martes, 12 de enero de 2016

Don Emanuele Ruspoli, por su bisnieto Carlo Emanuele Ruspoli

Este artículo fue publicado en el Volúmen XVI del año 2013 de los Anales de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía.


Tercera página del volúmen, 

Separata con el artículo 
Primera página del artículo


Este es el texto original:

En Palacio Ruspoli  hay expuesto un lindo cuadro con dos elegantes señoras, todas revestidas de un crujido de sedas y de una nube de encajes: la madre, princesa de Liechtenstein, coge de la mano a su hija de 15 años, princesa Leopoldina Khevenhüller Metsch, ambas peinada a la moda de la reina María Antonieta de Francia, de la que fueron contemporáneas, con unas grandes pelucas. La joven Leopoldina se casó con Francisco Ruspoli, tercer príncipe de Cerveteri, viudo y doce años mayor que ella. Los chismorreos de la familia afirman que la noche de boda, Francisco se había vestido cómodamente, con una chaqueta de cámara y fumando en el estudio su inseparable puro, cuando su criado de confianza vino y le dijo: «Excelencia, me permito recordaros que la princesa os espera en su cuarto.» «Gracias, José, por habérmelo recordado.» contestó el príncipe que sin prisa apagó el puro, se arregló y alcanzó la joven esposa. Ella quedó en seguida embarazada y luego en secuencia dio a luz nada menos que siete hijos, el último de los cuales nació en el año 1800 y fue llamado Bartolomé.
Palacio Ruspoli en el siglo XVIII

Palacio Ruspoli en la actualidad
En aquellos años, Napoleón I  estuvo luchando en su primera campaña victoriosa contra los austriacos en la Italia del norte. Las familias de la aristocracia romana habían alcanzado poder y riquezas sirviendo durante siglos a la Sede Apostólica, por ello consideraban a Napoleón como un peligroso alborotador contra el orden constituido. Su cobardía fue tal que fingían ignorarle y no pronunciaban siquiera su nombre. Dado que pertenecía a una noble familia vinculada al papa, el joven Bartolomé no fue autorizado a interesarse a ideologías políticas. Pero sus padres no se ocuparon directamente de su educación, de la que estuvieron a cargo preceptores de confianza, durante las horas de estudio. Así que, recorriendo el palacio, el joven escuchó los discursos de la servidumbre y de los visitantes y paulatinamente empezó a formar su idea, aún indefinida, sobre Bonaparte y sobre los principios de libertad, igualdad y fraternidad. Su sentido de independencia y su curiosidad fueron ignorados por sus padres y sus preceptores. De aquí nació, aunque vagamente,  aquel embrión de liberalismo y de democracia y por consiguiente aquel espíritu del italiano rebelde contra el Estado de la Iglesia, que posteriormente impregnó las acciones de la rama Ruspoli de Poggio Suasa, de la que justamente Bartolomé es el jefe de línea.
Para complacer a su padre, Bartolomé se incorporó en el ejército pontificio y, al alcanzar el grado de capitán, fue enviado para mandar el presidio de la ciudad de Ancona. Y allí cometió el primer acto de insubordinación hacia la familia, casándose por amor con Carolina Ratti. Carolina fue una hermosa y dulce criatura, pero no pertenecía a la grande aristocracia y sobretodo no era la mujer elegida por los futuros suegros, tal como se acostumbraba en aquella época. Pero, como ocurre a menudo, resultó ser un excelente matrimonio y la pareja se mantuvo unida durante  toda la vida. En seguida después sucedió otro episodio aún más discutible: la plaza de Ancona fue sitiada por el ejército franco-piamontés, y en lugar de oponer resistencia, Bartolomé abrió las puertas de la ciudad al enemigo. Convocado ante un Consejo de Guerra, se defendió con éxito declarando: « El enemigo contaba con 2000 soldados y 100 cañones, mientras que yo mandaba 200 hom-bres sin artillería. Mi conciencia me impuso evitar la destrucción de la ciudad y la masacre de la población.» Tal vez su alma se sintió en aquel momento más italiana que pontificia, no obstante su decisión fue considerada savia, dadas las circunstancias y entonces le fue asignado el mando del castillo del Santo Ángel en Roma . Era la emblemática fortaleza vaticana  y cárcel de los presos políticos. Pero cuando le pidieron de confirmar la orden de ejecución de un patriota romano, no quiso seguir adelante. Prefirió dejar el mando, presentó su renuncia al servicio de la Sede Apostólica y se marchó de Roma para enrolarse en  el ejército piamontés para participar en las guerras del Resurgimiento italiano. Carolina, que en aquel momento estaba embarazada de Emanuele, le animó y le apoyó moralmente. Transcurrieron más de veinte años, Bartolomé se portó con honor, fue condecorado repetidamente y al final, herido y paralítico en ambas piernas, quiso ser llevado a primera línea en una silla de ruedas. Con este valor mereció una última medalla, pero al mismo tiempo ¡ay! su fiel sirviente no obtuvo ningún reconocimiento, ¡mientras empujaba la silla, medio muerto por el miedo!
