El ocaso del progreso
Creímos que el saber nos redimiría,
que el tiempo era una flecha hacia la gloria,
que ciencia y técnica, en su geometría,
nos darían la paz, la luz, la historia.
Del Renacimiento al siglo ilustrado,
del positivismo al sueño industrial,
el hombre se sintió emancipado,
y el futuro, su tierra celestial.
Pero hoy, en esta era que transita,
el culto al porvenir se desvanece.
Octavio Paz lo dijo: ya no invita
el sol del progreso, que fenece.
Las utopías mueren, y en su tumba
nacen el egoísmo y la ansiedad.
El “ahora” se idolatra, y se derrumba
la fe en algo más que identidad.
Consumir es vivir, dice la masa,
que confunde el tener con el ser pleno.
Y el goce, que se impone y que arrasa,
nos deja más vacíos y más ajenos.
Medicinas que curan la tristeza,
vacaciones con risa garantida,
rituales que prometen la belleza
de una paz sin raíz, sin alma, sin vida.
Y así, en esta Europa que se ufana
de ser rica, civil, iluminada,
renace el odio, la furia cotidiana,
el racismo que vuelve a la emboscada.
¿Será que el hombre, al verse sin estrella,
sin norte, sin sentido, sin altar,
se aferra a lo que brilla y lo atropella,
y olvida que su ser es caminar?
Quizás aún haya tiempo, si despierta,
si vuelve a preguntarse por lo eterno,
si abre la vieja puerta que está abierta
y mira más allá de su invierno.
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