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miércoles, 30 de diciembre de 2015

La hija del Profeso, de Carlo Emanuele Ruspoli

Con gran satisfacción os anuncio que la imprenta, pese a un imprevisto que ha causado un fuerte retraso, ha enviado hoy la novela al Grupo Editorial Sial Pigmalión para su distribución. Esta vez el proceso de la creación del libro ha sido bastante más largo, porque la editorial ha encargado una revisión adicional del texto a la doctora y escritora doña Alicia García Olbés, con gran satisfacción por mi parte, porque Alicia es miembro del Jurado que me ha otorgado el Premio Internacional Sial Pigmalión de Narrativa 2015. Al mismo tiempo, quiero agradecer a David García Urbieta por su excelente colaboración en la creación de la maqueta del libro y las correcciones del texto. Espero que mi novela agrade al público, con especial énfasis a las lectoras, ya que se trata de una novela romántica terrorífica, con varias historias de amor y algunas obsesiones, en un ambiente vampírico, de 845 páginas. 










miércoles, 9 de octubre de 2013

El guardián

EL GUARDIÁN




-Me he perdido -le dijo a los árboles.

La fría brisa del atardecer acariciaba sus mejillas, mientras se preguntaba como demonios podía haberse perdido a pesar de llevar un plano de ese gigantesco bosque, y una brújula en la mano.

Pateó el suelo con rabia, y gritó:

-¡Nunca debí haber venido! ¡Mierda! -y se sentó en el tocón de un árbol, intentando tranquilizarse.

En un principio, la idea de pasar la noche en el bosque no le había parecido mala, todo lo contrario: dos días y una noche de tranquila soledad para leer o para escuchar las aves, simplemente. Y allí estaba ahora: con la mochila y la tienda de campaña a la espalda, en algún lugar de aquel bosque. Un lugar desconocido, por cierto.

Se levantó y echó a andar, resignado. Tenía que encontrar un claro para acampar, de lo contrario tendría que dormir a la intemperie. Al menos tengo el saco, pensó.

Entonces fue cuando llegó al sendero: vio el Cielo abierto, y echó a correr por él: al poco tiempo comenzó a divisar una gran mole gris entre los troncos de los árboles; el camino dio un par de revueltas más y llegó a un gran claro en medio del cual se erguía un gran caserón -casi un castillo, a juzgar por su aire regio-. Parecía habitado, y sin más se acercó, subió unos escalones hasta llegar a la puerta y la golpeó un par de veces con la aldaba. Pudo oír los ecos de los golpes en el interior de la casa a pesar del grosor de la puerta, y antes de que aquéllos se hubiesen apagado, ésta se abrió.

-¿Quién es usted? -preguntó un mayordomo, con cierto tono despectivo.

-Soy un excursionista. Me he perdido y quería preguntar si... -vaciló un instante- si podría pasar la noche en esta casa. -El Sol había desaparecido bajo la línea del horizonte, y el cielo se oscurecía por momentos.

-Un momento -cerró la puerta.

Cinco minutos después, la puerta continuaba cerrada. Sentado en los escalones, mantenía la mirada fija en aquel claro. ¿Y si montase la tienda ahí?, se estaba preguntando, cuando algo chirrió tras él. Se volvió, y vio que la puerta -por fin- se abría.

-Pase -le dijo-. Mi señor le permite la estancia, por esta noche.

Entró en la casa. Por dentro era aún más majestuosa que por fuera. Gruesos tapices donde se recogían, dibujadas, antiguas y legendarias batallas, cubrían las paredes; del techo colgaban grandes lámparas de araña.

-Sígame. -Y subieron al piso superior que sugerían una antigüedad incognoscible. Incluso el mayordomo la sugería, pensó, a pesar de que su rostro no mostraba más rasgos de vejez que los de un hombre de cuarenta, cincuenta años a lo sumo.

Le siguió por un laberinto de pasillos.

Su habitación era grande, con un pequeño y anticuado cuarto de baño. Aquí no había tapices, sino cuadros de extraños dioses, que le hicieron pensar en alguna mitología antigua.

El mayordomo salió, y el invitado se sentó en la cama, tan antigua como todo lo demás.

-Bonita noche al aire libre -murmuraba, mientras se quitaba las botas-. Esta es la última vez. ¡La última!

Toc, toc. La puerta se abrió y el mayordomo entró, sosteniendo una bandeja con comida.

-Su cena -dijo, mientras el otro miraba sorprendido.

-No hacía falta, yo llevaba... -el mayordomo se marchó, sin dejarle terminar y sin despedirse siquiera.

Se quitó la otra bota, y, descalzo, se aproximó a la mesa.

Bon apettit, pensó. Sonrió y empezó a comer.

Cuando hubo terminado, se acercó a la puerta para salir, pero no pudo abrirla.

Frunció el ceño. ¿Por qué no se abre?

Probó dos veces más, hasta que le fue evidente que el mayordomo le había encerrado.

-¡Eh! ¿¡Qué pasa aquí!? -gritó, y golpeó la puerta- ¡eh!

Quizá no quieran que ronde por la casa.

Se encogió de hombros; se desvistió y se metió en la cama.

Mañana será otro día, pensó cuando cerró los ojos.

****************

Se despertó sobresaltado. Aún era de noche. Le había parecido escuchar algo en la puerta.

Esperó, pero no oyó nada más.

-Lo habré soñado -murmuró, para tranquilizarse, mientras cerraba los ojos

¡otra vez ese sonido!

Se sentó en la cama; sus pies rozando el suelo y su corazón a punto de estallar.

Parece como si arañaran la puerta, pensó. ¿Será el mayordomo, que intenta gastarme una broma? Seguro de ésto último, dijo en voz alta:

-¿Oiga? ¿Qué sucede?

Entonces oyó un gañido y el trote de un animal que se alejaba. Tragó saliva y, cubierto de sudor frío, se volvió a meter entre las sábanas.

Agradeció a Dios que la puerta estuviese cerrada con llave.

A pesar de ello, apenas pudo conciliar el sueño el resto noche.

****************

El resplandor del Sol se colaba por entre las cortinas.

Miró su reloj. Eran las siete de la mañana.

Se levantó, se vistió y se lavó la cara. Al mirarse en el espejo comprobó que éste deformaba el reflejo cómicamente.

Se acercó a la ventana y descorrió las cortinas. El Sol naciente entró en todo su esplendor. Miró hacia el bosque y se percató de que aquella era la zona de la cual él había salido, aunque ahora tuvo ese sentimiento de antigüedad que la noche anterior tuvo al subir las escaleras. Se preguntó cuál sería la edad de aquellos árboles. ¿Cientos, miles de años, quizá? Le pareció que estaban ahí desde épocas inmemoriales.

La puerta principal se abrió de un portazo, y el chico miró hacia abajo: de la casa salía un lobo del tamaño de un caballo con una persona entre sus fauces.

Se separó de la ventana, aterrorizado. Recordó la noche anterior, y se lanzó a la puerta: para su alivio, seguía cerrada con llave. Aquella monstruosidad no podría alcanzarle.

Escuchó un alarido y el chasquido de huesos rompiéndose.

Se acercó a la ventana y volvió a mirar.

Abajo, el lobo se relamía las fauces. Debajo de él sólo quedaban unos despojos.

¿A quién se habrá comido? El miedo le había aturdido. No podía dejar de mirar por la ventana. ¿A quién?

Entonces vio unos jirones de ropa entre los restos.

La ropa del mayordomo.

Cayó desmayado.

****************

Se despertó, notando la cama bajo él. Se sentía completamente en calma, y durante aquel momento de lasitud no movió un sólo músculo.

Entonces recordó, y se levantó de un salto: la puerta estaba destrozada. Asustado, se asomó por la ventana.

Allí estaba el lobo, devorando otra presa.

