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martes, 26 de mayo de 2020

Gian Galeazzo y más


La saga
de
Fray Gian Galeazzo Ruspoli


Todo sobre el Bailío Gran Cruz de Justicia y Gran Prior de Pisa Fray Gian Galeazzo Ruspoli de la milenaria Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta, denominada hoy simple-mente como Orden de Malta, además de otras publicaciones, listado general, portadas y contraportadas de libros de Carlo Emanuele Ruspoli.




Fray Gian Galeazzo Ruspoli es un personaje que en su semblante de fantasma procedente del guerrero de la alegoría de la ilustración ha ido seduciendo a su descendiente Carlo Emanuele Ruspoli con cada una de sus historias, hasta ejercer en él la fascinación que despiertan los grandes detectives de la literatura, como Hércules Poirot o Sherlock Holmes. Gracias a sus investigaciones, el lector podrá profundizar en su universo, en su carácter peculiar, en su exquisita cultura, en su círculo familiar, cargado de luces y sombras. No obstante, Ruspoli siempre es un personaje enigmático, que guarda tras su rostro inescrutable multitud de misterios y talentos desconocidos. Ruspoli nació en 1137 en Siena, en el seno de una noble y adinerada familia toscana. Gian Galeazzo creció junto a sus seis hermanos y cursó sus estudios universitarios en Florencia y Roma. A los veinte años ingresó en la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, por ser el más joven de los hermanos. El mayor heredó el mayorazgo, el segundo el campo, el tercero fue militar, y las dos hermanas fueron casadas para formar nuevas alianzas familiares. A los diez años dos lamas tibetanos se presentaron en la residencia fami-liar de Siena y, tras ser aceptados por sus padres, le examinaron por ser la posible rencarnación del lama Shiakamuni, padre de la medicina tibe-tana. Tras ingresar en la Orden de San Juan cursó estudios de medicina y cirugía, derecho magistral y canónico, entre otras doctrinas y se con-virtió en caballero Profeso a los cinco años, tomando los votos solemnes de pobreza, castidad y obediencia. Sin embargo en un momento de pérdida de memoria tuvo hasta una relación con una noble franco-egipcia de la que nació su única hija Ginebra. Tras ejercer durante años la me-dicina en Tierra Santa, sus extraordinarias capacidades le fueron llevando a otros terrenos, tales como la judicatura de la Orden y sobre todo la investigación que paulatinamente se convierte en su principal actividad por la que es llamado a resolver los casos más difíciles. El ya Fray Gian Galeazzo Ruspoli, héroe de la antigüedad, se convierte en un asombroso investigador de otras épocas. Viaja en el tiempo y en el espacio y puede estar en cualquier parte. Para no defraudar a sus compañeros en sus viajes en el tiempo su cultura fue actualizada conveniente-mente.

El aspecto físico de Gian Galeazzo Ruspoli impacta a quien le ve por primera vez. Es alto, delgado, esbelto y de maneras elegantes. La distinción que caracteriza su forma de caminar queda reforzada por sus trajes, siempre negros y confeccionados a medida, por las diestras manos de un sastre italiano. Ninguna facción del caballero Profeso pasa inadvertida. Sus ojos, de un penetrante color gris azulado parece que irradian luz por sí solos. Y su cabello, de un rubio plateado y resplandeciente, contrasta con la oscuridad de su atuendo. Tiene el aspecto, en todas las novelas posteriores a la primera donde se relatan sus primeros años, que recuerda al triste hidalgo Don Quijote de la Mancha de Cervantes, es decir un hombre que ronda los cincuenta años de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador, amigo de la oración, la meditación, la caza, las artes marciales  y de la buena condición social. Como dicta su abolengo, los modales y gustos de Gian Galeazzo Ruspoli son distinguidos. Sus pies sólo calzan zapatos elaborados en la mítica zapatería artesanal Sebago, que encarga directamente en New England cuando se encuentra en la época adecuada. Asimismo, su paladar es refinado y exigente, por lo que a veces encarga que le manden manjares exclusivos cuando está investigando un caso en cualquier par-te del mundo. Y conoce los buenos vinos como un gran sumiller.



Vaya donde vaya, Gian Galeazzo Ruspoli se desplaza con los mejores medios a disposición en la época en la que se encuentre. Cuando Gian Galeazzo Ruspoli sonríe, cosa que sucede en raras ocasiones, algo en su interior permanece gélido e insondable. Su voz es aterciopelada pero con la firmeza del cuero. Su arrogancia no es gratuita. Gian Galeazzo Ruspoli ha estudiado tantas disciplinas que su nivel 








intelectual supera el de todos los que le rodean: domina varias lenguas, muertas o vivas, es experto en medicina, arte, literatura, artes marciales y ciencias esotéricas, y un verdadero maestro en el arte de la meditación. La vastísima cultura de Gian Galeazzo Ruspoli es inabarcable, pero aun así, el Profeso continúa formándose e investigando sobre las más diversas materias.

Su destreza, cultura, inteligencia y valentía han convertido a Gian Galeazzo Ruspoli en un investigador letal e implacable y en un hábil manipulador de la mente humana capaz de adoptar distintas personalidades. No obstante, ha conseguido ganarse la confianza de sus fieles colaboradores, quienes creen a ciegas en las habilidades y la pericia del investigador. Como todos los genios, Gian Galeazzo Ruspoli tiene enemigos que le han marginado y perseguido, e incluso fue torturado, casi muerto, esclavizado, condenado y en prisión. Aun así, quien trabaja con él comprende de inmediato que se encuentra ante un caballero Profeso sorprendente, un investigador superdotado, una mente única, compleja y clarividente al servicio de los necesitados y de la justicia.

Estas son las novelas históricas protagonizadas por Gian Galeazzo Ruspoli, su hija Ginebra, su mujer Ileana o su mayordomo Gordon hasta el momento:

1. El Profeso: 684 páginas en formato A5, 185.000 palabras. Sinopsis: es la epopeya vivida por un caballero medieval de la Orden de San Juan, Fray Gian Galeazzo Ruspoli, médico y cirujano, enviado al Hospital de Jerusalén, ascendido a Bailío, luego a médico de la Casa Real, luego a Apóstol de la Vera Cruz. Participó desde entonces en todas las batallas del Reino Latino de Jerusalén contra los musulmanes, protegiendo la santa reliquia al frente del ejército. Vivió grandes aventuras, desveló algunos de los mayores secretos de la antigüedad, sufrió pruebas extremas. El relato de sus hazañas es el resultado de las múltiples entrevistas del espíritu del guerrero antepasado con el mismo autor de la obra. Abarca temas de religión, historia, política, guerras, batallas, onírica, medicina, meditación, magia, esoterismo, viajes astrales, superstición, locura, traiciones, torturas, reliquias, esclavos, asesinos, amazonas, amor, etcétera, y catarsis final del protagonista que regresa final-mente a su tierra de Toscana treinta años después de haberla dejado por la Orden para tomar las riendas del Gran Priorato de Pisa. La novela arranca desde la infancia hasta la madurez del protagonista.
2. Asesinato en el Letrán: 511 páginas en formato A5, 95.100 palabras. Argumento: el Gran Prior y Bailío de Justicia, Fray Gian Galeazzo Ruspoli se encuentra en Roma en el año 1188, acompañando a su Gran Maestre, Fray Garnier de Naplouse procedente de Chipre, para presentar el nuevo Código y los Estatutos de la Orden de San Juan adaptados a las nuevas circunstancias tras las pérdidas del Hospital de Jerusalén y de las Encomiendas de Tierra Santa. Un suceso inesperado y de consecuencias imprevisibles trastoca su estancia, el Arzobispo de-signado Baldwin de Canterbury, amigo personal del Gran Maestre, que viajó en la galera de la Orden con ellos desde Pisa, ha sido asesinado y han desaparecido las reliquias y los tesoros de incalculable valor que el alto prelado llevaba consigo para Su Santidad, Clemente III. A los dos hermanos de Justicia de la Orden se les encarga la resolución de este trágico suceso, aparentemente sencillo, porque el principal sospechoso es otro hermano de Orden y Capellán Conventual, que ha sido apresado huyendo cerca del palacio de Letrán, lugar de los hechos. Sin embargo GG en su nueva responsabilidad de investigador, se resiste a aceptar y confirmar esta culpabilidad porque hay demasiados cabos sueltos, y muchos sospechosos envueltos en una trama en la que se entremezclan horrendos crímenes del pasado, locos sueños de grandeza y oscuras ambiciones de poder.

3. Muertes de Profesos. 589 páginas en formato A5, 141.500 palabras. Sinopsis: El Gran Prior y Bailío de Justicia, Fray Gian Galeaz







En el Corte Inglés



zo Ruspoli, durante sus oraciones diarias en la capilla del Gran Priorato de Pisa, tras regresar de Roma donde pudo descubrir quién asesinó al arzobispo designado de Canterbury, percibe la visión de un Ángel que le comunica que la Orden de San Juan a la que pertenece necesita de sus servicios como monje guerrero e investigador en el futuro. Sorprendido ante esta petición que abre nuevas perspectivas a su vida, no puede evi-tar que la curiosidad se adueñe de él. El Ángel le cuenta entonces la historia de la Orden de Malta y sus cinco siglos de lucha encarnizada contra el Islam. Pero añade que su carácter militar acabó a principios del siglo XIX con la pérdida de sus últimas posesiones territoriales del archipiélago Maltés. La Orden había olvidado por completo su faceta militar y se había centrado desde entonces en sus obras hospitalarias, religiosas y culturales. Sin tener un adecuado cuerpo de seguridad, se encuentra inerme y no puede oponerse a una complicada trama que podría acabar en primer lugar con la vida de algunos de sus ilustres caballeros profesos investigadores de la historia de Jesús y de confirmarse sus in-vestigaciones podría minar los cimientos de hasta la misma Iglesia. Pero antes de todo el Ángel le pone al corriente de los cambios en el mundo debido al progreso, para que no se encuentre desfasado y pueda mane-jarse perfectamente en una época diferente. Gian Galeazzo acepta dicho-so e ilusionado ante el reto, comunica al Ángel que su vida está al servi-cio de Dios y se ve al instante proyectado hacia el año 2.000, ocho siglos después de la época en la le tocó vivir. Tiene que luchar con relación a los servicios secretos israelíes, palestinos, vaticanos, la sociedad secreta San Pío V y sobre todo contra el relajamiento de las costumbres de la Orden dividida entre sus loables y enconados esfuerzos hacia los necesitados y sus señores los enfermos, mientras muchos de sus dirigentes se dedican a una vida mundana donde sobre todo prevalece la pedantería y la vanidad. Las normas se han relajado y ya no existe la dura selección que la Orden exigía antaño a sus aspirantes y novicios. Su Gran Maestre Fray Andrew Bertie es un agradable señor inglés, antiguo profesor de catequismo y virtual experto en artes marciales, que vive tranquilamente dedicando la mitad del año a sus descansos y reposos y no quiere que su rutina se altere bajo ningún pretexto. Los historiadores profesos encontrarán datos inquietantes que podrían cuestionar la divinidad de Je-sús sobre la que se basan los cimientos de la iglesia. Por ello la Iglesia tiene sumo interés en silenciar todo lo que contradiga a la doctrina ofi-cial que defiende desde hace dos milenios. El cardinal protector de la Orden convoca al Gran Maestre para que acuda a la llamada del podero-so cardinal alemán prefecto de la congregación de Doctrina de la Fe, quien gobierna por delegación de Su Santidad, un gran Papa de origen polaco, los aspectos espirituales y hasta temporales de la Iglesia. Este es por lo tanto el peligroso marco donde se desarrollará la labor del Profeso quien deberá aportar todas sus virtudes y habilidades para evitar un desenlace trágico. ¿Logrará Gian Galeazzo llevar a cabo su misión celes-tial? ¿Cambiará la historia de la Iglesia? La acción se desarrollará en tiempos distintos. Por un lado la vida de Jesús y sus apóstoles en su época y después de su muerte, por otro la contemporánea a la acción de Gian Galeazzo, pasando por la historia intermedia, siguiendo la pista a ciertos datos a través de la historia y los siglos, donde intervendrán has-ta los caballeros del Temple.

4. El Profeso en Tíbet. 931 páginas en formato A5, 200.600 palabras. Sinopsis: Acudiendo a una petición de ayuda astral formulada personalmente por el Dalai Lama, el Gran Prior y Bailío de Justicia Fray Gian Galeazzo Ruspoli tendrá que viajar a unos monasterios remotos del Tíbet para esclarecer una amenaza de tiempos lejanos y enfrentarse a un enemigo que nadie nunca ha visto. El robo de un artefacto único y misterioso, tendrá que ser resuelto por el Gran Prior de Pisa acompañado por Lobsang Daizin, un Lama médico. Las peripecias sufridas por Fray Gian Galeazzo van desde un atentado con bomba sufrido que casi le cuesta la vida, hasta la persecución implacable del ejército rojo chino y de otras grandes aventuras. ¿Logrará Fray Gian Galeazzo cumplir con la ardua petición de ayuda del Dalai Lama? ¿Por qué Gian Galeazzo siempre está disponible para ayudar siempre de forma desinteresada a las causas justas? Uno de los grandes e inquietantes secretos acerca de la vida de Jesús encontrará también una explicación en este libro. En la novela hay una introducción con una descripción de las principales características de la religión y cultura tibetana a fin de agilizar la com-prensión de su lectura. El autor, Carlo Emanuele Ruspoli, un historia-dor y estudioso hechizado por su extraordinaria religión y cultura milenaria, reclama la devolución del Tíbet a los Tibetanos. En la novela hay un glosario y explicaciones para facilitar al lector una comprensión de la religión y cultura tibetana.

5. El Profeso y el diablo: 594 páginas en formato A4, 181.000 palabras. Sinopsis: La policía de homicidios de Nueva York solicita al Arzobispo Monseñor Timothy Dolan de la diócesis metropolitana la co-laboración de un investigador de la Iglesia Católica por las peculiarida-des observadas en unos asesinatos que parecen obra de Lucifer. El Ar-zobispo no dispone de nadie que pueda ayudar pero oyó hablar en los ambientes de la curia vaticana de un hombre extraordinario en la Orden de San Juan, un Profeso, así que llama al Presidente de la Asociación Norteamericana de la Orden de San Juan, Fray Edward Mac Pherson para solicitar su ayuda. Mac Pherson, cuya vida había salvado el Gran Prior y Bailío de Justicia Fray Gian Galeazzo en Roma unos años antes, se pone en contacto con su gran amigo y hermano de Orden, utilizando el sistema que le había sugerido entonces Gian Galeazzo, es decir mediante  los lamas del Kadampa Meditation Center de Nueva York, ubica-do en medio de 82 acres en el precioso valle del río Delaware en Glen Spey, a unas dos horas en coche de Nueva York y a tan solo unos minutos de las fronteras de Nueva Jersey y Pensilvania. Pero además de dedicarse a la oración y a la enseñanza, los lamas han desarrollado un sis-tema de meditación trascendental cuántica que permite trasladar personas en el espacio y en el tiempo. De esta manera traen a petición de Fray Mac Pherson a Fray Gian Galeazzo Ruspoli que deberá enfrentarse a la inexplicable muerte de un famoso crítico de arte. Esta vez le acompañará el detective de origen italiano de la policía neoyorkina asignado al caso. El cuerpo del asesinado se encontró en una habitación cerrada con llave desde dentro, con la marca de un crucifico grabada a pecho sobre su pecho, la huella de una garra en la pared y un insoportable olor a azufre. ¿Será obra del diablo? La investigación le llevará de vuelta a su tierra de Toscana donde Gian Galeazzo se verá obligado a enfrentarse con fuerzas desconocidas hasta ser víctima y padecer una venganza abominable. Y no está nada claro que consiga sobrevivir…

