miércoles, 25 de marzo de 2026

Premio Francisco de Vitoria



Recibir este premio no es solo un reconocimiento externo: es, sobre todo, una confirmación íntima de un camino recorrido con constancia, disciplina y sentido. Los galardones verdaderamente valiosos no celebran un instante, sino una trayectoria; no coronan un logro aislado, sino una forma de estar en el mundo, de trabajar, de crear, de servir.


Este premio honra un esfuerzo sostenido, pero también una visión: la de unir pensamiento, palabra y acción en un mismo gesto coherente. Es un recordatorio de que la dedicación silenciosa, la búsqueda de la excelencia y la fidelidad a ciertos valores siguen teniendo un lugar en nuestra sociedad.


Más que un punto de llegada, es un impulso para seguir adelante con humildad, con gratitud y con la responsabilidad de estar a la altura de lo que representa.


Los premios no son coronas, sino brújulas. No los vivo como un triunfo personal, sino como una confirmación de que el camino —con sus dudas, desvíos y obsesiones— tiene sentido para alguien más. El Premio Francisco de Vitoria, en particular, lo recibo como un gesto de diálogo entre mi obra y una tradición intelectual que valoro profundamente. Pero, sobre todo, lo agradezco porque me recuerda que escribir es un acto solitario que, de vez en cuando, ilumina a otros. Y eso me basta.
 


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