-¡No ha sido un sueño! ¡¡NO HA SIDO UN SUEÑO!! -gritaba, aterrorizado, lo que en el fondo de su corazón ya sabía. Se dio la vuelta para huir, pero se quedó clavado en el suelo

porque el mayordomo estaba de pie en la puerta.

-¡USTED! -gritó con todas sus fuerzas- ¡¡USTED ESTÁ MUERTO!! -retrocedió un paso.

-No intente escapar.

-¿QUÉÉÉ?

-No intente escapar -repitió-. Aun si tuviera un cuerpo le resultaría difícil. Sin él no lo intente. No podrá.

-¡Usted está muerto! ¡Yo le vi morir! -retrocedió y miró por la ventana. El gigantesco lobo se adentraba en la espesura. De pronto todo le pareció irreal, y temió haberse vuelto loco.

-Sí -dijo el mayordomo, ante la sorpresa del otro-. Morí en mil novecientos ochenta, de una pulmonía. En el ochenta y cinco, un cáncer me mató; y volví a morir ocho años más tarde asesinado por una de las gárgolas del tejado, que cobran vida a media noche.

-¿Quééé?

-La última vez que morí fue esta mañana, devorado por el lobo.

-¡Usted está loco! -gritó, exasperado, convencido de haber sido objeto de una broma pesada.- Todo ésto tiene que ser un montaje.

El mayordomo entró en la habitación.

-Vendí hace años mi alma al dios Hom'Sthotath, el Soberano de lo Muerto. ¿Sabe algo sobre Él? ¿No? No importa. Ahora sirvo al Guardián de la Puerta hasta el glorioso día en el que Él pase a nuestro plano de existencia y reine sobre la Tierra.

-Todo esto es un montaje -repitió, esperando un "sí" que no llegó.

-En cuanto al lobo... -continuó-, él es el Guardián. Ayer no me permitió que le diera cobijo a usted, pero le desobedecí, y él, al ver esta puerta cerrada y percibir el olor a ser humano, advirtió esta desobediencia y me mató; no obstante mi cuerpo inmortal resucitó de nuevo.

-¿Por qué lo hizo?

-Necesitaba compañía.

-¡No me quedaré! Dios mío... ésto no puede ser real.

-Si mira al suelo, verá sangre.

Obedeció; a sus pies había un charco de sangre.

-Si me acompaña, sabrá de quién es -el mayordomo salió de la habitación, y el chico fue tras él.

Bajaron las escaleras. El mayordomo abrió la puerta principal y dijo

-Dígame, ¿qué es lo que ve? -el aludido miró al exterior.

-Oh Dios... restos humanos.

-Fíjese bien.

Obedeció, y vio entre el fango unas botas y ropa de abrigo, hecha jirones.

-Ahora eres un alma en pena; permanecerás atado a esta casa hasta el final de los tiempos.

El chico le miró.

-¿Qué?

-Has sido devorado por el Guardián.

jueves, 3 de octubre de 2013

El monstruo


-Bellísimo -dijo el director del museo.

Se estaba refiriendo, claro está, a la última adquisición del museo: la estatua de un monstruo de tipo reptil, de seis patas, con alas de murciélago medio desplegadas y en actitud agresiva; la cabeza estaba girada unos centímetros hacia la izquierda, mirando al frente con un ojo fiero. La boca entreabierta, cargada de colmillos, completaba el efecto. La cola descansaba sobre el suelo. En total, medía unos diez metros.

-Bellísimo -repitió. Acarició la fría piedra, a sabiendas de que no debería hacerlo-. Han hecho un excelente trabajo.

Se refería a los restauradores. La estatua había sido encontrada en la selva amazónica hacía varias semanas por un grupo de investigación. Al parecer estaban buscando nuevas especies animales cuando tropezaron literalmente con aquella obra de arte: la vegetación la cubría por entero. Avisaron por radio de aquel descubrimiento, a pesar de la reticencia del guía indígena -viejo y muy supersticioso-, y pronto se limpió un tramo de selva (ante el horror de los investigadores) y se sacó, con las debidas precauciones, con un helicóptero. Ahora, limpia de musgo y suciedad, se exhibía en el museo arqueológico de Río de Janeiro.

Hubo una gran afluencia de público para verla. cosa que Joao, uno de los vigilantes, no comprendía. Aquella estatua era verdaderamente horrenda, comentario que no podía evitar decir en voz alta cuando pasaba ante ella.

Un año más tarde, la estatua ya había perdido su popularidad, aunque seguía siendo la atracción del museo, que la exhibía tras unos cristales a prueba de balas desde el intento de robo: unos encapuchados habían conseguido entrar (nadie sabía como) y estaban intentando llevársela tirando de gruesas cuerdas amarradas a ella cuando fueron sorprendidos por los vigilantes. Uno de los ladrones -que resultó ser el guía de la expedición descubridora- fue internado en un hospital psiquiátrico, ya que cuando fue detenido no hacía más que repetir:

-¿Estáis locos? ¡eso no debería estar aquí! ¡debéis deshaceros de él!

Evidentemente, sus ruegos fueron desoídos.

Un mes después, la estatua fue cambiada de lugar: se había producido una fuga de agua de las cañerías del techo de la sala donde estaba, y ya se sabe la enemistad existente entre el arte y la humedad. Llevaron la escultura a un sótano y le impusieron una vigilancia nocturna.

A Joao le tocó la segunda noche. Odiaba quedarse a solas con aquel engendro -como él lo llamaba-, pero no podía hacer nada al respecto: la reparación aún duraría un par de días más.

Aquella noche, como de costumbre, Joao se acercó a la gran estatua, y comentó:

-Eres monstruosa. Si fueses mía, te hubiese reducido a polvo hace tiempo. No sé cómo la gente puede pagar por verte.

Y, sin ninguna razón especial, golpeó la mandíbula de la escultura con el puño.

Entonces el monstruo movió su cabeza, apartó el puño e, inclinándose, le arrancó las piernas de un mordisco.

lunes, 15 de julio de 2013

GENTE MENUDA


En casa de Julia había ratones. No había podido evitar que llegaran y se instalaran allí; ni siquiera sabía de dónde habían venido, pero su llegada había coincidido con el asesinato de Joao, el novio de Julia, mientras trabajaba en el museo.

Harta de encontrar bolsas roídas, tarros volcadas y libros con las páginas mordisqueadas, se decidió a poner trampas por toda la casa. Sobre todo, cuando encontró aquellas inmundas heces dentro del paquete de harina.

Al día siguiente de ponerlas, las revisó todas: cuando se acercó a la que colocó bajo el mueble del salón, llegó hasta ella un débil gemido. Contenta ante el resultado obtenido (y pensando que por fin vería a uno de esos malditos invasores), cogió la cajita de madera y cuál sería su sorpresa al ver asomar dos pequeñas piernecitas por el agujero de la trampa: ¡aquello no era un ratón! Con sumo cuidado, cogió las temblorosas extremidades y liberó a aquello que había caído en la trampa.

No, ciertamente aquello no era un ratón. Era una especie de ser humano en miniatura -no sobrepasaba los diez centímetros de estatura-, con rasgos muy simiescos. Estaba desnudo, tenía mucho pelo y despedía un auténtico mal olor.

Julia aferraba aquel ser, sin saber qué hacer. ¿Lo liberaba? ¿Lo encerraba en una jaula? Demonios, ¿qué era aquello? El diminuto ser golpeaba los dedos de Julia con sus pequeños puños, mientras multitud de sonido guturales salían de su boca. ¿Era aquel el ratón que la había molestado tanto? Sin pensarlo lo metió en una jaula que había quedado vacía después de la muerte de Peti Rojo, y lo observó atentamente.

El ser se agarró a los barrotes, los mordió y los pateó con una furia incontenible mientras no paraba de hacer sonidos con su aguda voz. Julia introdujo un trozo de pan entre lo barrotes, y el enanito comenzó a roerlo con fruición.