6. El Profeso y el emperador: 406 páginas en formato A4. 138.000 palabras. Sinopsis: Tras regresar de una estancia en Italia, completamente restablecido, Gian Galeazzo se encuentra con su hija Ginebra en la casa gótica de la familia Ruspoli en Nueva York. Ginebra está catalogando la importante biblioteca Ruspoli de unos 100.000 vo-lúmenes incluyendo incunables, pergaminos, documentos y cartas anti-guas. En ese momento su hija está estudiando los tomos de la historia del Imperio Romano centrada con la crisis del siglo III y somete a su pa-dre a una pregunta inquietante. ¿Conseguirán los persas frenar la expansión del mundo cristiano con su invasión? ¿Afectará al imperio ro-mano quien proclamará el cristianismo con el edicto de Milán en el año  313 como religión oficial solo dos generaciones después? En Anatolia, año 269 d.C.: el emperador ilirio Claudio II el Gótico se encuentra cerca-do por los persas en la ciudad de Edesa. Decidido a lograr un acuerdo con sus enemigos, sale de las murallas acompañado de su guardia, al mando de Aureliano; pero los persas, traicionando la inmunidad de los negociadores, apresan a los romanos y los obligan a hacer trabajos forzados en una mina. Gian Galeazzo decide entonces acudir a la ciudad de Edesa para intentar salvar al emperador disfrazado para la ocasión como una rencarnación de Rómulo, el fundador de Roma con Remo, hi-jo del dios mitológico Marte y nieto de Júpiter. Pero al darse cuenta que es probable que tuviera que ayudar a los romanos en caso de que no consiguiera evitar el engaño hacia el que iban encaminados de forma inexorable, decide optar por un disfraz que sirva para poder estar con la oposición. Se decide por ser el príncipe Songtsen, hijo del rey Nyatri Tsenpo  para los persas. Ese rey fue el fundador del reino de Yarlung, que es el nombre tibetano del río Brahmaputra, que nace del monte sa-grado Kailash, en el Tíbet occidental y fluye paralelo al Himalaya en un valle muy largo. Junto con Aureliano y sus hombres que logran escapar de los trabajos forzados y burlar a sus perseguidores, también gracias a la ayuda de otro extraño personaje. Este procede de un remoto país, del que Aureliano apenas había oído hablar antes: China, el Imperio del Centro. China, con sus bellos paisajes, sus extrañas costumbres y sus técnicas de lucha, tan sorprendentes como eficaces, fascina a Aureliano, y más aún después de enamorarse de Fan Bingbing, su guía en el mági-co y misterioso país. Las aventuras de los tres, los contrastes de sus culturas, sus amores, son la base de esta vibrante y cautivadora novela, en la que la aventura se conjuga con los sentimientos y con una historia que, no por ser sorprendente y poco conocida, es menos real. La legión perdida de Craso, o simplemente la legión perdida, es el nombre con que se conoce a una hipotética legión romana compuesta por parte de los cerca de 10.000 legionarios hechos prisioneros tras la batalla de Carras por los partos en el año 53 a. C. Esta legión, «perdida» para los historia-dores romanos, reaparecería supuestamente en las crónicas chinas en el año 36 a C. Durante la época del agitado triunvirato de Julio César, Pompeyo y Craso, éste último se hizo cargo de la campaña contra los partos y avanzó por la actual Turquía al frente de un imponente ejército de 42.000 soldados; los romanos que lidera están compuestos por siete legiones, 4.000 arqueros y 4.000 jinetes galos, y se creen capaces de es-carmentar a la temida caballería parta, que es el cuerpo principal del ejército enemigo. Pero éstos fueron derrotados en Carras (la actual Ha-rrán, Turquía) por el ejército parto, siendo humillado el ejército más po-deroso del mundo de entonces, dieron muerte al triunviro Craso e hicie-ron prisioneros a más de 10.000 de sus soldados. A caballo entre la realidad y la leyenda, se sabe por Plutarco y Plinio el Viejo que estos hombres fueron conducidos al extremo oriental del Imperio parto, en la antigua Bactriana (el actual Afganistán), siendo la mayoría esclavizados o condenados a trabajos forzados. Pero los partos conservaron algunas unidades dispuestas a seguir combatiendo a cambio de no ser condena-dos a muerte o a la esclavitud. Así, una parte de la legión cautiva fue mandada a las proximidades del río Oxus (hoy Amu Daria) en la Bactriana (el actual Turkmenistán) para luchar contra los hunos, desapareciendo allí su rastro. El caso es que, tras la firma de la paz entre roma-nos y partos en el año 20 a. C., se estableció el retorno de los prisioneros, pero ya entonces se desconocía totalmente dónde estaban los efecti-vos supervivientes de las derrotadas legiones de Carras, pese a los esfuerzos que se dedicaron a su recuperación de los soldados apresados. La hipótesis de Liqian. En 1955, el historiador y sinólogo estadounidense Homer Hasenpflug Dubs, en una conferencia impartida en Londres titulada «Una ciudad romana en la antigua China», afirmó haber encontrado el destino de estos legionarios, encajando los datos de Plutarco y Plinio el Viejo con las crónicas históricas de la dinastía Han, que reinó en el Imperio Han de China entre los años 25 y 220 de nuestra era. Según este investigador, la legión perdida reaparece en las crónicas chinas de la dinastía Han en el año 36 a. C. En ese año el general Gan Yanshou emprendió una campaña militar en los territorios fronterizos occidentales, la actual provincia de Xinjiang, contra los nómadas xiong nu, ante-cesores de los hunos, por Bactria y el río Oxus. Las crónicas de esta campaña, que nos ha llegado a través del historiador y biógrafo del ge-neral chino Gan Yanshou, Ban Gu, que participó en aquella contienda, han hecho pensar a algunos expertos que los defensores de la ciudad de Zhizhi (actual Dzhambul, cerca de Taskent, en Uzbekistán), eran miembros de la legión perdida. En ellas se menciona una batalla librada por esta ciudad entre el ejército chino y un extraño contingente constituido por soldados veteranos, muy disciplinado y protegido en una fortaleza de madera de forma cuadricular que protegía el asentamiento. Se señala que éstos usaban fortificaciones de empalizadas rectangulares y que en-traban en combate perfectamente organizados («alineados y desplegados en una formación como de escamas de pescado») en la puerta de la ciu-dad, lo que recuerda a la testudo romana, en la que los infantes se pro-tegen unos a otros formando con los escudos una especie de coraza. La ciudad de Zhizhi fue tomada finalmente y los 1.000 prisioneros extranjeros fueron deportados a China y asentados en la ubicación de la actual Yongchang (provincia de Gansu, China), en el desierto del Gobi, para proteger las fronteras del imperio chino y a sus habitantes de las incursiones tibetanas. Pero el antiguo nombre de Zhelaizhai, que se encuen-tra en la provincia de Gansu, ha terminado por sacar a la luz al cabo de dos mil años la historia de la legión perdida. El nuevo lugar en que fue-ron asentados los prisioneros fue llamado por decreto imperial Li-Jien o Liqian; el topónimo, documentado por primera vez en el año 5 d. C., no es sino una variante china de «Legión», un nombre que además era el usado por los chinos para referirse a Roma desde que los antiguos chi-nos tuvieron noticias de su opulencia y poder a través de sus comercian-tes en Alejandría. Además, llama la atención este topónimo pues era ex-tremadamente raro que los chinos diesen a sus ciudades nombres extranjeros. Años más tarde, siguiendo la tendencia confuciana a la recti-ficación de los nombres, el lugar fue renombrado como Jie-lu, que signi-fica "cautivos". Algunos creen que los descendientes de este contingente fue derrotado y arrasado en el siglo VIII por tropas tibetanas, que en aquel entonces eran mercenarios terribles, auténticos señores de la gue-rra, pero los estudios genéticos hechos en Li Jian dan pie a pensar otras cosas. En 2001 los diarios Los Angeles Times y L'Express sacaron a la luz unos datos que identificaban un poblado remoto como punto final de la aventura de los legionarios de Craso, demostrando importantes diferencias físicas entre los nativos de la zona y el resto de los chinos. Desde entonces, los análisis de ADN realizados por la Universidad de Lanzhou confirman que un 46 por ciento de los habitantes de Zhe-laizhai -entre los que hay ciudadanos con ojos azules y verdes, pelos rizados y o de color castaño y pelirrojo, y gente con narices aguileñas- mostraban una curiosa afinidad genética con poblaciones europeas, se-gún informó el semanario francés. Hace años se encontraron en torno a cien esqueletos de hace más de mil años con una altura promedio supe-rior a los 180 centímetros. A pesar de que la existencia de la legión perdida pueda estar más allá del mito, la realidad es que, aun con las posibles evidencias bibliográficas; los análisis de ADN realizados a la población y los restos romanos encontrados en excavaciones arqueológicas (monedas, cerámica, cascos y una gran piedra cúbica que alberga miste-riosos restos de estilo occidental. También se sabe de restos de una fortaleza, con 30 metros de longitud y medio de alto, que según los nativos hasta hace poco más de 30 años, medía más de 100 metros de longitud y era mucho más alta), no existen certezas concluyentes de presencia romana durante este periodo en la China imperial, teniendo en cuenta que Li-Jien fue un puesto avanzado que estuvo localizado dentro de la antigua ruta de la seda.

7. El Profeso y la monja: 393 páginas en formato A4. Más de  114.500 palabras. Novela presentada al premio de novela histórica AL-FONSO X EL SABIO de 2013. Sinopsis: La acción de la presente novela tiene lugar sobre el amplio telón de fondo de la intervención inglesa en España, mientras los hijos del rey Eduardo se preparaban para marchar a Castilla y restaurar a don Pedro el Cruel en el trono. El incidente per-mite echar un vistazo a la maquinaria económica de la guerra. Los combates intermitentes de la Guerra de los Cien Años tuvieron lugar en suelo francés y los soldados que participaban en ellos no eran miembros de un ejército regular, asalariado en la guerra y en la paz, ni eran todos ingleses; esencialmente eran mercenarios, pagados sólo durante las campañas activas. Cuando los mandos ingleses se retiraron, muchos de estos soldados fueron abandonados para que encontraran el camino de vuelta como mejor pudieran. Algunos de ellos, que en su patria chica no tenían que esperar más que la pobreza o la servidumbre, o le habían cogido gusto a vivir en el extranjero en las compañías del Príncipe Negro, decidieron quedarse en el continente. Formaron compañías organizadas, llamadas compañías blancas y merodearon por los campos franceses tomando fortalezas y formando mafias de protección, mudándose cuando habían agotado los recursos de una zona. Aunque eran ingleses, bretones, españoles, alemanes y gascones, sus capitanes casi siempre eran ingleses. Y los jóvenes ingleses, al enterarse de la fortuna y reputación hechas en estas compañías, veían en ellas una carrera potencial, como hace Roger en esta novela. Hay algunos que más adelante se volvieron héroes de Francia fueron arrastrados a estas compañías al comienzo de sus carreras. El bretón Bertrand du Guesclin maduró su técnica de gue-rra de gue¬rrillas entre los mercenarios. Comprensiblemente, el pueblo de Francia quería que su rey los librara de aquellos mercenarios que aterro-rizaban los campos. Y en 1365 el rey Carlos de Francia vio un modo de hacerlo. Enrique de Trastámara, abanderado de la nobleza castellana, pidió al rey Carlos que lo ayudara contra su medio hermano don Pedro el Cruel, que quería aumentar el poder real y limitar el de la nobleza, apoyándose en los campesinos y comerciantes. Carlos estaba predis-puesto con¬tra Pedro, pues se decía que éste había mandado asesinar a su espo¬sa, una princesa francesa, poco después de divorciarse. El papa ha¬bía excomulgado a Pedro como enemigo de la Iglesia; no ayudó que se hubiera hecho amigo de un rey moro de Granada. Así, alentado por el papa, el rey Carlos pidió a Bertrand du Guesclin, al que había nombra-do caballero, que reuniera a las compañías blancas y las con¬dujera al otro lado de los Pirineos para expulsar a Pedro y poner en su lugar al Trastámara. La maniobra fue un éxito. Pero Pedro no tenía intención de aceptar calladamente la de¬rrota: se volvió hacia Inglaterra en busca de ayuda del Príncipe Negro para recuperar su corona, ofreciéndole un cuantioso pago. Los ingleses estaban muy motivados para mantener la poderosa armada castellana como aliada. El Príncipe Negro se preparó en Aquitania y Juan de Gante, duque de Lancaster, empezó a reunir un ejército de soldados y arqueros para apoyar la empresa. En la novela, Fray Gian Galeazzo Ruspoli, quien había luchado a lado del primer du-que de Lancaster, Enrique de Grosmont, y había sido promovido a gene-ral por sus méritos, trabaja con sus antiguos conmilitones Doyle y Looper para desarrollar un método eficaz de preparar a los arqueros que necesita el hijo del rey, Juan de Gante. No sabemos hasta qué punto Charles Douglas  fue espía; a comienzos de la década de 1360-1370 es-tudió derecho y contabilidad en los Inns of Court y quizá también sirvió un tiempo en el ejército de Lionel en Irlanda. Hacia 1367 era caballero de la Casa Real; a fina¬les de aquel año la muerte de Blanche de Lancas-ter inspiró su pri¬mer gran poema, The Book of the Duchess. Respecto de su misión en Navarra he seguido la interpretación que da Donald R. Howard del salvoconducto conservado en los archivos de Pamplona, que autori¬zaba al poeta a «entrar, permanecer, trasladarse y salir». En pleno verano de 1355, una joven monja llamada Hyacintha  muere víctima de las fiebres de la ciudad de Beverley , siendo enterrada inmediatamente por medio a que se extienda la peste. Un año más tarde, una mujer que afirma ser la monja Hyacintha resucitada, aparece en público prego-nando historias delirantes sobre milagros y reliquias. Tras la aparición de esa atormentada figura acontecen una serie de muertes misteriosas y el arzobispo de York, intranquilo, le pide al comendador de la Orden de San Juan de la encomienda local un investigador que pueda explicar los hechos. El comendador se pone en contacto con Fray Gian Galeazzo Ruspoli para solicitar nuevamente su ayuda, siendo la persona más adecuada para investigar resolver los misterios. Desde el principio, ima-giné a Hyacintha como un personaje ambiguo, según el modelo de Ma-ría Magdalena. Tal como la describe Susan Haskins en María Magdalena: mito y metáfora, la santa había evolucionado de discípula y amiga de Cristo a prostituta arrepentida que sufrió una larga penitencia como eremita en el desierto: de hecho, en el siglo XlV las referencias a María Magdalena, la María de Marta y María y la prostituta que lava los pies de Cristo habían sido combinadas en un único símbolo y la María Egipcía-ca del siglo V también había sido incluida en la mezcla. Es la Magdalena de la medalla que pierde Hyacintha en la primera escena, un regalo del hermano que adora. La medalla es un talismán de la buena suerte. Sirve como recordatorio de que un personaje como Hyacintha no puede ser analizado en términos modernos; su creencia en el poder protector de la medalla es parte de su fe. Lo mismo puede decirse del remordimiento de Hyacintha por haber robado una parte de la leche de la Virgen del convento. San Agustín se jactaba de tener tal reliquia, muy popular en una época de gran devoción a la Virgen María y el pueblo creía en el poder de esas reliquias, por las que hacía peregrinaciones para recibir la gracia. Fray Gian Galeazzo, quien ya colaboró anteriormente en aquella región con el anterior duque de Lancaster, esta vez acompañado por su hija Ginebra, con la que se ha establecido temporalmente en York , comprando una casa con jardín para hierbas medicinales y creando una nueva botica para devolver la salud al pueblo, acepta el encargo del ar-zobispo y ni corto ni perezoso se desplaza a Leeds para entrevistarse con el espía del rey Eduardo, Charles Douglas, quien le pone sobre la pista de un grupo de soldados mercenarios sospechosos de intentar traicionar el rey por encargo de la poderosa familia Wentworth. Mientras tanto, Ginebra Ruspoli procura que la monja le explique la verdad y le confiese el terrible secreto que compartía con su hermano. Armonizando con una elaborada reconstrucción del siglo XIV con una intriga apasionante, El Profeso y la monja es el séptimo de los casos resueltos por Fray Gian Ga-leazzo Ruspoli lleno de colorido y de emoción. Formalmente hay que in-dicar que el siglo XIV comprende, lógicamente, los años 1301-1400, am-bos incluidos. Es sin duda uno de los más nefastos de la historia de la humanidad, el siglo está marcado por las graves plagas y las guerras que asolaron casi toda Europa. Entre 1315 y 1317 se produjo la deno-minada Pequeña Edad de Hielo que acabó con miles de cosechas causando miseria y hambrunas. A mediados de siglo, entre 1348 y 1355 hubo un brote de peste bubónica, denominada «peste negra» que acabó con un tercio de la población europea. Por si esto fuera poco, la muerte del último rey de la dinastía de los Capetos en Francia, causó un conflicto europeo por la sucesión, los franceses coronaron a Felipe VI de Valois, primo hermano del fallecido rey capetingio. Pero como es normal, ninguno de los otros pretendientes al trono quedaron satisfechos, Eduardo III, rey de Inglaterra y pretendiente legítimo al trono de Francia, inició las hostilidades con Francia, dando inicio a la Guerra de los Cien Años, la más duradera de la historia de la humanidad. En el resto de Europa, seguirían los conflictos, en Castilla se produjo una guerra civil por el trono, entre Pedro I de Castilla, apodado "El Cruel", contra su herma-nastro Enrique de Trastámara, el conflicto que mantenían Inglaterra y Francia lo trasladaron a Castilla, apoyando uno a cada bando. Por otra parte, el Imperio Otomano seguirá expandiéndose sobre todo a través de los Balcanes, aunque con un muy reducido Imperio Bizantino que aún resistirá las acometidas otomanas.