La vida de Doña Carolina no fue fácil, pues vivió en Palacio Ruspoli en Roma, salvo alguna visita secreta a su marido en el Norte, porque fue mujer de un gibelino en una familia de fe güelfa. En este ambiente creció también su hijo Emanuele, nacido el 30 de diciembre de 1837, obligado a mostrase sumiso y obediente con los primos, mientras asimilaba de su madre con orgullo las hazañas de su padre patriota. Carolina dispuso de un apartamento dentro del palacio donde se alojó ella con sus hijos. Fue una buena madre, tuvo una visión reformadora en la formación de sus hijos, a los cuales acudió ella sola asumiendo todas las responsabilidades de su educación. Su marido estaba lejos y habiendo elegido Italia, no podía regresar a los Estados Pontificios, Francisco, tercer prín-cipe de Cerveteri murió en 1829 y le sucedió su nieto Juan, nacido en 1807. El nuevo jefe de la familia fue entonces coetáneo de Bartolomé y Carolina y afortunadamente demostró siempre afecto por su dulce tía, que con el pasar del tiempo fue cada vez más aceptada en la familia por sus cualidades de discreción y de bondad de ánimo. Emanuele creció por lo tanto en un ambiente familiar sereno y tuvo una infancia tranquila. Aprendió a leer y escribir de su madre y luego fue enviado al mejor colegio de Roma de los Jesuitas , donde adquirió conocimientos de italiano, latín, historia, geografía, matemática y ciencias naturales, demostrando ser un excelente estudiante, rápido, disciplinado e inteligente. Los Jesuitas no olvidaron, como es natural, los estudios religiosos que le impartieron en la Congregación Mariana de los Nobles. Esta tenía su sede en la Capilla de los Nobles contigua a la Iglesia de Jesús, por lo que el colegio, la iglesia, la capilla y el seminario ocu-paban una manzana entera de la ciudad.
Luís, hermano mayor de Emanuele, era aficionado a la equitación y seguía la caza del zorro en el campo romano, actividad deportiva y venatoria instituida desde 1838 por un noble inglés, Lord Chesterfield, residente a Roma por razones de salud. Emanuele nunca fue socio de la sociedad romana de la caza del zorro, pero montando uno de los hermosos caballos de silla de las cuadras de palacio, recorría el Corso hasta la plaza del Pueblo y extra muros la vía Flaminia hasta uno de los puentes romanos más antiguos e importantes sobre el Tíber, llamado entonces puente Mollo  y actualmente puente Milvio, por el nombre del magistrado Molvius que autorizó su construcción en mampostería en el siglo IV o III antes de Cristo. Allí frecuentó una escuela de natación y de remo, fortificando su cuerpo. Su semblante fue alto y delgado, porque había crecido de prisa y con el deporte había logrado una complexión atlética. Su nariz, etrusca típica de la familia, los ojos oscuros y  alegres, su pelo ondulado de color moreno cobrizo, le habían convertido en un hombre muy guapo.
