martes, 12 de septiembre de 2017

La Inquisición española

Desmontando la leyenda negra sobre la Inquisición española

La Inquisición por Goya
La oleada de cristiano-fobia ha resucitado los mitos sobre la Inquisición para atacar a este tribunal e intentar desacreditar al catolicismo. Un reciente libro de María Elviar Roca Barea desmonta la leyenda negra que ahora asume la corrección política. 

Desde que en la segunda década del siglo XX Julian Juderías escribiera su colección de artículos y las dos recopilaciones sobre la Leyenda Negra empezó a arrojarse luz sobre la realidad de algunos de esos turbios y manipulados episodios de nuestra historia que tanto gustan repetir, sin confirmar su veracidad, a los enemigos de España. Da igual que esos enemigos estuvieran fuera, como era el caso del duque de Orange, promotor de estos relatos antiespañoles en el siglo XVI, o dentro de España, como ocurre con nuestra clase política, tan dada a la corrección política que tan dada es a la manipulación de la historia.

Juderías definía esa propaganda anti española en su libro de 1914 “La leyenda negra y la verdad histórica” como: ”los fantásticos relatos que acerca de nuestra patria han visto la luz pública en casi todos los países; las descripciones grotescas que se han hecho siempre del carácter de los españoles como individuos y como colectividad”.

Recientemente, uno de los tópicos más recurrentes de esos “fantásticos relatos” ha sido usado nada menos que por ISIS en un vídeo de amenaza contra España. En la grabación, un yihadista de origen español, que ha quedado bautizado como “el hijo de la Tomasa”, aseguraba que debían vengarse de los ataques de la Inquisición contra el Islam.

Es cierto que de un terrorista no se debe esperar gran cultura ni conocimientos, menos de quien decide sumarse a un grupo terrorista que sigue a una religión que pretende no evolucionar desde principios del siglo VII. Pero no deja de ser una clara muestra de la ignorancia en la que la leyenda negra, y sus perpetuadores progresistas, han sumido a la sociedad en la que nos ha tocado vivir.

Afortunadamente todavía quedan estudiosos que, lejos de aceptar los dogmas de la imposición cultural del pensamiento único, toman el relevo de Julián Juderías y sacan a la luz la documentación que muestra la realidad de una institución como la Inquisición que, con sus luces y sus sombras, dista mucho de ser lo que muchos pretenden presentar.

Un reciente libro de María Elviar Roca Barea, “Imperiofobia y la leyenda negra”, arroja luz sobre varios de los episodios de nuestro pasado que más son usados tradicionalmente para atacarnos. En lo que respecta a la Inquisición, la autora ha demostrado documentalmente que muchos de los tópicos que los políticos, la sociedad e incluso algunos historiadores han dado por buenos, son falsos y forman parte de esa manipulación antiespañola que ahora vuelven a esgrimir desde la izquierda, en connivencia con los separatismos periféricos.

La Inquisición no fue una creación española. La fundación del Tribunal del Santo Oficio en España data de 1478, bajo la monarquía de los Reyes Católicos, y se inspira en la Inquisición francesa que llevaba funcionando desde 1184, es decir: trescientos años antes.

Su jurisdicción, por mucho que se empeñe en el vídeo “el hijo de la Tomasa” era exclusivamente sobre cristianos bautizados y no podía actuar sobre personas de otras religiones. Por lo tanto no actuó jamás sobre musulmanes ya que al no ser bautizados, no podían cometer herejía.

La primera razón por la que se creó fue la de evitar que las herejías se propagasen por Castilla y Aragón, pero pronto se descubrió que tras su creación, el número de linchamientos que venían produciéndose en el mundo rural bajó considerablemente. Y es que la reglamentación de la herejía y su sometimiento a un tribunal evitó que el pueblo se tomase la justicia por su mano.

En cuanto a las causas abiertas, se conservan completos los archivos inquisitoriales entre 1540 y 1700. En ese periodo se desarrollaron casi 45 mil procesos por herejía, de los que la mayoría fueron resultados absolutorios y 1.346 resultaron condenados a muerte. Si comparamos con la Inquisición protestante en Alemania, para ese periodo, en el país nórdico 25.000 mujeres ejecutadas por brujas, en el caso de España no se llegó a los 300 casos.

Pero no solamente eso. Muchos de los delitos que hoy siguen siéndolo, solamente empezaron a perseguirse con la creación del Tribunal del Santo Oficio. Delitos como la violación o el proxenetismo no eran perseguidos hasta que se consideró herejía y pasaron a depender de la Inquisición.

