Doctor arquitecto, autor de numerosos títulos técnicos y catálogos, así como de proyectos de edificación. Colaborador de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía y articulista en revistas técnicas y culturales. Ha escrito sobre historia, antropología, crónicas de arquitecto, poesía, filosofía y novelas históricas, con más de cuarenta libros publicados en papel y formato digital. Ganador de varios premios literarios de prestigio.
martes, 12 de julio de 2016
El poder curativo de la nutrición
Interesante libro que recoge treinta y dos dossieres de salud relativos a treinta y dos enfermedades con consejos para su prevención o curación por medio de homeopatía, un sistema curativo que aplica a las enfermedades, en dosis mínimas, las mismas sustancias naturales que, en mayores cantidades, producirían al hombre sano síntomas iguales o parecidos a los que se trata de combatir. Más abajo hay un enlace para poder acceder al texto en formato pdf.
lunes, 11 de julio de 2016
El verano de los nuevos ricos, por Miryam Satrústegui
EL VERANO ESTRESANTE DE LOS NUEVOS RICOS
No existe época del año que se comporte de forma más cruel y estresante para con un grupo social que el verano para con los nuevos ricos.
En cuanto se pone en marcha la fatídica operación bikini anunciando la llegada de los calores estivales, -que reducen drásticamente la posibilidad de echarse encima esa cantidad de ropa y accesorios de marca que uno puede ponerse e otras estaciones-, los nuevos ricos empiezan a ponerse muy nerviosos.
La globalización también ha globalizado a los de esta especie, que ya no se conforman con pavonearse localmente. Antes, los recién llegados al mundo del dinero, se quedaban en sus zonas. Por ejemplo si eran americanos iban al Caribe, si eran chilenos a Valparaiso, que eran griegos, pues a Mikonos. Pero ya no. Ahora todos se mueven por todas partes, y esto tiene sus consecuencias.
Llegan los nuevos ricos rusos, chinos, árabes y demás procedencias de allende los mares y Urales para poblar nuestras costas, consiguiendo dejar a los nuevos ricos españolitos a la altura del betún. ¡Hombre, esto no es justo! ¡Ya está bien de que esos millonetis extranjeros vengan aquí a hacer sombra!
Y claro, nuestros nuevos ricos, frente a competencia tan desleal, se agarran a las pocas cosas a las que pueden agarrarse. Todo nuevo rico nacional tiene que poseer o alquilar, por narices, un yate. De acuerdo, los árabes son capaces de venir con sus "trasatlánticos" y jorobar, pero los chinos y los rusos aún no lo hacen, y los nacionales aprovechan ese resquicio.
A bordo de un yate, al nuevo rico se le distingue perfectamente por ese dubitativo aplomo en sus movimientos, esa pose "casual" que adopta en el lugar más visible de cubierta y ese escoger fondeadero en las zonas más abarrotadas frente a los chiringuitos más de moda.
Además se ven en la obligación de otear el horizonte para comprobar que a su alrededor haya alguien que les reconozca. Y aquí caben dos posibilidades: saludar a otro -con un barco peor- haciendo grandes aspavientos, que podrían llegar a confundirse con llamadas desesperadas de auxilio; o por el contrario, enfrentar la cruda e hiriente realidad de que otro nuevo rico nacional, conocido de él, tiene un barco más grande o más moderno. ¡Qué vergüenza! ¡Qué apuro!
A nuestro personaje le acaban de arruinar el día complicándole los planes de ahí en adelante. Tendrá que pensar en fondear, en el futuro, lo suficientemente lejos del otro como para que no sea demasiado evidente la diferencia. Vete tú a hacer eso tal y como está el tráfico en los fondeaderos de moda.
¿Y si el conocido del barco mejor ha tomado el atraque inmediatamente seguido al de ellos?. Uffff!!!!
Personalmente el plan del barco me gusta para bañarme en mar abierto disfrutando de un entorno idílico en soledad, navegar viendo paisajes bonitos o ir a pescar con la esperanza de encontrarme con algunos delfines durante la travesía. Y , si acaso, trasladarme frente a alguna playa, siempre que el siguiente barco guarde una distancia mínima que respete un especio vital suficiente. Pero he observado que, nada de lo que a mí me puede resultar atractivo en el hecho de embarcarme, se ajusta a los planes de estas gentes de los que hoy se ocupa el escrito.
Porque esta obsesión de los nuevos ricos por tener todos yate o alquilarse uno, habrá salvado a muchas navieras, pero también ha venido a chingar muchos planes. Y a los que antes disfrutaban de una cierta privacidad frente a la costa, y se daban sus chapuzones tranquilamente desde su barco, les han convertido esa costa en un campo de concentración.