8. La hija del Profeso: 770 páginas en formato A4. Más de  281.000 palabras. Sinopsis: Durante un tiempo Fray Gian Galeazzo Ruspoli fue incapaz de contarle a su querida hija Ginebra  la verdad so-bre la obsesión que ha guiado parte de su vida.  Ahora, entre sus pape-les, ella descubre una historia que comenzó con la extraña desaparición del mentor de Fray Gian Galeazzo, el antiguo Gran Prior de Roma Fray Franz Lobstein que fue anteriormente un importante profesor de histo-ria en varias universidades, la última en La Valletta, y que conoció gra-cias a su primer traslado en el tiempo . Lobstein le atrajo hacia la vida académica, como una solución para educar convenientemente a su hija en la era moderna, gracias a la capacidad que atesora Fray Gian Galeaz-zo para desplazarse en el tiempo por medio de una técnica de medita-ción cuántica aprendida del Dalai Lama . La amistad entre ellos fue consolidándose con el tiempo hasta el punto de que Gian Galeazzo le eligió para que le dirigiera en el perfeccionamiento de su preparación como profesor de historia de novicios en la Academia Internacional y Universidad de La Valletta, Malta. Pero precisamente en La Valletta, Franz Lobstein desaparece. Y es justamente allí donde se encuentra con la mujer de su vida Ileana, hija de Lobstein, hacia la que paulatinamente Gian Galeazzo va a sentirse atraído de forma irresistible. Tras las hue-llas de su querido maestro, Gian Galeazzo recorrió antiguas bibliotecas en Estambul, en Budapest, monasterios en ruinas en Rumanía, remotas aldeas en Bulgaria... Cuanto más se acercaba a Lobstein, más se aproximaba también a un misterio que había aterrorizado incluso a los po-derosos sultanes otomanos y que aún hace temblar a los campesinos de Europa del Este. Un misterio que ha dejado un rastro sangriento en manuscritos, viejos libros y canciones susurradas al oído. Para Gian Ga-leazzo y su hija llegar al final de la búsqueda puede significar un des-tino mucho peor que la muerte. Porque a cada paso que dan,  se convencen más de que él les está esperando. Y en sus corazones, retumba una pregunta angustiosa... ¿qué pasará entonces?

9. El Profeso y el Grial: 895 páginas en formato A4. Más de  275.000 palabras. Sinopsis: Esta novela, novena de la saga el Profeso, abarca básicamente tres años de historia medieval. Ambientada en el siglo XIII, va de una Sicilia bajo el dominio de Federico II, a la Europa del Sacro Imperio Romano donde se cruzan en la guerra y en la paz la Iglesia, el emperador, los caballeros del Temple,  los del Hospital y la sec-ta de los Asesinos. El sitio de Montsegur  es el decorado de las primeras páginas, donde se hallas los hijos del Grial destinados a reconciliar las grandes religiones, según está escrito en un gran plan secreto por el que ellos serán los reyes que restablezcan la paz en la tierra. Con las tropas de Luis XI y del papa Inocencio III viene el caballero de Justicia de la Orden de San Juan de Jerusalén Fray Gian Galeazzo Ruspoli, el personaje principal  y cronista de los acontecimientos narrados en esta novela histórica. Fray Gian Galeazzo es testigo de cómo el Prieuré, una orden secreta al servicio del Grial, rescata a los hijos del Grial y hasta se ve in-volucrado en los hechos y obligado a favorecer la fuga. Así comienza para Fray Gian Galeazzo una fantástica y peligrosa odisea que lo lleva en primer término a Marsella, donde los fugitivos le abandonan para refu-giarse en el territorio de Federico II. Tras una serie de peripecias inolvi-dables, Fray Gian Galeazzo llega al palacio del Papa; vuelve a huir cuando se descubre que su disfraz de cardenal ya no le sirve; y se gana la confianza de un antiguo superior hospitalario, entonces al servicio de Federico II y vinculado al Prieuré que lo lleva a Otranto, donde vuelve a encontrarse con los hijos del Grial. Pero Clo y Mara tampoco allí están a salvo de los esbirros del papa, y la misión de ir dejando una pista falsa recae en Fray Gian Galeazzo, quien ha de atravesar toda Italia y alcanzar el sur de Alemania, en donde se unirá al nuncio papal, un sanjuanista que viaja de Lyon hacia el este para entrevistarse con el Gran Kan. El plan fracasa. Los elementos naturales no son propicios: en medio de una tormenta la comitiva queda diezmada, Fray Gian Galeazzo regresa a Otranto y recibe la noticia de que el papa ha derrotado en Lyon y de-puesto a Federico II. La novela acaba en Constantinopla, y no será aquí donde el editor revelará el desenlace, emocionante e inesperado. La historia y la ficción, ensambladas como rara vez se lo ha logrado en la literatura, cobran dimensiones de pantalla gigante. Pero lo sorprendente es que el complicadísimo intríngulis de tramas, propio de la época y generalmente incomprensible, cobra transparencia en manos de Carlo Ema-nuele Ruspoli, y el lector no pierde la ilación en ningún momento. Con técnicas narrativas cercanas a las de la cinematografía -no por nada Carlo E. Ruspoli es primo tanto del actor Bart cómo del productor Tao, ambos Ruspoli y hombres de cine - y procurando en todo momento mantener ordenadas las infinitas piezas de este juego entre macabro y apasionante, Carlo Emanuele Ruspoli logra una de las novelas más estrepitosamente interesante de los últimos años, de lectura compulsiva y extraordinariamente amena.

10. El Profeso y los Borgia 865 páginas en formato 14,8 x 21,1 cm. 377.900 palabras. Sinopsis: Mientras la peste negra devastaba Europa, los ciudadanos apartaban los ojos de la tierra y miraban hacia el cielo con desesperación. Algunos, los más inclinados hacia el pensamiento filosófico, intentaban encontrar ahí los secretos de la existencia, aquello que les permitiera desentrañar los grandes misterios de la vida; otros, los más pobres, tan sólo buscaban aliviar su sufrimiento. Y fue así como la rígida doctrina religiosa de la Edad Media empezó a perder su poder y fue reemplazada por el estudio de las grandes civilizaciones de la Antigüedad. A medida que la sed por las Cruzadas empezó a disminuir, los héroes del Olimpo renacieron y sus batallas volvieron a ser libradas. Fue así como los hombres le dieron la espalda a Dios y la razón volvió a reinar. Aquéllos fueron tiempos de grandes logros en la filosofía, en el arte, en la medicina y en la música. La cultura floreció con gran pompa y ceremonial, pero los hombres tuvieron que pagar un precio por cerrar sus corazones a Dios. Las viejas leyes se rompieron antes de crear otras nuevas que las suplieran. El humanismo, aquel giro desde el estricto cumplimiento de la palabra de Dios y la fe en la vida eterna hacia el «honor del hombre» y la búsqueda de recompensas en el mundo mate-rial, supuso, en realidad, una difícil transición. Entonces, Roma no era una ciudad bendita; era un lugar sin ley. En las calles, los ciudadanos eran asaltados y sus hogares saqueados, las prostitutas campaban a sus anchas y cientos de personas morían asesinadas. El país que conocemos como Italia aún no existía. Dentro de los límites de la «bota», el destino de cada ciudad era regido por rancias familias, reyes, señores feudales, duques u obispos. En lo que hoyes Italia, los vecinos luchaban entre sí por sus tierras, y aquellos que lograban la victoria siempre se mantenían en guardia, al acecho de la siguiente invasión. Las potencias extranje-ras, siempre ávidas de conquistas, suponían una constante amenaza para los pequeños feudos de Italia. Los soberanos de España y Francia luchaban por ampliar sus fronteras y los turcos amenazaban las costas de la península. La Iglesia y la nobleza se disputaban el poder. Tras el Gran Cisma, cuando la existencia de dos papas dividió la Iglesia y redu-jo de forma dramática sus ingresos, la restauración de un único trono papal en Roma auguraba una nueva etapa de esplendor para el papado. Más poderosos que nunca, los líderes espirituales de la Iglesia sólo de-bían enfrentarse al poder terrenal de los reyes y los señores feudales. Y, aun así, la Santa Iglesia vivía sumida en una constante agitación, pues la corrupción se había asentado hasta en las más altas esferas del papa-do. Ignorando sus votos de castidad, los cardenales visitaban asidua-mente a las cortesanas e incluso mantenían varias amantes al mismo tiempo. Los sobornos estaban a la orden del día y los clérigos eximían a los nobles de sus deberes para con Dios y perdonaban los más atroces pecados a cambio de dinero. Se decía que en Roma todo tenía un precio; con suficiente dinero se podían comprar iglesias, perdones, bulas e in-cluso la salvación eterna. El segundo hijo varón de cada familia era edu-cado desde su nacimiento para la vida eclesiástica, tuviera o no vocación religiosa. La Iglesia ostentaba el derecho de coronar reyes y conceder to-do tipo de privilegios terrenales, por lo que no había familia aristocrática en Italia que no ofreciese cuantiosos sobornos para conseguir que al-guno de sus miembros ingresara en el colegio cardenalicio. Así era la vida en el Renacimiento. Así era el mundo del cardenal, luego papa, Rodrigo Borgia y de su familia. En pleno Renacimiento, Fray Gian Galeaz-zo Ruspoli y su hija Ginebra deciden esta vez viajar para ayudar y des-enredar algunas de las maquinaciones e intrigas de los Borgia. La familia Ruspoli vive aún en la Toscana, entre Siena y Florencia, y no ha re-calado todavía en Roma, por lo tanto no se producen rivalidades con las grandes familias romanas. Teniendo en cuenta que los Borgia y los Ruspoli estarán entroncados en otra época, Gian Galeazzo, ayudado por su hija, crea el enlace oportuno para convertirse en un buen aliado de los primeros. Entonces, establecen y regentan una librería que se con-vierte en el centro de las tramas de Roma. La institución se convierte en un símbolo del clan español de los Borgia, que gobiernan la ciudad con mano de hierro. Las grandes familias romanas que conspiran para con-seguir la caída del Papa y de sus ambiciosos hijos Juan, César y Lucre-cia, consideran la librería como uno de los objetivos a destruir. Gian Galeazzo y Ginebra son sobriamente felices a pesar de las traiciones, complots, adulterios, guerras y asesinatos que les rodean y que intentan resolver. Sin embargo Juan Borgia, un joven que detiene el poder delega-do por su padre, y que no acepta negativas se encapricha de Ginebra. A partir de ese momento, padre e hija deberán enfrentarse al poder de sus protectores, los Borgia, para salvar su dignidad. Este es el inicio de unas gestas que llevarán a Gian Galeazzo a luchar junto al Gran Capitán por la conquista de Nápoles; a convertirse en fraile para derrocar a Savona-rola en Florencia; a salvar la vida de un hijo de César Borgia; a luchar contra naves corsarias en el Mediterráneo y finalmente a enfrentarse a la Inquisición y a la peste en Valencia.

11. El Profeso y el chamán: 630 páginas en formato A4, 208.964 palabras. Sinopsis: Fray Gian Galeazzo y su hija Ginebra Ruspoli se encuentran en la fabulosa biblioteca de su mansión neoyorquina leyendo el libro de historia Retratos, anécdotas de los linajes Borja, Téllez-Girón, Marescotti y Ruspoli de su descendiente Carlo Emanuele. Este libro fue una fuente documental para su anterior misión en pleno Renacimiento, donde los Ruspoli, aliados de los Borja, les ayudaron a superar algunas de las múltiples dificultades e intrigas que intentaron ahogarlos, en aras de deshacer la leyenda negra que rodea dos generaciones Borja, la del papa Alejandro VI y de sus hijos Juan, Cesar, Lucrecia y Godofredo. Atraídos por la extraordinaria figura de Emanuele Ruspoli, se dan cuen-ta que su muerte prematura a los sesenta y un año es debida a la  enfermedad de la diabetes,  bastante desconocida a finales del siglo XIX. Solo veinte años después de su muerte se descubre la insulina que transforma el porvenir de los diabéticos, pero las presencia de la insulina en hierbas medicinales, como los frutos de la Mormodica charantia o de la Gymnena sylvestre que son ampliamente utilizados en Siberia para tratar la diabetes, anima a Fray Gian Galeazzo a viajar a Roma en el si-glo XIX, tras la creación del reino de Italia, para ayudar a su descendien-te a aliviar sus síntomas y tratar de arrestar el progreso de su enferme-dad. Una copia del Códice Borgia indica a Gian Galeazzo que la solu-ción, para encontrar y reconocer los remedios naturales contra la diabe-tes, es consultar con un chamán. El Profeso inicia así un viaje iniciático, desde Roma hasta el corazón de Siberia, a fines del siglo XIX. El motivo aparente de su arriesgada travesía es conseguir ese  bálsamo milagroso que podría devolver la salud a su descendiente. Pero también lo impulsa el deseo de huir de una pesadilla recurrente a la que no halla explicación. Su búsqueda lo llevará al encuentro de Gabdulkhay Akhatov, uno de los últimos grandes chamanes siberianos. De su mano, Gian Galeazzo conocerá a los seres de un mundo invisible, que lo reconfortarán o le acecharán mientras se dirige hacia un destino ineludible y sorprenden-te. Fascinados por el exótico encanto de esos parajes vírgenes, acompañaremos al Profeso en su marcha por la senda del chamán, al encuentro de nuestra propia luz y nuestro poder interior latente. Fray Gian Galeazzo vivió también otra experiencia esotérica  en México que visitó en otra de sus misiones en calidad de antropólogo. Los encuentros iniciáti-cos con un nagual o brujo yaqui Hitebi Yaitowi  se relatarán en letra cursiva. El chamán (del idioma tungu, de Siberia, xaman o schaman, y éste del verbo scha, "saber"), es un individuo al que se le atribuye la capacidad de modificar la realidad o la percepción colectiva de esta, de manera que no responden a una lógica causal. Esto se puede expresar finalmente, por ejemplo, en la facultad de curar, de comunicarse con los espíritus y de presentar habilidades visionarias y adivinatorias. Es el término usado para indicar a este tipo de persona, presente principal-mente en las sociedades cazadoras y recolectoras de Asia, África, Améri-ca y Oceanía y también en culturas prehistóricas de Europa. En algunas culturas se cree también que el chamán puede indicar en qué lugar se encuentra la caza e incluso alterar los factores climáticos. He aquí algu-nas de las primeras enseñanzas de un chamán:
El poder reside en el tipo de conocimiento que uno posee. ¿Qué sentido tiene conocer cosas inútiles? Eso no nos prepara para nuestro inevitable encuentro con lo desconocido.
Nada en este mundo es un regalo. Lo que ha de aprenderse debe aprenderse arduamente.
Un hombre va al conocimiento cómo va a la guerra: bien despier-to, con miedo, con respeto y con absoluta confianza. Ir de cual-quier otra forma al conocimiento o a la guerra es un error, y quien lo cometa puede correr el riesgo de no sobrevivir para lamentarlo. Cuando un hombre ha cumplido estos cuatro requisitos -estar bien despierto, y tener miedo, respeto y absoluta confianza- no hay errores por los que deba rendir cuentas; en tales condiciones, sus acciones pierden la torpeza de las acciones de un necio. Si un hombre así fracasa o sufre una derrota, no habrá perdido más que una batalla, y eso no le provocará lamentaciones lastimosas.
Ocuparse demasiado de uno mismo produce una terrible fatiga. Un hombre en esa posición está ciego y sordo a todo lo demás. La fatiga misma le impide ver las maravillas que lo rodean.
Cada vez que un hombre se propone aprender tiene que esforzarse como el que más, y los límites de su aprendizaje están determina-dos por su propia naturaleza. Por tanto, no tiene sentido hablar del conocimiento. El miedo al conocimiento es natural; todos lo experimentamos, y no podemos hacer nada al respecto. Pero por temible que sea el aprendizaje, es más terrible la idea de un hom-bre sin conocimiento.
Enfadarse con la gente significa que uno considera que los actos de los demás son importantes. Es imperativo dejar de sentir de esa manera. Los actos de los hombres no pueden ser lo suficientemen-te importantes como para contrarrestar nuestra única alternativa viable: nuestro encuentro inmutable con el infinito.
Cualquier cosa es un camino entre un millón de caminos. Por tan-to, un guerrero siempre debe tener presente que un camino es só-lo un camino; si siente que no debería seguirlo, no debe permane-cer en él bajo ninguna circunstancia. Su decisión de mantenerse en ese camino o de abandonarlo debe estar libre de miedo o ambi-ción. Debe observar cada camino de cerca y de manera deliberada. Y hay una pregunta que un guerrero tiene que hacerse, obligato-riamente: ¿Tiene corazón este camino? Todos los caminos son lo mismo: no llevan a ninguna parte. Sin embargo, un camino sin corazón nunca es agradable. En cambio, un camino con corazón resulta sencillo: a un guerrero no le cuesta tomarle gusto; el viaje se hace gozoso; mientras un hombre lo sigue, es uno con él.
Existe un mundo de felicidad donde no hay diferencia entre las cosas porque en él no hay nadie que pregunte por las diferencias. Pero ése no es el mundo de los hombres. Algunos hombres tienen la arrogancia de creer que viven en dos mundos, pero eso es pura arrogancia. Hay un único mundo para nosotros. Somos hombres, y debemos transitar con alegría el mundo de los hombres.
El hombre tiene cuatro enemigos naturales: el miedo, la claridad, el poder y la vejez. El miedo, la claridad y el poder pueden su-perarse, pero no la vejez. Su efecto puede ser pospuesto, pero nunca vencido.