En los últimos trescientos años de actividad de la Inquisición, solamente fueron condenados 220 protestantes por causa de herejía, de ellos sólo 12 ueron ejecutados, por supuesto en la hoguera. Si comparamos estos datos con los de la Ginebra de Calvino, vemos claras diferencias. La ciudad suiza de Ginebra fue el centro en el que Calvino quiso establecer una teocracia protestante. El municipio tenía una población de 20.000 habitantes en 1541, cuando se asentó allí definitivamente. En los quince primeros años de implantación de su supuesta teocracia, la inquisición calvinista acabó con la vida de cerca de 1.500 personas, es decir, el 7,5% de la población.

Una de las imágenes de la Inquisición española con las que nos bombardean normalmente los medios es la de las salvajes torturas por las que pasaban todos los detenidos para intentar, entre tormentos, arrancar una confesión de herejías en las que no se había participado.

Pero resulta que la Inquisición española es la única que tenía muy limitada la posibilidad de usar la tortura. A diferencia de lo que ocurría con luteranos y calvinistas, y con la Inquisición católica en otros países como Francia o los territorios italianos, la tortura solamente aparece en poco más del 1% de los procedimientos.

Es más, la Inquisición española prohibía que la tortura, que como hemos señalado se ceñía a casos muy concretos, sobrepasase los 15 minutos de duración y no podía poner en peligro jamás la vida del reo. Además, a diferencia de lo que ocurría en otros tribunales similares, siempre se realizaba en presencia de un médico que se cercioraba de que no se produjeran mutilaciones ni lesiones irreversibles.

También es más que llamativo el hecho de que la Inquisición prohibió totalmente el uso de la tortura en sus interrogatorios a principios del siglo XVIII, mientras que los tribunales civiles españoles y la mayoría de los europeos mantuvo estas prácticas hasta bien entrado el siglo XIX.

Y una curiosidad: muchos reos en procedimientos civiles optaban por blasfemar para que sus juicios se trasladasen a la Inquisición. ¿La razón? Que el trato de los prisioneros en las cárceles del Santo Oficio durante los siglos XVI al XIX fue mucho más decente que el que se padecía en las cárceles convencionales.

lunes, 11 de septiembre de 2017

El robo de la Gioconda

El 21 de Agosto de 1911, La Gioconda fue robada del Museo del Louvre y estuvo desaparecida durante dos años y ciento once días. 


La historia completa:   https://www.caja-pdf.es/2017/09/08/el-robo-de-la-gioconda/

martes, 5 de septiembre de 2017

El león de oro de Wilbur Smith

UNA AVENTURA ÉPICA EN BUSCA DE UN VIEJO RIVAL 



Siglo XVII. Costa africana. El capitán Henry Courtney parte a bordo de su barco, La Rama Dorada. A lo lejos, se distingue otra embarcación. Cuando es abordada, la tripulación debe defender la suerte del barco y sus propias vidas. Otro peligro mayor espera a Henry: la venganza de un enemigo insaciable. Por tierra y por mar, Courtney busca aquello que le han arrebatado, aquello que ama más que su vida. Es una novela muy entretenida y original.

viernes, 18 de agosto de 2017

Rusia de Edward Rutherfurd

Ya desde los años de la perestroika, pero, sobre todo, con el posterior desmoronamiento del Estado soviético, los vertiginosos acontecimientos de la vida rusa han despertado entre nosotros un creciente interés tanto por la actualidad política como por el pasado y costumbres de aquel viejo pueblo. El mercado editorial no es ajeno a esta circunstancia: las librerías apilan entre sus novedades títulos clásicos de Goncharov, Mandelstam, Platónov, algún botón de Pushkin, etc.

Este libro de Edward Rutherfurd –novela del más grueso calibre– se traduce ahora, quién lo duda, al abrigo de esta moda; y bienvenido sea. Sin embargo, fue escrito entre 1987 (no había caído el muro de Berlín) y 1991 (fecha de la edición en inglés); durante esa etapa, tal como se informa en una «nota previa», el autor pasó largas temporadas en Rusia y viajó por ciudades y rincones del país. No estamos, pues, ante un libro oportunista, producto de una operación apresurada, ansioso porque no se le escapen lectores de ocasión. Al contrario, con independencia de su calidad literaria, Rusos constituye un trabajo consistente, de recto programa, gestado con amor.