"¡Dios mío, un duende!", pensó. Era lo último que esperaba poder cazar con una ratonera, pero allí estaba, vivo y sin dejar de moverse y gritar. Parecía puro nervio.

Durante un instante se había planteado llevarlo a un centro de investigación, ¡aquello revolucionaría la Ciencia! Pero no, luego cambió de idea. Lo guardaría para sí. Después de todo, lo había cazado ella.

Mientras tanto, el duende se había comido el trozo de pan.

-¿Quieres más? -preguntó Julia, y cuando el ser la escuchó, pareció asustarse. Se retiró al fondo de la jaula y se acurrucó, temblando.

-¿Qué te ocurre? -acercó la cara a los barrotes, cada vez más, y cuando su nariz los tocó, el enano, con una inusitada rapidez, se lanzó hacia ella. Julia se apartó rápidamente, pero no lo suficiente, y el duende le arañó la nariz. "¡Maldito bicho!" pensó ella "¡ha estado a punto de sacarme un ojo!"

-Maldito seas -dijo, enfadada-. Dejaré que te pudras en tu jaula.

Fue al cuarto de baño, y se miró el arañazo en el espejo. No parecía feo. Se lo limpió, y luego se acercó de nuevo a la jaula. El enano se rió convulsivamente cuando la vio. Julia agitó la jaula, enfadada, mientras gritaba:

-¿De qué te ríes?

El ser demostró ser muy resistente. A pesar de que no le echaba de comer, parecía más fuerte cada día. Ella, al contrario, empeoraba sin razón aparente cada vez más: cada día se levantaba más cansada y decaída; cada vez se enfadaba más cuando el bicho reía, y lo hacía cada vez que lo miraba. Reía enérgica y convulsivamente, y ella se preguntaba por qué lo hacía, hasta que un día notó un mareo estando en la ducha. Goteando y descalza, salió del cuarto de baño y se acercó a la jaula. El ser comenzó a reírse.

-Es por el arañazo, ¿verdad? -le parecía que la habitación giraba en torno a ella- es por el arañazo, ¿verdad? -repitió, esta vez más fuerte y con más convicción.

De repente tuvo un vahído, y cayó al suelo. Intentó gritar al darse cuenta de que sólo podía mover la cabeza, pero ni un sonido salió de su garganta. Giró aquella en dirección a la jaula, y, horrorizada, pudo ver cómo el duende separaba dos barrotes, salía fuera y se acercaba a ella con la boca abierta, babeando y riendo a su grotesca manera...


SUBIR ESCALERAS

Dos días hacía desde que Raquel observó por vez primera rastros de sangre reseca en el tramo de escaleras que iba a dar al rellano de su puerta. Era un quinto piso de un bloque de nueve, pero en ningún otro sector de los que había inspeccionado aparecían esas manchas, impresas como por una huella o una zarpa, muy profundo, fluidos negruzcos medio infiltrados en la misma piedra, describiendo los contornos de un caminar furtivo y luctuoso; alguien inculpó del hecho a la más que segura intrusión de un animal, no obstante, era improbable que un animal desangrado y moribundo no hubiera perecido a su propia hemorragia y merodease por allí todas las noches, menos aún cuando ningún vecino había escuchado ruidos ni golpes ni sonidos de angustia gutural. Junto a la vecina de la puerta contigua, bajaron cubos de agua y lejía y se afanaron en limpiarlas, frotando al límite de las manos y las rodillas, desgastando fregonas y bayetas, incansables. Casi lo consiguieron, borraron las huellas en su mayoría excepto un pequeño cerco difuminado que era, por lo visto, inaccesible a la lejía ni al resto de abrasadores que dispusieron sobre la superficie. "Un trabajo inútil", se decía Raquel resignada, pues al día siguiente volvían a irrumpir en la misma posición en la que se hallaban el día anterior. Vuelta a bajar los cubos, vuelta a realizar complicadas mezclas de productos químicos y limpiadores industriales, pero las manchas no perecían a ningún intento. De mutuo acuerdo en la junta de vecinos, resolvieron ponerlo en conocimiento de las autoridades sanitarias para que una comisión de expertos investigara el asunto y dictaminara si se trataba de los rudimentos primarios de una nueva enfermedad o si por el contrario, eran producto de un transeúnte de las noches, de un algo que ascendía y descendía las escaleras con los pies ensangrentados. No de cara a los vecinos, ya que no se atrevía a exponerla, pero si en la intimidad, Raquel había insistido en un tercera hipótesis, una opción que su propio marido, sentado en el sofá sin prestarle demasiada atención, calificó de ridícula y pueril: "Creo que es un muerto el responsable de todo este caso. Lo siento, lo noto, pero no sabría explicarlo porque no es de aquí, sabes, no es de un suceso próximo, es como que está lejos y cada noche se acerca, vaga por donde desea y arrastra consigo y su cuerpo derretido, vestigios de la sangre que derramó la herida que, tiempo atrás, acabó con su vida". Él, en tono rotundamente sarcástico, asintió riendo a carcajadas un momento, para luego tomarla de los hombros y explicarle, como a una niña temerosa de los monstruos que se esconden en su armario, que los muertos no caminan y mucho menos maltrechos y esparciendo a su paso, gotas de sangre de heridas pasadas. "Eres absurda", agregó con un bostezo y se marchó a la cama. Pese a que la idea de su mujer era descabellada, el cuarto en penumbras le provocó cierto recelo, una sensación de peso en los pies y un agarrotamiento en el cuello: sería miedo aquello, miedo a una suposición estúpida de una mujer asustada que no encuentra respuestas y por ello las crea, miedo a una representación de un espíritu alterado y nervioso, miedo del armario del fondo y de los habitantes de su interior,....Petrificado en el umbral del cuarto, la mano izquierda apoyada firmemente en el quicio, no disponía de lucidez bastante para discernir si era miedo lo que lo atrapaba y le fijaba la postura, pero no fue capaz de pasar al interior. Temeroso e impávido, retornó a la sala donde Raquel, recostada cómodamente en el sillón, reconocía, en las tapas de un libro sobre la obra Harold Lloyd, un antiguo y tímido intento de lectura. La presencia callada y errante de él la asustó levemente: "¿Dónde vas?", le preguntó sin mover la vista de la portada del libro. "Voy a por un vaso de agua. Tengo la boca seca. ¿Vienes a la cama?, preguntó con la esperanza de que le fuera a acompañar. Raquel se dio vuelta en el sillón, posó el libro sobre la mesa, lo miró con picardía por encima del respaldo, como adivinado las raíces de un temor nuevo, y dijo simplemente: "!Vamos!".

