti, ¡nuestro antepasado!  Me enteré entonces por una institutriz sueca que había descubierto la noticia entre documentos conservados en una biblioteca de su país. Y yo, una muchacha entonces de catorce años, rodeada de mis adorados “hermanos”, jugaba y reía por la libertad conquistada, tal vez bajo los ojos de un antepasado resplandeciente.  ¡A lo mejor fue por obra de su fantasma que se reunió en la isla, nueve siglos después, una manada de sus descendientes! En Noirmoutiers se encontraban también otros amigos franceses y entre todos formábamos un grupo de una veintena de muchachos. En la isla no había distracciones, ni cine ni teatro, una sola pequeña tienda donde vendían sucre d’orge, y un infame pequeño hotel sin agua corriente y sin luz eléctrica. Pero la luz de las velas era suficiente para nuestra alegría. Nadar, correr con los pies descalzos por la playa, entre los pinos, echarse boca abajo en cualquier sitio para discutir y filosofear desconociendo nuestra ignorancia, ricos de exuberancia y curiosidad, y dictando leyes al mundo. Así nos formamos con una personalidad común que nunca nos abandonó y que, en cierta medida, veo reflejada en mis hijos. De acuerdo con nustra opinión, teníamos siempre la razón sobre todo. Éramos unos seres pequeños que nos creíamos los reyes del pensamiento. Y a nuestra manera, éramos unos revolucionarios. Para nosotros de la tribu Ruspoli, Noirmoutiers fue un paraíso. Podía desahogar mi rabia, aquel sentido de rebeldía hacia los míos, y contra los usos y costumbres de la época: la incomprensión hacia los jóvenes, la inconsciente y excesiva severidad, mientras luego los mayores llevaban una vida frívola y superficial.

Pero la educación era aquella. Cuando tuve diez y seis años tenía que callarme, dar gracias a Dios porque me obligaban a llevar un incómodo sombrerito, tuve que iniciar a hacerme conocer por la buena sociedad, bailar con guantes y decir siempre: “Si mamá”. Me habrían llevado con ellos de viaje a los grandes hoteles y habría tenido el honor de escuchar callada los chismorreos de los mayores, gente importante, hasta reyes. Pero yo no me acostumbré, así que me rebelé con uno de mis arrebatos de rabia, aquellos que más tarde hicieron que mi marido dijera de mi: “Habló el peligro nacional”. “Estoy mejor en el colegio, donde hay más juventud y más justicia”, decía una de mis jóvenes amigas y yo estaba plenamente de acuerdo con ella. Mi madre, atónita,  asistía sin respirar a esta guerra declarada, pero yo no estaba enfadad con ella, estaba enfadada con la tía quien decidía siempre todo por todos. Me arrepentía de haber contestado mal a mamá, porque no era una manera de vengarme de ella, si acaso de la tía a la que no amaba.

Me sorprende constatar que los amigos franceses de Noirmoutiers, menos deportistas que nosotros pero más intelectuales, hayan destacado tan poco en la vida posterior. Mis “hermanos” hicieron mucho más, alcanzaron grandes satisfacciones en sus vidas, y murieron también como héroes. La instrucción de entonces estaba toda basada en la memoria y no en el pensamiento, a pesar de todo estos intelectualoides decidían con soberbia el futuro de la humanidad. ¡Palabras vacías! Hablaron tanto, pero luego no supieron actuar mientras maduraba la gran guerra del 1914-1918. Porque la sociedad de entonces vivía de los sueños y no de las realidades. Nosotros Ruspoli, al contrario, no pensábamos en el futuro del mundo, y gozábamos el presente entre la natación y el barco de vela. Me acuerdo de una tormenta con olas inmensas y yo y Bino sobre un frágil barquito, él agarrado en silencio a la barra del timón y yo atada en el árbol, ocupada de vaciar el casco del agua que arriesgaba de hundirnos a pique. Yo murmuraba: ¡Adonde acabaremos!” Y él: “¡En América!” Ni siquiera tuvimos el tiempo de asustarnos. ¡Estos eran los entrañables recuerdos de cuando estuvimos todos unidos y lejos de Tante Bessie en aquel  paraíso de Noirmoutiers!

[13]El mes de junio me recuerda sobre todo la explosión de la más desenfrenada vida social, cuando los trajes de las señoras se cambiaban hasta cuatro veces al día; para el paseo de la mañana, para el almuerzo a las trece horas, para el te de la tarde y finalmente el traje largo para la noche. Trajes que eran un conjunto desordenado de sedas, encajes, terciopelo y bordados. El sastre parisino Worth de moda entonces sentenciaba: « Il ne faut savoir où la robe finit y la femme commence[14]». Es curioso como para mí y para los muchachos existiera una hostilidad latente hacia los eventos de la vida social. Preferíamos al contrario trepar por los árboles o los techos, tirarnos al mar haciendo competiciones de natación o inventar otras estúpidas bromas.

Frank y Eugenio, en la época en la frecuentaron el colegio en Eton, fueron convidados por un week-end en el castillo de Windsor. [15]La familia real se reunía todas las tardes en la capilla para rezar las oraciones anglicanas, pero mis hermanos, siendo católicos, estaban exentos de esa obligación. Entonces, no sabiendo que hacer, se fueron a dar una vuelta por el castillo y encontraron la central eléctrica, cortaron la corriente y todo al castillo y la capilla se hundieron en la más profunda de la oscuridad. Durante años presumieron de su valentonada: además los ingleses admiten aquellos que denominan practical jokes[16], así que aquella broma, aunque sinceramente un poco pesada, no tuvo consecuencias. Años más tarde se acordó de ello hasta el joven duque de Windsor que, durante una inspección en el frente durante la guerra en 1916, se encontró con Frank, teniente del ejército italiano y le recordó entre grandes risas el episodio del black-out[17] del castillo.

Pero regresando al periodo anterior a la gran guerra, también entonces no era oro todo lo que lucía, incluso si nadie parecía sospechar la realidad, ni de la falta de honestidad de cierto capitalismo, cuando los grandes financieros eran considerados como unos genios y todos se ponían a sus pies. Y luego, bajo la cortesía anidaban la envidia, la maledicencia y los celos  se escondían bajo un falso sentido de amistad. Me pregunto si cambió de verdad nuestro mundo. Lo que se es que la guerra llamaba a la puerta y que la degradación de hoy nace de la alegría despreocupada del ayer. Por otra parte la vida presentaba sus problemas causados por los deberes creados por las circunstancias y la mentalidad de aquella época. Por ejemplo, teníamos que hacer unos sacrificios notables para estar siempre apropiadamente vestidas o para hacernos convidar en las casas que importantes. Soñando con la gloria mundana para sus hijos, nuestros padres nos hacían subir por la escala social, para decirlo con la jerga de hoy, a base de cosméticos… Lo superfluo era más deseado que lo necesario y la educación de los jóvenes llevaba dentro justamente esta huella. Los americanos, entre los que se encontraba mi madre, destacaban por una postura de arribismo con respecto a la aristocracia europea que consideraba a si misma como si ya hubiera alcanzado el progreso.  Era así que luego llegaban los matrimonios por interés, por la mentalidad del negocio. Los jóvenes protestaban, porque criticaban y bromeaban sobre aquel estado de la sociedad, pero luego se adecuaban, empujados por el placer. Haciendo así demolían y no construían. También mis hermanos verdaderos y los otros hicieron así: tal vez los otros comprendieron antes el sentido de la vida, porque Frank y Eugenio fueron criados en aquel avispero de las vanidades que era entonces el colegio de Eton[18]. Además Tante Bessie no daba tregua: pues era de una generación formada así de mundana, que solo contaban el nombre y la posición económica. A mí como mujer se me atribuía una importancia secundaria: presa del ambiente yo era más amoldable por naturaleza. Para mi no hubo colegios y la instrucción fue circunstancial: mi deber era el de casarme bien. La familia y la institutriz apoyaban el mismo principio: “una mujer no necesitaba estudios, solo necesitaba estar atractiva en un salón”. Esta frase pronunciada por mamá me humilló muchísimo y me acuerdo de haberme retirado llorando a mi habitación. Sentía que valía más que esto y me juré que en el futuro nunca hubiera vuelto a pisar los salones. ¡Me equivoqué, sin embargo, porque pasé en ellos una vida! Y ahora ya no lo lamento, porque se puede afirmar igualmente las propias ideas y la propia personalidad siempre y en todo lugar. Además conocí a mucha gente interesante, crecí en un ambiente internacional, aunque me haya considerado siempre profundamente italiana.