La obra se plantea como un apretado resumen de la historia rusa: del siglo II a nuestros días; desde el núcleo surgido en torno a la ciudad de Kiev, donde llega a articularse un cierto orden político para ese haz de pueblos confluyentes, y secularmente enfrentados, en la llanura euroasiática, hasta el epílogo del año 1990. En el curso temporal, la aventura del escritor se encamina hacia los procesos históricos más relevantes y en un recorrido siempre lineal atraviesa la época del gran príncipe Monómaco, el tormentoso reinado de Iván el Terrible, los fabulosos días de Pedro el Grande, la corte de Catalina II, las indecisiones de los Románov en el siglo XIX, el estallido de la Revolución de Octubre, las dos guerras mundiales...

Los acontecimientos delimitan el ámbito de unos personajes más o menos ficticios, más o menos ceñidos a hechos documentados; pero la historia rusa es parte sustancial del relato, rige la materia narrativa, articula las vidas, segmenta éstas en secuencias o capítulos. La novela se adscribe –como es evidente– al subgénero histórico (otra corriente a favor) y en su propósito último persigue reconstruir la trayectoria de un pueblo para así desentrañar su más honda raíz moral. Rutherfurd adopta un punto de vista oportuno porque rehúye la tentación del cartón piedra y desecha los atajos del best seller; se orienta en la dirección que, aparte de sus conocimientos (diplomado en historia y literatura por Cambridge) o incluso de su fibra poética, le viene indicada por un espíritu asumido, el cual, sin hacerle perder nunca el pleno dominio del texto, se manifiesta en comunión con lo que está contando. Y es que Rutherfurd parece creer en el alma rusa, ese nudo espiritual que ataría una tierra y sus gentes por encima del tiempo. Y al cabo, este inglés de Salisbury –tan puntilloso y concienzudo– se declara más romántico que positivista.

Ventana al Este: hombres y mujeres, cosacos y campesinos, el hacha, el icono, amos y siervos... La mirada sigue la suerte de, fundamentalmente, dos ramas familiares en el devenir de los siglos. Los sucesos, ya tengan lugar en la corte, en el campo o en las dos imaginarias poblaciones de Russka, revierten y se proyectan siempre sobre los miembros de este largo y enrevesado árbol genealógico en el que ambas sagas llegan a hermanarse en un solo tronco. Como terminan por fundirse razas y pueblos de inestables fronteras: tártaros, polacos, jázaros, mongoles, turcos... rusos.

Edward Rutherfurd se mueve con soltura en este esquema narrativo, lo ha repetido, al menos, en London (1997; Ediciones B, ya en 1998: otras mil páginas en las que a través de varias generaciones se configuran las edades de la capital británica desde los primeros asentamientos romanos). No obstante, pese a la copiosidad de datos manejados y la complejidad de una estructura de este tipo, todo se presenta en Rusos con absoluta transparencia. El entramado argumental está trazado con cálculo geométrico, se resuelve siempre como los hilos enmarañados de un relato policíaco.

Salvo los años finales, los más próximos al autor-narrador, cuando al disponer de una mayor información todo se ensancha o dilata, en cada sección temporal se renuevan los miembros de las familias (los Bobrov, los Románov, los Suvorin, los Karpenko). Repetidamente, por tanto, han de delinearse nuevos personajes, ha de idearse una intriga distinta, producir, en suma, un asunto inédito. Cada capítulo representa algo más que la parte de un todo, constituye una novela corta en sí mismo: otros protagonistas nacen y se encuentran hasta componer una ingeniosa nouvelle.

Figura de figuras, novela de novelas... Y los cuerpos menores tienden a acoplarse con el tono del período que les corresponde: el cuento de hadas en la época generatriz; el canto épico para la edad oscura de Russka; las galantes relaciones peligrosas en el San Petersburgo afrancesado de Catalina; la evocación de los grandes realistas en tantos episodios del siglo pasado (las batallas de Tolstói, el propio Pushkin como un alumno destacado en Zarskoie Selo, ecos del misticismo de Dostoievski, el canon nihilista de Turguéniev, veladas campestres con Chéjov entre bambalinas); y por último, el reportaje de Lenin hacia la estación de Finlandia, fotografías de Trotski a las puertas del palacio de Invierno, o el rostro definitivo del Gulag tal como hoy lo conocemos por manuales y periódicos.