Los investigadores del ministerio de sanidad, luego de efectuar minuciosos estudios sobre el terreno durante dos días, y ponderando todos los factores y posibilidades, concluyeron que lo que ocurría en esa escalera, se reducía a que, cada noche, aparecían huellas ensangrentadas que el día anterior no existían. Por supuesto, esta respuesta absurda, pues les reiteraba lo que ya conocían, no llevó la satisfacción a los vecinos, que protestaron y se agolparon con pancartas entorno a la sede ministerial, ya que consideraban que se habían reído de ellos, y que el estudio tan sólo había sido una farsa, un sutil juego de ficción que pretendía minimizarlos. Al regresar de la pequeña y no especialmente beligerante concentración – los efectos de un enfado se miden en la insistencia y la intensidad de las protestas - uno de ellos, posiblemente el abogado del tercero B, propuso al resto una reunión espontánea en un restaurante de la zona, donde comerían y beberían hasta reventar (forma bastante habitual de mitigar las irritaciones), para después ir a bailar y a putear, y a no ejercer esa noche misión ni encargo distintos del placer y la lujuria desatada. Esa proposición fue recibida con ansiedad, por lo que todos se adhirieron y de inmediato marcharon bajo la tutela del abogado, que les prometía un método seguro de evasión y pacificación de sus espíritus alterados. Fueron todos, todos cogieron sus coches y siguieron al abogado (que gracias al desempeño de su trabajo, conocía a la perfección la inmensa mayoría de los restaurantes de la ciudad, además de los bares, los pubs, las cantinas, e incluso la intrincada ubicación de las tascas indecentes y podridas de los barrios altos de la periferia), todos excepto Raquel, que no entendía la actitud sumisa a los instintos de sus vecinos, y menos aún, la de su propio marido que, feliz como pocas veces lo había visto, no dudó en darle un acelerado beso de despedida, introducirse en al auto negro del abogado, y decirle a través de la ventanilla mientras marchaban: "Volveré tarde. No olvides que no me llevo llave, así que debes estar atenta a cuando llegue para abrirme la puerta". Quedó en la acera, observando el auto alejarse, furiosa e indignada, del mismo modo a como habría de penetrar en el portón del edificio, ascender lentamente las escaleras experimentando la sensación de que la ira cedía paso al resquemor y éste a un miedo inmundo y suave que se deslizaba enervante desde la punta de los cabellos hasta la gruesa circunferencia de los tobillos. Fue en ese preciso momento, en el que recordó que aquel día, poco antes de partir hacia la plaza donde se situaba el ministerio, no había necesitado ponerse zapatos, e incluso, como una imagen sobrevenida a su propio estado de conciencia, vislumbró los tacones aún bajo la cama y no recubriendo sus pies. Al momento, una vez que se hubo desprendido de esta figuración, un dolor intenso y agudo hasta el crujir de arterias, le recorrió las piernas como látigos incandescentes; tendida en el rellano previo al tramo de escaleras que, irremisiblemente, desembocaban en su puerta, se incorporó dolorida, y gimiendo de terror, observó sus tobillos, dos muñones sangrientos, mortificados en la profusión de capilares rotos y ligamentos descosidos, que se consumía como en una particular hoguera de alcoholes y lejías, como expuestos a una infernal ventisca de arena y alfileres. Procuró por todos los medios no mirar el estropicio y apoyarse en la baranda para lograr subir el tramo que le restaba. Varias veces resbaló y gritó, varias veces manchó de sangre las barras de metal. Finalmente, logró alcanzar el rellano, dejando atrás una hilera de rastros idénticos a los que aparecían de noche en noche, pero ante la feroz persistencia del dolor que arreciaba infranqueable y los nublos paulatinos que cubrían sus retinas, renunció a llegar a la cerradura de la puerta, renunció a entrar en su apartamento pues nada tenía ya que hacer y, situándose con la espalda sobre la pared y con la respiración exasperada y jadeante a consecuencia del esfuerzo, resolvió esperar pacientemente a que la hemorragia acabara con su vida, y así poder convertirse en el muerto insólito que daría respuesta al enigma de las huellas, el muerto que merodearía y vagaría todas las noches a lo largo de esas escaleras, sangrando por una inexplicable herida del pasado.

Empezaba a clarear en los ventanucos de ventilación del edificio. Su marido, visiblemente borracho y con la juerga aún prensada en la inercia de sus gestos, se sitúa frente a la puerta medio tambaleándose y pulsa el timbre con desgana. Una sonrisa estúpida surca su cara mientras aguarda tranquilo. Ante la inexistencia de respuesta, repite la operación dos, tres veces, pulsa compulsivamente alterando la paz del rellano sereno tras una batalla de la que apenas quedan rastros, excepto los habituales de cada noche. Se da la vuelta enfadado y enciende un cigarrillo. En ese justo instante, la puerta se abre sigilosamente a sus espaldas. "Ya era hora", comenta él con la entonación feliz de las fiestas. Entra y cierra; su mujer no está, la busca entre la penumbra, cruza el pasillo, llega hasta el dormitorio y de un solo movimiento de cuerpo, se rinde sobre el colchón sin importarle si estaba o no allí su mujer, intenta quedarse dormido, pero no puede a pesar de la carga que el alcohol ejerce en su cabeza. Enfadado y molesto, sintiendo cercano el vómito liberador de la nausea, alarga el brazo y enciende la luz de la mesa de noche. Ha escuchado un ruido cuya procedencia sitúa, irracionalmente, en el armario, un ruido de pies sobre pastos resbaladizos, la secreta concreción de una incapacidad. Se levanta, con voz firme pregunta que quién está ahí. No hay respuesta a su requerimiento, se aproxima y agarra la manivela, pero la suelta al instante, como aguijoneado por una sospecha horrible; antes de abrir, escucha un grito árido, unos pasos apurando la longitud del pasillo con una rara suerte de vehemencia atribulada; ya sin respiración, aterrado, observa, a través de una de las lunas del armario, que su mujer lo espera desencajada, sentada al borde de la cama, afligida pero sin llanto, muerta ya, desangrada y vacía con los pies en la mano.


LA VOZ DEL CEMENTERIO

El frío era tan intenso aquella tarde, que la sensación de helor que provocaba el gélido viento, acartonaba las extremidades de quien se expusiera a aquella ventisca helada. En el cementerio de San Isidro apenas aguantaban a la intemperie catorce o quince personas, estoicamente, en pie, sólo sostenidos por su propio dolor mientras escuchaban con poca atención el piadoso sermón del padre Damián.

Era el día del entierro de Clara López. Sólo la familia y unos cuantos amigos habían acudido a darle el último adiós. En primera fila y junto al sacerdote, sollozaban Juan y Carlos, marido e hijo de la difunta. Abrazados y en silencio observando con impotencia cómo los dos operarios del cementerio introducían el ataúd color de haya en el nicho después que el presbítero hubo finalizado su oración, coreada de un apagado amén. Acto seguido, Juan depositó encima del féretro un triste ramo de rosas rojas y blancas envueltas en celofán, justo antes de que los albañiles sellasen el nicho bajo la atenta mirada de todos los presentes. Primero un murete de ladrillos y después una capa de yeso blanco para cerrar el hueco antes de encajar la lápida.

—Te acompaño en el sentimiento, Juan —le dijo Alberto con solemnidad mientras le abrazaba—. La vamos a echar mucho de menos. —Apostilló con tristeza.

—Muchas gracias —le respondió Juan con voz entrecortada mientras unas amargas lágrimas escapaban de sus ojos.

Durante unos minutos, Juan recibió las condolencias y pésames de algunas personas queridas. Cuando terminó de atenderles, camino de la desvencijada puerta del cementerio, el padre Damián se dirigió a él :

—¿Cómo te encuentras?— le preguntó amigablemente.

El joven viudo apenas fue capaz de asentir lastimeramente mientras su mirada, perdida y vacía, inundada de dolor, vagaba por el horizonte como alma en pena. El sacerdote respetó el sufrimiento silencioso de su sobrino y le acompañó con aflicción junto a su hijo y el resto de allegados hasta el aparcamiento exterior.

Alberto, el compañero de trabajo de Juan, caminaba con su esposa, Eva, unos metros por detrás.

—¿Todavía no se sabe nada? —susurró Eva a su marido.

—Te he dicho que no es el momento de hablar de estas cosas —respondió Alberto con gesto de enfado por la inoportunidad de la pregunta.— Además, no se conocen los resultados definitivos de la autopsia, hemos de esperar...

—¡Seguro que la mataron! —interrumpió Eva ante el desespero de su marido– ¡Dicen que la encontraron muerta en su coche...! Y además ¡la policía no encontró sangre! Eso no es normal...

El siniestro viento helado sopló con violencia obligando a los asistentes a apretar el paso, acallando los rumores de las habladurías y arremolinando las hojas caídas al son de un silbido inquietante.

Mientras, en otro lado del cementerio, dos operarios se afanaban por terminar pronto su trabajo.