12. El Profeso y el opio: 564 páginas en formato 14,8 x 21,1 cm., 176.516 palabras. Sinopsis: En esta duodécima entrega de la saga, Fray Gian Galeazzo Ruspoli asume el papel de William Douglas, marinero del clan homónimo que originó en el siglo IX la dinastía Marescotti Ruspoli en Italia, y regresa a Extremo Oriente. William Douglas echa sus raíces en la China del siglo XIX, creando un imperio comercial en una epopeya que tiene su telón de fondo la hegemonía de los piratas en los mares de China, las guerras del opio, las rebeliones, la corrupción de la corte  y las astutas maquinaciones de la emperatriz viuda. Gian Galeazzo tendrá un papel doble, tanto de fundador del comercio, como años después de hijo, y en esta etapa contará con la valiosa colaboración de su mujer Ileana, en el papel de Herzeloyde Douglas y de su hija Ginebra, en el de Acheflow Douglas  así como su mayordomo Flash Gordon en el de Theobald Douglas. Una dinastía inglesa echa sus raíces en la China del siglo XIX, y funda un gigantesco imperio comercial en una epopeya que tiene como telón de fondo la guerra del opio, la rebelión de los Taiping y las astutas maquinaciones de la emperatriz viuda. El marinero escocés William, miembro del Clan Douglas  (este es el disfraz elegido por Fray Gian Galeazzo) llega a China en un buque inglés que hacía la ruta de las Indias Orientales, acompañando a una delegación comercial que le ha contratado sólo porque sabe hablar manchú. Lo que ofrecen estos traficantes es la venta de opio de la India. La misión fracasa cuando los manchúes rechazan la oferta, y Douglas es secuestrado por los piratas del Loto Blanco. Douglas se convierte en amante de su antigua esclava, compañera del jefe de la secta, y tras muchas peripecias consigue que el emperador manchú le conceda el monopolio del comercio marítimo. Años después, la firma escocesa Douglas es rica y poderosa, y Archibald, uno de los hijos del fundador, denuncia los estragos que causa el opio. Los traficantes ingleses son detenidos, y el gobierno de su majestad bri-tánica inicia las hostilidades contra los manchúes. Estalla la guerra del opio. Archibald y su hermano Theobald, súbditos leales del emperador manchú, combaten contra sus antiguos compatriotas. Los manchúes pierden la guerra y los británicos conquistan Hong Kong y los privile-gios que ambicionaban. Igualmente, el emperador manchú premia la lealtad de Archibald otorgándole el título de mandarín. El mandarín es-cocés y su familia serán protagonistas de todas las alternativas posterio-res de la historia china: la feroz rebelión Taiping, encabezada por un fanático que dice ser hijo de Dios y hermano de Jesús; la quema del pa-lacio de verano de Pekín durante una nueva guerra contra ingleses y franceses; las intrigas en el palacio y el harén imperiales, que culminan con la entronización de la emperatriz viuda; las torturas y decapitacio-nes de rebeldes y conspiradores; la intervención de ejércitos mercenarios; el auge de los señores de la guerra y las bandas tribales. Una nove-la pródiga en acción y aventuras, que recrea la opulencia y la sórdida miseria de las ocho tribus manchúes. Los episodios más deslumbrantes, violentos y decisivos de la historia china del siglo XIX, entretejidos con la saga de una dinastía escocesa que construyó su imperio comercial bajo la dominación manchú.

13. El Profeso y la yakuza: 575 páginas en formato A4, 179.610 palabras. Sinopsis: Fray Gian Galeazzo Ruspoli, caballero experto en artes marciales y sabiduría esotérica, entre muchos otros atributos, po-see poderes paranormales que le convierten casi en la única persona ca-lificada para enfrentarse a una siniestra organización cuyo objetivo es dominar la economía mundial. La clave de esta conspiración se halla en la Villa Nebulosa, remoto paraje de la selva vietnamita y reino privado de Khun Sa, un perverso traficante de armas que, además, controla el ne-gocio del opio a escala internacional. Khun Sa está dispuesto a conseguir sus designios, y su poderío se basa en un arma secreta que puede reducir a escombros las principales ciudades del mundo. Con la ayuda de su fiel colaborador y mayordomo de su mansión de Nueva York, el ex policía Flash Gordon, Gian Galeazzo tendrá que superar innumerables obstáculos y peligros mortales para llegar a la Villa Nebulosa, ojo del huracán que se cierne sobre el mundo... El Sr. Gordon participa por se-gunda vez consecutiva en una misión del Profeso. El Profeso y la yakuza, es una historia que puede considerarse casi como una continuación o una consecuencia de la anterior novela de la saga El Profeso y el opio, pero se lee como una novela independiente, pletórica de intriga y acción. Con su habitual destreza narrativa, el autor plasma un frenético universo de violencia, riesgo y sexo, genuino lado oculto del caótico y ardiente mundo en que vivimos. La acción de esta novela se desarrolla entre Bir-mania, EUA, Japón, China, Reino Unido e Italia.

14. El Profeso y la parapsicología: 520 páginas en formato A4, 179.321 palabras. Sinopsis: Tras regresar de su misión en Siberia, efectuada durante unos años en la segunda mitad del siglo XIX, Giangaleazzo Ruspoli, el caballero Profeso de la Orden de San Juan de Jerusa-lén, había conseguido perfeccionar el ansiado conocimiento de sí mismo y de sus facultades mentales. Había aprendido de los lamas tibetanos, de los brujos indios mesoamericanos, de los chamanes siberianos  y se había convertido él mismo en chamán y viajante astral y físico del espacio y del tiempo. Al volver a su mansión de Nueva York para reunirse con su mujer Ileana y su hija Ginebra hacia el final de la década de los mil novecientos ochenta, se reincorpora a sus dos actividades preferidas, la Fundación para La Paz que preside y la empresa internacional de investigaciones submarinas DIMS perteneciente a su holding industrial Douglas, de la que es director de Proyectos Especiales.  El señor Gordon, mayordomo y administrador de la mansión, colabora con Giangaleazzo y su Fundación o empresas esporádicamente, sin descuidar sus obligaciones principales. Sin embargo, el Profeso empieza a advertir, con sus asombrosas y perfeccionadas facultades mentales, que hay un gran estremecimiento en la fuerza mental que controla la humanidad y que po-dría ser causante de una nueva guerra secreta entre Estados Unidos y la Unión Soviética, en aquel tiempo casi al final de la guerra fría que tanto afectó al mundo de la OTAN y al del Pacto de Varsovia desde el fin de la segunda guerra mundial. Decide entonces emprender una nueva misión para averiguar la magnitud del problema del posible perfeccionamiento de una tecnología mucho más misteriosa y potencialmente amenazadora que la Guerra de las Galaxias: el control de la mente humana, una téc-nica o un conjunto de técnicas encaminadas a la modificación de los procesos mentales de los individuos. Para ello, Giangaleazzo, por medio del acuerdo de colaboración permanente entre su Fundación y los servicios secretos estadounidenses, se convierte en jefe de un nuevo departamento ultra secreto de Ciencias del Comportamiento de la CIA y des-cubre a una vidente que de alguna manera puede señalar la localización exacta de los submarinos soviéticos en el Océano Atlántico. Pero, cuan-do la mujer es asesinada por un despiadado agente de la KGB, Giangaleazzo empieza a sospechar que la han matado para mantener a la CIA apartada de un revolucionario descubrimiento soviético, que permitiría pronto a la KGB controlar los pensamientos y emociones hasta del Presidente de los Estados Unidos...

15. El Profeso y el dragón: 684 páginas en formato A4, 201.247 palabras. Sinopsis: Fray Giangaleazzo Ruspoli, caballero sanjuanista experto en artes marciales y sabiduría esotérica, entre muchos otros atributos, ha adquirido a lo largo de sus misiones unos poderes para-normales que le convierten casi en la única persona calificada para en-frentarse a las siniestras organizaciones cuyo objetivo es dominar la economía mundial. Sus conocimientos de meditación trascendental cuántica le permiten viajar en el tiempo. Su Fundación para la Paz (FFP) en Nueva York, de la que su creador Giangaleazzo es presidente y pa-trono, al igual que su hija, amplía la obra humanitaria y hospitalaria de la Orden de Malta y trabaja incesantemente para erradicar el terrorismo y el crimen. Con el respaldo del conglomerado de empresas Douglas International, tiene recursos casi ilimitados para dotarse de los medios humanos, equipos tecnológicos, armas, vehículos terrestres, marinos y aéreos necesarios para enfrentarse a las peores amenazas de la era con-temporánea. La Fundación mantiene acuerdos de colaboración con ser-vicios de inteligencia de varios países. Destaca en Estados Unidos la Douglas International Marítima y Submarina (DIMS), perteneciente al holding Douglas, una prestigiosa empresa cuyo presidente es el sagaz almirante Martin Sheen IV, que se entronca con la familia Douglas - Ma-rescotti- Ruspoli por matrimonio. Giangaleazzo Ruspoli siempre prefiere asumir las funciones operativas de sus empresas y solo preside su Fundación. Un accidente nuclear en el Pacífico revela la existencia de un grupo ultra secreto japonés, cuyo objetivo es chantajear a Occidente, bajo amenaza de colocar bombas atómicas en puntos neurálgicos y asegurar la hegemonía comercial de Japón en todo el planeta.  Sin embargo, Fray Giangaleazzo Ruspoli y su fiel amigo y mayordomo, el ex policía Flash Gordon se convertirán en los únicos factores humanos capaces de neutralizar el peligro que se cierne sobre el mundo.  El Profeso y el dragón es una novela de alta tensión, cuya trama es casi una continuación de la anterior aventura, El Profeso y la yakuza. La obra literaria, cuyo fin es causar placer estético a los lectores con la descripción de sucesos o lances interesantes, de caracteres, de pasiones y de costumbres se lee como una novela independiente, no ofrece respiro al lector y confirma al autor, Carlo Emanuele Ruspoli,  como uno de los más cualificados ex-ponentes actuales del género de novelas históricas de aventuras. La trepidante acción de esta novela se desarrolla entre Alaska, Washington, Océano Pacífico, Los Ángeles, Filipinas, Las Vegas, Palaos, Japón, Alemania…

16. El Profeso y la masonería: 901 páginas en formato 14,8 x 21,1 cm., 290.660 palabras. Sinopsis: En la polvorienta ciudad de Doha, en el emirato de Qatar, una banda de fanáticos terroristas ha sitiado la em-bajada norteamericana y amenaza con hacer una sangrienta matanza si no se accede a sus condiciones. En el Departamento de Estado de Washington, el congresista por accidente de Wyoming y patrono por vocación de la Fundación para la Paz, el antiguo Profeso de la Orden de San Juan de Jerusalén Fray Giangaleazzo Ruspoli - de unos cuarenta y po-cos años en esta ocasión, experto del mundo árabe por haber trabajado en él durante mucho tiempo y con dominio del idioma - se ofrece en se-creto para ir a solucionar el conflicto. Es la última esperanza del Departamento de Estado, mientras el plazo dado por los terroristas llega a su fin. La Fundación para la Paz (FFP) en Nueva York, de la que su creador Giangaleazzo es presidente y patrono, al igual que su hija Ginebra, am-plía la obra humanitaria y hospitalaria de la Orden de San Juan de Je-rusalén y trabaja incesantemente para erradicar el terrorismo y el crimen mundial. Con el respaldo del conglomerado de empresas Douglas International, la Fundación tiene recursos casi ilimitados para dotarse de los medios humanos, equipos tecnológicos, armas, vehículos terrestres, marinos y aéreos necesarios para enfrentarse a las peores amena-zas de la era contemporánea. La Fundación mantiene acuerdos de colaboración con los servicios de inteligencia de varios países. Destaca en Estados Unidos la Douglas International Marítima y Submarina (DIMS), perteneciente al holding multinacional Douglas, una prestigiosa empresa cuyo presidente es el sagaz almirante Martin Sheen IV, que entronca con la familia Douglas - Marescotti- Ruspoli por matrimonio. Gianga-leazzo Ruspoli siempre prefiere asumir las funciones operativas de sus empresas y solo preside su Fundación. Precisamente es el almirante Martin Sheen, nativo de Wyoming, que involucra a Giangaleazzo en la política. Así empieza la nueva odisea de Giangaleazzo Ruspoli, un hombre supuestamente tranquilo que intenta vivir con su hija en su man-sión misteriosa y externamente destartalada - para proteger su intimi-dad- de Manhattan en New York, o en su curioso hangar-loft de Washington con su colección de vehículos terrestres, marinos y aéreos antiguos o en su nueva residencia de Wyoming. Un hombre sin mayo-res ambiciones políticas, con vocación humanitaria heredada de la Orden de San Juan, que se ve lanzado de repente al sangriento escenario de la locura terrorista. Trabajando solo en un mundo de pesadilla, se convier-te en un héroe desconocido para el mundo, como a él siempre le ha gustado. Él ha puesto como única condición para en-cargarse de la peligrosa misión el anonimato, como en casos anteriores, y su único deseo es terminar con éxito para volver de nuevo a su apacible vida privada con su hija Ginebra. Ileana, su mujer, lleva muchos años desaparecida o fallecida por lo que Giangaleazzo piensa en rehacer su vida. Pero para Giangaleazzo Ruspoli aquella nueva tarea será sólo el principio. Un año después, su participación en el asunto de Doha salta a la primera pági-na de los periódicos de todo el mundo, filtrada por alguien desconocido. En los Estados Unidos aquella noticia empuja a Giangaleazzo Ruspoli al primer plano de la política, lo cual él nunca buscó ni deseó, mientras un peligroso grupo terrorista, al conocer su identidad, le busca para vengarse. Esta vez, Giangaleazzo mantiene con acierto a su hija Ginebra y a su fiel mayordomo Gordon alejados del peligro y de las intrigas, en su mansión secreta de Manhattan que seguirá siendo su refugio. En este nuevo episodio, Giangaleazzo volverá a encontrarse con su gran amigo, compañero y socio de la etapa de ingeniería y construcción, el arquitecto judío norteamericano Daniel Baremboin que le ayudará repetidamente y Zoraya Bou Rached, una guapa compañera agente secreta de la CIA que le auxiliará también y se convertirá paulatinamente en su nueva pareja. Cada vez se ve con más claridad que existen fuerzas secretas de la ma-sonería y otras en Norteamérica con un inimaginable poder a su dispo-sición, en cuya agenda figura el nombre de Giangaleazzo Ruspoli. ¿Llegará a la presidencia o la muerte interrumpirá su carrera? En esta disyuntiva está también en juego el destino de la nación...