Pero mis siete muchachos se rebelaban contra las bodas propuestas por Tante Bessie. Yo también me exasperé por esta desagradable injerencia, pero al final me rendí como por otra parte hacían todas las muchachas de aquella época.

Luego, detrás del tenue velo del lujo, de la vida social y de la superficialidad pulsaban notas no tan positivas. Cargas por encima de las posibilidades para muchos, luchas financieras para sobrevivir y luego las envidias, los celos y las maledicencias de costumbre. La alegría y el lujo eran más apariencia que sustancia.

No todo fue fácil para nuestros padres que criticábamos desconociendo sus dificultades. No era un problema pequeño proporcionar una buena posición económica a siete varones educados para trabajar no por una retribución, pero solo eventualmente a título gratuito, pues así se portaban los verdaderos señores. Y estos muchachos míos fueron cortejados y deseados no solo por jóvenes y hermosas criaturas, sino admirados y alabados por sus madres y su tía. Pero ellos jugaron con la vida, no pensaron en el matrimonio, chapotearon en lo superficial como si fuera su derecho. Tal vez solo yo, en casa, fui descubriendo ciertos indicios. Pero no pensaba en ello, porque al final, convencida por la tía, también yo fui orgullosa y despreocupada. “Empire builders[19] decía Tante Bessie, orgullosa de sus antepasados americanos. En el fondo tenía razón, los Curtis estuvieron allí desde el comienzo de la creación del gran emperio financiero norteamericano. Representaban la aristocracia del trabajo, que la tía pensaba de amalgamar con el linaje de los nietos y de los sobrinos, aristocracia hecha de historia y de antigüedad.  Todo ello aún más difícil, porque, como dije anteriormente, la aristocracia europea había sido criada en el concepto de que no se trabajaba por otra cosa que no fuese el honor.

Entre todos mis muchachos, mi hermano Frank[20] fue el más encarnizado galán y tuvo un éxito extraordinario con las mujeres, a las que otorgaba sonrisas y ramos de flores. Tante Bessie quería casarle con una condesita Polignac, hasta al punto que ya lo había anunciado en su entorno, pero Frank se encontraba en Roma donde se había enamorado de una condesita Brazzà[21], con quien se caso sin hacer caso de los deseos de la tía. La Brazzà fue una hábil amazona, ganando trofeos en los concursos hípicos de toda Europa y fue más amiga de los perros y de los caballos que de las personas[22].

Tuvieron un hijo[23] y muchos perros y caballos. Pero Frank, aunque quedó atado a su mujer durante toda su vida, continuó a tener éxito con las mujeres. Frank dedicó también mucho tiempo al deporte, sobre todo como directivo. Fue un trabajo no retribuido, por lo que lo desempeñó extraordinariamente bien. Presidente durante un cuarto de siglo del Club de Golf de Acqua Santa en Roma[24], durante más de veinte años presidente de la Asociación Italiana de Golf, miembro del Comité Olímpico Italiano y de varias asambleas internacionales, desarrolló estas tareas incansable y con gran capacidad. Estoy segura que no hubiera destacado tanto si hubiera ganado un sueldo.
Un día vino a verme un desconocido que me preguntó si era pariente del teniente Francisco Ruspoli. Le dije que era su hermana. Y el me contesto: «Le debo la vida. Durante la batalla del Piave fui gravemente herido y dejado solo en el campo.  Mientras poco a poco sentía que me estaba muriendo, de repente llegó él, el teniente. Silbaba el aire de disparos mortales, pero él, tranquilo e indiferente ante el peligro, me cargó sobre sus espaldas y tuvo la fuerza de llevarme hasta el hospital de campo. ¡Entonces me dejó para volver a la primera línea de fuego e intentar salvar a otros compañeros!» 

Frank, comandante de una compañía de bombardas, morteros ligeros de trinchera, delgados como estufas, que de vez en cuando explotaban matando a los mismos artilleros. El bombardero Ruspoli, un héroe modesto.

[25]También Eugenio tomó parte activa en la primera guerra mundial. Estudiante en Eton y universitario en Oxford, interrumpió sus estudios y volvió a Italia para enrolarse. ¡Pero había olvidado casi por completo el idioma italiano! Alcanzó sin embargo el grado de alférez, y refrescó las memorias de la infancia en el frente, dialogando con la tropa: al final de la guerra hablaba un italiano muy básico y lejos de ser refinado. Nunca perdió su acento inglés, porque el inglés fue siempre su primer idioma. Hace años el periódico “Times” de Londres publicó un artículo en el que el autor lamentaba que los jóvenes ingleses hubieran vulgarizado su linda lengua con un pésimo acento, con expresiones dialectales, y más aún con el slang [26]americano. ¡Terminaba el artículo invitando a todos los que tuviesen la posibilidad de viajar que se fuesen a Roma, donde vivían dos hermanos Ruspoli (el otro era Frank) que hablaban todavía el inglés clásico y con el mejor acento que se pudiese oír! Eugenio encontró en Roma a Dora Labouchère, una rica y brillante señora inglesa. Juntos adquirieron un conjunto de antiguos graneros sobre la colina del Gianicolo, que transformaron en una suntuosa residencia con una vista encantadora sobre la vieja Roma.

Durante veinte años sus fiestas hicieron época, hasta que estalló la segunda guerra mundial. Eugenio quiso entonces regresar al ejército para participar a la conquista de la Abisinia, pero no fue aceptado en la guerra del 1940, porque entonces, como capitán era demasiado mayor. Así que siguió viviendo con Dora en su hermosa residencia del Gianicolo durante todos los años de la guerra. En el invierno de 1944, después que Roma fura ocupada por las tropas aliadas, se sufrieron restricciones de cada tipo y sobre todo faltaba la energía eléctrica. Fue entonces cuando Dora en la oscuridad, fiándose de su conocimiento de los lugares, mientras recorría un pasillo, cayó en un hueco que había quedado desafortunadamente abierto por el acceso a un sótano y murió. Eugenio no se recuperó nunca de esta grave pérdida. Transcurría las tardes en el Círculo del Ajedrez[27]del cual era su presidente, buscando la compañía de algún socio hasta la hora del cierre. De su vida, los amigos sabían muy poco o casi nada. Hasta ignoraron que en gran secreto se había rehecho su vida, casándose una segunda vez: pero era un hombre apagado, sin ya ningún estímulo ni ambición[28].

Estuve visitando hace poco a Edmundo[29], que no se encontraba bien. Mis muchachos habían crecido todos en altura: Eugenio, Edmundo y Constantino superaban el metro noventa, los otros estaban un poco por debajo. Por esto Edmundo me había impresionado, recordando lo alto que era con hombros de atleta, viéndole tan mísero, reseco y un poco atontado. Me miró y con una sonrisa forzada me dijo: «Estuvimos juntos en Noirmoutiers, ¿te acuerdas? Allí fuimos realmente felices». Edmundo no fue un héroe como los otros: con una salud enfermiza, se quedó en casa haciendo el inventor de enseres inútiles. Tropezaba siempre con sus hilos eléctricos desparramados un poco en todas partes. Pero cada cual a su oficio y él se consideró siempre como un inventor. Él también cayó en las redes de Tante Bessie, que le arregló la boda con una condesita Chambrun. Edmundo era el más culto e intelectual de todos nosotros, pero su mujer solo pensaba en si misma, tenía ambiciones literarias y quiso establecer su residencia en Tánger para poder estudia el árabe y poder encontrar tema africanos para sus libros. El matrimonio no fue feliz. Edmundo resistió algunos años, luego dejó su familia para transferirse a los Estados Unidos, donde pudo reanudar su actividad de inventor, patentando también alguno de sus inventos. Me acuerdo de uno de ellos, un mueble muy grande al servicio de los relojeros. Se podía introducir un reloj para controlar su exactitud: pues en un momento el aparato informaba sobre cuantos segundos adelantaba o atrasaba en el tiempo de las veinte y cuatro horas. Se acostumbró tanto a América que decidió quedarse allí en Nueva York también después de 1940; pero con la entrada en guerra de los Estados Unidos fue considerado un enemigo y fue encerrado en la isla de Ellis. Por lo tanto durante muchos años nos perdimos de vista, pero la vida separa físicamente, no espiritualmente. Al final de la guerra Edmundo vino a vivir a Roma, regresando al redil con el corazón perdido en Noirmoutiers.