—¡Este maldito tiempo! Tengo las manos congeladas. Acaba ya con la lápida que está anocheciendo, y ya sabes que no me gusta andar de noche por el cementerio —dijo Samuel, que rondaba los cuarenta años y lucía un rizado cabello entrecano.

—Me parece que no vamos a tener suficiente yeso —insinuó Saturnino a su compañero.

Los dos se miraron durante unos segundos y Saturnino comprendió que de nuevo le tocaba a él ir a buscar lo que faltaba a la vieja y destartalada caseta de los trastos.

—¡Maldita sea! Es la tercera vez que te quedas corto esta semana. ¡Siempre tengo que ir yo cuando falta algo! —protestó.

—Está bien, está bien, si quieres voy yo, pero no sé que irá a opinar tu mujer si se entera donde estuviste el martes por la noche... —espetó Samuel con una malévola sonrisa entre los labios.

No era la primera vez que chantajeaba a su compañero a costa de aquella noche en el prostíbulo del pueblo de al lado, pero en cierto modo se regodeaba de la forma en que podía manipularle, siempre con ese tono ironista que le distinguía.

—¡Eres un cerdo! —masculló el resignado Saturnino tras arrojar al suelo su espátula y enfilar a regañadientes el camino de la caseta mientras su colega le observaba con una sonrisa de complacencia: una vez más se había salido con la suya.

Samuel se frotó las manos para hacerlas entrar en calor. Nunca usaba guantes en el trabajo, ya que según él "perdía el tacto de las cosas". Miró hacia arriba por encima del pasillo de nichos donde se encontraba y observó la silueta fantasmal de la luna llena, recortada sobre un cielo negro y espeso, nublado, oscuro... Se apercibió que casi había anochecido, sólo la luz mortecina de unas pequeñas lámparas iluminaban aquel tétrico lugar. A él tampoco le gustaba permanecer en el cementerio de noche, quizás fueran los miedos inculcados desde niño; aquellas supersticiones sobre los fantasmas que deambulaban entre la bruma que tanto le habían aterrorizado. Él nunca había visto nada, pero tenía claro que no iba a quedarse allí dentro para comprobarlo.

—¡Demonios! ¡Qué frío hace! —habló en voz alta mientras se abrochaba el último botón de su anorak. Buscó nervioso en el bolsillo del pantalón su paquete de tabaco. Se llevó a la boca un cigarrillo y tras varios intentos, pudo encenderlo a pesar de las fuertes rachas de viento.

Fue tras dar la primera calada al cigarro cuando oyó algo. No sabía bien lo que era pero estaba seguro de haberlo escuchado. Giró sobre sí mismo, observó alrededor y no vio nada extraño. Las silenciosas hileras de nichos salpicados de ramilletes de flores mustias le observaban impasibles desde la penumbra. Sus ojos no alcanzaban a observar nada vivo, ni tan siquiera las ramas peladas y nudosas de los árboles secos que asomaban, amenazantes y grotescas por encima de los nichos.

Samuel se hallaba en la mitad del pasillo dieciséis, de unos treinta metros de largo acotado por dos hileras de nichos. El cementerio de Santa Ana era completamente rectangular, con sus calles perpendiculares unas a otras. El lugar donde ahora se encontraba estaba bastante alejado de la salida, por eso resultaba difícil que pudiera escucharse la voz de una persona desde el exterior, y como siempre él y su compañero eran los encargados de cerrar el cementerio, luego nadie más quedaba allí dentro salvo ellos "Y los muertos no hablan" Pensó.

Volvió a escuchar algo y se sobresaltó, sintió erizarse el vello de su cuerpo porque a pesar de estar solo, creía haber oído... un susurro. No podía identificar exactamente de dónde procedía, porque las repentinas rachas de viento se lo impedían.

—¡Muy gracioso Saturnino! —espetó en voz alta tratando de convencerse de que era su compañero quien le intentaba gastar una broma macabra —¡Te he descubierto! ¡Sal ya de donde estés y dame el maldito yeso que hace mucho frío!

El silbido del viento fue la única respuesta. Samuel protegió sus ojos de un remolino de aire y tierra que le cegó durante algunos segundos. De repente, cesó la ventisca, y el sepulcral silencio permitió a Samuel escuchar los acelerados latidos de su propio corazón. En aquel momento un nuevo susurro, esta vez más alto y nítido le hizo darse la vuelta. Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando consideró la posibilidad de que el misterioso murmullo proviniese de aquella tumba recién sellada.

Permaneció durante unos instantes de pie, inmóvil frente al nicho, con los ojos muy abiertos. Unas gotas de sudor frío resbalaron por su frente. A pesar de que el pavor había hecho presa en él, algo le impedía salir corriendo. Quizás la vergüenza de encontrarse con Saturnino y sentirse ridículo huyendo de algo sin fundamento le hizo reaccionar con más templanza. ¿Realmente había oído aquello? ¿Provenía de allí? ¿Sería una broma de su colega? ¿O quizás habrían enterrado a una persona viva...? Sin pensarlo dos veces recogió el martillo del suelo y se acercó a la tapa del nicho. Su corazón palpitaba de forma salvaje cuando aproximó su rostro temeroso al sepulcro: nada se oía. Se acercó aún más al nicho y aplicó su oído izquierdo a la losa de mármol.

—Abre la lápida— susurró con suavidad una voz de mujer...

Saturnino se esforzaba por colocar una bombilla en el techo de la vieja caseta. Había tardado un buen rato para encontrarla en medio del desorden de aquella hedionda leonera sumido en la oscuridad más completa, con la única ayuda de la luz de su mechero.

"Me voy a tomar mi tiempo para arreglar esto" pensó Saturnino con desdén.

Imaginaba a Samuel tiritando de frío en el exterior, mientras él recuperaba su resuello dentro de aquel maloliente chambado. "Se lo tiene bien merecido el cabrón" .

Según transcurrían los minutos, el achaparrado albañil fue consciente de que debía volver lo más rápido posible con el yeso, ya que, sumido en sus pensamientos vengativos, había olvidado que la noche caía sobre el cementerio con toda su negrura.

A pesar de los incidentes ocasionados por el peculiar carácter de Samuel, Saturnino había desarrollado una importante dependencia hacia él. Juntos visitaron lugares que jamás hubiese soñado, alternando con las mejores prostitutas de la comarca, y además, cuando iba mal de dinero, incluso le prestaba algo, eso sí, con intereses. No había nada que hiciera por él de forma filantrópica, porque al fin y al cabo le utilizaba y explotaba aprovechándose de su poca inteligencia.

Cuando pudo encender la luz, encontró un saco de yeso medio lleno que había tirado en una esquina justo al lado de una sucia manguera. Al abrir la puerta, se sorprendió de que el viento hubiese cesado, aunque todavía hacía frío. Caminó con paso vivo hacia el pasillo número dieciséis, y mientras, pensaba con cierto regodeo en el tiempo que había hecho esperar a su colega.

"Espero que no se enfade mucho" Saturnino, conocía desde tiempo el carácter de su compañero y sabía de su mal talante, pero había disfrutado su "pequeña venganza particular" y se sentía satisfecho.

Cuando encaró el pasillo en cuestión observó a su compañero sentado en el suelo.

—Lo siento. No encontraba el dichoso yeso. Lo tenemos todo tan desordenado que cualquiera...

Interrumpió sus disculpas bruscamente al apercibirse de que algo no iba bien: Paco estaba sentado en el suelo, inerte, como un muñeco de trapo colocado encima de la cama de un niño. Su cabeza caída hacia delante le impedía divisar su rostro y aún sostenía en la mano derecha uno de los martillos. Arrojó el saco y se aproximó a la carrera.