17. El Profeso y los coptos, en preparación. Sinopsis: La decapita-ción de cristianos egipcios a manos de la Yihad ha puesto el foco informativo sobre el pueblo de los coptos. Son los mártires del siglo XXI, pro-clamados por Su Santidad el papa Francisco I. El descubrimiento extra-ordinario de una tumba de oro bajo el suelo de la cripta de la iglesia más antigua de Egipto de San Sergio, en el barrio copto de El Cairo, donde vivió escondida la Sagrada Familia durante  tres meses, necesita una confirmación que solo se encuentra en España, en el monasterio del Es-corial. ¿De quién es la tumba?  ¿Acaso podría ser la de Federico Hohenstaufen, el rey de Sicilia quien quiso ser enterrado en ese lugar? ¿Se pue-de dar la noticia al mundo en medio de tanta inseguridad? Los robos de un manuscrito religioso único del siglo VI en el museo copto de El Cairo y de otro en el monasterio de Santa Catalina en el Sinaí, que depende del patriarcado griego ortodoxo de Jerusalén, obligan a Sus Beatitudes los patriarcas de Alejandría, el papa copto Teodoro II y al de Jerusalén, Teófilo III a solicitar ayuda a Francisco I. ¿Quién está detrás de estos ro-bos, seguramente por encargo? Parece obra del Imam, pero el Imam está muerto, fue ejecutado, ¿o no? Hace falta encontrar un hábil investigador de la Iglesia, alguien que conozca la historia de esa gran civilización cris-tiana y sienta respeto por ella. Este es el marco en el que tendrá que desenvolverse el Profeso, Giangaleazzo Ruspoli, para recuperar los manuscritos robados y para hacer justicia, antes de que el hallazgo de la tumba sea desvelado a la comunidad cristiana y al mundo, despertando nuevas amenazas. Esta nueva entrega, la décimo séptima de la serie es la continuación de El Profeso y la masonería, pues Giangaleazzo, ahora vicepresidente de los Estados Unidos de Norteamérica, ayudado por su inseparable compañera Zoraya acudirá a la llamada del Papa, a título personal por obvias razones, para recuperar los manuscritos robados y hacer justicia a los coptos. Sin embargo los acontecimientos se encorvarán de forma terrible, involucrando a su hija Ginebra y a su fiel colabo-rador Flash Gordon. 



Por último hay que señalar otra novela histórica ambientada des-de la edad media hasta la moderna, El Confaloniero, cuyo personaje principal, Galeazzo Marescotti, héroe de Bolonia, por sus extraordina-rias virtudes, es el inspirador del personaje de Fray Gian Galeazzo Rus-poli. Los Marescotti se entroncaron con los Ruspoli en la edad moderna y los Ruspoli actuales descienden de ellos. Más que una novela histórica se trata de historia novelada, porque la vida de Galeazzo Marescotti es rigurosamente cierta y documentada, en particular en el libro de historia Retratos, Anécdotas y secretos de los linajes Borja, Téllez-Girón, Marescotti y Ruspoli del mismo autor, editado por la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía en mayo de 2011. Otro libro de historia, Los Bellegarde de Saint-Lary ya terminado, se editó digitalmente y se publicará en papel con la misma Academia. Antes de terminar, quiero señalar otros dos libros, Orientalia, un análisis antropo-lógico de una treintena de países de Oriente, y la Comunidad de Pro-pietarios, un libro divertido sobre mis experiencias como arquitecto, aún inédito.

18. El Confaloniero. 535 páginas en formato A5, 88.300 pala-bras. Sinopsis: es la epopeya medieval vivida por un poderoso linaje italiano de origen escocés, los Marescotti, descendiente del clan Douglas. El primero del linaje, Mario Escoto, hermano de Guillermo, conde Dou-glas y primo del Rey de Escocia, fue valido del emperador Carlomagno, salvó la vida al Papa León III, fue declarado Defensor de la Fe, nombrado Caballero Aurato, Senador de Roma, etcétera y hasta recibió el Anillo del Pescador en agradecimiento a su heroísmo. El emperador Carlomagno en agradecimiento a sus servicios militares le otorgó el rico feudo del condado de Bagnocavallo. El relato de las hazañas de los Marescotti abarca un periodo de seis siglos, al principio con los relatos de su con-dado y luego en Bolonia, y en el mismo hay temas de religión, historia, política, duelos, batallas, arquitectura, medicina, retos, desafíos, magia, esoterismo, superstición, locura, traiciones, torturas, reliquias, amor, etcétera. Los Marescotti, además, fueron los pioneros en Italia a estable-cer una relación especial con los judíos en la época feudal, acordando su plena integración en la vida pública del condado. 


Finalmente, para mayor detalles acerca de todos mis libros, nove-las históricas, relatos cortos, cuentos, arqueología, biología, cultura, economía, esoterismo, genealogía, grandes músicos, historia, ingeniería, juegos de naipes, jurisprudencia y legislación, marketing, política, vida sana, etcétera, recomiendo la lectura de mis blog que cuentan con más de 50.000 lectores y más de 800 artículos.

https://carloemanueleruspoli.blogspot.com
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Mis datos figuran también en las web que se reseñan a continua-ción:
https://sites.google.com/a/carloruspoli.com/www/
http://www.carloemanueleruspoli.com/

Este es el listado de mis PUBLICACIONES:
(En negrita mis libros y las revistas; la lista de artículos, más ex-tensa, debe considerarse como una muestra).

I. "Conceptos generales sobre el comercio exterior de Espa-ña."(Ingeniería Química, 2/81). 
II. "Las Comunidades Europeas y el efecto del ingreso espa-ñol.”(Ingeniería Química, 9/84).
III. "Tipos de contratos en ejecución de industrias." (Alimentación, Equipos y Tecnología, XI/XII- 1986).
IV. "Actividades de la sección de tuberías en una sociedad de ingenie-ría." (Alimentación, Equipos y Tecnología, III/IV- 1988).
V. “Budapest, un día por los caminos de Raúl Wallemberg.” (Hospi-talarios, XII- 2001).
VI. “Desigualdad y tele-visibilidad.” (La Galera, I- 2002).
VII. Los Marescotti Ruspoli (Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía (RAMHG)  Web y Anales de la Real Academia).
VIII. San Francisco de Borja, Patrono de la nobleza española. (R.A.M.H.G. Web y Anales de la Real Academia).
IX. Don Emanuele Ruspoli, I principe di Poggio Suasa. (R.A.M.H.G. Web y Anales de la Real Academia).
X. Una docena de artículos históricos en La Moda en España. Cola-borador de la revista.
XI. "Retratos. Anécdotas y secretos de los linajes Borja, Téllez-Girón, Marescotti y Ruspoli" (2011 Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía). ISBN 9788488833068 y edición digital. (Kindle de Amazon).
XII. "Asesinato en el Letrán” (2012 Palibrio, Indiana, EE.UU.) ISBN 9781463317607 & ISBN 9781463317614. Edición papel y digital.
XIII. "El Confaloniero" (2012 Palibrio, Indiana, EE.UU.) ISBN 9781463317669 & ISBN 9781463317676. Edición papel y digital.
XIV. "El Profeso. Una epopeya de un héroe en la Edad Media" (2012 Palibrio, Indiana, EE.UU.) ISBN 9781463317485 & ISBN 9781463317508. Edición papel y digital.
XV. "El Profeso en Tíbet" (2012 Palibrio, Indiana, EE.UU.) ISBN 9781463317683 & ISBN 9781463317690. Edición papel y digital.
XVI. "Muerte de Profesos" (2012 Palibrio, Indiana, EE.UU.) ISBN 9781463317638 & ISBN 9781463317645. Edición papel y digital.
XVII. "Orientalia. Antropología, cultura, religión, historia y leyen-das de Oriente" (2012 Palibrio, Indiana, EE.UU.). ISBN 9781463317829 & ISBN 9781463317836. Edición papel y digital (Kindle de Amazon).
XVIII. “Los Bellegarde de Saint Lary. Un linaje de Saboya por el mundo”, edición digital. (Kindle de Amazon), pendiente de publi-car con la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía.
XIX. “El Profeso y el diablo”, edición digital. (Kindle de Amazon), pendiente de publicar.
XX. “El Profeso y la monja”, edición digital. (Kindle de Amazon), pendiente de publicar.
XXI. “El Profeso y el Emperador”, edición digital. (Kindle de Amazon), pendiente de publicar.
XXII. “La hija del Profeso, edición digital. (Kindle de Amazon), pen-diente de publicar.
XXIII. “El Profeso y el Grial”, edición digital. (Kindle de Amazon), pen-diente de publicar.
XXIV. “El Profeso y los Borgia”, publicado por Trigo Ediciones, 10/2014, ISBN 978-84-89787-51-3.
XXV. “La Comunidad de Propietarios”, pendiente de publicar.
XXVI. “El Profeso y el chamán”, pendiente de publicar.
XXVII. “El Profeso y el opio”, publicado por el grupo editorial Sial Pigmalión, 6/2014, ISBN 978-84-15916-60-04.
XXVIII. “El Profeso y la yakuza”, pendiente de publicar.
XXIX. “El Profeso y el dragón”, pendiente de publicar.
XXX. “El Profeso y la masonería”, publicado por el grupo editorial Sial Pigmalión, 11/2014, ISBN 978-84-15916-79-6.
XXXI. “Crónicas de mi blog”, edición digital de una selección de cien artículos disponible en el mismo blog.
XXXII. “El Profeso y la parapsicología”, publicado por el grupo editorial Sial Pigmalión, 5/2015, ISBN 978-84-16447-11-4.
XXXIII. “El Profeso y los coptos”, en preparación.

Esta presentación se actualiza periódicamente. La novela “El Profeso y el opio” recibió el premio Escriduende 2014 de novela histórica en la Feria del Libro de Madrid y la “El Profeso y la masonería” ha sido galardonada con el premio literario internacional Rubén Darío 2015. La hija del Profeso ha recibido el premio internacional de literatura de la editorial Sial-Pigmalion.
A continuación, las portadas de algunos de los libros:







 

 
 

 

 








 


martes, 12 de enero de 2016

Don Emanuele Ruspoli, por su bisnieto Carlo Emanuele Ruspoli

Este artículo fue publicado en el Volúmen XVI del año 2013 de los Anales de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía.


Tercera página del volúmen, 

Separata con el artículo 
Primera página del artículo


Este es el texto original:

En Palacio Ruspoli  hay expuesto un lindo cuadro con dos elegantes señoras, todas revestidas de un crujido de sedas y de una nube de encajes: la madre, princesa de Liechtenstein, coge de la mano a su hija de 15 años, princesa Leopoldina Khevenhüller Metsch, ambas peinada a la moda de la reina María Antonieta de Francia, de la que fueron contemporáneas, con unas grandes pelucas. La joven Leopoldina se casó con Francisco Ruspoli, tercer príncipe de Cerveteri, viudo y doce años mayor que ella. Los chismorreos de la familia afirman que la noche de boda, Francisco se había vestido cómodamente, con una chaqueta de cámara y fumando en el estudio su inseparable puro, cuando su criado de confianza vino y le dijo: «Excelencia, me permito recordaros que la princesa os espera en su cuarto.» «Gracias, José, por habérmelo recordado.» contestó el príncipe que sin prisa apagó el puro, se arregló y alcanzó la joven esposa. Ella quedó en seguida embarazada y luego en secuencia dio a luz nada menos que siete hijos, el último de los cuales nació en el año 1800 y fue llamado Bartolomé.
Palacio Ruspoli en el siglo XVIII

