miércoles, 13 de noviembre de 2013

El Profeso y el chamán

El Profeso y el chamán: en preparación. 

Sinopsis: Fray Gian Galeazzo y su hija Ginebra Ruspoli se encuentran en la fabulosa biblioteca de su mansión neoyorquina leyendo el libro de historia Retratos, anécdotas de los linajes Borja, Téllez-Girón, Marescotti y Ruspoli de su descendiente Carlo Emanuele. Este libro fue una fuente documental para su anterior misión en pleno Renacimiento, donde los Ruspoli, alia-dos de los Borja, les ayudaron a superar algunas de las múltiples dificultades e intrigas que intentaron ahogarlos, en aras de deshacer la leyenda negra que rodea dos generaciones Borja, la del papa Alejandro VI y de sus hijos Hitebi , Cesar, Lucrecia y Godofredo. Atraídos por la extraordinaria figura de Emanuele Ruspoli, se dan cuenta que su muerte prematura a los sesenta y un año es debida a la  enfermedad de la diabetes,  bastante desconocida a finales del siglo XIX. Solo veinte años después de su muerte se descubre la insulina que transforma el porvenir de los diabéticos, pero las presencia de la insulina en hierbas medicinales, como los frutos de la Mormodica charantia o de la Gymnena sylvestre que son ampliamente utilizados en Siberia para tratar la diabetes, anima a Fray Gian Galeazzo a viajar a Roma en el siglo XIX, tras la creación del reino de Italia, para ayudar a su descendiente a aliviar sus síntomas y tratar de arrestar el progreso de su enfermedad. Una copia del Códice Borgia indica a Gian Galeazzo que la solución, para encontrar y reconocer los remedios naturales contra la diabetes, es consultar con un chamán. El Profeso inicia así un viaje iniciático, desde Roma hasta el corazón de Siberia, a fines del siglo XIX. El motivo aparente de su arriesgada travesía es conseguir ese  bálsamo milagroso que podría devolver la salud a su descendiente. Pero también lo impulsa el deseo de huir de una pesadilla recurrente a la que no halla explicación. Su búsqueda lo llevará al encuentro de Gabdulkhay Akhatov, uno de los últimos grandes chamanes siberianos. Fray Gian Galeazzo vivió también otra experiencia esotérica  en México que visitó como antropólogo. Los encuentros iniciáticos con un nagual o brujo yaqui Hitebi Yaitowi  se relatarán en letra cursiva. El chamán (del idioma tungu, de Siberia, xaman o schaman, y éste del verbo scha, "saber"), es un individuo al que se le atribuye la capacidad de modificar la realidad o la percepción colectiva de esta, de manera que no responden a una lógica causal. Esto se puede expresar finalmente, por ejemplo, en la facultad de curar, de comunicarse con los espíritus y de presentar habilidades visionarias y adivinatorias. Es el término usado para indicar a este tipo de persona, presente principal-mente en las sociedades cazadoras y recolectoras de Asia, África, Amé-rica y Oceanía y también en culturas prehistóricas de Europa. En algunas culturas se cree también que el chamán puede indicar en qué lugar se encuentra la caza e incluso alterar los factores climáticos. He aquí algunas de las primeras enseñanzas de un chamán:
El poder reside en el tipo de conocimiento que uno posee. ¿Qué sentido tiene conocer cosas inútiles? Eso no nos prepara para nuestro inevitable encuentro con lo desconocido.
Nada en este mundo es un regalo. Lo que ha de aprenderse debe aprenderse arduamente.
Un hombre va al conocimiento cómo va a la guerra: bien despierto, con miedo, con respeto y con absoluta confianza. Ir de cual-quier otra forma al conocimiento o a la guerra es un error, y quien lo cometa puede correr el riesgo de no sobrevivir para lamentarlo. Cuando un hombre ha cumplido estos cuatro requisitos -estar bien despierto, y tener miedo, respeto y absoluta confianza- no hay errores por los que deba rendir cuentas; en tales condiciones, sus acciones pierden la torpeza de las acciones de un necio. Si un hombre así fracasa o sufre una derrota, no habrá perdido más que una batalla, y eso no le provocará lamentaciones lastimosas.
Ocuparse demasiado de uno mismo produce una terrible fatiga. Un hombre en esa posición está ciego y sordo a todo lo demás. La fatiga misma le impide ver las maravillas que lo rodean.
Cada vez que un hombre se propone aprender tiene que esforzarse como el que más, y los límites de su aprendizaje están deter-minados por su propia naturaleza. Por tanto, no tiene sentido hablar del conocimiento. El miedo al conocimiento es natural; todos lo experimentamos, y no podemos hacer nada al respecto. Pero por temible que sea el aprendizaje, es más terrible la idea de un hombre sin conocimiento.
Enfadarse con la gente significa que uno considera que los actos de los demás son importantes. Es imperativo dejar de sentir de esa manera. Los actos de los hombres no pueden ser lo suficientemente importantes como para contrarrestar nuestra única al-ternativa viable: nuestro encuentro inmutable con el infinito.
Cualquier cosa es un camino entre un millón de caminos. Por tanto, un guerrero siempre debe tener presente que un camino es sólo un camino; si siente que no debería seguirlo, no debe per-manecer en él bajo ninguna circunstancia. Su decisión de mantenerse en ese camino o de abandonarlo debe estar libre de miedo o ambición. Debe observar cada camino de cerca y de manera deliberada. Y hay una pregunta que un guerrero tiene que hacerse, obligatoriamente: ¿Tiene corazón este camino? Todos los caminos son lo mismo: no llevan a ninguna parte. Sin embargo, un camino sin corazón nunca es agradable. En cambio, un camino con cora-zón resulta sencillo: a un guerrero no le cuesta tomarle gusto; el viaje se hace gozoso; mientras un hombre lo sigue, es uno con él.
Existe un mundo de felicidad donde no hay diferencia entre las cosas porque en él no hay nadie que pregunte por las diferencias. Pero ése no es el mundo de los hombres. Algunos hombres tienen la arrogancia de creer que viven en dos mundos, pero eso es pura arrogancia. Hay un único mundo para nosotros. Somos hombres, y debemos transitar con alegría el mundo de los hombres.
El hombre tiene cuatro enemigos naturales: el miedo, la claridad, el poder y la vejez. El miedo, la claridad y el poder pueden su-perarse, pero no la vejez. Su efecto puede ser pospuesto, pero nunca vencido.

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