En 1855 se inscribió a la facultad de jurisprudencia en el Studium Urbis de Roma , donde cursó tres años de estudios y trabó amistades peligrosas. En aquellos años en efecto toda la península estaba atravesada por movimientos irredentos: hombres de pensamiento, seguidos por numerosos patriotas, formaron dondequiera sectas secretas, que se llamaron de los carbonari . En ellas se conspiraba contra los señores que gobernaban los múltiples pequeños estados que dividían a Italia, originando manifestaciones y movimientos sediciosos. También en Roma hubo un intento de crear la República romana, que fracasó míseramente y fue ahogado en la sangre. Emanuele era el hijo de un patriota italiano que luchaba contra Austria, aliada de la Iglesia, así que no le fue difícil introducirse en el ambiente de los carbonari romanos. Hasta aquel momento, había demostrado su espíritu del resurgimiento solo una vez en el teatro Argentina, donde se representó una opera lírica de Verdi, con la presencia del gran compositor. En efecto la muchedumbre había largamente aclamado y Verdi se había deliberadamente  unido a las voces que decían “Viva Verdi”,  astutamente haciendo alusión al hecho que las iniciales que formaban el nombre del compositor podían interpretarse así: “Viva Vittorio Emanuele Re D’Italia”. Pero la situación se convirtió de repente en mucho más compli-cada, pues la policía del gobierno pontificio tenía informadores en todas partes y sin dificultad había localizado a Emanuele, junto con sus amigos Caffarelli, Pianciani, Savelli y otros como miembros de una secta secreta de los carbonari. Por suerte la familia Ruspoli tenía también sus propios informadores ya que Juan, que ocupaba un alto cargo de la Iglesia, se dio cuenta de estos indicios y en seguida avisó a Doña Carolina. Ella no se perdió de ánimo y fue en seguida a visitar su amiga la duquesa de Gramont para pedir su ayuda. El duque de Gramont era embajador de Francia ante la Sede Apostólica y tal vez no hubiera autorizado una intervención, pero no fue informado, porque la duquesa estuvo en todo, proporcionando a Emanuele una librea de la embajada. Así disfrazado, con una bolsa de táleros atada a la cintura, Emanuele montó a caballo y salió al galope de los Estados de la Iglesia para reunirse con su padre en un lugar más allá del río Po. La vida de Emanuele así tomó un cariz decidido: desde una infancia y una juventud mimada,  porque había crecido en un tranquilo ambiente familiar, hasta de repente el comienzo de una serie apremiante de acontecimientos azarosos, atrevidos, heroicos, amorosos, políticos tales de superar la capacidad de imaginación de un genial novelista.
Bartolomé, feliz y orgulloso de volver a ver a su hijo determinado a seguir sus hue-llas, le exhortó a alistarse como simple artillero en el ejercito piamontés y la sangre de lejanos antepasados reapareció, pues Emanuele se convirtió en un combatiente audaz y valiente. No luchó durante mucho tiempo como soldado raso, ya que se ganó la promoción a oficial en el campo de batalla por los meritos adquiridos. Durante un bombardeo austriaco, su batería de  obuses de campaña quedó sin oficiales: muertos el capitán y el teniente y gravemente herido el tercer oficial. Había que ajustar le tiro para luchar contra el fuego de los cañones enemigos, pero excepto por los oficiales, ningún subordinado entendía de trayectorias y de alcances de tiro. Emanuele había destacado entre los demás artilleros por su educación superior y fue natural que ante el enfureci-miento de la batalla, le fue pedido que tomara el mando de la batería. Entonces mandó elevar unos grados más los obuses para no golpear el campo de batalla, sino más atrás, la batería de los cañones austriacos. La maniobra tuvo éxito y la artillería enemiga fue silenciada.  