Palacio Ruspoli en la actualidad
En aquellos años, Napoleón I  estuvo luchando en su primera campaña victoriosa contra los austriacos en la Italia del norte. Las familias de la aristocracia romana habían alcanzado poder y riquezas sirviendo durante siglos a la Sede Apostólica, por ello consideraban a Napoleón como un peligroso alborotador contra el orden constituido. Su cobardía fue tal que fingían ignorarle y no pronunciaban siquiera su nombre. Dado que pertenecía a una noble familia vinculada al papa, el joven Bartolomé no fue autorizado a interesarse a ideologías políticas. Pero sus padres no se ocuparon directamente de su educación, de la que estuvieron a cargo preceptores de confianza, durante las horas de estudio. Así que, recorriendo el palacio, el joven escuchó los discursos de la servidumbre y de los visitantes y paulatinamente empezó a formar su idea, aún indefinida, sobre Bonaparte y sobre los principios de libertad, igualdad y fraternidad. Su sentido de independencia y su curiosidad fueron ignorados por sus padres y sus preceptores. De aquí nació, aunque vagamente,  aquel embrión de liberalismo y de democracia y por consiguiente aquel espíritu del italiano rebelde contra el Estado de la Iglesia, que posteriormente impregnó las acciones de la rama Ruspoli de Poggio Suasa, de la que justamente Bartolomé es el jefe de línea.
Para complacer a su padre, Bartolomé se incorporó en el ejército pontificio y, al alcanzar el grado de capitán, fue enviado para mandar el presidio de la ciudad de Ancona. Y allí cometió el primer acto de insubordinación hacia la familia, casándose por amor con Carolina Ratti. Carolina fue una hermosa y dulce criatura, pero no pertenecía a la grande aristocracia y sobretodo no era la mujer elegida por los futuros suegros, tal como se acostumbraba en aquella época. Pero, como ocurre a menudo, resultó ser un excelente matrimonio y la pareja se mantuvo unida durante  toda la vida. En seguida después sucedió otro episodio aún más discutible: la plaza de Ancona fue sitiada por el ejército franco-piamontés, y en lugar de oponer resistencia, Bartolomé abrió las puertas de la ciudad al enemigo. Convocado ante un Consejo de Guerra, se defendió con éxito declarando: « El enemigo contaba con 2000 soldados y 100 cañones, mientras que yo mandaba 200 hom-bres sin artillería. Mi conciencia me impuso evitar la destrucción de la ciudad y la masacre de la población.» Tal vez su alma se sintió en aquel momento más italiana que pontificia, no obstante su decisión fue considerada savia, dadas las circunstancias y entonces le fue asignado el mando del castillo del Santo Ángel en Roma . Era la emblemática fortaleza vaticana  y cárcel de los presos políticos. Pero cuando le pidieron de confirmar la orden de ejecución de un patriota romano, no quiso seguir adelante. Prefirió dejar el mando, presentó su renuncia al servicio de la Sede Apostólica y se marchó de Roma para enrolarse en  el ejército piamontés para participar en las guerras del Resurgimiento italiano. Carolina, que en aquel momento estaba embarazada de Emanuele, le animó y le apoyó moralmente. Transcurrieron más de veinte años, Bartolomé se portó con honor, fue condecorado repetidamente y al final, herido y paralítico en ambas piernas, quiso ser llevado a primera línea en una silla de ruedas. Con este valor mereció una última medalla, pero al mismo tiempo ¡ay! su fiel sirviente no obtuvo ningún reconocimiento, ¡mientras empujaba la silla, medio muerto por el miedo!
La vida de Doña Carolina no fue fácil, pues vivió en Palacio Ruspoli en Roma, salvo alguna visita secreta a su marido en el Norte, porque fue mujer de un gibelino en una familia de fe güelfa. En este ambiente creció también su hijo Emanuele, nacido el 30 de diciembre de 1837, obligado a mostrase sumiso y obediente con los primos, mientras asimilaba de su madre con orgullo las hazañas de su padre patriota. Carolina dispuso de un apartamento dentro del palacio donde se alojó ella con sus hijos. Fue una buena madre, tuvo una visión reformadora en la formación de sus hijos, a los cuales acudió ella sola asumiendo todas las responsabilidades de su educación. Su marido estaba lejos y habiendo elegido Italia, no podía regresar a los Estados Pontificios, Francisco, tercer prín-cipe de Cerveteri murió en 1829 y le sucedió su nieto Juan, nacido en 1807. El nuevo jefe de la familia fue entonces coetáneo de Bartolomé y Carolina y afortunadamente demostró siempre afecto por su dulce tía, que con el pasar del tiempo fue cada vez más aceptada en la familia por sus cualidades de discreción y de bondad de ánimo. Emanuele creció por lo tanto en un ambiente familiar sereno y tuvo una infancia tranquila. Aprendió a leer y escribir de su madre y luego fue enviado al mejor colegio de Roma de los Jesuitas , donde adquirió conocimientos de italiano, latín, historia, geografía, matemática y ciencias naturales, demostrando ser un excelente estudiante, rápido, disciplinado e inteligente. Los Jesuitas no olvidaron, como es natural, los estudios religiosos que le impartieron en la Congregación Mariana de los Nobles. Esta tenía su sede en la Capilla de los Nobles contigua a la Iglesia de Jesús, por lo que el colegio, la iglesia, la capilla y el seminario ocu-paban una manzana entera de la ciudad.
Luís, hermano mayor de Emanuele, era aficionado a la equitación y seguía la caza del zorro en el campo romano, actividad deportiva y venatoria instituida desde 1838 por un noble inglés, Lord Chesterfield, residente a Roma por razones de salud. Emanuele nunca fue socio de la sociedad romana de la caza del zorro, pero montando uno de los hermosos caballos de silla de las cuadras de palacio, recorría el Corso hasta la plaza del Pueblo y extra muros la vía Flaminia hasta uno de los puentes romanos más antiguos e importantes sobre el Tíber, llamado entonces puente Mollo  y actualmente puente Milvio, por el nombre del magistrado Molvius que autorizó su construcción en mampostería en el siglo IV o III antes de Cristo. Allí frecuentó una escuela de natación y de remo, fortificando su cuerpo. Su semblante fue alto y delgado, porque había crecido de prisa y con el deporte había logrado una complexión atlética. Su nariz, etrusca típica de la familia, los ojos oscuros y  alegres, su pelo ondulado de color moreno cobrizo, le habían convertido en un hombre muy guapo.
En 1855 se inscribió a la facultad de jurisprudencia en el Studium Urbis de Roma , donde cursó tres años de estudios y trabó amistades peligrosas. En aquellos años en efecto toda la península estaba atravesada por movimientos irredentos: hombres de pensamiento, seguidos por numerosos patriotas, formaron dondequiera sectas secretas, que se llamaron de los carbonari . En ellas se conspiraba contra los señores que gobernaban los múltiples pequeños estados que dividían a Italia, originando manifestaciones y movimientos sediciosos. También en Roma hubo un intento de crear la República romana, que fracasó míseramente y fue ahogado en la sangre. Emanuele era el hijo de un patriota italiano que luchaba contra Austria, aliada de la Iglesia, así que no le fue difícil introducirse en el ambiente de los carbonari romanos. Hasta aquel momento, había demostrado su espíritu del resurgimiento solo una vez en el teatro Argentina, donde se representó una opera lírica de Verdi, con la presencia del gran compositor. En efecto la muchedumbre había largamente aclamado y Verdi se había deliberadamente  unido a las voces que decían “Viva Verdi”,  astutamente haciendo alusión al hecho que las iniciales que formaban el nombre del compositor podían interpretarse así: “Viva Vittorio Emanuele Re D’Italia”. Pero la situación se convirtió de repente en mucho más compli-cada, pues la policía del gobierno pontificio tenía informadores en todas partes y sin dificultad había localizado a Emanuele, junto con sus amigos Caffarelli, Pianciani, Savelli y otros como miembros de una secta secreta de los carbonari. Por suerte la familia Ruspoli tenía también sus propios informadores ya que Juan, que ocupaba un alto cargo de la Iglesia, se dio cuenta de estos indicios y en seguida avisó a Doña Carolina. Ella no se perdió de ánimo y fue en seguida a visitar su amiga la duquesa de Gramont para pedir su ayuda. El duque de Gramont era embajador de Francia ante la Sede Apostólica y tal vez no hubiera autorizado una intervención, pero no fue informado, porque la duquesa estuvo en todo, proporcionando a Emanuele una librea de la embajada. Así disfrazado, con una bolsa de táleros atada a la cintura, Emanuele montó a caballo y salió al galope de los Estados de la Iglesia para reunirse con su padre en un lugar más allá del río Po. La vida de Emanuele así tomó un cariz decidido: desde una infancia y una juventud mimada,  porque había crecido en un tranquilo ambiente familiar, hasta de repente el comienzo de una serie apremiante de acontecimientos azarosos, atrevidos, heroicos, amorosos, políticos tales de superar la capacidad de imaginación de un genial novelista.
Bartolomé, feliz y orgulloso de volver a ver a su hijo determinado a seguir sus hue-llas, le exhortó a alistarse como simple artillero en el ejercito piamontés y la sangre de lejanos antepasados reapareció, pues Emanuele se convirtió en un combatiente audaz y valiente. No luchó durante mucho tiempo como soldado raso, ya que se ganó la promoción a oficial en el campo de batalla por los meritos adquiridos. Durante un bombardeo austriaco, su batería de  obuses de campaña quedó sin oficiales: muertos el capitán y el teniente y gravemente herido el tercer oficial. Había que ajustar le tiro para luchar contra el fuego de los cañones enemigos, pero excepto por los oficiales, ningún subordinado entendía de trayectorias y de alcances de tiro. Emanuele había destacado entre los demás artilleros por su educación superior y fue natural que ante el enfureci-miento de la batalla, le fue pedido que tomara el mando de la batería. Entonces mandó elevar unos grados más los obuses para no golpear el campo de batalla, sino más atrás, la batería de los cañones austriacos. La maniobra tuvo éxito y la artillería enemiga fue silenciada.  Fue así que le promovieron a teniente en el acto y posteriormente le or-denaron ir a Turín para un curso de seis meses en la Escuela de Estudiantes para Oficiales. Cuando regresó al frente, participó al sitio y la conquista de Civitella del Tronto, ganando una medalla al valor. Sirvió al ejército durante cuatro años luchando las batallas del Resurgimiento y estas experiencias sirvieron para formar su carácter disciplinado, duro y autoritario. Fue entonces cuando su padre Bartolomé, que debido a la explosión cercana de una granada había sufrido una grave lesión que le había dejado paralítico de cintura para abajo, lo mandó trasladar al mando de la segunda división, gracias a sus méritos como heroico combatiente y gran patriota que le habían ganado la amistad del general duque Eugenio de Carignano, un Saboya primo del rey Víctor Emmanuel II. Al comando de la división, Emanuele se encontró nuevamente con su padre que no veía hace mucho e intentó disimular su emoción, así como su horror al verle tan disminuido. Bartolomé se dio cuenta y sintió una gran ternura: pero eran hombres fuertes y valientes, así que se abrazaron y empezaron a relatar sus reciprocas aventuras militares. Después de esto, fueron recibidos por el general. Este, después de los saludos habituales, así habló a Emanuele: «Capitán Ruspoli, estoy informado de su currículo militar y me complacen el sentido de disciplina, honor y bravura que usted ha demostrado en cada ocasión. Pero, sin quitar nada a sus méritos militares, considero que en este momento puede usted ser más útil a su país de una forma distinta, más delicada y probablemente más difícil. Me explico: el presidente Minghetti me ha pedido de elegir un oficial digno de una misión de confianza. No puede emplear un diplomático, en efecto, debido al máximo secreto de la misma misión. El País necesita una persona que tenga los requisitos siguientes: oficial en licencia, soltero, inteligente, posiblemente aristócrata y sobretodo bilingüe: su padre me ha informado de su conocimiento perfecto del francés. Si usted acepta, le concederé en seguida la licencia y le enviaré en seguida a Turín, donde el presidente Minghetti en persona le informará de todos los pormenores.» Emanuele se sintió orgulloso y curioso. Pero, por encima de cualquier otra consideración era un buen patriota, dispuesto a servir a su país de cualquier modo le fuera pedido. Así que contestó: « Agradezco, señor general, sus expresiones de estima y me declaro dispuesto para servir a la Patria hoy y siempre con todas mis capacidades.»
Así que, mientras que Bartolomé volvía a Roma con Carolina, disfrutando del in-dulto concedido por el papa Pío IX por intercesión de Juan Ruspoli, Gran Maestre del Sacro Hospicio Apostólico, Emanuele se presentó ante el presidente del Consejo de ministros Marcos Minghetti, que hacia poco había sucedido al Conde de Cavour, el gran político artífice de la unidad nacional, diplomático genial y gran tejedor de alianzas. Minghetti había recogido de Cavour y desarrollado la siguiente idea. Rumania había sido recientemente unificada y logrado su independencia bajo la guía del príncipe Cuza-Voda, quien reinaba sobre Valaquia y Moldavia, pero Transilvania, más de la mitad del territorio nacional, estaba todavía bajo el control del emperio Austro-Húngaro. Mientras que el rey Víctor Emmanuel II, con la ayuda militar de los franceses, luchaba en el frente occidental para liberar la Lombardía y el Veneto del dominio de Viena, una acción combinada en el frente oriental habría cogido el emperio entre dos fuegos,  obligándolo a  desplazar divisiones, a prolongar las distancias, a tener que resolver difíciles problemas de abastecimientos, a aligerar de una vez la presión sobre el frente italiano. Naturalmente una insurrección de los disidentes rumanos de Transilvania tenía que estudiarse atentamente sea por sus aspectos políticos que por los estratégicos. Tal vez el príncipe Cuza-Voda ya había pensado en esta posibilidad. Minghetti sabía que era necesario conquistar la confianza del príncipe y conocer sus intenciones en gran secreto, es decir, sin recurrir a los acostumbrados canales diplomáticos. De tal forma Viena no se hubiera enterado de una trama que podría haberla dañado seriamente. Si el príncipe se hubiera demostrado receptivo, entonces habría que resolver el problema de las ayudas al movimiento insurrecto de los rumanos de Transilvania. Llegado a aquel momento, se hubiera apelado a las cancillerías de media Europa. ¿Por qué habían elegido a Emanuele para esta misión secreta? Porque un príncipe romano podía llegar a Bucarest como un rico turista, conocer a los personajes más significativos, conseguir así el prestigio para obtener una audiencia con el príncipe Cuza-Voda  y lograr ganar su confianza. Emanuele aceptó sin dudas la misión que Italia le confiaba, recibió entonces una carta personal del rey Víctor Emmanuel II para entregar directamente en las manos del príncipe Cuza-Voda y fue provisto de un elegante guardarropa de hábitos civiles, divisa y cartas de crédito. Nadie, ni siquiera de su familia, pudo estar al corriente de la misión. Emanuele era un lector asiduo deseoso de incrementar su cultura, por lo que se proveyó de una pequeña biblioteca que incluía libros de historia, de ciencias políticas y de poesía. Cuando estuvo listo, se embarcó en Génova directo a Salónica y desde allí, a través de Grecia y Bulgaria llegó a Rumania. Fueron en total doce días de viaje, la mitad por mar y la otra en carruaje. El viaje preveía un día de parada en el Pireo, que le permitió visitar la Acrópolis de Atenas. Recordando sus estudios clásicos, recorrió de nuevo las huellas de la ciudad de Péricles y quedó fascinado por las ruinas que hoy todavía son testigo de la grandeza de una cultura que dio origen a nuestra civilización. El atravesamiento de Bulgaria fue de escaso interés, pero al final alcanzó la orilla meridional del Danubio, el río más largo que hubiera jamás conocido y que cruzó con el trasbordador que conectaba Giurgiu a Rose. En primavera el campo le pareció acogedor, muy verde por los campos de trigo aún sin dorar por el sol y lleno de flores de los albores de ilimitados frutales. Sin embargo Bucarest, sobre todo en su periferia meridional, le pareció como un suburbio muy amplio, con casas la mayoría de madera de dos o tres plantas, alineadas a lo largo de calles estrechas y tortuosas.  Pero al llegar al centro de la ciudad, descubrió al contrario, un fervor de obras, con numerosas construcciones de mampostería de estilo neoclásico. Los arquitectos e ingenieros de la nueva Bucarest habían cursado sus estudios en la Ecole Polytechnique de Paris y se inspiraban en ejemplos franceses contemporáneos. Así también la gente de buen nivel social estaba impregnada de la cultura francesa y hablaba perfectamente aquel idioma. ¡Se puede decir casi que el rumano se utilizaba solo para dar órdenes a la servidumbre! Para Emanuele había sido reservado un apartamento en el Bucuresti Grand Hotel , elegante y decorado con gusto, que estaba localizado casi en frente del palacio real. La llegada del ilustre huésped despertó curiosidad e interés, no solo porque era extranjero, en aquel tiempo había muy pocos por Bucarest, sino porque era europeo, un rebelde romántico y un perseguido político. Digno vástago de la sangre errante de Mario Escoto, Emanuele no se preocupó para nada y en seguida se convirtió popular con la buena sociedad de Bucarest, que se consideraba occidental, pero tenía marcadas características orientales. Además el hecho que Emanuele no podía regresar a su ciudad porque la policía pontificia le habría detenido en seguida, despertaba una fuerte emoción. En aquel país griego-ortodoxo un católico en contra del papa era muy admirado y respetado casi como un héroe. En palacio real  Emanuele se enteró que el príncipe no podía concederle audiencia hasta su regreso a Bucarest, pues estaba ocupado con un viaje de dos meses por las provincias del reino. Después de largas dominaciones del imperio Otomano antes y de los Hasburgo después, las provincias liberadas carecían completamente de los servicios esenciales y estaban muy mal administradas. Apenas se había empezado un proceso para crear la estructura administrativa del nuevo estado y la pobreza de la clase campesina hacía serpear aquí y allá movimientos sediciosos. El príncipe Cuza-Voda era amado por ser artífice de la independencia y con su presencia y sus promesas,  inflamaba los ánimos y despertaba el orgullo nacional. Pero Emanuele no tardó en comprender la situación y darse cuenta de la dificultad de su misión. Mientras, no obstante, tenía que aparentar como un rico turista, así que él, hermoso y atrevido, se convirtió en el soltero más cotizado de Bucarest. No se puede afirmar que fuera insensible a los contactos femeninos, pero, aún en el caso de que coqueteara, siempre estuvo precavido de no involucrarse. Así pasaron los dos meses y el príncipe Cuza-Voda regresó a Bucarest. Emanuele logró la audiencia y tuvo al fin un encuentro privado con el príncipe. El soberano leyó con atención la carta del rey Víctor Emmanuel II, mostrándose en seguida muy cordial y a disposición del huésped italiano. Con la premiosa que hubiera podido dedicarle solo una media hora, el encuentro se prolongó con una conversación franca como la reservada para los amigos. El rey le expresó: «Rumania, habiendo con-seguido su independencia, atraviesa momentos dramáticos. Necesito un largo periodo de paz para construir el Estado. Como nación, nos falta de todo. Nuestro tesoro está triste-mente vacío. Somos un país agrícola con amplias posibilidades productivas, pues el trigo y la fruta podrían alimentar una importante exportación, pero hoy  esto es imposible, porque antes tenemos que conquistar los mercados internacionales. ¿Se da cuenta, príncipe Ruspoli, que la cosecha de manzanas se utiliza en parte para alimentar cerdos y en parte se deja pudrir en los árboles, porque lo necesario para consumo interno solo necesita una parte mínima? No, no necesitamos ayudas militares. Necesitamos de la confianza de los grandes países europeos que nos ayuden con inversiones técnicas y financieras, a construir carreteras y ferrocarriles, una red de comunicación telegráfica y por último contribuyan a la creación de astilleros en Costanza, tan pronto como hayamos conseguido la anexión de la Dobrugia. Rumania, príncipe Ruspoli, es mi apuesta con el destino. Mas yo no aflojo en mi empeño: algún día esta será una gran nación.»   «Alteza» contestó Emanuele « he entendido bien el mensaje y por lo que está en mis posibilidades, no dejaré de trasmitirlo a nivel político. Pero no se que ayuda puede ofreceros mi patria, que está combatiendo duramente para unificar la península y crear a Italia. Yo mismo, después de esta vacación en vuestro entrañable país, ¡tengo que regresar al ejercito para cumplir hasta el final con mi deber!» Su misión no había obtenido el efecto esperado, pero Emanuele no tenía nada que reprocharse. Así que, al regresar al hotel, empezó a escribir tarjetas de agradecimiento y despido a las decenas de personas de la mejor sociedad local que había frecuentado durante su estancia en Rumania, cuando recibió una invitación inesperada de la princesa Catherine Conaki-Vogoridès para una breve estancia en su castillo de Sinaia  en las laderas meridionales de los montes Cárpatos. De origen griega, con pelo y ojos muy negros, con una piel de marfil, con un cuerpo espléndido de porte real, Emanuele se había fijado en Catherine desde su primer encuentro. Se habían visto varias veces durante las recepciones y habían hablado largamente: ella quiso saber todo de la vida de Emanuele, y él, tal vez con un poco de vanidad, siendo además un buen conversador, no se había hecho de rogar para relatar algunos episodios. Pero se sabe, ¡tenía solo veinticinco años y un pasado tan azaroso! « ¿Por qué no prolongo mi estancia de una semana o dos? » pensó, sabiendo que no se perdería la invitación ni por todo el oro del mundo. Y así, con un ligero equipaje, se presentó en el castillo de Sinaia. Construido al final del siglo XVIII, era un término medio entre una residencia de campo y un castillo, inmerso en una selva enorme de alerces y abetos. La decoración interior delataba el origen de la familia Conaki proveniente de la Anatolia: había frescos de personajes masculinos con turbantes, con pantalones blancos abultados, con babuchas de punta curvada con pompones de varios colores, con barba y bigotes enormes que les hacían parecer a personajes salidos de “Las mil y una noche” y luego de peonajes femeninos que parecían odaliscas veladas, con un fondo de jardines llenos de flores y de fuentes. «El Oriente no se junta tan fácilmente al Occidente, pues la fantasía aún forma parte de sus vidas », pensó Emanuele. En el castillo había otros invitados, dos parejas que Emanuele había conocido en Bucarest. Catherine hacía los honores de casa, habiendo dejado el marido y sus dos hijas en su residencia de la ciudad. Ella deseaba, de vez en cuando, separarse de la familia, yendo a su castillo cerca de los Cárpatos, para templar su cuerpo y su espíritu. Pero esta vez tenía en su mente un proyecto muy claro, porque estaba locamente atraída por Emanuele. En cuanto a él, no era el tipo para tiernas languideces: el amor por una mujer, por muy intenso que fuera, en el pasado nunca le había distraído de su independencia y de sus proyectos como patriota y combatiente. También en aquel momento tenía sus programas, anhelando un futuro político en una Italia unificada. Después de la anexión del reino borbónico de las Dos Sicilias, solo faltaban a la unión de Italia una parte del Veneto y el Lacio, que, junto con Umbría era lo que quedaba de los estados de la Iglesia. Emanuele no veía el momento de reanudar su lucha hasta la victoria final. En el castillo reinaba una atmósfera de cuento. La noche tarde, después que los otros huéspedes se retiraran, Catherine y Emanuele quedaron solos ante las vivas llamas de la chimenea. Él sintió surgir dentro un sentimiento nunca probado antes por aquella extraordinaria criatura. ¿Acaso se trataba del ambiente exótico? No supo decirlo, solo se enteró se ahogaba en un mar de placer y que nada le importaba más. Así que se relajó y pronto alcanzó una satisfacción de los sentidos nunca experimentada antes. Desde aquel día Catherine se convirtió no solo en su amante, sino también en su amiga y compañera: tenía el don de saber como volver completa la existencia de un hombre, pues sabía crear una perfecta armonía. Ella se ofreció a Emanuele en alma y cuerpo y decidió en aquellos días dejar a la familia para empezar una nueva vida a lado de su príncipe romano. Arrolla-dos por la pasión, ambos actuaron impulsivamente. Indiferente al escándalo, la primera dama de Bucarest dejó a su marido, sus pequeñas hijas y su país para seguir a Emanuele, que a su regreso en Italia reanudó la vida militar y fue enviado al frente. Catherine fue siempre una perfecta compañera y siguió a su hombre hasta en las campañas de guerra, de acuerdo con una tradición oral de la familia, se cortó su largo pelo negro y se vistió de ordenanza para estarle cerca bajo la tienda. Vivieron pues durante muchos meses como José y Anita Garibaldi. Pero todo ello afortunadamente terminó, ya que en 1864 el marido de Catherine falleció. Ella entonces se convirtió a la fe católica y en junio de aquel año se casó con Emanuele. Durante su breve vida conyugal dio a luz a Constantino en 1865, Eugenio en 1866, Mario en 1867, Catarina en 1868 y Margarita en 1870. Y murió de fiebres puerperales después del último parto en febrero de 1870. Esta infeliz mujer había agotado su vida en pocos años, sacrificando todo para su gran amor. Una mujer verdadera, con toda aquella ternura, sensualidad, volubilidad, calor y terco amor que formaron parte de ella. Para Emanuele fue un ser único y quedo desconsolado al recordar su breve y tormentosa existencia. Pero, respetuoso de la disciplina militar, siguió con su vida de oficial del ejército piamontés y formó parte brillantemente de la división Médicis en la guerra del 1866 y todavía seguía luchando a la muerte de Catherine. Después del matrimonio, Emanuele no había podido ofrecerle la ciudad de Roma y un digno puesto en aquella sociedad. Solo Dios sabía cuanto habría deseado hacerla conocer en su ambiente, pero era un exiliado político y había tenido que establecer la residencia de la familia en Senigallia a la orilla del mar Adriático, donde poseía un palacio y donde se reunía con su mujer para encuentros amorosos rápidos y vertiginosos. Cada año Catherine volvía a Bucarest para ver a sus hijas del primer matrimonio y para cuidar de sus intereses patrimoniales, pero el resto del tiempo lo dedicaba enteramente a los hijos de Emanuele, que crecían sanos y fuertes criándose en la finca de San Lorenzo en Campo  en la finca que llevaba el nombre de Poggio Suasa por una antigua ciudad de época romana, cuyas ruinas todavía se podían advertir. Emanuele estuvo presente en el  nacimiento de su quinta hija Margarita, que causó una gran preocupación al médico que la ayudaba. Fue un parto difícil y la madre agonizó entre los brazos de su adorado marido que la asistía con el corazón desgarrado por el dolor. Su Catherine había fallecido y el sintió que nunca habría podido amar a alguna otra mujer con el mismo arrojo. Los tres hijos varones tenían respectivamente cinco, cuatro y tres años, Catarina de un año y medio y Margarita de solo dos semanas. ¡Cuantos angustiosos problemas para un joven viudo! Pero las dificultades de la vida habían ya formado aquel carácter fuerte, que muchos lastimaron, de hombre poco flexible y de excesiva dureza.  Y en aquel momento fue justamente su carácter que le ayudó, estando solo con cinco hijos para componer antes de volver a su regimiento al término de su licencia. ¿Acaso trasladar los hijos a Roma? Imposible pensar en esta solución, en Senigallia había personal de servicio, elegido cuidadosamente por Catherine, la niñera para la recién nacida y un excelente superintendente para el control de la casa. Entonces pidió a su madre de reunirse con ellos y ella aceptó con cariño porque se trataba de una breve estancia en el Adriático ya que la anexión de Roma era, según decían, inmi-nente.
Emanuele regresó entonces a su batallón, con la seguridad de haber resuelto sus problemas domésticos lo mejor posible, justo a tiempo para participar a la marcha victoriosa del ejercito piamontés para la conquista de la Ciudad Eterna. Napoleón III había retirado de Italia las tropas francesas, que habían flanqueado los piamonteses en las victorias de Solferino y de Magenta, porque la Francia estaba duramente comprometida con el flanco alemán. Pero, aunque este flanco no hubiera existido, tal vez hubiera intentado detener un ataque al poder temporal de los pontífices. No obstante no pensó así Víctor Emmanuel II , que quiso completar cuanto antes la unificación de la península. En efecto, superada una endeble resistencia del ejército pontificio, la armada piamontesa tuvo vía libre y se presentó delante de los muros de Roma. Dado que los defensores de la  ciudad rehusaron abrir sus puertas, el comando piamontés decidió abrir una brecha a cañonazos. El 20 de septiembre de 1870, elegido un lugar a unos cien metros de la Puerta Pía, insigne monumento arquitectónico creado por la fantasía de Miguel Ángel y que de ninguna manera podía ser dañado, fue puesta en posición una batería de obuses, que con poco cañonazos abrió la histórica brecha. No hubo esparcimiento de sangre. Las tropas pontificias se rindieron y las piamontesas entraron y ocuparon la ciudad hasta la orilla izquierda del Tíber, mientras que los soldados aún fieles al papa se refugiaron en la orilla opuesta manteniendo el control del Vaticano y del castillo del Santo Ángel, con la autorización implícita del mando piamontés. Junto con los primeros Bersaglieri, entró por aquella brecha también el mayor de artillería Emanuele Ruspoli, con un nudo en la garganta por la emoción. Volvía en efecto a su ciudad once años después de haber huido de ella como perseguido político. Reveía calles y plazas queridas para su memoria, en medio a un jolgorio de muchedumbre, que le apretaban por todas partes para un abrazo afectuoso y pensó: «He aquí mi ciudad, tengo que dedicar mis energías para renovar esta ciudad que está por convertirse en capital de la joven nación italiana.» Todavía no tenía ganas de encontrarse con su primo el jefe de la familia y Gran Maestre del Sacro Hospicio Apostólico, aunque deseaba volver a abrazar a su padre. En lugar de ir a palacio, siguió así deambulando por las calles sin una meta en particular. En todas partes la gente le saludaba y aclamaba el uniforme italiano, demostrando con cuanto anhelo habían esperado la liberación. De repente Emanuele se encontró delante del Círculo de la Caza: este círculo, fundado por los socios de la caza del zorro el año anterior, estaba atestado de hombres de cada edad, que comentaban el día histórico que estaban viviendo. Emanuele no era socio, pero al aparecer delante la entrada con el glorioso uniforme, fue convidado a entrar y subir a la planta superior donde los socios más jóvenes le aplaudieron, mientras, a decir la verdad, los mayores, testarudamente papistas, prefirieron ignorarle. Entre los jóvenes, Emanuele vio algunos amigos de la infancia, que le sofocaron con preguntas, manifestando su entusiasmo por la unificación de Italia, le sentaron en el salón de la hospedería, le entretuvieron largamente y quisieron retar al ganador a una partida de cartas. Transcurrió así la tarde y cuando los amigos le invitaron para cenar les dijo que tenía que ir a su casa. Ya era tarde cuando se presentó en palacio Ruspoli: aquí también fue acogido con entusiasmo por el personal, con un abrazo afectuoso del padre y uno más frío del príncipe Juan. El 21 de septiembre de 1870 tuvo comienzo una nueva fase en la vida de Emanuele. Recibió un mensaje del anciano y competente duque Miguel Ángel Caetano, quien le convidó a palacio para comunicarle que había sido encargado por el gobierno italiano de formar una junta provisional de importantes ciudadanos para la administración de la ciudad. Por ello, Emanuele, con solo treinta y dos años, decidió dejar una prometedora carrera militar para iniciar una política que se reveló aún más rica de satisfacciones. Hombre de acción, ya conspirador por sus sentimientos democráticos liberales, oficial del ejercito italiano con una experiencia de diplomático, un matrimonio feliz truncado dramáticamente, puso una piedra sobre el pasado e inició la búsqueda de nuevos estímulos, porque su naturaleza le empujaba hacia los retos más difíciles.
Para controlar el traslado de la ciudad a la administración italiana, el gobierno decidió, en efecto, crear una junta provisional de gobierno para Roma, nombrando algunos eminentes ciudadanos, entre los cuales estuvo el príncipe Emanuele Ruspoli liberado de sus compromisos militares. La tarea principal de la junta fue la de asegurar el orden público y de convocar después un plebiscito popular para la adhesión de la ciudad al reino de Italia. No se perdió tiempo. La bandera italiana ondeó en el palacio del Quirinal  el 20 de septiembre. La junta tomó posesión el 24 del mismo mes y dos días después,  se enfrentaba con el espinoso problema de la enajenación de los bienes muebles e inmuebles pertenecientes a entes eclesiásticos. El 2 de octubre, por fin, se celebró el espléndido plebiscito que hizo latir de alegría cada corazón italiano, ya que casi todos los votos fueron a favor de la anexión. ¡Los votos negativos fueron menos de un uno por mil! Este éxito extraordinario fue la prueba que los tiempos ya eran maduros para el ocaso del poder temporal de los pontífices. El 8 de octubre, la junta promulgó su último decreto y acabó su mandato para ser sustituida por un comisario de gobierno. En solo doce días la junta desarrolló una labor extraordinaria, aunque Emanuele, más impulsivo que  analítico, lamentaba que no se hubieran tomado todas las medidas que el patriotismo de sus miembros le había inspirado. Para los que habían formado parte de la junta, fue el primera experiencia de gobierno de la ciudad en el momento históricamente más delicado, es decir que cuando el Vaticano se consideraba expropiado del poder temporal por el arrogante gobierno italiano, mientras que era necesario apaciguar los ánimos, imponiendo discreta-mente el nuevo curso. Emanuele empezó a estar convencido que en el futuro sería llamado para administrar su ciudad. Se puede afirmar que ningún afecto o atadura familiar le hubiera distraído de los objetivos políticos que anhelaba y que logró conseguir rápidamente y con la máxima determinación. Durante el mismo mes de octubre de 1870, una comisión romana se trasladó a Florencia para entregar al rey los resultados del plebiscito para la anexión de Roma a Italia. Dicha comisión estaba presidida por Miguel Ángel Caetani, duque de Sermoneta y compuesta por los príncipes Honorio Caetani y Emanuele Ruspoli, ambos jóvenes y gallardos. Cuando a continuación en palacio Pitti  se hizo entrega formal de los resultados del plebiscito romano a Su Majestad, la mu-chedumbre que abarrotaba la plaza pidió a viva voz que se asomara la comisión. El venerando Miguel Ángel Caetano rogó entonces a Emanuele, cuya voz era más estentórea que la suya, de saludar con unas palabras a la gente en la plaza. El discurso de Emanuele fue felizmente improvisado y suscitó varias veces aplausos ardientes. Con un estilo imaginativo y palabras vibrantes, el orador resumió los recientes acontecimientos de la historia de Italia, que habían obligado a la toma de Roma. Luego, cada vez más apasiona-do y acalorado por su fogosidad, remontó atrás en el tiempo, demostrando cuantos obstá-culos a la libertad de palabra habían interpuesto el poder temporal de la Iglesia, y esbozó las figuras de Savonarola, Arnaldo de Brescia y de otros mártires, que habían sufrido la muerte en la hoguera o en el patíbulo por su inagotable sed de libertad y amor de patria. Por primera vez en su vida Emanuele se arriesgaba con un discurso político y superó la prueba con la desenvoltura de un veterano. Sintió por primara vez vibrar el auditorio y probó un escalofrío de placer, en cuando se dio cuenta que los que le escuchaban estaban de su parte. Otro valor había nacido en él, le de una oratoria eficaz y cautivadora. Esta arma política la explotó con éxito cuando, tres años más tarde, fue elegido diputado de la XI legislatura en los distritos de Fabriano y de Foligno y reelegido en todas las siguientes hasta la XVII; alcalde de Roma unos años más tarde, cargo que conservó hasta la muerte y por último senador del reino  desde 1896.
Desde el final de los años ’70, doña Carolina, fue la abuela afectuosa y supo criar los cinco nietos con la sabiduría y la inteligencia que todos le reconocían, aliviando Emanuele de todas las preocupaciones de tipo familiar. Así él pudo dedicarse plenamente a librar sus batallas en el parlamento. La primera fue la del delicado problema de la supresión de de las corporaciones religiosas de Roma, extendiendo la ley de derogación ya vigente en el resto de Italia. La decisión era esperada ansiosamente no solo en Italia, sino también por las potencias extranjeras, que deseaban que las aclaraciones con el Vaticano llegaran cuanto antes.  ¿Por qué tanta espera? Pues porque de dicha ley hubiera dependido la posición jurídica nada menos que del Vaticano.  Las relaciones de la Iglesia con el poder civil italiano eran muy dificultosas. La ocupación de Roma frustraba las esperanzas del clero sobre el fracaso del movimiento del resurgimiento, de tal manera que habrían probablemente deseado con entusiasmo una intervención extranjera que activara un movimiento revolucionario. Italia había resuelto con la fuerza el problema de Roma, había denunciado las convenciones internacionales y había hecho prevalecer el interés y el derecho nacional. Sobre este tema de la supresión de las corporaciones religiosas el Parlamento mantenía una postura dudosa. El honorable  Ruspoli tenía las ideas muy claras al respecto, era un orador hábil, insistente y persuasivo. También por sus méritos, la ley fue extendida a la ciudad de Roma. Como dijo el hon. Pisanelli, defensor de las mis-mas ideas: « ¡Por la brecha de Porta Pía entran las leyes del reino de Italia! » En los debates parlamentarios Emanuele se mostraba intransigente y polémico. Un día que criticaba el gobierno por dejar a Roma, haciendo huir de la ciudad los mejores elementos de pensamiento liberal, fue interrumpido por el presidente del Consejo: « ¿Qué tendríamos que haber hecho? ¿Acaso no os hemos liberado? » La respuesta rápida del hon. Ruspoli fue: « ¡Vosotros debilitasteis la fe que había inspirado en el país el patriotismo de aquellos que regresaron del exilio y de las batallas patrias! » Expresaba clara-mente un sentimiento personal con amargura, habiendo constatado que la política borra paulatinamente los impulsos ideales. Y otra vez que el presidente del Parlamento se atrevió a murmurar al final de una intervención del hon. Ruspoli: « ¡Discurso tribunicio! » Obtuvo una réplica inmediata: « ¡Señor presidente, consiéntame contestarle que entre tantos pretorianos, un tribuno está muy bien! »