En el suelo se esparcían los fragmentos de lo que antes habían sido la lápida del nicho y los ladrillos del murete que sellaba el compartimento. Además, el ataúd estaba fuera y se encontraba apoyado entre la pared y el suelo, aparentemente cerrado. ¿Por qué su compañero rompió la lápida de aquella forma y había sacado el ataúd?

Se aproximó a Samuel y al levantarle la cabeza observó la expresión de horror dibujada en su rostro con los ojos abiertos como platos y gran cantidad de sangre manando de una herida en su cuello.

—¡Dios Santo!— exclamó presa del miedo.

Se incorporó con rapidez para pedir ayuda, pero al volverse vio una imagen espectral que se recortaba contra las luces del pasillo. Una mujer, de pelo blanco, joven y bella. Vestía una túnica también blanca y caminaba hacia él descalza. Sus grandes ojos negros le observaban con avidez, desprendiendo un siniestro brillo que a Saturnino le pareció tranquilizador, por eso ni tan siquiera se preguntó quién era aquella joven. Tampoco le extrañó la ligereza de sus ropas en un clima tan gélido. El asesinato de su compañero también había pasado a un segundo plano. Embriagado de un placer indescriptible, creyó estar flotando en un mar de éxtasis para sus sentidos. El rostro de aquella mujer le recordaba a la vez el de todas aquellas con las que había experimentado sus mejores momentos de placer individual en compañía de las revistas que escondía debajo del colchón de su cama. Él la veía levitar sin que apenas sus pies tocasen el suelo, pero no era consciente de que se acercaba lentamente sin apenas mudar el gesto.

Saturnino, fascinado por el rostro angelical que le sonreía mostrando unos labios rojos y exhuberantes no apreciaba como realmente, de aquella boca sobresalían dos colmillos excesivamente puntiagudos y amarillos. De su horrenda boca rezumaba la sangre de su compañero mientras abría sus fauces con una expresión demoníaca en su rostro. Lo último que pudo percibir en su vida fueron las manos heladas de aquel ser en la cara y el intenso dolor de una mordedura en su cuello.



sábado, 8 de junio de 2013

La voz del cementerio

El frío era tan intenso aquella tarde, que la sensación de helor que provocaba el gélido viento, acartonaba las extremidades de quien se expusiera a aquella ventisca helada. En el cementerio de Santa Elena apenas aguantaban a la intemperie catorce o quince personas, estoicamente, en pie, sólo sostenidos por su propio dolor mientras escuchaban con poca atención el piadoso sermón del padre Damián.