Fue así que le promovieron a teniente en el acto y posteriormente le or-denaron ir a Turín para un curso de seis meses en la Escuela de Estudiantes para Oficiales. Cuando regresó al frente, participó al sitio y la conquista de Civitella del Tronto, ganando una medalla al valor. Sirvió al ejército durante cuatro años luchando las batallas del Resurgimiento y estas experiencias sirvieron para formar su carácter disciplinado, duro y autoritario. Fue entonces cuando su padre Bartolomé, que debido a la explosión cercana de una granada había sufrido una grave lesión que le había dejado paralítico de cintura para abajo, lo mandó trasladar al mando de la segunda división, gracias a sus méritos como heroico combatiente y gran patriota que le habían ganado la amistad del general duque Eugenio de Carignano, un Saboya primo del rey Víctor Emmanuel II. Al comando de la división, Emanuele se encontró nuevamente con su padre que no veía hace mucho e intentó disimular su emoción, así como su horror al verle tan disminuido. Bartolomé se dio cuenta y sintió una gran ternura: pero eran hombres fuertes y valientes, así que se abrazaron y empezaron a relatar sus reciprocas aventuras militares. Después de esto, fueron recibidos por el general. Este, después de los saludos habituales, así habló a Emanuele: «Capitán Ruspoli, estoy informado de su currículo militar y me complacen el sentido de disciplina, honor y bravura que usted ha demostrado en cada ocasión. Pero, sin quitar nada a sus méritos militares, considero que en este momento puede usted ser más útil a su país de una forma distinta, más delicada y probablemente más difícil. Me explico: el presidente Minghetti me ha pedido de elegir un oficial digno de una misión de confianza. No puede emplear un diplomático, en efecto, debido al máximo secreto de la misma misión. El País necesita una persona que tenga los requisitos siguientes: oficial en licencia, soltero, inteligente, posiblemente aristócrata y sobretodo bilingüe: su padre me ha informado de su conocimiento perfecto del francés. Si usted acepta, le concederé en seguida la licencia y le enviaré en seguida a Turín, donde el presidente Minghetti en persona le informará de todos los pormenores.» Emanuele se sintió orgulloso y curioso. Pero, por encima de cualquier otra consideración era un buen patriota, dispuesto a servir a su país de cualquier modo le fuera pedido. Así que contestó: « Agradezco, señor general, sus expresiones de estima y me declaro dispuesto para servir a la Patria hoy y siempre con todas mis capacidades.»
Así que, mientras que Bartolomé volvía a Roma con Carolina, disfrutando del in-dulto concedido por el papa Pío IX por intercesión de Juan Ruspoli, Gran Maestre del Sacro Hospicio Apostólico, Emanuele se presentó ante el presidente del Consejo de ministros Marcos Minghetti, que hacia poco había sucedido al Conde de Cavour, el gran político artífice de la unidad nacional, diplomático genial y gran tejedor de alianzas. Minghetti había recogido de Cavour y desarrollado la siguiente idea. Rumania había sido recientemente unificada y logrado su independencia bajo la guía del príncipe Cuza-Voda, quien reinaba sobre Valaquia y Moldavia, pero Transilvania, más de la mitad del territorio nacional, estaba todavía bajo el control del emperio Austro-Húngaro. Mientras que el rey Víctor Emmanuel II, con la ayuda militar de los franceses, luchaba en el frente occidental para liberar la Lombardía y el Veneto del dominio de Viena, una acción combinada en el frente oriental habría cogido el emperio entre dos fuegos,  obligándolo a  desplazar divisiones, a prolongar las distancias, a tener que resolver difíciles problemas de abastecimientos, a aligerar de una vez la presión sobre el frente italiano. Naturalmente una insurrección de los disidentes rumanos de Transilvania tenía que estudiarse atentamente sea por sus aspectos políticos que por los estratégicos. Tal vez el príncipe Cuza-Voda ya había pensado en esta posibilidad. Minghetti sabía que era necesario conquistar la confianza del príncipe y conocer sus intenciones en gran secreto, es decir, sin recurrir a los acostumbrados canales diplomáticos. De tal forma Viena no se hubiera enterado de una trama que podría haberla dañado seriamente. Si el príncipe se hubiera demostrado receptivo, entonces habría que resolver el problema de las ayudas al movimiento insurrecto de los rumanos de Transilvania. Llegado a aquel momento, se hubiera apelado a las cancillerías de media Europa. ¿Por qué habían elegido a Emanuele para esta misión secreta? Porque un príncipe romano podía llegar a Bucarest como un rico turista, conocer a los personajes más significativos, conseguir así el prestigio para obtener una audiencia con el príncipe Cuza-Voda  y lograr ganar su confianza. Emanuele aceptó sin dudas la misión que Italia le confiaba, recibió entonces una carta personal del rey Víctor Emmanuel II para entregar directamente en las manos del príncipe