En el plano afectivo, sin embargo, el vacío dejado por el fallecimiento prematuro de Catherine había sido remplazado en cierto sentido por la fogosidad y hasta por la rabia que demostraba en su acción política. Sui madre, próxima a los ochenta, se preocupaba por el porvenir de los niños y pensaba que Emanuele necesitaría tener una mujer a su lado, sea para sustituirla el día que ya no estuviera, que para dulcificar su carácter que se estaba volviendo cada vez más rígido y duro con el pasar del tiempo. Así que le presentó a doña Laura Caracciolo, una hermosa y refinada señora de la aristocracia napolitana, entonces con veintitrés años. En los asuntos del corazón, Emanuele no parecía interesarse. Pero aceptó de encontrarse con doña Laura, solo que cuando trascurrían un poco de tiempo juntos, Emanuele se volvía ausente con el pensamiento y se despertaba de repente solo cuando la conversación vertía sobre Roma. No era el compañero ideal, algunas veces era hasta descortés. Pero su madre y doña Laura nunca se desanimaron. Doña Laura estaba fascinada por aquel guapo cuarentón, que frecuentaba la Casa Real y todos los principales hombres políticos, que se sentaba en los bancos de derecha en un Parlamento donde sus discursos eran a menudo apreciados por la izquierda. Su matri-monio fue en julio de 1878. Emanuele había adquirido un palacete en la calle de San Nicolás de Tolentino, cerca de la plaza y del palacio Barberini , donde se trasladaron todos sus hijos del primer matrimonio. Doña Laura tomó sabiamente las riendas de la familia y dado que en esta faceta Emanuele prefería hacerse guiar, sugirió de tener en casa a las niñas e ingresar los varones en el colegio. Fue así como Constantino y Mario entraron en el colegio Nazareno de Roma, mientras que Eugenio, de carácter rebelde e indisciplinado, ingresó por voluntad paterna en la Escuela Militar de Florencia.
Emanuele en aquel tiempo estaba concentrado en otra gran batalla parlamentaria. Hay que saber que la historia de Roma estaba marcada por decenas de desastrosas inundaciones causadas por el Tíber y registradas desde siglos en los anales de la ciudad. Estas inundaciones producían indefectiblemente daños materiales y pérdidas de vidas humanas, no solo por ahogamiento sino también por las exterminadoras epidemias que seguían después. Una de las crecidas más funestas se había producido durante el invierno 1870-1871, cuando las aguas habían sumergido todo el centro urbano. Justo como tres siglos antes, cuando una barca de pescador se había encallado en la plaza de España y el padre escultor de Juan Lorenzo Bernini, decidió inmortalizar el hecho creando la famosa fuente, llamada por esto “la Barcaccia” . El gobierno italiano propuso resolver en seguida el problema, dado que la nueva capital no podía estar sumergida cada vez que hubiera una crecida del Tíber. Este río no era querido por los verdaderos romanos, porque no había paseos a lo largo del río, sino que se asomaban al mismo las fachadas de servicio de casas y palacios. Se debatió entonces largamente un proyecto de ley denominado como el saneamiento higiénico de la ciudad de Roma y durante años muchos proyectos que fueron todos rechazados fueron sometidos a la comisión encargada. Al final fue aceptado el proyecto de la oficina técnica municipal, que preveía la demolición de todos los edificios a las orillas del río hasta una profundidad de veinte metros en ambos lados para crear dos avenidas arboladas a un nivel de 18 metros, tal para asegurar para siempre la protección de las inundaciones. El río quedaría cerrado por dos murallas de travertino, que habrían incorporado en la orilla izquierda la isla Tiberina , enterrando el histórico puente Fabricio . Este antiguo puente de veintitrés siglos, fue el primero construido en Roma para conectar la orilla etrusca, allí donde se estrechaba el curso del río. El hon. Ruspoli apoyó el proyecto con la condición que se salvara íntegramente la isla Tiberina. Curiosamente la mayoría parlamentaria se le opuso en este punto, demostrándose en cambio favorable al proyecto integral. Para Emanuele, la desaparición del puente romano, restaurado por un papa y por lo tanto admirablemente conservado, como también la supresión del brazo izquierdo del río con la desaparición de la isla, representaba una ofensa a la memoria histórica y arqueológica de la ciudad. Terco en su pensamiento, después de meses de batallas oratorias, ganó por fin también esta vez; a él por lo tanto se debe la conservación de un legado de la mayor categoría.
En casa, mientras doña Laura cuidaba cariñosamente las pequeñas Catarina y Margarita, pero estaba muy afligida por no ser capaz de dar a Emanuele un hijo de su propia sangre. Pasaba el tiempo y su vida se llenaba de encuentros mundanos, era famosa, apetecida, pero infeliz a causa de su esterilidad. Por fin, tres años después de casarse quedó embarazada. Pero fue un embarazo complicado y unos meses de guardar cama la permitieron de dar a luz un niño, pero ella no pudo sobrevivir. El sexto hijo de Emanuele, Camilo, nació pues huérfano de madre y de abuela que había fallecido el año anterior, y tuvo una niñera que venía de la Ciociaria, una provincia campesina que suministraba niñeras para las buenas familias romanas. Sus hermanas tuvieron una buena nanny  inglesa, miss Coleman, que se demostró óptima con las niñas y con el gobierno de la casa. Emanuele se había acostumbrado a comer en casa, pero por la tarde, mientras que no tuviera invitados, cenaba fuera.
Había sido elegido ya por primera vez alcalde de Roma y se preocupaba del escán-dalo de los especuladores edilicios en la ciudad. Convencido sobre la necesidad de regular adecuadamente el desarrollo de la construcción, convidó a Roma el Barón Haussmann, conocido artífice de los bulevares parisinos en calidad de prefecto del Sena.  Con una visión urbanística inteligente e increíblemente moderna el Barón declaró: « La vieja Roma ha mantenido un carácter histórico y artístico único en el mundo y todavía está protegida por una corona verde formada por viñas y jardines. Conservadla así como está: intervenid solamente en restauraciones conservadoras, haced que sea un museo viviente. La nueva capital, con todos los edificios públicos y las residencias de los funcionarios, construidla en la zona próxima más saludable, es decir sobre los altos del monte Mario.» La propuesta Haussmann fue debatida en el consejo comunal pero al final fue rechazada porque en una época de paseantes y de coches de caballos, ¿Quién hubiera escalado los cien metros de desnivel existentes entre los prados de castillo y la cumbre de monte Mario? Como alcalde, Emanuele en primer lugar reorganizó las oficinas municipales, que parecían escasamente eficientes. Tuvo buen olfato en rodearse de buenos colaboradores y el municipio empezó a funcionar convenientemente bajo su guía inflexible. Entonces pro-yectó un amplio programa de actuaciones que iba desde los hospitales a la asistencia para las clases más necesitadas, a las escuelas y colegios y a las grandes obras públicas, pero siempre con un ojo atento al balance y a los posibles ingresos financieros. Ocupando al mismo tiempo el cargo de diputado, llevó con autoridad la voz de Roma en el Parlamento, luchando para obtener ayudas del Estado a su programa y haciendo hincapié que el Ministerio del Interior impusiera a la ciudad unas obligaciones, sin preocuparse sobre como financiar los gastos relativos. Fue un grande e implacable adversario de todas las trabas y obstáculos que abierta o veladamente intentaron de mil maneras estorbar a su obra. La dureza que algunos criticaron estaba causada solo por su desprecio a los intrigantes, cabilderos, traficantes y especuladores. Pareció en un momento dado que estos últimos tuvieron ventaja cuando consiguieron excluirle de las elecciones administrativas, pero fue una victoria de corta duración y que se volvió favorable a Emanuele, porque consiguió volver a entrar mediante una espléndida votación en el consejo comunal, se quedó y fue elegido nuevamente como alcalde presidente. Desde entonces fue alcalde de Roma hasta su muerte.  Avanzaron por aquellos años las obras de encauzamiento del Tíber, mediante la construcción de unas murallas macizas. Todas las áreas de  los prados de castillo fueron así protegidas de las crecidas del río e incluidas como zonas de expansión urbana en la redacción del primer plan regulador urbanístico ciudadano, que sería aprobado finalmente en el año 1883. Emanuele fue un hombre integro, de una honestidad ejemplar. Era propietario de una amplia zona de los prados de castillo, que fue recalificada como área de expansión. Pues bien, unos meses antes que fuera presentado el nuevo plan al consejo comunal, vendió dichos terrenos por unos pocos centavos, diciendo: « ¡Si no lo hiciera, me arriesgaría a no decidir por lo mejor, al estar condicionado por un interés privado mío!»
A Víctor Emmanuel II le había sucedido el rey Humberto I  y con el pasar del tiempo, se había convertido en costumbre que los principales problemas de la capital fue-ran examinados y discutidos en el palacio del Quirinal entre el rey, el presidente del consejo y el alcalde de Roma.
Muchas iniciativas encontraron entonces su solución, porque sin la participación del estado, nunca se habrían realizado obras grandiosas como Corso Víctor Emmanuel  (que conecta Largo Argentina al Tíber, con un corte atrevido a los barrios más antiguos) o el paso muy elevado sobre el Muro Torto  (para dar acceso al Pincio desde Villa Borghese) o el paseo arqueológico ante las Termas de Caracalla  o el túnel que une la vía Nacional con la vía del Tritone. El rey Humberto temía que los anárquicos colocaran una bomba en el túnel, haciendo saltar por los aires el palacio del Quirinal que se encuentra encima del mismo. « ¡Lo siento Majestad, pero  antes de todo viene el interés de la ciudad de Roma! » fue la contestación de Emanuele a las dudas del rey. Diez años más tarde el rey murió por un atentado anárquico, pero no en Roma, sino en la ciudad de Monza.
En una época en que el gobierno italiano no mantenía relaciones con el Vaticano, el alcalde tuvo el gran merito de saber evitar desacuerdos entre la Santa Sede y el Municipio. Durante los últimos diez años, en caso de que hubiera un problema, enviaba la princesa a una audiencia con el papa, pero a la vez procuraba resolver el malentendido en su oficina del Campidoglio. Autoritario y con una voluntad de hierro, como ya dijimos,  hacía temblar a todos. Un día que la plaza del Campidoglio estaba repleta de gente vociferante por una acción de protesta, él no se descompuso, se puso el cilindro, encendió un puro y salió en medio de la muchedumbre. La aglomeración, silenciosa, abrió un pasillo y le dejó pasar sin un gesto hostil. ¿Y si hubiera sido pequeño de estatura y tímido, con un aspecto frágil? Era imponente y con aspecto solemne. La altivez, de por sí, es antipática, pero el orgullo en ciertos casos se puede convertir en virtud.
En 1889 se casó con Josephine Beers Curtis: fue su tercer matrimonio. Los Curtis, desembarcados del Mayflower en América,  el nuevo mundo de los pioneros, formaron parte de la upper class  de los Estados Unidos y se convirtieron en ricos banqueros. Des-pués de dos siglos decidieron volver para conocer al viejo mundo y se enfrentaron a una travesía del Atlántico unos padres con una hija de quince años, mientras que la segunda hija nacería al año siguiente. Dicha travesía fue tan borrascosa y la familia sufrió mareos tan atroces que al llegar a París, decidieron establecerse allí, renunciando a volver a Philadelphia. Josephine, nacida en París, debe ser considerada medio americana y medio parisina.  Los Curtis fueron orgullosos de pertenecer  a los Empires builders  porque habían contribuido a crear el gran imperio financiero americano. Representaban pues la aristocracia del trabajo que buscaba un ensalzamiento uniéndose con la aristocracia europea, rica de historia y de gloriosos recuerdos. La joven Elisabeth Curtis se casó en Paris con el duque de Talleyrand Périgord, descendiente del famoso ministro de Napoleón I. Fue una mujer inteligente y enérgica que mandaba en casa y fuera de ella, como una especie  de abeja reina. En su palacio de Paris recibió la mejor sociedad francesa, así como austriaca, rusa, inglesa y americana. Además tenía el empeño de arreglar matrimonios.
Después de la muerte prematura de Constantino, Emanuele se hizo acompañar en una misión parlamentaria en París por su hijo Mario de veinte años y dispuesto a iniciar una carrera diplomática. Elisabeth conoció entonces ese joven soltero, príncipe romano, le presentó a su hija Palma de  Talleyrand Périgord y consiguió que se casaran. Todavía insatisfecha, habiendo conocido en la ocasión a Emanuele , entonces viudo cincuentón, príncipe de Poggio Suasa, diputado del Parlamento italiano y alcalde de Roma, envió a su hermana Josephine con motivo de un viaje turístico y cultural, como es natural, huésped en palacio Ruspoli. Así pues consiguió arreglar este segundo matrimonio. Mario fue un poco trastornado porque se encontró con una madrastra de su edad y tía de su mujer. Emanuele, que nunca quiso escuchar la opinión de sus hijos, estaba encantado con una mujer joven de menos de la mitad de sus años, una gran señora internacional y de clase alta, que le permitía un nuevo comienzo y un regreso a los afectos familiares olvidados hace tiempo en el torbellino de su carrera política. Su carrera ya tan consolidad que le permitía tomarse alguna agradable diversión. La vida para él había sido muy generosa, le faltaba solo el título de senador que obtuvo en 1896, había visto duplicar en dos décadas la población de su ciudad en base a los eficaces programas dibujados por él mismo y había gozado de los años inolvidables de su gran pasión con Catherine. Era un hombre satisfecho, trabajador incansable, que seguía sin desviarse del camino que se había traza-do.
La princesa Josephine fue una mujer afectuosa y discreta detrás de la sombra de su gran hombre. Pero supo secundarle también con inteligencia en las relaciones públicas, contribuyendo con un toque de elegancia y de savoir-faire  que la permitieron alcanzar éxito y excelentes amistades en la sociedad italiana e internacional. Mientras, Emanuele conseguía reconocimientos y atestados también en el extranjero: incluso fue condecorado con la gran cruz de la Orden del Águila Blanca  por el zar de Rusia y también en aquella ocasión, Josephine estuvo a su lado. Una gran preocupación de Emanuele era su hijo Eugenio, inconstante e indisciplinado, quien había decidido encontrar a su destino en la exploración de las tierras de África. No dejó de llevarle el ejemplo de su hermano Mario e intentó disuadirle de todas las formas, hablándole de los peligros de estos viajes y de los muchos que no habían regresado de ellos. Pero Eugenio fue más testarudo que su padre y nada hizo que cambiara de idea. Así que al final Emanuele se rindió a la idea y le ayudó en la hazaña, también porque el joven habría podido encumbrar aún más el nombre de la familia, y a la vez haría un buen servicio a su País. En abril de 1891, justo cuando nació Francisco, primer hijo de Josephine, Eugenio partió para su primera misión en Somalia. Al año siguiente Josephine dio a luz a Victoria, mientras que su tercer hijo, nacido en 1894 después de la trágica muerte de Eugenio el explorador, se llamó con el mismo nombre en memoria del heroico pero desafortunado hermanastro.
La energía que Emanuele prodigaba en todos sus actos y su excelente aspecto físico no dejaron sospechar que fuera seriamente enfermo. En aquel tiempo no existían curas válidas contra la diabetes. Empezó rápidamente a  desmejorar. Siguió yendo a su oficina en el Campidoglio hasta el mes de octubre de 1899, pero luego se sintió tan débil que guardó cama durante el mes siguiente. La princesa Josephine estaba aterrorizada: todavía era joven y sabía que hubiera sobrevivido a su marido, pero no de cincuenta y tres años, como de hecho ocurrió. Ella dividía el tiempo entre los niños de ocho, siete y cinco años ignorantes de la tragedia en ciernes y la cama del marido. En el palacio reinaba una gran tristeza. Emanuele se encontraba prácticamente en coma, cuando en las primeras horas del 29 de noviembre su médico, el ilustre profesor Baccelli ordenó una sangría que pareció aliviar de momento al enfermo. Pero saliendo de la habitación dijo el profesor: «La situación es desesperada, el fin es inminente.» Cuando su sufrimiento terminó a las 9:15 horas, estuvo presente el párroco para darle la extremaunción y rezar las oraciones para los difuntos. En el cuarto adyacente se encontraban la princesa, el hermano Luís, el caballero Albertini, jefe de su gabinete y el caballero Bianchi, secretario general del ayuntamiento. Tras el aviso, se personó en seguida el pro-alcalde con un aspecto literalmente trastornado. El Campidoglio  expuso la bandera a media asta y los romanos honraron la memoria de su alcalde durante tres días de luto oficial.
El tres de diciembre una lenta procesión atravesó el centro de la ciudad entre dos tupidas alas del pueblo conmovido. A lo largo del recorrido se dispusieron en orden dos hileras de soldados en posición de presentar las armas. El coche funerario, con seis caballos enjaezados a luto, estuvo flanqueado por los dos lados por el servicio de la casa en librea, a continuación iba la princesa viuda con sus tres niños: Francisco, Victoria y Eugenio, los hijos: Mario, Catarina y Margarita con sus consortes, las más altas autoridades del Estado, el consejo municipal al completo, el cuerpo diplomático acre-ditado ante el Estado italiano y los representantes de todas las instituciones benéficas y asistenciales fundadas por el difunto. La procesión terminó ante la iglesia parroquial de San Bernardo, donde el cardinal vicario había autorizado el ingreso de los restos mortales de Emanuele para celebrar una misa para los difuntos. Sin esta autorización, los restos hubieran podido solo ser bendecidos ante el entierro. Este fue un postrero gesto de generosidad del Vaticano ante el primer funcionario de la administración civil romana, en un tiempo en que la Santa Sede no había todavía olvidado la ofensa recibida de Italia y máxime cuando la familia real de los Saboya todavía estaba excomulgada.

Y este es el enlace con la separata: Don Emanuele Ruspoli