¡Hala! Allá van todos en un indiscriminado pelotón, que ya no distingue entre los "de siempre" y los "recién llegados", a fondear entre una nube de embarcaciones. Se juegan la vida intentando dar unas brazadas en medio del denso tráfico de motos acuáticas y zodiacs, que da un miedo espantoso porque los pilotan gentes muy inexpertas que, si te descuidas, te pasan por encima y te llevan un brazo con una hélice. Esos baños de antes, en aguas transparentes, se han visto reemplazados por baños de alto riesgo, cuya única virtud reside en que si te has quedado con hambre, puedes tragarte los restos de alguna paella que cualquier vecino "nuevo rico" ha tirado por la borda.
Ahora, que los que más penita me dan son los que se han comprado o alquilado los yates más absurdamente enormes y carísimos, y se ven forzados a pasar sus vacaciones dentro de ellos. Porque es sabido que cuando un nuevo rico hace un gasto considerable, necesita que se note continuamente.
Ahí los tienes cenando a bordo, a la vista de todos los transeúntes de los paseos de puertos deportivos.
Los ricos de toda la vida no pernoctan a bordo salvo que sean auténticos lobos de mar o estén haciendo algún viajecito náutico que les obligue a fondear al abrigo de alguna cala. ¿Cuándo se ha visto eso de dormir en un barco atracado permanentemente en el mismo sitio? Este punto me resulta particularmente incomprensible.
¿Podrían explicarme qué tiene de maravilloso dormir en un camarote que es más pequeño que la habitación de un hostal, con un techo tan bajo que te recuerda a cuando te tienen que hacer un TAC?¿Puede ser estupendo el hecho de "disfrutar" de un cuarto de baño diminuto cuya ducha es multiusos cual vaporeta? ¿Cuál es el tremendo atractivo de saborear algo cocinado en un hornillo de camping gas?¿Eh?
Nada, nada. No me convence. Por mi parte, mantengo que el plan es cualquier cosa menos elegante. De hecho solo puedo asemejarlo al veraneo a bordo de roulotte en algún camping.
Y con todo esto, dígame usted querido lector: ¿Podrán los nuevos ricos pensar alguna vez que el verano es maravilloso o que se descansa un montón?
sábado, 9 de julio de 2016
Los antiguos chiringuitos levantinos, por Miryam Satrústegui
VERANO : LOS ANTIGUOS CHIRINGUITOS LEVANTINOS (DE LOS QUE YA QUEDAN POCOS)
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| El chiringuito de Pepe, serie televisiva |
Al frente, paseando entre las mesas de la terraza, un avezado hombre de negocios, con pocos estudios pero un finísimo sentido para detectar nichos de mercado y, tras la barra, su mujer/socia/cómplice, especializada en hacer croquetas, tortillas, arroces y guisos varios.
Las mesas las servían camareros sin edad mínima. Y no era raro ver a un chiquillo, que levantaba del suelo lo que una taza de café con leche, corriendo entre las mesas con las comandas.
El empresario en cuestión, se asomaba a la terracita y hacía una perfecta disección de la clientela del momento: nacionales o guiris.
Era de suma importancia tener en cuenta la franja horaria, que imponía siempre un descalabrante movimiento en los números. A la una del medio día el 99% eran guiris y a las tres de la tarde nacionales.
El menú estrella de todo chiringuito levantino que se preciara era, y creo que aún es, la paella acompañada de sangría. La elaboración, tanto de este plato tradicional de la cocina española como de tan patriótica bebida, admite muchas variaciones. Y aquellos linces de las finanzas lo sabían perfectamente.
En las cocinas hervían lo pucheros con el fumet de pescado reservado para las paellas de los españoles. Los pescados y mariscos se seleccionaban también por tamaños, estados de "entereza", frescura etc.; al igual que el azafrán quedaba separado del colorante "carmencita" o las verduras frescas de las de bolsa. Para la sangría existía la posibilidad de usar vino de botella de cristal con corcho, o de botella de plástico con tapón a rosca- que venía directamente desde la bodega clandestina de algún pariente o amiguete de fiar.
En la primera franja horaria, esa que iba desde la una a las dos, los guiris ocupaban las mesas. Esos turistas nórdicos de piel del color de la de los carabineros. Si apretabas un dedo contra su brazo, aparecía una marca blanca que tardaba un poco en volver a ponerse del mismo color casi "púrpura" del resto de su epidermis.