Bino a Noirmoutiers fue mi compañero de juegos preferido, más joven que yo, me perseguía y me imitaba en todo y no se divertía si no estaba conmigo. Con el pasar de los años non hemos vuelto a ver raramente, pero cada vez que nos veíamos me hablaba de Noirmoutiers. « ¿Te acuerdas cuando me llevaste a nadar hasta la punta del malecón? ¡Me dijiste, muy bien Bino, y yo estuve tan orgulloso!» Y también: « ¿Te acuerdas cuando una tormenta que rasgó y arrancó la mitad de las velas? Yo estaba de timonel y tú con un cubo tratabas de vaciar el barco de agua y me preguntaste: ¿Adonde llegaremos? Y yo te contesté ¡a América!» También Bino, como Frank y Eugenio, se casó sin seguir los consejos de Tante Bessie. Pero un día enfermó de diabetes y yo fui en seguida a visitarle. Yo estaba muy preocupada[30], pero él no parecía dar mucha importancia a la dolencia. Me dijo que el mal había sido causado por un trauma. Yo no comprendía y él me explicó:

Fue debido al miedo. Comprendí aún menos. Mira, en la guerra cumples con tu deber no obstante el miedo. Y yo tuve miedo. Este fue condecorado reiteradamente, pues le otorgaron hasta cinco medallas de platas al valor militar y no tuvo la medalla de oro, solo porque no murió en la guerra. Su confesión me hizo pensar que leemos la historia, latimos junto con el héroe, pero no temblamos y no pensamos a lado humano de la realidad. ¡Mientras, el verdadero héroe es aquel que cumple con su deber venciendo al miedo! Durante la guerra del 1940, Bino cumplió como piloto una hazaña desesperada, pues aceptó de volar para bombardear los pozos de petróleo de Arabia, aún sabiendo que la autonomía de su trimotor cubría solo la distancia de la ida. Así que cumplió su misión con éxito y se lanzó con el paracaídas consiguiendo milagrosamente atravesar el desierto y el mar, hasta lograr volver a las líneas italianas en el frente de África septentrional. Una hazaña increíble que parece un invento de una película de aventuras. Para Bino lo primero fue el deber y el orgullo de ser italiano.

[31]Picci era demasiado joven para participar en la primera guerra mundial, pero fue piloto de cazas en 1940. Era extraordinariamente guapo y todas las mujeres enloquecían por él. Tenía un charme[32] excepcional y era igualmente popular entre los hombres, que le consideraban un amigo simpático, alegre y siempre disponible. Antes de la guerra había sido un destacado piloto de lancha motora y participó, ganando a menudo, en varias competiciones internacionales. Se casó en Venecia con una Volpi di Misurata, pero su matrimonio no duró mucho. Por otra parte a Picci le faltaba un poco de aquel espíritu sedentario que debe de tener necesariamente un buen marido, mientras que prevalecía su espíritu de aventura. En los dos primeros años de la guerra fue piloto de caza, con un record de catorce aéreos enemigos abatidos.

[33]Pero un día que había volado bajo para ametrallar a una columna de soldados enemigos en el frente ruso, fue golpeado lo cual le obligó a un aterrizaje de emergencia en un campo de girasoles. Una familia de mugik[34] le acogió, le curó y le escondió hasta que con el avance de nuestras tropas se encontró detrás de las líneas amigas. El comando le consintió luego de llevarse a la patria como trofeo la hélice de su avión, torcida por impacto con el suelo. De todos mis hermanos, Picci fue el único que no quedó cerca de mí, por lo menos con el pensamiento. Todos los demás, muertos antes que yo, me llamaron y pronunciaron mi nombre antes de exhalar el último aliento. ¡Perdonadme, mujeres o amantes, pues los lazos de sangre son más fuertes que cualquier otro! Pero también estoy orgullosa de él, también

Picci se portó en la guerra con bravura y jactancia, como digno epígono de Mario Escoto. Su vida fue interrumpida, sin embargo, por una trágica fatalidad. Después de la guerra empezó a trabajar por la empresa Pirelli y fue enviado a Suramérica para establecer contactos comerciales. Al llegar allí sufrió un ataque de apendicitis. Ingresado en un hospital para ser operado, murió como consecuencia de la anestesia. Le habían inyectado una sustancia incompatible para un corazón acostumbrado a cotas altas, que causó la parada de su corazón.

Pero antes de concluir los recuerdos de mis espléndidos hermanos, quisiera hablar un poco de mí: internacional, vagabunda, pero con raíces romanas.

También mi matrimonio con el duque de Dampierre[35] fue, como  no, favorecido por la indefectible injerencia de Tante Bessie. [36]

Pero después de muchos años, regresé a vivir a Roma. Y toda mi vida parece estar centrada en esta palabra: ¡Roma! Tal vez menos romana que los Orsini, los Mássimo o los Colonna; mi gente se enlazó por matrimonio con estas familias, pero por su raza y por su sangre se ha convertido en más romana que ellas. El apego casi morboso que tengo con esta ciudad se nota en mis instintivas e incontroladas reacciones a las críticas, desgraciadamente a menudo justificadas, pero que me exasperan. Pero Roma es Roma y yo ¡os requiero, oh contestadores, oh detractores! Mía es la gran cúpula, mío es el Coliseo, mío es el Campidoglio, mía es la plaza Navona, míos son también los modernos barrios periféricos que lamento, que lloro, pero que acepto porque forman parte de la ciudad. [37]

Y Roma es también el tráfico y el desorden que los Estados Pontificios, la monarquía, el fascismo y la república nunca pudieron dominar. Porque Roma no obedece a ninguno y como prueba es la absoluta indiferencia con la que ha acogido miríadas de soberanos.

Cuando por primera vez en la historia recibió la visita de un presidente de los Estados Unidos, Kennedy se asombró al ver las calles desiertas a su llegada. Le explicaron que todos estaban en la plaza de San Pedro esperando la fumata blanca. El individualismo romano ha contagiado toda Italia. Es el descuido y la generosidad, la tosquedad que esconden el mayor corazón del mundo.

No es casual que Roma es la presidenta de la caridad, pedid a un romano y siempre os dará. Consciente de su universalidad, se dice que es más católica que cristiana, como si fuera posible ser católicos sin ser cristianos… Una religiosa inglesa me dijo una vez: « ¡Nunca perdemos el alma de un romano en el lecho de muerte, porque llama siempre al sacerdote!» Roma capital del mundo cristiano enseñó a todos a leer y escribir, y si el mundo comprendió después de tener un alma, ¡se lo debe a Roma! Mi padre sufrió de la misma enfermedad. Mi única rival decía mi madre fue la ciudad de Roma. Él amaba como yo el travertino y el adoquinado, rehusaba de mirar a las coladas colgando de las ventanas (que mi madre le enseñaba con travesura), amaba también las fealdades pero negando su evidencia, aunque después encontrase la manera de corregirlas, pues era el alcalde de Roma. 

Hasta le ofrecieron el trono de Guatemala, pero rehusó diciendo que era “demasiado lejos de vía del Babbuino...” “Gracias a Dios” dijo mi madre “porque hubieras tenido que casarte con una india…” Pienso con dolor a los hermosos pinos de villa Borghese dañados hace algunos años por una imponente y rarísima nevada, que empiezan a recuperarse. Me acuerdo cuando de pequeña atravesaba la plaza Barberini, donde los queridos pilluelos harapientos y sucios me ofrecían flores: “ A Vitto’ le voi ‘ste violette?”[38]Son fantasmas del pasado que recuerdo y añoro porque mi amor por Roma es eterno, como la ciudad.

Acerca de la historia de mi familia tengo pocos conocimientos. Mi padre murió cuando yo era aún pequeña y mi madre, que había enviudado después de solo nueve años de matrimonio, no tuvo tiempo para aprender. Mi bisabuelo, viudo de una Giustiniani y sin hijos, se casó a continuación con una Khevenhüller austriaca de diez y seis años y tuvo una piara de hijos. Esta bisabuela fue definida por Stendhal como “una vieja alemana que fuma puros” y añade con malicia que el príncipe cerraba con llave el piano cuando la princesa recibía a su amigo Liszt, porque aprovechaba para sentarse al piano y para maltratarlo durante horas. Mientras los príncipes Colonna y Orsini eran asistentes al solio pontificio, lo cual quería decir que quedaban clavados a los lados del papa durante las ceremonias, mi bisabuelo tenía el cargo aún más prestigioso de Gran Maestre del Sacro Hospicio Apostólico, es decir era el jefe del ceremonial de la Santa Sede.