Era el día del entierro de Clara López. Sólo la familia y unos cuantos amigos habían acudido a darle el último adiós. En primera fila y junto al sacerdote, sollozaban Juan y Carlos, marido e hijo de la difunta. Abrazados y en silencio observando con impotencia cómo los dos operarios del cementerio introducían el ataúd color de haya en el nicho después que el presbítero hubo finalizado su oración, coreada de un apagado amén. Acto seguido, Juan depositó encima del féretro un triste ramo de rosas rojas y blancas envueltas en celofán, justo antes de que los albañiles sellasen el nicho bajo la atenta mirada de todos los presentes. Primero un murete de ladrillos y después una capa de yeso blanco para cerrar el hueco antes de encajar la lápida.
—Te acompaño en el sentimiento, Juan —le dijo Alberto con solemnidad mientras le abrazaba—. La vamos a echar mucho de menos. —Apostilló con tristeza.
—Muchas gracias —le respondió Juan con voz entrecortada mientras unas amargas lágrimas escapaban de sus ojos.
Durante unos minutos, Juan recibió las condolencias y pésames de algunas personas queridas. Cuando terminó de atenderles, camino de la desvencijada puerta del cementerio, el padre Damián se dirigió a él :
—¿Cómo te encuentras?— le preguntó amigablemente.
El joven viudo apenas fue capaz de asentir lastimeramente mientras su mirada, perdida y vacía, inundada de dolor, vagaba por el horizonte como alma en pena. El sacerdote respetó el sufrimiento silencioso de su sobrino y le acompañó con aflicción junto a su hijo y el resto de allegados hasta el aparcamiento exterior.
Alberto, el compañero de trabajo de Juan, caminaba con su esposa, Eva, unos metros por detrás.
—¿Todavía no se sabe nada? —susurró Eva a su marido.
—Te he dicho que no es el momento de hablar de estas cosas —respondió Alberto con gesto de enfado por la inoportunidad de la pregunta.— Además, no se conocen los resultados definitivos de la autopsia, hemos de esperar...
—¡Seguro que la mataron! —interrumpió Eva ante el desespero de su marido– ¡Dicen que la encontraron muerta en su coche...! Y además ¡la policía no encontró sangre! Eso no es normal...
El siniestro viento helado sopló con violencia obligando a los asistentes a apretar el paso, acallando los rumores de las habladurías y arremolinando las hojas caídas al son de un silbido inquietante.
Mientras, en otro lado del cementerio, dos operarios se afanaban por terminar pronto su trabajo.
—¡Este maldito tiempo! Tengo las manos congeladas. Acaba ya con la lápida que está anocheciendo, y ya sabes que no me gusta andar de noche por el cementerio —dijo Samuel, que rondaba los cuarenta años y lucía un rizado cabello entrecano.
—Me parece que no vamos a tener suficiente yeso —insinuó Saturnino a su compañero.
Los dos se miraron durante unos segundos y Saturnino comprendió que de nuevo le tocaba a él ir a buscar lo que faltaba a la vieja y destartalada caseta de los trastos.
—¡Maldita sea! Es la tercera vez que te quedas corto esta semana. ¡Siempre tengo que ir yo cuando falta algo! —protestó.
—Está bien, está bien, si quieres voy yo, pero no sé que irá a opinar tu mujer si se entera donde estuviste el martes por la noche... —espetó Samuel con una malévola sonrisa entre los labios.
No era la primera vez que chantajeaba a su compañero a costa de aquella noche en el prostíbulo del pueblo de al lado, pero en cierto modo se regodeaba de la forma en que podía manipularle, siempre con ese tono ironista que le distinguía.
—¡Eres un cerdo! —masculló el resignado Saturnino tras arrojar al suelo su espátula y enfilar a regañadientes el camino de la caseta mientras su colega le observaba con una sonrisa de complacencia: una vez más se había salido con la suya.
Samuel se frotó las manos para hacerlas entrar en calor. Nunca usaba guantes en el trabajo, ya que según él "perdía el tacto de las cosas". Miró hacia arriba por encima del pasillo de nichos donde se encontraba y observó la silueta fantasmal de la luna llena, recortada sobre un cielo negro y espeso, nublado, oscuro... Se apercibió que casi había anochecido, sólo la luz mortecina de unas pequeñas lámparas iluminaban aquel tétrico lugar. A él tampoco le gustaba permanecer en el cementerio de noche, quizás fueran los miedos inculcados desde niño; aquellas supersticiones sobre los fantasmas que deambulaban entre la bruma que tanto le habían aterrorizado. Él nunca había visto nada, pero tenía claro que no iba a quedarse allí dentro para comprobarlo.
—¡Demonios! ¡Qué frío hace! —habló en voz alta mientras se abrochaba el último botón de su anorak. Buscó nervioso en el bolsillo del pantalón su paquete de tabaco. Se llevó a la boca un cigarrillo y tras varios intentos, pudo encenderlo a pesar de las fuertes rachas de viento.
Fue tras dar la primera calada al cigarro cuando oyó algo. No sabía bien lo que era pero estaba seguro de haberlo escuchado. Giró sobre sí mismo, observó alrededor y no vio nada extraño. Las silenciosas hileras de nichos salpicados de ramilletes de flores mustias le observaban impasibles desde la penumbra. Sus ojos no alcanzaban a observar nada vivo, ni tan siquiera las ramas peladas y nudosas de los árboles secos que asomaban, amenazantes y grotescas por encima de los nichos.
Samuel se hallaba en la mitad del pasillo dieciséis, de unos treinta metros de largo acotado por dos hileras de nichos. El cementerio de Santa Ana era completamente rectangular, con sus calles perpendiculares unas a otras. El lugar donde ahora se encontraba estaba bastante alejado de la salida, por eso resultaba difícil que pudiera escucharse la voz de una persona desde el exterior, y como siempre él y su compañero eran los encargados de cerrar el cementerio, luego nadie más quedaba allí dentro salvo ellos "Y los muertos no hablan" Pensó.
Volvió a escuchar algo y se sobresaltó, sintió erizarse el vello de su cuerpo porque a pesar de estar solo, creía haber oído... un susurro. No podía identificar exactamente de dónde procedía, porque las repentinas rachas de viento se lo impedían.
—¡Muy gracioso Saturnino! —espetó en voz alta tratando de convencerse de que era su compañero quien le intentaba gastar una broma macabra —¡Te he descubierto! ¡Sal ya de donde estés y dame el maldito yeso que hace mucho frío!
El silbido del viento fue la única respuesta. Samuel protegió sus ojos de un remolino de aire y tierra que le cegó durante algunos segundos. De repente, cesó la ventisca, y el sepulcral silencio permitió a Samuel escuchar los acelerados latidos de su propio corazón. En aquel momento un nuevo susurro, esta vez más alto y nítido le hizo darse la vuelta. Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando consideró la posibilidad de que el misterioso murmullo proviniese de aquella tumba recién sellada.
Permaneció durante unos instantes de pie, inmóvil frente al nicho, con los ojos muy abiertos. Unas gotas de sudor frío resbalaron por su frente. A pesar de que el pavor había hecho presa en él, algo le impedía salir corriendo. Quizás la vergüenza de encontrarse con Saturnino y sentirse ridículo huyendo de algo sin fundamento le hizo reaccionar con más templanza. ¿Realmente había oído aquello? ¿Provenía de allí? ¿Sería una broma de su colega? ¿O quizás habrían enterrado a una persona viva...? Sin pensarlo dos veces recogió el martillo del suelo y se acercó a la tapa del nicho. Su corazón palpitaba de forma salvaje cuando aproximó su rostro temeroso al sepulcro: nada se oía. Se acercó aún más al nicho y aplicó su oído izquierdo a la losa de mármol.
—Abre la lápida— susurró con suavidad una voz de mujer...
Saturnino se esforzaba por colocar una bombilla en el techo de la vieja caseta. Había tardado un buen rato para encontrarla en medio del desorden de aquella hedionda leonera sumido en la oscuridad más completa, con la única ayuda de la luz de su mechero.
"Me voy a tomar mi tiempo para arreglar esto" pensó Saturnino con desdén.
Imaginaba a Samuel tiritando de frío en el exterior, mientras él recuperaba su resuello dentro de aquel maloliente chambado. "Se lo tiene bien merecido el cabrón" .
Según transcurrían los minutos, el achaparrado albañil fue consciente de que debía volver lo más rápido posible con el yeso, ya que, sumido en sus pensamientos vengativos, había olvidado que la noche caía sobre el cementerio con toda su negrura.
A pesar de los incidentes ocasionados por el peculiar carácter de Samuel, Saturnino había desarrollado una importante dependencia hacia él. Juntos visitaron lugares que jamás hubiese soñado, alternando con las mejores prostitutas de la comarca, y además, cuando iba mal de dinero, incluso le prestaba algo, eso sí, con intereses. No había nada que hiciera por él de forma filantrópica, porque al fin y al cabo le utilizaba y explotaba aprovechándose de su poca inteligencia.
Cuando pudo encender la luz, encontró un saco de yeso medio lleno que había tirado en una esquina justo al lado de una sucia manguera. Al abrir la puerta, se sorprendió de que el viento hubiese cesado, aunque todavía hacía frío. Caminó con paso vivo hacia el pasillo número dieciséis, y mientras, pensaba con cierto regodeo en el tiempo que había hecho esperar a su colega.
"Espero que no se enfade mucho" Saturnino, conocía desde tiempo el carácter de su compañero y sabía de su mal talante, pero había disfrutado su "pequeña venganza particular" y se sentía satisfecho.
Cuando encaró el pasillo en cuestión observó a su compañero sentado en el suelo.
—Lo siento. No encontraba el dichoso yeso. Lo tenemos todo tan desordenado que cualquiera...
Interrumpió sus disculpas bruscamente al apercibirse de que algo no iba bien: Paco estaba sentado en el suelo, inerte, como un muñeco de trapo colocado encima de la cama de un niño. Su cabeza caída hacia delante le impedía divisar su rostro y aún sostenía en la mano derecha uno de los martillos. Arrojó el saco y se aproximó a la carrera.
En el suelo se esparcían los fragmentos de lo que antes habían sido la lápida del nicho y los ladrillos del murete que sellaba el compartimento. Además, el ataúd estaba fuera y se encontraba apoyado entre la pared y el suelo, aparentemente cerrado. ¿Por qué su compañero rompió la lápida de aquella forma y había sacado el ataúd?
Se aproximó a Samuel y al levantarle la cabeza observó la expresión de horror dibujada en su rostro con los ojos abiertos como platos y gran cantidad de sangre manando de una herida en su cuello.
—¡Dios Santo!— exclamó presa del miedo.
Se incorporó con rapidez para pedir ayuda, pero al volverse vio una imagen espectral que se recortaba contra las luces del pasillo. Una mujer, de pelo blanco, joven y bella. Vestía una túnica también blanca y caminaba hacia él descalza. Sus grandes ojos negros le observaban con avidez, desprendiendo un siniestro brillo que a Saturnino le pareció tranquilizador, por eso ni tan siquiera se preguntó quién era aquella joven. Tampoco le extrañó la ligereza de sus ropas en un clima tan gélido. El asesinato de su compañero también había pasado a un segundo plano. Embriagado de un placer indescriptible, creyó estar flotando en un mar de éxtasis para sus sentidos. El rostro de aquella mujer le recordaba a la vez el de todas aquellas con las que había experimentado sus mejores momentos de placer individual en compañía de las revistas que escondía debajo del colchón de su cama. Él la veía levitar sin que apenas sus pies tocasen el suelo, pero no era consciente de que se acercaba lentamente sin apenas mudar el gesto.
Saturnino, fascinado por el rostro angelical que le sonreía mostrando unos labios rojos y exhuberantes no apreciaba como realmente, de aquella boca sobresalían dos colmillos excesivamente puntiagudos y amarillos. De su horrenda boca rezumaba la sangre de su compañero mientras abría sus fauces con una expresión demoníaca en su rostro. Lo último que pudo percibir en su vida fueron las manos heladas de aquel ser en la cara y el intenso dolor de una mordedura en su cuello.






La pesadilla de la soledad

La pazguatería fabulosa y preternatural que absorbí con fruición durante los últimos años de mi infancia y los primeros de mi adolescencia, tanto por vía libresca como por incidencia directa de los rayos catódicos sobre mis pupilas, y me niego a citar títulos que sin duda estarán en la mente de todos, dejó algunos estigmas de naturaleza fóbica en mi talante impresionable y asustadizo.

Escribo estas notas con la esperanza de que sirvan para algo más que para dar solaz a aquellos que disfrutan con el horror ajeno. Me gustaría que este relato fuera tomado como un sincero mensaje de advertencia, que haciendo un ejercicio de concreción sería algo así: tened cuidado con lo que teméis pues puede hacerse realidad.

Dadas estas consignas, aventurémonos ya en los horripilantes detalles de este relato que trato de narrarles mientras aún me quede un soplo de aliento y no se agote la batería de mi ordenador portátil, a través de cuyo teclado voy escribiendo el mismo:

Un terror que me ha acompañado siempre y que si bien lograba vencerlo por temporadas, en otras renacía con vigoroso encono en el afán de turbarme, es el del ascensor que en lugar de detenerse en la planta baja, tal y como yo lo solicitase en el momento de manifestarse la pesadilla, continuase descendiendo por tiempo indefinido, llevándome hasta los abismos de la locura.