Cuza-Voda y fue provisto de un elegante guardarropa de hábitos civiles, divisa y cartas de crédito. Nadie, ni siquiera de su familia, pudo estar al corriente de la misión. Emanuele era un lector asiduo deseoso de incrementar su cultura, por lo que se proveyó de una pequeña biblioteca que incluía libros de historia, de ciencias políticas y de poesía. Cuando estuvo listo, se embarcó en Génova directo a Salónica y desde allí, a través de Grecia y Bulgaria llegó a Rumania. Fueron en total doce días de viaje, la mitad por mar y la otra en carruaje. El viaje preveía un día de parada en el Pireo, que le permitió visitar la Acrópolis de Atenas. Recordando sus estudios clásicos, recorrió de nuevo las huellas de la ciudad de Péricles y quedó fascinado por las ruinas que hoy todavía son testigo de la grandeza de una cultura que dio origen a nuestra civilización. El atravesamiento de Bulgaria fue de escaso interés, pero al final alcanzó la orilla meridional del Danubio, el río más largo que hubiera jamás conocido y que cruzó con el trasbordador que conectaba Giurgiu a Rose. En primavera el campo le pareció acogedor, muy verde por los campos de trigo aún sin dorar por el sol y lleno de flores de los albores de ilimitados frutales. Sin embargo Bucarest, sobre todo en su periferia meridional, le pareció como un suburbio muy amplio, con casas la mayoría de madera de dos o tres plantas, alineadas a lo largo de calles estrechas y tortuosas.  Pero al llegar al centro de la ciudad, descubrió al contrario, un fervor de obras, con numerosas construcciones de mampostería de estilo neoclásico. Los arquitectos e ingenieros de la nueva Bucarest habían cursado sus estudios en la Ecole Polytechnique de Paris y se inspiraban en ejemplos franceses contemporáneos. Así también la gente de buen nivel social estaba impregnada de la cultura francesa y hablaba perfectamente aquel idioma. ¡Se puede decir casi que el rumano se utilizaba solo para dar órdenes a la servidumbre! Para Emanuele había sido reservado un apartamento en el Bucuresti Grand Hotel , elegante y decorado con gusto, que estaba localizado casi en frente del palacio real. La llegada del ilustre huésped despertó curiosidad e interés, no solo porque era extranjero, en aquel tiempo había muy pocos por Bucarest, sino porque era europeo, un rebelde romántico y un perseguido político. Digno vástago de la sangre errante de Mario Escoto, Emanuele no se preocupó para nada y en seguida se convirtió popular con la buena sociedad de Bucarest, que se consideraba occidental, pero tenía marcadas características orientales. Además el hecho que Emanuele no podía regresar a su ciudad porque la policía pontificia le habría detenido en seguida, despertaba una fuerte emoción. En aquel país griego-ortodoxo un católico en contra del papa era muy admirado y respetado casi como un héroe. En palacio real  Emanuele se enteró que el príncipe no podía concederle audiencia hasta su regreso a Bucarest, pues estaba ocupado con un viaje de dos meses por las provincias del reino. Después de largas dominaciones del imperio Otomano antes y de los Hasburgo después, las provincias liberadas carecían completamente de los servicios esenciales y estaban muy mal administradas. Apenas se había empezado un proceso para crear la estructura administrativa del nuevo estado y la pobreza de la clase campesina hacía serpear aquí y allá movimientos sediciosos. El príncipe Cuza-Voda era amado por ser artífice de la independencia y con su presencia y sus promesas,  inflamaba los ánimos y despertaba el orgullo nacional. Pero Emanuele no tardó en comprender la situación y darse cuenta de la dificultad de su misión. Mientras, no obstante, tenía que aparentar como un rico turista, así que él, hermoso y atrevido, se convirtió en el soltero más cotizado de Bucarest. No se puede afirmar que fuera insensible a los contactos femeninos, pero, aún en el caso de que coqueteara, siempre estuvo precavido de no involucrarse. Así pasaron los dos meses y el príncipe Cuza-Voda regresó a Bucarest. Emanuele logró la audiencia y tuvo al fin un encuentro privado con el príncipe. El soberano leyó con atención la carta del rey Víctor Emmanuel II, mostrándose en seguida muy cordial y a disposición del huésped italiano. Con la premiosa que hubiera podido dedicarle solo una media hora, el encuentro se prolongó con una conversación franca como