Con estos presupuestos, el autor debe moverse en el campo minado de la narración cultural, donde, como es sabido, resulta difícil mantener un equilibrio entre fantasía y realidad, entre el progreso de la fábula y la exposición de datos; donde se hace imprescindible trazar una raya entre kitsch y literatura. Rutherfurd saca adelante una empresa tan arriesgada y meritoria.

Con todo, en algunos pasajes, la impedimenta académica amenaza con sofocar el aliento de sus criaturas o, sencillamente, entorpece el desarrollo de la acción. Así, por ejemplo, mientras una pareja toma vodka («se detuvieron un momento en un pequeño puesto de bebidas donde servían vodka...»), una voz se ocupa en informarnos de que entonces sólo tomaba esa bebida el pueblo llano; de que no se trata originalmente de una bebida rusa; de que había comenzado a entrar en el país en el siglo XV, a través de Polonia; de que el nombre se había formado por la pronunciación incorrecta de la designación latina: aqua vitae... En fin, reconozcamos que hemos oído lo que no sabíamos; pero la parada sólo sirve –bien es cierto que un trago siempre anima– para meter esta ficha informativa, así que en el párrafo siguiente abandonamos el puesto, y a otra cosa (pág. 270).

Obligado a la invención continua, a encajar las numerosas piezas, Rutherfurd salva también con éxito el riesgo del folletín. Y es notable, en verdad, la destreza con que arma biografías y suscita el interés del lector. No se abusa de soluciones fáciles o, como suele disculparse el narrador, «sorpresas mayúsculas»; es decir: cartas perdidas, puertas sin cerrar, oportunos desmayos, caligrafías suplantadas... Y entre el caudal de personajes parece lógico que alguno no llegue a perfilarse de modo convincente. Es el caso del nihilista Popov, quien en un primer momento se presenta como un calco intencionado de Eugueni Bazárov (el célebre protagonista de Padres e hijos) y luego se convierte en uno de los seguidores de Lenin. Y no es que el paso ideológico de Popov resulte inconsecuente, al contrario, ya Isaiah Berlin había catalogado al héroe de Turguéniev como el primer bolchevique, sino que las acciones del revolucionario, al fundamentarse en su libertad interior, son imprevisibles, también esconden «sorpresas».

Pero la entidad de la obra de Rutherfurd se plasma justamente en la consistencia de sus movimientos narrativos. En este plano de la fábula, se asienta con firmeza el rango de Rusos, la ley de su verdad literaria. Quizá la fuerza –este, y no otro, sería su déficit– no se transmita con la misma intensidad al nivel del discurso: la escritura, aunque inclinada al epíteto, se manifiesta con autoridad, fluye con sabia medida; sin embargo, no se cuestiona a sí misma, no se plantea la posibilidad de alcanzar otro nervio, otra tensión. Esta carencia no impide que Rusos cumpla con creces sus metas: una crónica apasionante, jornada de aprendizaje por cuyas vías puede descubrirse la piedad o blagochestie, esencia de un pueblo fielmente representado en la comunidad monástica de Optina Pustin, a la que Rutherfurd dedica el libro «con todo respeto».






En el último minuto de David Baldacci

David Baldacci (5 de agosto de 1960, Richmond, Virginia, Estados Unidos) es un novelista estadounidense, autor de superventas.
Es un libro muy entretenido de la serie de los investigadores privados Sean King y Michele Maxvel que se enfrentan nada menos que al Pentágono.






Piranha de Clive Cussler

Clive Eric Cussler (Aurora, Illinois, 15 de julio de 1931) es un escritor de novelas de aventura y un arqueólogo marino aficionado estadounidense.



Juan Cabrillo and the crew of the Oregon find themselves exposed when a brilliant scientist blows their cover in the #1 New York Times bestselling series by the grand master of adventure. 
In 1902, the volcano Mt. Pelee erupts on the island of Martinique, wiping out an entire city of thirty thousand and sinking a ship carrying a German scientist on the verge of an astonishing breakthrough. More than a century later, Juan Cabrillo will have to deal with that scientist s legacy. 
During a covert operation, Cabrillo and the crew meticulously fake the sinking of the Oregon but when an unknown adversary tracks them down despite their planning and attempts to assassinate them, Cabrillo and his team struggle to fight back against an enemy who seems to be able to anticipate their every move. They discover that a traitorous American weapons designer has completed the German scientist s work, and now wields extraordinary power, sending the Oregon on a race against time to stop an attack that could lead to one man ruling over the largest empire the world has ever known."