Fue indiscutiblemente fiel al papa, no obstante tuviera entre sus antepasados varios capitanes de ventura gibelinos, y tuvo entre sus descendientes dos grandes patriotas que ofrecieron su contribución a la unidad de Italia y a reforzar su prestigio: mi abuelo Bartolomé y mi padre Emanuele. Aprender de mi madre acerca de sus proezas fue una empresa imposible. Quien conoce a los americano-parisinos sabe que son una raza diferente. Asimilan fácilmente el aire de Faubourg Saint Honoré, quedando sin embargo puritanos y conservando la vanidad anglosajona, así como la admiración de su clase de banqueros. Se enfrentan al mundo atrincherándose detrás de un confortante sentido de superioridad.

Nosotros, no obstante hubiéramos viajado y vivido entre extranjeros, nacimos y quedamos sorprendentemente romanos. Mi madre, por lo tanto no sabía, pero era muy buena y un poco desorientada. Me acuerdo que no se quejó nunca, ni nunca se alegró, tomó simplemente la vida con filosofía. Yo lo único que sé es que mi abuelo contribuyo a la construcción de Italia y que fuera de los Estados de la Iglesia fue considerado como un gran patriota. De joven fue guardia noble, como también lo fue  mi padre a continuación, pero los dos incubaban un espíritu rebelde, tal vez por la sangre de ciertos antepasados Marescotti…

En fin, mi abuelo Bartolomé eligió a Italia y se puso en contra del Vaticano. Pienso en la angustia de sus padres, dado el alto cargo ostentado en la Sede Apostólica, y en la intransigencia de la princesa que llevaba un título del Sacro Romano Imperio. Pero esta elección de libertad comprometió también a mi padre que profesó ideas liberales y democráticas y tuvo que esconderse. Indiferente en su papel como guardia noble de Su Santidad, tuvo que huir de Roma disfrazado con una librea de la Embajada de Francia[39]

Para mí aquella fuga es para una novela. ¿Cómo es que acabó en Rumania? No pudo ser casual. Le imagino a caballo a escondidas atravesando los Estados de la Iglesia, dirigiéndose hacia el extranjero. Francia y Suiza estaban cerca, ¿Por qué pues se fue a Rumania? No obstante se que allí los ortodoxos acogieron a brazos abiertos al príncipe romano huido del Vaticano. ¿Cómo vivió allí, con qué medios? Pero él, atractivo y atrevido, llegó a ser como dicen los franceses “le coqueluche des dames”[40], se encontró con la princesa greco-rumana Vogoridès, que se enamoró de él y dejó sin vacilar a sus hijas y a su marido para tomar el vuelo con su nuevo amor. ¿Partieron o huyeron de Bucares? ¿O tal vez se marcharon tranquilamente porque nadie les perseguía? No lo sé pero me divierte imaginar la pareja en la grupa de un caballo anglo-árabe atravesando media Europa, ella agarrada de su cintura, como se ven en los libros de la escuela a José y Anita Garibaldi.

Mi padre alcanzó al general y príncipe Eugenio de Carignano y bajo su autoridad luchó en las guerras de independencia. Pero la princesa Vogoridès, que le seguía en los campamientos vestida de asistente, podría haber sido más prudente en concebir hijos, que fueron cinco en cinco años. Y dormía bajo la tienda. Para mí fue una loca. Menos mal que todos estos hijos fueron legitimados ante la oportuna y prematura muerte del cónyuge rumano. Cuando mi padre entró en Roma en el fatídico veinte de septiembre de 1870, pasando por la brecha de Porta Pía, la Vogoridès ya había muerto, después de haber quemado su vida en pocos años de amor y, me permito de añadir, de insoportables incomodidades, de forma irresponsable.

En resumen, para mí la Vogoridès es un misterio. Mi padre no hablaba nunca de ella y en lo que concierne a mis medios hermanos Mario, Catarina y Margarita eran tan pequeños que no se acordaban de ella. Y mi padre siempre miraba hacia delante, recorriendo su extraordinaria carrera política de diputado, alcalde y por fin senador. Fue un hombre tan íntegro que no parece siquiera una jactancia el haber oído decir que nunca hubo un alcalde tan honesto. Tampoco considero presunción lo que dijo la reina Margarita a mi madre: «Fue nuestro verdadero amigo, el único que le dijera al rey la verdad.» La integridad es el valor de los grandes caracteres. Un día fue a verle un tal que quiso corromperle. Le echó desdeñoso diciéndole: « ¡Vos podéis haceros comprar, yo no!»  Y mi madre recordaba horrorizada el episodio, porque le dio al tipo una patada en el trasero y le empujó por las escaleras, pudiendo haberle matado. Que tuviera en el Campidoglio una mano de hierro fue un hecho  muy conocido. Autoritario y contundente, hizo temblar a todos. Fue temido y amado porque fue un hombre justo y porque tuvo unas cualidades extraordinarias de administrador y realizador. Transformó en solo doce años una grande aldea provincial en una moderna capital, digna de figurar entre las grandes ciudades europeas. Tengo un vago recuerdo de los funerales de mi padre, una procesión lenta el ejército que le presentaba las armas, el coche funerario, los criados de librea, las coronas de flores, los grandes caballos bayos enjaezados para el luto. Todo el gobierno estuvo presente, así como el consejo comunal, junto con una marea de amigos y representantes de muchas asociaciones benéficas y asistenciales creadas por él. Entonces fui demasiado joven para entender, ahora soy demasiado vieja para recordar.

He dejado para el final el recuerdo de mis hermanos Costantino y Marescotti, porque su sacrificio heroico merece un discurso aparte.

Después de haber luchado en la primera guerra mundial, Marescotti decidió quedar en el ejército eligiendo la carrera militar. Hermoso con su uniforme de oficial de caballería del regimiento Lancieri di Montebello, tuvo él también éxito con las damas. Pero había una que desde su joven edad, decidió que Marescotti iba a ser su hombre.  Me imagino que al principio no tomara en consideración a Virginia Patrizi, porque era mucho más joven que él. Pero tal vez la devoción que ella le demostró fue lo que picó su orgullo. El hecho es que él, aún sin sentirse realmente comprometido, le hizo una promesa curiosa. En 1927 el gobierno italiano organizó una expedición hacia África oriental, confiando en el capitán Marescotti Ruspoli la tarea de retraer a su patria los despojos mortales de Eugenio Ruspoli[41], su tío, que había fallecido como consecuencia de un accidente de caza durante su segundo viaje de exploración de la Abisinia meridional. La expedición Marescotti tuvo varias vicisitudes, pero después de un año alcanzó su objetivo. El sobrino encontró cerca del sultán de Amara Burgi los huesos de su tío y los devolvió a su país. Había estado ausente de Roma durante más de un año y había prometido a Virginia que, en caso que hubiese decidido casarse con ella, se la habría anunciado presentándose perfectamente afeitado en el funeral de Estado que se celebró en la Iglesia de Ara Coeli en Roma. Virginia y sus hermanas miraban ansiosamente desde un balcón el paso de la procesión fúnebre, cuando vieron la cara de Marescotti toda recubierta de una gran barba típica de un verdadero explorador africano. ¡Puedo imaginar su desilusión! Pero a continuación Marescotti se afeitó su barba, conservando sus característicos bigotes negros y unos años más tarde decidió casarse con Virginia[42]. Fue una unión perfecta, agraciada por el nacimiento de dos hijos, pero interrumpida por la guerra del 1940. Marescotti dejó entonces el arma de caballería y pidió el traslado al nuevo cuerpo de paracaidistas, siendo agregado a la División Folgore en un campo de entrenamiento de Pisa. No obstante sufriera vértigo, cerraba los ojos y hacía los lanzamientos de prueba.

Constantino dio siempre la impresión de solidez, fue taciturno y huraño; en los ocasionales amores parecía más material, mientras que en los serios aparecía difidente y tímido. Por lo que se arriesgaba, como se suele decir, de perder el tranvía. Es cierto que aquel eterno pensar y dudar hacía del idealista un héroe pequeño. Durante la guerra del 1914-18 regresó del frente con una media mejilla congelada y, curiosamente, esto le favorecía a su manera de ser abatido. Su misteriosa personalidad en cierto modo se enriquecía. Disimulaba su necesidad de afecto, pero se que era más fuerte en él deseo de una palabra nunca pronunciada como “Bien tesoro, relájate”.