Llegaban, se sentaban a las mesas y esperaban a que el "jefe" les ofreciera: Paella y Sangría. Quizá quisieran comer otra cosa, pero como no entendían ni las cartas ni mucho menos al "jefe", asentían, siempre sonrientes, y dejaban hacer.
Primero salía la Sangría. Los guiris, deshidratados bajo este sol nuestro que no está hecho para termostatos humanos tan sensibles, se bebían las dos primeras jarras del tirón, sin tan siquiera esperar al cesto de pan ni a las aceitunas- invitación de la casa- ni a ningún otro sólido.
Pasados veinte minutos, cuando los nórdicos ya estaban cocidos como mirlos y sus carcajadas habían sustituido por completo aquella jerga diabólica en la que se entendían, el "jefe" salía de cocinas con la paella siguiendo una escrupulosa puesta en escena que discurría, más o menos así:
Portando la paella en alto, cual preciado trofeo, voceaba: "A la rica paella. Qué viva España". Esto solía coincidir con otro detalle nada despreciable: en el radio casete del local sonaba "Una lágrima cayó en la arena", de nuestro universal cantante Peret.
A la altura de la mesa de los incautos guiris, el tremendamente profesional "jefe-camarero", bajaba la paella con un movimiento de swing circular describiendo un arco perfecto, hasta presentarla a los clientes con una inclinación de unos 30 grados.
Las paellas "especiales" para guiris eran dignas de verse. Ningún nacional jamás les hubiera hincado el diente. Claro que los guiris no se daban cuenta de nada. Porque la ignorancia en materia culinaria española unida a la euforia del momento vacacional, el pedal que se cogían con las dos primeras sangrías- que se les habían subido a la cabeza como los ciclistas colombianos (escarabajos) suben el Tourmalet-, y el principio de insolación, eran los perfectos aliados del dueño del chiringuito.
El arroz estaba muy muy amarillo, salpicado de guisantes de un verde casi fosforescente y textura tan tersa y compacta como los balines de una chimbera de feria. Trocitos de pimiento rojo, cachos gruesos de choco, alguna gamba descuartizada y un par de cigalas maltrechas.
Las cigalas siempre estaban enfrentadas una a la otra en el centro de la paella, con el cuerpo curvado, cabezas levantadas y la única pinza que les quedaba alzándose amenazante contra su contrincante. Porque las cigalas que participaban de las paellas para guiris más que cigalas parecían aparcacoches. Lo de los aparcacoches de antaño lo tendré que comentar en algún post futuro (baste decir que no había ni uno que no fuese cojo, manco, torcidito o algo peor).
Bueno, a lo que iba. El jefe servía los platos con aquello y a los guiris se les hacía la boca agua mientras pensaban para sí: "el verano es maravilloso, y se descansa un montón"
jueves, 7 de julio de 2016
El verano añorado, de Miryam Satrústegui
EL VERANO AÑORADO
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| Los juguetes de nuestra infancia |
Añoro paisajes humanos que poblaron los veranos de mi infancia y que quizá ya nunca volverán.
Echo de menos a esas mujeres vestidas como para ir a misa que, descalzas, remangaban sus faldas por encima de las rodillas y daban gritos y saltitos en la orilla, temerosas de que micro olas de cinco centímetros de altura les fueran a arrastrar mar adentro.Echo de menos a las familias compuestas por:
-Padre, con meyba azul descolorido y camiseta blanca ceñida en la que se leía "Fontanería Padilla" "Suministros Palentinos " y cosas semejantes, o camisa a cuadros, dos tallas menores de las que les hubieran sentado bien, que dejaban su torso al desnudo y sólo abotonaban en la cintura.
-Madre con traje de baño prieto , estampado en flores grandísimas, cubierta por una batita a rayas verticales, con cuello de inmaculado blanco y un par de bolsillos a la altura de sus muslos.
-Suegra vestida de luto riguroso con pañuelo a juego cubriéndole la cabeza. Todo ello tan negro como el futuro de Alemania después de la Segunda Guerra Mundial.
-Y una colección de cuatro o cinco niños de edades indefinidas, camuflados bajo colchonetas y toallas, cubos, palas, moldes para hacer castillos, un par de cazamariposas, un balón de Nivea, aletas y gafas de buceo. Entre aquellos grupo de infantes, el más pequeño era fácilmente identificable porque era el único que sólo llevaba en su cintura un flotador con cabeza de jirafa o de algún otro animal exótico.