la reservada para los amigos. El rey le expresó: «Rumania, habiendo con-seguido su independencia, atraviesa momentos dramáticos. Necesito un largo periodo de paz para construir el Estado. Como nación, nos falta de todo. Nuestro tesoro está triste-mente vacío. Somos un país agrícola con amplias posibilidades productivas, pues el trigo y la fruta podrían alimentar una importante exportación, pero hoy  esto es imposible, porque antes tenemos que conquistar los mercados internacionales. ¿Se da cuenta, príncipe Ruspoli, que la cosecha de manzanas se utiliza en parte para alimentar cerdos y en parte se deja pudrir en los árboles, porque lo necesario para consumo interno solo necesita una parte mínima? No, no necesitamos ayudas militares. Necesitamos de la confianza de los grandes países europeos que nos ayuden con inversiones técnicas y financieras, a construir carreteras y ferrocarriles, una red de comunicación telegráfica y por último contribuyan a la creación de astilleros en Costanza, tan pronto como hayamos conseguido la anexión de la Dobrugia. Rumania, príncipe Ruspoli, es mi apuesta con el destino. Mas yo no aflojo en mi empeño: algún día esta será una gran nación.»   «Alteza» contestó Emanuele « he entendido bien el mensaje y por lo que está en mis posibilidades, no dejaré de trasmitirlo a nivel político. Pero no se que ayuda puede ofreceros mi patria, que está combatiendo duramente para unificar la península y crear a Italia. Yo mismo, después de esta vacación en vuestro entrañable país, ¡tengo que regresar al ejercito para cumplir hasta el final con mi deber!» Su misión no había obtenido el efecto esperado, pero Emanuele no tenía nada que reprocharse. Así que, al regresar al hotel, empezó a escribir tarjetas de agradecimiento y despido a las decenas de personas de la mejor sociedad local que había frecuentado durante su estancia en Rumania, cuando recibió una invitación inesperada de la princesa Catherine Conaki-Vogoridès para una breve estancia en su castillo de Sinaia  en las laderas meridionales de los montes Cárpatos. De origen griega, con pelo y ojos muy negros, con una piel de marfil, con un cuerpo espléndido de porte real, Emanuele se había fijado en Catherine desde su primer encuentro. Se habían visto varias veces durante las recepciones y habían hablado largamente: ella quiso saber todo de la vida de Emanuele, y él, tal vez con un poco de vanidad, siendo además un buen conversador, no se había hecho de rogar para relatar algunos episodios. Pero se sabe, ¡tenía solo veinticinco años y un pasado tan azaroso! « ¿Por qué no prolongo mi estancia de una semana o dos? » pensó, sabiendo que no se perdería la invitación ni por todo el oro del mundo. Y así, con un ligero equipaje, se presentó en el castillo de Sinaia. Construido al final del siglo XVIII, era un término medio entre una residencia de campo y un castillo, inmerso en una selva enorme de alerces y abetos. La decoración interior delataba el origen de la familia Conaki proveniente de la Anatolia: había frescos de personajes masculinos con turbantes, con pantalones blancos abultados, con babuchas de punta curvada con pompones de varios colores, con barba y bigotes enormes que les hacían parecer a personajes salidos de “Las mil y una noche” y luego de peonajes femeninos que parecían odaliscas veladas, con un fondo de jardines llenos de flores y de fuentes. «El Oriente no se junta tan fácilmente al Occidente, pues la fantasía aún forma parte de sus vidas », pensó Emanuele. En el castillo había otros invitados, dos parejas que Emanuele había conocido en Bucarest. Catherine hacía los honores de casa, habiendo dejado el marido y sus dos hijas en su residencia de la ciudad. Ella deseaba, de vez en cuando, separarse de la familia, yendo a su castillo cerca de los Cárpatos, para templar su cuerpo y su espíritu. Pero esta vez tenía en su mente un proyecto muy claro, porque estaba locamente atraída por Emanuele. En cuanto a él, no era el tipo para tiernas languideces: el amor por una mujer, por muy intenso que fuera, en el pasado nunca le había distraído de su independencia y de sus proyectos como patriota y combatiente. También en aquel momento tenía sus programas, anhelando un futuro político en una Italia unificada. Después de la anexión del reino borbónico de las Dos Sicilias, solo faltaban a la unión de Italia una parte del Veneto y el