Cuando era joven fui la única, la pequeña Victoria, en estarle cerca. Más tarde dos mujeres le amaron es resto de su vida, pero él casi sin ser rozado, al ser cumplidor con los deseos paternos. Sin embargo no  fue para nada estúpido, pues se graduó en la universidad en ingeniería y habría podido ganarse la vida y dejar la familia para alcanzar su independencia. Pero no, la ingeniería no estaba a la moda, era la banca la que primaba y Tante Bessie impuso sus ideas. Y Constantino, como siempre, obedeció. Le veo todavía en la ventanilla del banco en Paris; con su mechón rebelde parecía un oso enjaulado, fue totalmente incapaz de aguantar aquel trabajo. Así que la tía decidió encontrarle una mujer rica, ¡pero que horrorosa eran las seleccionadas! Como es natural no funcionó, pero quedó en él el respeto filial, la aceptación digna: “¡Cállate, habla tu tía. Tu padre así lo hubiera querido!” 

Al final se casó con Elisabeth d’Assche[43]y se estableció en Bruselas, donde, aunque no fuera feliz, respetó el compromiso matrimonial y nunca pensó en cambiar de vida. Le costó, pues fue para él un sacrificio, pero se quedó con la familia. En 1940, con el comienzo de la guerra, la Patria tuvo ventaja sobre la familia. No obstante fuera cincuentón, este valiente se enroló voluntariamente y pidió de reunirse con su hermano Marescotti en la Folgore. Sería poco generoso afirmar que lo hizo para evadirse de una vida decepcionante. Pues no, Constantino fue entre mis hermanos él que más fuerte sintió el sentido del deber y el amor hacia su patria.

Orgulloso por su espléndido cuerpo de atleta, desahogaba su exuberancia con ejercicios físicos para mantenerse en forma. Los hacía con conciencia y regularidad, sin interrumpir nunca una práctica que después de tres días ninguno de nosotros la hubiera aguantado. Estaba siempre tan en forma que cuando se presentó con su edad de cincuenta entre tantos  jóvenes de veinte años en la División de Paracaidistas, le encontraron en un perfecto equilibrio sicofísico y le enrolaron enseguida. Un día que se presentó en mi casa el fontanero, me preguntó si era pariente de Constantino y Marescotti, pues había sido el entrenador de los dos hermanos en Pisa. Me tomaban el pelo dijo pero eran disciplinados. «Demasiado alto» se quejaba Marescotti, mirando desde la cuarta planta de la torre de los lanzamientos. «Informaré» contestaba yo riendo. Entonces él empezaba a reír locamente y se lanzaba.

Mientras Constantino, el callado, se presentaba al lanzamiento imposible y él, al que apodaron afectuosamente el “viejecito”, se lanzaba como si nada fuera. « ¿Pero se da cuenta, princesa, que los otros capitanes de la Folgore tenían por lo menos veinte años menos? Era un fenómeno.» El fontanero y entrenador de los paracaidistas formó parte de su brigada en el frente de El Alamein y sobrevivió porque habiendo sido herido fue trasladado del frente al hospital de campo. De acuerdo con su testimonio, mis dos hermanos bromearon hasta el final, entre bombas, y mantuvieron alta la moral de la tropa con palabras y ejemplo «Sígueme que soy tu capitán.» «Sigue a tu coronel.» Y la batalla arreciaba y los soldados iban al ataque, admirando a sus superiores, con la sonrisa en los labios. «Las otras brigadas nos envidiaban» concluyó «porque nunca hubo entre nosotros síntomas de desaliento, sino una constante jactancia.»

Marescotti tenía otra experiencia, como oficial de carrera, y adquirió aquella típica educación un poco rígida, diría leñosa. Su mirada era azul y limpia. Infundía respeto y devoción. Se leía en sus ojos el coraje, ni podía ser de otra manera de uno que como Frank había dejado el caballo durante el primer conflicto mundial para entra en el peligrosísimo cuerpo de Bombarderos de Sussegana. No me acuerdo si fueron para él o para Frank estos versos compuestos por sus compañeros de arma para celebrar una breve licencia: “El bombardero Ruspoli corrió la maratón, en solo cuatro días regresó a Roma.” Los bombarderos emplazaban sus morteros en las trincheras de primera línea y veían la muerte de cerca. Marescotti había recibido ya cuatro medallas al valor militar, de las que una era de plata, durante la primera guerra mundial. Al final de la segunda guerra mundial, entre todos mis hermanos, ¿consiguieron el increíble número de 18 medallas al valor!

Pero volvamos al 1942. Al finalizar el curso de entrenamiento, la Folgore partió en misión de guerra, con los paracaidistas embarcados en el Savoia Marchetti, listos para el primer lanzamiento. Corrió la voz que tendrían la tarea de conquistar la isla de Malta, pero las instrucciones serían dadas solo durante el vuelo. La conquista de Malta hubiera sido esencial para quitar a los ingleses el puerto más importante, desde donde partían las acciones que hundían nuestros buques cisterna. En efecto, no conseguíamos hacer llegar a Libia el carburante que necesitaba Rommel para su avance. Este general alemán, hasta que fue victorioso, fue denominado “el zorro del desierto”. En efecto había alejado a los ingleses de Sirte y no había podido conquistar Alejandría de Egipto, porque había quedado sin gasolina a solos cuarenta kilómetros de distancia. Los paracaidistas, encerrados dentro de gruesos aviones de transporte, todavía no recibían las instrucciones de lanzamiento. Era de noche y estaban volando sobre el mar cuando al amanecer vieron la costa de Libia. Aterrizaron en Cirenáica y recibieron la orden de dejar los paracaídas y fueron transportados hacia el frente de El Alamein. No sabían que la situación era tan crítica que el comando había decidido sacrificar estas tropas seleccionadas y entrenadas para una guerra de trinchera. En aquella inhóspita depresión, los hombres tuvieron que excavar refugios en la arena incandescente. Marescotti tenía una tienda de comando, así llamada porque el agujero estaba recubierto de un telón que a cada explosión de granada caía en la cabeza de los ocupantes y del emplazamiento de la radio. 
La batalla de El Alamein inició al final del verano del 1942: los italianos eran pocos y mal armados, porque sus fusiles y sus metralletas poco podían contra los 400 tanques de guerra enemigos. La desproporción de la artillería era igualmente asombrosa: 800 cañones ingleses contra pocas decenas de cañones italianos de menor calibre. Las tropas italianas contaban con seis mil  hombres, contra los cien mil del mariscal Montgomery. Alguien dijo después que los ingleses tenían un martillo de acero de una tonelada para aplastar una nuez. No obstante, los italianos resistieron durante semanas y semanas, permitiendo replegarse al resto del ejército, sin contrariedades, hacia Tobruch. Los primeros ataques de los tanques ingleses fueron rechazados. Los italianos habían sembrado el llano de agujeros bastante [44]grandes y capaces de esconder un hombre. Cuando el tanque pasaba sobre el agujero, el soldado saltaba fuera y pegaba bajo el tanque una mina. Así decenas de tanques fueron puestos fuera de uso, pero con muchas bajas entre los nuestros. En octubre fue el ataque final, cuando los nuestros estaban careciendo de municiones y estaban debilitados por la escasez y la discontinuidad de los alimentos y el agua. La primera brigada que fue atacada por un alud de tanques armados fue la denominada Ruspoli. Marescotti, herido, se había hecho medicar para volver a primera línea. « ¡De vosotros espero» dijo a los suyos «que cada cual haga su deber hasta el final!» y así fue. Contraatacaron, yendo hacia la muerte y ninguno sobrevivió. Constantino fue informado de la muerte de su hermano, pero no se descompuso. Agotada hasta la última munición, guió los supervivientes de su compañía al ataque con sus bayonetas. En lugar de rendirse, buscaron la muerte. Su último grito fue: «Nunca un italiano se arrastrará ante un inglés.» Y a los ingleses que estaban muy cerca gritó: «We will never surrender[45]!».

La epopeya de mis queridos Constantino y Marescotti demuestra hasta qué punto fueron elevados en ellos sus sentimientos de patriotismo y obediencia militar. Sabían antes de partir que no habrían regresado. Queda demostrado por la maravillosa carta que Marescotti, antes de partir para el frente, confió en un amigo para que a su vez la entregara a Virginia, en caso de que no hubiera vuelto.