Los padres robustos, de calvicie incipiente cubierta con gorra de visera, bigote fino (que les daba aire de militar con mala baba) y papada generosa, llevaban enroscados en su brazo izquierdo cuatro flotadores ya inflados y, bajo el mismo, tres sombrillas gigantescas de muchos colores a rayas horizontales.
Esos recios cabezas de familia de antaño, también acarreaban una nevera, del tamaño del petate de un torero, tres sillas plegables, un transistor negro con una antena de setenta centímetros y un paipay azul y blanco de plástico trenzado para darse aire.
Las orondas madres de pelo corto y rizado, teñido de un castaño tirando a rojizo, iban cargadas con la mesita de aluminio , también plegable, el mantel a cuadros rojos y blancos y un canasto reventón del que asomaban infinidad de cosas.
Añoro a las suegras/abuelas con las bolsas de plástico del super. Una llena de platos, cubiertos y vasos tintineantes al compás de sus caderas, y la otra rebosante de naranjas valencianas.
Eso era organización y saber vivir y no lo de ahora. Que la gente baja a la playa como si todos fueran unos sin techo. Aquello sí que era una puesta en escena con fundamento.
Esas familias, a las que siempre envidié….Porque confieso que los de mi casa siempre hemos ido a la playa como auténticos menesterosos. Que no llevábamos nada de nada. Si acaso un triste bocadillo y una botella de agua camuflados en la cesta de la playa.
Sus sombrillas coloridas hacían que la nuestra de de lona gorda, rematada en flecos blancos de cordoncillo retorcido, pareciera insignificante. Ese flotador fauno-mórfico que nunca tuve. Esos niños con cabellos al viento mientras los míos permanecían aprisionados bajo un gorro de goma que asemejaba un pez y me hacía sentir ridícula.
Esas familias sí que sabían. Los mayores plantaban las tres enormes sombrillas, las sillas y la mesa mientras los niños corrían con sus flotadores, palas, cubos, moldes de hacer castillos, aletas y gafas de buceo hasta la orilla.
El padre sintonizaba "Carrusel Deportivo", se encendía un Celta corto, se repanchingaba en la silla plegable como un marqués y se abanicaba con el paipay.
Madre y suegra/abuela ponían el mantel, los platos, los vasos ,una jarra de verdad-de las de cristal-, una cuchara de palo, y los cubiertos con servilletas y todo.
Aquel saloncito de piso piloto que desplegaban, ocupaba una porción de playa en la que hoy caben unos cincuenta turistas. Y, por fin, nos sacaban de dudas abriendo la nevera.
¡Qué delicias!
Brick de vino tinto, una lata grade de melocotón en almíbar, dos botellas de litro de La Casera, dos tortillas de patata- de las de a docena de huevos cada una y bien compactas porque también llevaban medio kilo de patatas por pieza-, un tupper de boquerones en vinagre, otro de mejillones en escabeche, una tartera con calamares en su tinta bien aceitosos, dos barras de pan y la sandía. Ah, la sandía…fruta prohibida de colores seductores y aspecto maravilloso…
La suegra/abuela vertía en la jarra el vino, la casera y los melocotones con todo el almíbar y hasta hielos, que salían de la misma nevera, y removía con la cuchara de palo hasta conseguir que la sangría estuviera al punto.
Cuando llegaba la hora de comer y a mí me levantaban porque nos íbamos, -que siempre fuimos muy sosos y comíamos en casa-, esa madre española gritaba con toda la fuerza de sus pulmones."Niños, a comer" -Y aquella familia devoraba aquellos manjares bajo la sombra de las flamantes sombrillas de colores.
¡¡¡Ay, aquellos veranos!!!! Esos sí que eran veranos maravillosos y entonces sí que se descansaba un montón.
martes, 5 de julio de 2016
¿Argentina en lugar de Inglaterra?
Mauricio Macri relanza el diálogo con la Unión Europea
miércoles, 29 de junio de 2016
¡90 cumpleaños de mi madre!
En su estupenda casa de Ibiza, rodeada de cuatro generaciones de su familia, y de muchos buenos amigos, mi madre disfrutó de un día memorable. ¡Mil enhorabuenas Mamá!
L'antenato nel cassetto, de Luca Sarzi Amadé
- El parentesco, concepto y estructura
- El árbol genealógico
- La memoria humana y la búsqueda de imágenes
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- La investigación en biblioteca
- Más allá de la biblioteca y de las fronteras
- La nobleza, ese oscuro objeto del deseo
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- Abreviaciones recurrentes en latín
- Abreviaciones comunes en latín y en vulgar
- Abreviaciones recurrentes en vulgar
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