miércoles, 12 de marzo de 2014

España ¿país anfibio?



¡Vamos a la playa! Este es el grito de júbilo de todos los españoles. Los que viven en la costa, a lo que todos aspiran como deseo que aún no se ha cumplido, llenando, con gusto, sus momentos de ocio en cuanto el clima lo permite y los que viven mas alejados planeando sus vacaciones o festivos para ir a pasar en ella, o en su proximidad, a veces con grandes esfuerzos, largas horas.

El lujo que sueñan los que tratan de dar un pellizco a la pizpireta riqueza, es, también, algo relacionado con el mar: la segunda vivienda, el barquito el yate, etc. La querencia del ser humano, en general y del español, en particular, por el mar, es atracción fatal. Está en nuestros genes pues ya sabemos que hemos salido de allí. Incluso algunos de nuestros antepasados o parientes lejanos, aunque mamíferos como nosotros, han decidido permanecer en él y solo salen a respirar y otros, los anfibios, han adaptado, astutamente, sus menudillos para poder estar, a elección, en el agua y en la tierra. Pues bien, esta ambigua disposición es, también, la deseada por los españoles en su participación en la economía común, unas veces en la superficie y otras en las profundidades, entre dos aguas, según la genial intuición de nuestro llorado guitarrista. Todos tenemos anécdotas de esas chuscas situaciones en las que algún participante en gastos comunes es remiso a llevar la mano al bolsillo cuando es su turno y su fama de cara dura va corriendo de boca en boca.

También en nuestras comunidades de vecinos, alguno que, por necesidad o por menosprecio elude su obligación de participar, equitativamente, en los gastos es reprobado por todos y llevado por votación unánime ante los tribunales para obligarle a ello. 

Pero, aunque el español es generoso, hasta ahí llega, pues los que se alivian de sus responsabilidades tributarias escabullendo sus beneficios, engordando sus gastos o empleando las mil triquiñuelas en las que los españoles, con grandes antecedentes históricos en la picaresca, son tan hábiles, no son reprobados de la misma manera y mas bien, “por lo bajinis” se les admira y se les trata de imitar.

Yo no sé por qué suerte de bloqueo, muchos españoles, incluso los políticos que nos gobiernan o quieren hacerlo, no llegan a percibir, claramente, que el dinero que el Estado maneja para atender nuestro servicio es el que sale de nuestros impuestos. “el dinero del Estado no es de nadie”, decía aquella política a la que le hago el regalo de no nombrarla.

El Estado contribuye, sagazmente, a esta confusión rebañando, sigilosamente, el dinero de nuestros impuestos antes de que llegue a nuestros bolsillos con la astuta maniobra de que la mayoría de los tributos no se aportan sino que se retienen, dando la sensación de que no se pagan. Incluso han logrado crear una sensación de regalo cuando al ajustar, definitivamente, su cuantía, “nos sale a devolver”. ¡Cómo nos conocen!

El español, mientras se dilucida la eterna controversia de si la corrupción es generalizada o muy generalizada, ha decidido, desde que se guarda memoria, participar, dentro de lo posible, en el festín o en las migajas pues la experiencia le ha demostrado que la inevitable recogida de impuestos, (que viene de imposición), para los gastos comunes se convierte, en realidad, en un “sálvese quien pueda” y en lo que considera un asalto  contrario a nuestra tradición del bandido generoso pues, piensa él, que en  este caso, se recoge el dinero de los pobres para darlo a los ricos.

En esta situación los españoles no recriminamos al que escurre el bulto sino que lo emulamos o lo envidiamos y el sentimiento generalizado es de admiración o de disculpa. Ahora se cuantifica en un veinticinco por ciento la parte de nuestro cuerpo económico que está, ya, dentro del mar de la economía sumergida y veremos donde para esto pues cuando los españoles nos adentramos en el mar y el agua nos llega hasta…ahí, abandonamos los habituales primeros remilgos del baño y avanzamos, ya, decididos a darnos el gran chapuzón.

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