¡Adiós nurse[46] inglesa, educación francesa, costumbres internacionales! Cuando la Patria les llamó, no dudaron en sacrificar su vida. Su coraje y su abnegación fueron ampliamente reconocidos. Los ingleses sobretodo incrédulos les admiraron enormemente y no faltaron los más altos reconocimientos del lado alemán. Más tarde llegaron las dos medallas de oro a su memoria, junto con las expresiones de pesar de Italia. Justo, muy justo. Para mí, que soy la hermana que los ama y los recuerda, han transcurrido cuarenta años y todavía lloro por ellos[47]


Medalla de Oro al Valor Militar
Teniente Coronel Carlo Marescotti Ruspoli.



 [48]


Comandante de la agrupación de paracaidistas, dos veces herido por atravesar campos minados y, no obstante fuera atormentado por una enfermedad, quedaba en el frente con sus valientes. Atacado por preponderantes fuerzas enemigas acorazadas, presente donde mayormente  enfurecía la lucha, quieto e impasible ante el bombardeo de la artillería, fue el alma de la resistencia y de fúlgido ejemplo para sus dependientes. Herido de muerte, cerraba heroicamente una existencia de valiente soldado y de muy orgulloso comandante todo dedicado a la grandeza de la Patria.
África Septentrional, Verano 1942; Paso del Camello (Depresión de El Kattara), 4 de noviembre de 1942.



Medalla de Oro al Valor Militare
Capitán Constantino Ruspoli

Comandante de compañía de paracaidistas empleada como infantería en la defensa de un importante lugar estable de referencias aislado en el deserto, no obstante estuviera enfermo, mantuvo una poderosa preparación de artillería y luego el ataque de fuerzas acorazadas enemigas superantes en número que contraatacó con valor indomable. Mientras el enemigo sorprendido por tanto valor replegaba sus tanques de guerra, no habiendo podido ni superar ni aflojar la heroica resistencia de los defensores, el audaz comandante a la cabeza de la compañía diezmada caía en el contraataque golpeado en el pecho por una ráfaga de ametralladora y encontraba aún la fuerza de gritar a sus hombres “Viva Italia”. Este muy orgulloso comandante y ejemplar soldado contribuyó a formar alrededor del nombre de la División Folgore un legendario alón de gloria.
África Septentrional; Deir El Munassib (El Alamein), 26-27 de octubre de 1942.




Bueno[50], hasta aquí llega el final de este apasionante relato de mi tía abuela Victoria, cuya vida fue muy interesante pero en el fondo también bastante triste. He pensado escribir algún dato sobre mi vida, esperando que esta inclusión no se considere como un acto de vanidad, después de tantos héroes y personajes ilustres de la familia.

[51]Nací al final del 1949, del primer matrimonio de mis padres Galeazzo Ruspoli y María Elisa Soler. Casi cuatro años después nació mi hermano Lorenzo que murió a los siete años de edad por una terrible y devastadora enfermedad. A su muerte el matrimonio de mis padres había fracasado y ambos o se habían ya vuelto a casar, como mi padre o estaban a punto de dar este paso, como mi madre.

Los años sesenta en Roma fueron años de grandes eventos. Empezaron con la Olimpiada que fue precedida por grandes obras públicas y mejoras en la ciudad. La vía Olímpica permitió cruzar la ciudad en media hora, una distancia que antes se tardaba más del doble del tiempo. Ese mismo año Federico Fellini estrenó tal vez su obra más conocida: La dolce vita. A esa vida nocturna romana quería referirme, porque fueron años muy llenos de fiestas, bailes, disfraces y eventos en general, en las mejores casas y palacios de Roma. Los Colonna, los Ruspoli, los Orsini, los Torlonia, los Miani, los Gallarati-Scotti, etc. competían con la burguesía rica e influyente, cada cual con ser más espléndido. Tuve la suerte de vivir intensamente esa época.
 Pero, como consecuencia de la separación y luego anulación matrimonial de mis padres, fuimos a vivir con mi padre. Mi vida con su segunda mujer Giovanna no fue fácil, pero nunca me faltó de nada. Puedo decir sin duda que fui un joven privilegiado porque cursé mis estudios primarios en casa, privadamente, lo cual me consintió adelantar un año y luego fui admitido en el principal colegio de Jesuitas de Roma, llamado Massimiliano Massimo. Posteriormente en la Universidad de Roma, donde obtuve mi licenciatura de doctor arquitecto.

Poco antes del final de mis estudios universitarios tuve que cumplir con mi obligación de servicio militar, [52]alcanzando en el cuartel de la Escuela de las Tropas Mecanizadas y Acorazadas de Caserta el grado de Alférez en el 63º curso de A.U.C.[53]  Fue justo en aquel momento que empecé a interesarme por la familia, porque unos oficiales de la División Folgore vinieron a Caserta para seleccionar entre los jóvenes del 63º AUC a los futuros oficiales para las brigadas de asalto en Livorno. Y mi nombre fue pre-seleccionado por la fama de mis ilustres tíos, Constantino y Marescotti, lo cual me llenó a la vez de orgullo y curiosidad para conocer con más detalle su historia. Otra anécdota de ese periodo fue la singular asistencia a mi jura de bandera de mi abuela materna acompañada por el cardinal Casariego, lo cual fue motivo posterior de muchas bromas entre mis camaradas… Cuando por fin obtuve mi grado de oficial, fui asignado a un centro hípico militar cerca de Roma, una elección lógica teniendo en cuenta la experiencia que me había transmitido mi abuela Mi, y que, al haber sido uno de los primeros del curso, pude elegir mi destino, donde estuve entrenando duramente para lograr la selección para participar en el equipo italiano de completo de la XX Olimpiada de Múnich en el año 1972. Conseguí sin embargo solo una plaza como reserva del equipo que ese año ganó la medalla de oro en salto individual con un oficial del equipo. Sin embargo pude estar en Múnich, acompañando al general Melotti y pasé unos momentos inolvidables. A mi regreso me encontré que me habían nombrado comandante interino del hipódromo de Tor di Quinto en Roma y que me ofrecían prorrogar otro año más mi estancia en la arma de Caballería.

También tuve ofertas para dirigir técnicamente un hipódromo privado y tengo que admitir que la tentación fue grande, hasta que mi padre me obligó a poner los pies en el suelo y acabar mi carrera para, tal vez, entrar a formar parte de su estudio de arquitectura.

Irónicamente, cuando terminé mi carrera con unas notas superiores a las suyas, mi padre no quiso contratarme enseguida, quiso esperar unos años para que me formara.  Pero mi vida posterior sería completamente distinta, ya que me establecí en España y nunca volví a trabajar en mi ciudad natal, a pesar de una llamada imperiosa pero tardía de mi padre para que tomara el relevo en el prestigioso estudio, que finalmente se desmanteló después de más de veinticinco años de actividad. Ya empezó a tener peso mi sangre española y sobre todo tuve la suerte extraordinaria de conocer a mi mujer con la que llevo felizmente casado desde 1975.

Mi abuela materna Elisa Borghi fue una gran señora melómana y mecenas de cantantes de ópera lírica. Ayudó y protegió a algunos tenores, entre los que me acuerdo de Giuseppe di Stefano, Giuseppe Baratti y la Señorita Cesari, que para mi gusto desafinaba mucho, a pesar de tener una voz potentísima de soprano lírico. En una ocasión, tendría yo unos quince años de edad entonces, Pippo di Stefano y María Callas, su pareja de entonces, estuvieron residiendo en casa de mi abuela en Roma durante unas semanas. Yo solía ir una vez por semana a almorzar a casa de mi [54]abuela y el primer día que coincidimos con los famosos huéspedes, a la hora de almorzar, la gran soprano aún no había salido de su aposento. Entonces mi abuela, enfadada, fue a llamarla porque yo había llegado y no se podía retrasar el almuerzo…La Callas salió entonces de la habitación con una bata enorme e impresionante de damasco y oro diciendo algo así: “donde está el muy querido nieto, por fin le conozco…” ¡casi me desmallé de la impresión! Y mi abuela la obligó a sentarse a mi lado en el comedor ¡para asistir a mi almuerzo! Dado que mi madre se había vuelto a casar y que el resto de la familia estaba lejos, mi abuela durante aquellos años fue como una madre para mí. Mis recuerdos de ella son absolutamente maravillosos y entrañables.

