domingo, 28 de abril de 2013

Grandes héroes de mi alma.

Y bien sé yo que lo hizo por matar al Lazarillo, que hasta Don Luis sabía de sus envidias, y a tanto llegaba el conocerlo, que más de una vez quiso sacarle los colores. Y aunque a veces, Don Francisco, se preocupó de contestar, de cien veces noventa su tiempo dedicó a martirizarme. Que en muchas anduve yo, y de pocas fue capaz el autor de sacarme airoso. Que a tanto llegaron conmigo sus malas artes, que de Don Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Ceballos, por comer algo, me comí tres apellidos y el nombre. Y hogaño, por Quevedo le conocen.

Y yo me llamo Gian Galeazzo y por llenar mis tripas de alimento, de tantas tribulaciones que he pasado, son muchos que me llaman “El Buscón”. Y soy inmortal. Igual que el hambre. Y el hambre encadenaron algunos con sangre de cebolla.

Y esa sangre Miguel te la debemos. Perdóname Miguel que no soy quien para nombrarte, que sacrilegio considero sólo el leerte. Me duelen tanto tus barrotes y tu zozobra que como a ti con Ramón, me duele el alma. Y de tanto dolerme, respiro de tu miedo y tu valentía. Y a Dios recurro yo. Y tú….., en tu pluma cautiva te liberas y a la cárcel risueña de tu hijo te encadenas y a su consuelo moreno te confías.

Sufriste Miguel. Sufriste mucho. Y a tanto llegó tu padecer, que hasta anónimas son las gotas de libertad que envuelven tu sepultura. Y allí, donde estés, reposado y quieto, el alma de los libres reclamas como tuya. Tienes la mía. Orgulloso me siento de quererte.

Y no soy yo dado a sentimentalismos, que viviendo dos vidas, como vivo, siempre hay un Sancho que a lo pragmático me vuelve. Y debo dar gracias por tenerlo, que porque hubiera gigantes, mucho se esforzó el creador en los enanos. Y porque hubiera blancos, negros. Y delgados y gordos. Y guapos y feos.

Y yo que siempre he visto lo que muchos escondían, por fin he comprendido que un nadie sería sin mi Sancho. Que hasta el mismo Dios creó su diablo por no andar cojo. Y cojo andaría yo sin la verdad de mi Panza. Y como soy dos; a Gian Galeazzo ama uno y a Miguel otro. Y nunca me canso de quererlos.Y por querer; me late el corazón de tal manera, que no dudaría en delatar el crimen que cometo al escribir. Que cierto es que en el papel, haciendo garabatos me entretengo, y gustándome el vino, que me gusta, idolatro el tonel de amontillado. Y me encanta el gato negro, y disfruto en el silencio y en la sombra.

Y como sé y conozco mi ignorancia, de rodillas ruego a Gian Galeazzo y a Miguel, y a Don Alonso y a Poe que disculpen mi torpeza y mi osadía. Que osado soy por pretender emularlos. Que renglones sé hacer. Pero sin alma.

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