Me llevaba esta neurosis en su momento álgido a contar los pisos por los que iba descendiendo en el armatoste de hierro, y cuando llegaba al cero, un instante antes de la detención, se me agarrotaban todos los músculos del cuerpo y se me crispaba la expresión facial de manera admirable, pues en este estúpido gesto parecían sintonizarse los músculos, nervios y tendones de mi cuerpo con los engranajes de la maquinaria, y de alguna manera, no sé cual iba a ser, querían contribuir al frenado de la cabina metálica. ¡Con qué alivio salía de allí!, ¡qué fresca me parecía la brisa de la mañana!, ¡cómo disfrutaba del rugido del tráfico!

Con frecuencia olvidaba la existencia en el inmueble de dos plantas subterráneas que tenían las funciones de parking y a las que se accedía a través de una llave especial, de la cual carezco. Digo esto para que puedan imaginarse mi rostro desencajado y el erizamiento de mis cabellos cuando el ascensor seguía descendiendo más allá de la planta baja, pues algún vecino se me anticipaba desde los subsuelos en la llamada del artilugio elevador. ¡Qué alivio cuando entraba la del quinto cuarta con la bolsa del supermercado, envuelta en una aureola de perfume!, ¡qué bella era su sonrisa, otrora brujienta y hostil!

Pero un día, quizás haya ocurrido tan solo hace unos minutos, no sé, el tiempo es una dimensión con la cual tengo la impresión de haber roto cualquier tipo de relación, un día, digo, al entrar en la cabina vi, insertada en el cuadro de mandos, una llave de color plata, como lo son la mayoría, una llave, por tanto, normal y corriente.

Como estaba atravesando por una etapa de aletargamiento de mis aprensiones, en concreto la del ascensor infernal, descensor sería más apropiado, giré la dicha llave por ver de descender hasta la planta del parking que se correspondía con la clavija en la que estaba insertada, a ver si estaba a tiempo de encontrar al propietario de la misma y devolvérsela, y también con objetivo de superar de una vez por todas mis ridículos miedos.

Pues resultó que llegada la cabina a la primera planta subterránea no se detuvo, ni tampoco en la segunda, por más que se crisparon mis músculos faciales y por más que aporreé con todo mi ser los portalones metálicos, a través de cuyos ventanucos ovalados continuaba manando con intermitencia la luz de los rellanos, ¿de qué rellanos?, ¿qué luz era aquella?, por más que gritara, que pulsara el timbre de detención, que hiciera nada, aquello seguía bajando, ¿adónde?

Víctima de un paroxismo de histeria y estupor caí en desmayo, y, comoquiera que fuese, al recobrar el entendimiento comprobé que el habitáculo de hierro seguía hundiéndose en las entrañas de la tierra, pues así lo delataba una suave sensación de caída y un leve temblequear del vehículo de marras, ya que, por otra parte, había cesado de anunciarse el intermitente fulgor de los rellanos y ahora, a través de los exiguos ventanucos se podía vislumbrar la más absoluta oscuridad, en la medida de que ello fuera posible.

Como ustedes comprenderán, volví de inmediato al histerismo más desesperado, y se fueron sucediendo etapas de desmayo y de crisis nerviosa alternativamente, hasta que, intuyo que pasado mucho tiempo, no sé si por agotamiento, o por colapso del sistema nervioso, o por algún oculto mecanismo de defensa de la mente humana, recobré mi presencia de ánimo habitual y traté de hallar una respuesta lógica, lo cual me fue del todo imposible. Dado esto, y ante la perspectiva de lo absurdo de mi situación, comencé a reírme como jamás lo había hecho en la vida, tanto que llegué a notar como crujían las ternillas, fenómeno que se conoce por desternillarse; pero, al punto noté una nueva vicisitud: me resultaba imposible escuchar mis carcajadas, ni oír las palmas que daba contra las láminas férreas de la cabina, en definitiva, era incapaz de registrar sonido alguno, lo cual no hizo sino acrecentar mi ataque de hilaridad, sobre todo al observarme en el espejo de la pared, que devolvía mi figura de cintura para arriba, agitándose compulsiva y silenciosamente, como en una pantomima de la mejor escena cómica de Buster Keaton, ¡casi vomito de la risa!

Una vez superado este acceso irrisorio, supongo que entregada ya la razón al desquicio, y el ánimo a la desidia que provoca el caos absoluto, pasada la risa, digo, extraje del maletín que me acompaña al trabajo siempre, un diario y unos sandwiches de atún envueltos en papel de aluminio, y me entregué al devoro de aquello, unas cosas con la vista, claro, y otras con la boca; aunque no crean que siguiendo en todo el momento el criterio habitual de un individuo cuerdo, pues lo mismo daba una dentellada a la sección internacional que trataba de leer en el envés de la rebanada.

No he indicado aún que mi reloj se había detenido, y pasaba el día y la noche, o lo que yo creía que eran días y noches, pues no hay nada que no perturbe más que la desorientación horaria, calculando el tiempo que podía haber pasado desde que me metí en el maldito ascensor, y así me figuraba yo que era de mañana, de tarde o de noche.

Procuraba dormir todo el tiempo posible, aovillado en un rincón, el opuesto al que había reservado para mis excrecencias, ya que durante el sueño me evadía la pesadilla, sin embargo al despertar me daba de bruces de nuevo con el horror de mi situación y comenzaba otra vez todo el ciclo histérico-hipoglucémico.

Me miraba en el espejo y lo que veía me producía más terror aún, pues si bien el reflejo era perfectamente fiel a mi imagen, había algo en él que resultaba diabólico, sin saber con certeza qué cosa era, tal vez un brillo malicioso en la mirada, un rictus en los extremos de la boca con cierto empaque satánico, no sé..., así que por fin decidí destruir el maldito espejo, que ya me resultaba insoportable. Lo golpeé con los puños hasta sangrar, después destrocé el maletín contra él, incluso la emprendí a cabezazos; pero la superficie lisa que devolvía una imagen satánica de mí mismo continuaba imperturbable, por lo que en un acceso de locura fui a golpear con todas mis fuerzas con mi maletín contra el fluorescente, consiguiendo así quedarme totalmente a oscuras.

Supongo que aún me cabía la esperanza, de encontrarme en un sueño, y de que en cualquier momento despertaría, bañado por el sudor frío que provocan las pesadillas, en mitad de mi dulce y apacible colchón. Por ello saqué el ordenador portátil, también del maletín, cuya luz me ha acompañado hasta ahora, y me dedicaba a ratos a hacer números con la calculadora: que sí la velocidad media de un ascensor fuere de un metro por segundo, que sí entonces recorrería ochenta y cuatro kilómetros al día, que sí dados estos parámetros tardaría unos setenta días en llegar al centro de la tierra... ¿y cómo iba a saber yo adónde me dirigía, si es que estaba viajando a algún lugar?, ¿había quedado atrapado quizás en una burbuja espacio-temporal donde un fragmento de tiempo se repetía infinitamente?, ¿habría cruzado definitivamente el umbral de la majadería y todo aquello no era más que fruto del delirio?

No sé, ya nada más puedo decir de mí, solo que la batería de mi ordenador está agonizando, que pronto quedaré sumido en la más profunda desolación, en la más angustiosa soledad. Así que aprovecho las últimas gotas de energía para terminar este texto, haciendo hincapié de nuevo en que mi objetivo es, caso de que pueda llegar alguna vez a manos de alguien, pedir a viva voz a cualquier persona que pueda llegar a leerme que: TENED CUIDADO CON LO QUE TEMÉIS, PUES PUEDE HACERSE REALIDAD.