Por el lado materno, explicaré brevemente que mi bisabuelo italiano Gualtiero Borghi, por tradición familiar descendiente de la noble familia Borgia (n. 1866, Ferrara) y mi abuelo español Ángel Soler de Villafranca del Panadés y Serra (n. 1899, Barcelona) se establecieron en la República de El Salvador en Centro América respectivamente entre finales de XIX y principios del XX siglo. Obtuvieron éxito en sus negocios y como resultado de ello, mi madre María Elisa Soler de los marqueses de Rabell, nacida en aquel país, y yo mismo mantenemos fuertes lazos con Centro América. Esta vinculación se ha incrementado aún más con el dispensario y ambulatorio “Enrique Soler” que hemos construido entre mi madre, su hermano Francisco, también hermano de la Orden de San Juan, y yo mismo y donado a la Asociación Salvadoreña de la Orden de Malta, en recuerdo de otro hermano Enrique (tío, para mí) fallecido prematuramente. Este puesto público sanitario fue inaugurado a principios de los noventa y ha atendido a millares de personas, especialmente durante los recientes cataclismos como huracanes y terremotos, se ha convertido en el principal protagonista de la actividad hospitalaria de la Asociación de aquel país.

Mi otra abuela, la paterna, se hacía llamar Mi, porque de pequeña no sabía pronunciar su nombre de Josepha y se le quedó este apodo. Con la abuela Mi encontré una oreja paciente para escuchar mis preocupaciones y mis sentimientos. Se divertía mucho conmigo, porque con mi padre nunca tuvo tanta confianza. Fue una mujer extraordinaria, una amazona entre las más laureadas de Europa y que me enseño y transmitió todo lo que sabía de la hípica y de los caballos. Hasta hicimos alguna competición de cross-cowntry juntos, de pareja, y… ¡ganamos, por supuesto! Jamás me habló de la generosa y espléndida donación que hizo de unos pequeños apartamentos para crear el Museo Histórico de la Liberación en Roma. Jamás me contó lo que luchó ella, los Brazzá y los Ruspoli para salvar a los judíos durante la segunda guerra mundial. Jamás me contó el porqué de sus múltiples obras benéficas. Fue una señora que nunca presumió de nada. Un gran ejemplo para crear y consolidar unos principios morales sólidos en mi vida. [55]

Y de mi abuelo Frank, su marido y otro gran señor, me acuerdo que solía acompañarme de vuelta el día de la semana que cenaba con ellos. El conducía su propio coche, normalmente muy pequeño, me parece recordar que se trataba de una Bianchina. Una noche, en un cruce, estuvimos a punto de chocar con otro vehículo. El conductor contrario bajó de su coche y empezó a proferir una insultos graves y vulgares a mi abuelo, que se mantuvo impertérrito durante todo el tiempo que duraron y al final, bajo la ventanilla lateral del coche, se asomó y le dijo al otro tranquilamente una sola palabra “maleducado”. Aprendí mucho ese día. ¡Las veces que al conducir me acuerdo de él en los momentos de tensión! [56] Se dedicó al golf durante casi toda su vida, siendo presidente de la Federación Italiana y de dos Clubs en Roma. Pero un día me dijo que había también montado a caballo y se defendía bien, pero con una persona en la familia dedicada a esta disciplina me dijo ¡que lo consideraba más que suficiente!
Mi padre Galeazzo fue un gran arquitecto y urbanista. Nacido en la ciudad de Roma en 1922, fue Doctor Arquitecto y de profesión urbanista; trabajó por más de cuarenta años en cuatro continentes, participando en distintas  misiones de estudio y en  numerosos proyectos y planes de urbanismo, entre los que se destacan la redacción de un nuevo Plan General de Urbanismo del Ayuntamiento de Roma a mediados de la década del sesenta y en el Plan de Integración del Lungotevere, demostrando su permanente vocación y dedicación al mejoramiento urbanístico y artístico de su ciudad natal. Fue además Presidente de varias sociedades en Italia, entre las cuales cabe destacar INSO, una empresa del Grupo E.N.I.[57] y AGERE, una acreditada Asociación General Edilicia. Durante su vida fue un activo miembro de la Soberana Orden de Malta, alcanzando el cargo de Comisario Magistral de la Asociación Italiana. 

Además es importante destacar que realizó a su cargo el proyecto y construcción de un pequeño edificio para educación primaria en honor y memoria de mi hermano Lorenzo, muerto precozmente a la edad de 7 años, que donó a la Iglesia, por medio del Padre Don Romano Carnevali, Párroco de la Iglesia de la Iglesia del siglo XII dedicada a la Inmaculada Concepción en Pieve Rossa, en la provincia de Reggio-Emilia (Italia). Don Romano falleció en 1983, pero la inauguración de la escuela para niños después de muchas dificultades financieras y políticas, se logró en 1962 con la presencia del obispo de Reggio-Emilia, y la abertura del mismo colmó sus aspiraciones. En calidad de presidente de las obras parroquiales, mi padre acometió diversas ampliaciones, donde colaboré también yo mismo con ilusión y Pieve Rossa dispone de hoy un complejo de obras sociales verdaderamente único en Italia. En una región dominada políticamente por la izquierda, ese centro se abrió camino y hoy los líderes políticos consideran que deben de enviar a sus hijos a estudiar en el centro, a pesar de ser de propiedad de la Iglesia…  Galeazzo, durante su mandato como Comisario Magistral de la Asociación Italiana de la Orden de Malta en 1.986, percibió la necesidad y se encargó completamente a su cargo del proyecto de la ampliación del Hospital de San Juan Bautista de Roma, proyecto en el que tuve el honor de participar[58].

Hijo de una de las familias nobles más tradicionales de Roma, en el año 2001 ya retirado de su actividad profesional, publicó con la ayuda de su mujer Gaea un libro testimonial: “Los Ruspoli, desde Carlomagno hasta El Alamein”, que sirve como homenaje a esa tradición y linaje que su familia supo conservar en Roma, una saga fascinante que abarca doce siglos de historia, que obtuvo el elogio de la crítica y de los lectores. Animado por su primer éxito, escribió una segunda novela histórica basada en el controvertido personaje del príncipe de Venosa. Sin embargo una enfermedad fatal impidió que terminara de escribirla. Murió en París en febrero del 2003. Tal vez como tributo a su recuerdo, o por el segundo vínculo matrimonial del músico con los Borja, decidí  incluir a Carlo Gesualdo entre los extraordinarios personajes retratados en este libro.

[59]Mi madre, María Elisa ahora viuda, volvió a casarse con un [60]gran señor, el conde Giovanni de Bellegarde de Saint Lary, perteneciente a una noble familia francesa emigrada al reino de Piamonte en el norte de Italia durante la Revolución francesa, pero su vida transcurrió lejos en otras ciudades y en otros países, infelizmente para mí, porque disfruté muy poco de su compañía. Su segundo matrimonio, a diferencia del primero con mi padre,  fue muy feliz, pues duró más de cuarenta y tres años. Mi madre concibió otro hijo, Roger, que es también mi ahijado y al que quiero mucho. Hoy Roger está casado, tiene dos hijos gemelos y se ha convertido en un brillante ejecutivo de la gran Banca americana. Nos veíamos en vacaciones, pero la vida da muchas vueltas y nos volvimos a encontrar porque ella con su nueva familia se fue a vivir a España y yo llegué a este gran país algunos años después, con una oferta de trabajo temporal que se convirtió en definitivo para casarme con una mujer extraordinaria que sigue siendo, después de tantos años, mi compañera y mi guía al mismo tiempo.

Y nosotros tuvimos la suerte de que naciera también una hija. María de Gracia Giacinta es encantadora, guapa y muy brillante. Su historial técnico y académico la ha colocado en los primeros puestos de capacitación profesional en la Comunidad de Madrid. Espero que tenga la misma suerte que tuve yo, el día que forme su propia familia. Este libro está dedicado a ellas, las dos mujeres de mi vida.

En cuanto a mi vida profesional, colaboré durante años con la empresa de ingeniería Snamprogetti, perteneciente al “holding” italiano E.N.I[61]., participado en la realización de importantes proyectos para empresas privadas, públicas y Gobiernos de diversos países de casi todos los continentes. A continuación, y  trabajé por S.I.V[62]., el mayor grupo vidriero italiano, presente a nivel internacional en numerosos países europeos. Luego, tras un breve paréntesis como Consultor, desde 1990 promoví una nueva etapa profesional con una sociedad líder en el sector de los montajes y servicios de arquitectura efímera para ferias y exposiciones. Fruto de las experiencias anteriores nacieron en 1992 los proyectos Sfera Design y Sfera Management. Sfera Design. La primera trabajó intensamente para El Corte Inglés que decidió adoptar su nombre para una cadena de tiendas: Sfera…

En noviembre del 2009 se casó mi hija María de Gracia con el abogado Javier González de Gregorio y Molina[63], siendo testigos de la novia SS.AA.RR. la Infanta doña Margarita y el duque de Anjou. Una bonita tradición: mi abuelo Frank fue testigo de la boda de su sobrina de Emanuela de Dampierre con S.A.R. el Infante don Jaime; mi padre Galeazzo fue testigo de su sobrino S.A:R. el duque de Cádiz con Carmen Martínez-Bordíu, S.A:R. el duque de Cádiz fue mi testigo cuando me casé y yo fui testigo del matrimonio de mi sobrino S.A.R. el duque de Anjou con María Margarita Vargas.

Hoy sigo siendo administrador y consejero de varias sociedades con actividades diversas. Pero al margen del trabajo estoy muy orgulloso de haber alternado mi larga actividad profesional con la diplomática para la Embajada de la Orden de Malta en España, empezada en 1981 y llevada a cabo de forma ininterrumpida durante veinte y tres años. Desde aquella fecha inicial colaboré en muchos proyectos para enfermos, pobres y discapacitados en España y en otros países.  Soy hermano en España de algunas Hermandades religiosas católicas apostólicas romanas en Sevilla, Espejo (Córdoba) y La Puebla de Montalbán (Toledo), en las que cabe destacar la Hermandad de Nuestra Señora del Rocío y de Nuestro Padre Jesús de la Redención de Sevilla. En los últimos 28 años he participado de la estación de penitencia en la Catedral, pasando la Semana Santa en esta ciudad. He destinado mis obras de caridad a varias congregaciones de religiosos o religiosas en España, Italia y El Salvador, además de la Orden de Malta y la organización no gubernamental de Nuevo Futuro.

Es muy difícil estar a la altura de algunos de los antepasados cuyas vidas intenté retratar en estas páginas. Lo sé, pero cada día, con renovados esfuerzos, intento mejorar. Sería interesante que lograr la publicación de Retratos, porque los antepasados excluidos de este breve artículo sobre la familia tienen un gran peso y mucha importancia y son en muchos casos ejemplares.

En 2004 fui nombrado también Académico Numerario de la Academia Melitense[64] de España, iniciando desde aquel momento a escribir de forma más metódica. Todo empezó con la publicación de unas biografías, recortadas, en la revista “La moda en España”, que muy amablemente creó una sección cultural para incluir mis escritos. Algunos lectores celebraron mis artículos y así empezó a nacer la idea de Retratos. Al principio pensé utilizar principalmente los datos del libro que mi padre Galeazzo escribió con la valiosa ayuda de su mujer Gaea y me dedicó, “I Ruspoli” ISBN 88-8440-043-0 de Gremese Editore, el retrato de una noble familia escocesa que, en el curso de los siglos, se convirtió en romana. Pero en seguida me pareció limitar demasiado el campo de las historias de personajes ilustres, por regla general, poco conocidos en España. Así que desde una idea inicial de traducir aquel libro al idioma castellano, introduciendo algunas ampliaciones referidas a la rama española de los Ruspoli, quise divertirme investigando las vidas de unos y otros personajes que siempre me llamaron la atención, tanto de mi familia como de otras relacionadas por vínculos de parentesco, me refiero en particular al linaje de mi mujer, así como de algunos temas históricos que pudieran ser de interés general.

Las notas de este artículo (números en azul entre paréntesis) no se publican.


Carlo Emanuele Ruspoli

Duca di Morignano (3ro), Príncipe del Sacro Romano ImperioDuque de Plasencia (jure uxoris), Caballero de Honor y Devoción de la Soberana Orden de MaltaCaballero Gran Cruz de la Soberana Orden Militar Constantiniana de San JorgeCaballero Gran Cruz Comendador de la Orden de San Gregorio Magno (4 de junio 2004) (Carlo Emanuele Ruspoli dei Principi di Poggio Suasa e Cerveteri)
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  • Doctor Arquitecto.
  • Nacido el 29 de octubre 1949 - Roma, Italia
  • Edad: 63 años

Padres

Casamientos e hijos

Notas

  • Don Carlo Emanuele Maria (Carlos Manuel María) Ruspoli y Soler, di Brazzà-Cergneu-Savorgnan y Borghi, dei Principi Ruspoli di Poggio Suasa e di Cerveteri (Rome, October 29, 1949 ) is the 3rd and last Duca di Morignano, Nobile di Viterbo e di Orvieto, Patrizio Romano, Prince of the Holy Roman Empire, and iure uxoris Duque de Plasencia. Firstborn son of Galeazzo Maria Alvise Emanuele Ruspoli, 2nd Duke of Morignano and first wife Doña María Elisa Soler y Borghi (San Salvador, June 25, 1926 ), of the Marqueses de Rabell. His great-great-great-great-uncle was Cardinal Bartolomeo Ruspoli. He is also a half-second cousin once removed of actor Bart Ruspoli.He is Doctor of Architecture of the University of Rome, writer and researcher.
    He married at La Puebla de Montalbán, near Toledo, Toledo Province, October 11, 1975 Doña María de Gracia de Solís-Beaumont y Téllez-Girón, Lasso de la Vega y Duque de Estrada (Madrid, March 12, 1957 ), Grande de España, 19th Duquesa de Plasencia (February 22, 1974), 19th Marquesa de Frómista and 25th Marquesa del Villar de Grajanejo, of the Duques de Arcos, Duques (formerly Condes) de Benavente, Duques de Gandía (descendants of Saint Francis Borgia and Pope Alexander VI), Duques de Medina de Rioseco, Duques de Osuna, Marqueses de Berlanga, Marqueses de Frechilla, Marqueses de Jabalquinto, Marqueses de Toral, Condes de Alcaudete, Condes de Fuensalida, Condes de La Puebla de Montalbán, Condes de Oropesa, Condes de Peñaranda de Bracamonte and Condes de Pinto; also Spanish Red Cross nurse and restorer, by whom he had an only daughter:
    Doña María de Gracia Giacinta Ruspoli y Solís-Beaumont, Soler y Téllez-Girón (Madrid, June 16, 1977 ), 26th Marquesa del Villar de Grajanejo (Order of December 1, 1995 by cedance of her mother and Letter of December 25, 1995), and Nobile di Viterbo. She married, November 28, 2009 Don Javier Isidro González de Gregorio y Molina, of the Condes de La Puebla de Valverde. She is MBA and her husband is Licenciate in Law.
    From Wikipedia, the free encyclopedia.
    Knight of Honour and Devotion in Obedience of the Sovereign Military Order of Malta.
    Knight Grand Cross Pro Merito Melitensi of the Sovereign Military Order of Malta.
    Sacro Militare Ordine Costantiniano di San Giorgio
    Knight Grand Cross of Justice of the Sacred Military Constantinian Order of Saint George.
    Knight of the Order of St. Gregory the Great.
    Commander Grand Cross of the Pontifical Equestrian Order of Saint Gregory the Great.
    Knight Officer's Cross of the Order of Isabella the Catholic.
    Commander of the Order of Merit of the Italian Republic.
    Knight Grand Cross of Justice of the Russian Grand Priory of the Sovereign Military Order of Saint John of Jerusalem.

    Alessandro Ruspoli, Principe di Cerveteri 1708-1779  Prudenza Capizucchi+1786  Johann Sigismund, Fürst von Khevenhüller-Metsch 1732-1801  Maria Amalia, Prinzessin von und zu Liechtenstein 1737-1787          
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    Francesco Ruspoli, Principe di Cerveteri 1752-1829  Leopoldina, Gräfin von Khevenhüller-Metsch 1767-1845          
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    Bartolomeo Ruspoli 1800-1872  Caroline Ratti+1881        
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    Emmanuel Ruspoli, Principe di Poggio-Suasa 1838-1899  Joséphine Curtis1861      
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    Francesco Ruspoli, Duca di Morignano 1891-1970  Giuseppa Pia di Brazza Savorgnan  Ángel Soler Serra  Elisa Borghi
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    Galeazzo Ruspoli, Duca di Morignano 1922-2003  María Elisa Soler de Villafranca del Penedés y Borghi 1926-
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    Carlo Emanuele Ruspoli, Duca di Morignano 1949-
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