Lacio, que, junto con Umbría era lo que quedaba de los estados de la Iglesia. Emanuele no veía el momento de reanudar su lucha hasta la victoria final. En el castillo reinaba una atmósfera de cuento. La noche tarde, después que los otros huéspedes se retiraran, Catherine y Emanuele quedaron solos ante las vivas llamas de la chimenea. Él sintió surgir dentro un sentimiento nunca probado antes por aquella extraordinaria criatura. ¿Acaso se trataba del ambiente exótico? No supo decirlo, solo se enteró se ahogaba en un mar de placer y que nada le importaba más. Así que se relajó y pronto alcanzó una satisfacción de los sentidos nunca experimentada antes. Desde aquel día Catherine se convirtió no solo en su amante, sino también en su amiga y compañera: tenía el don de saber como volver completa la existencia de un hombre, pues sabía crear una perfecta armonía. Ella se ofreció a Emanuele en alma y cuerpo y decidió en aquellos días dejar a la familia para empezar una nueva vida a lado de su príncipe romano. Arrolla-dos por la pasión, ambos actuaron impulsivamente. Indiferente al escándalo, la primera dama de Bucarest dejó a su marido, sus pequeñas hijas y su país para seguir a Emanuele, que a su regreso en Italia reanudó la vida militar y fue enviado al frente. Catherine fue siempre una perfecta compañera y siguió a su hombre hasta en las campañas de guerra, de acuerdo con una tradición oral de la familia, se cortó su largo pelo negro y se vistió de ordenanza para estarle cerca bajo la tienda. Vivieron pues durante muchos meses como José y Anita Garibaldi. Pero todo ello afortunadamente terminó, ya que en 1864 el marido de Catherine falleció. Ella entonces se convirtió a la fe católica y en junio de aquel año se casó con Emanuele. Durante su breve vida conyugal dio a luz a Constantino en 1865, Eugenio en 1866, Mario en 1867, Catarina en 1868 y Margarita en 1870. Y murió de fiebres puerperales después del último parto en febrero de 1870. Esta infeliz mujer había agotado su vida en pocos años, sacrificando todo para su gran amor. Una mujer verdadera, con toda aquella ternura, sensualidad, volubilidad, calor y terco amor que formaron parte de ella. Para Emanuele fue un ser único y quedo desconsolado al recordar su breve y tormentosa existencia. Pero, respetuoso de la disciplina militar, siguió con su vida de oficial del ejército piamontés y formó parte brillantemente de la división Médicis en la guerra del 1866 y todavía seguía luchando a la muerte de Catherine. Después del matrimonio, Emanuele no había podido ofrecerle la ciudad de Roma y un digno puesto en aquella sociedad. Solo Dios sabía cuanto habría deseado hacerla conocer en su ambiente, pero era un exiliado político y había tenido que establecer la residencia de la familia en Senigallia a la orilla del mar Adriático, donde poseía un palacio y donde se reunía con su mujer para encuentros amorosos rápidos y vertiginosos. Cada año Catherine volvía a Bucarest para ver a sus hijas del primer matrimonio y para cuidar de sus intereses patrimoniales, pero el resto del tiempo lo dedicaba enteramente a los hijos de Emanuele, que crecían sanos y fuertes criándose en la finca de San Lorenzo en Campo  en la finca que llevaba el nombre de Poggio Suasa por una antigua ciudad de época romana, cuyas ruinas todavía se podían advertir. Emanuele estuvo presente en el  nacimiento de su quinta hija Margarita, que causó una gran preocupación al médico que la ayudaba. Fue un parto difícil y la madre agonizó entre los brazos de su adorado marido que la asistía con el corazón desgarrado por el dolor. Su Catherine había fallecido y el sintió que nunca habría podido amar a alguna otra mujer con el mismo arrojo. Los tres hijos varones tenían respectivamente cinco, cuatro y tres años, Catarina de un año y medio y Margarita de solo dos semanas. ¡Cuantos angustiosos problemas para un joven viudo! Pero las dificultades de la vida habían ya formado aquel carácter fuerte, que muchos lastimaron, de hombre poco flexible y de excesiva dureza.  Y en aquel momento fue justamente su carácter que le ayudó, estando solo con cinco hijos para componer antes de volver a su regimiento al término de su licencia. ¿Acaso trasladar los hijos a Roma? Imposible pensar en esta solución, en Senigallia había personal de servicio, elegido cuidadosamente por Catherine, la niñera para la recién nacida y un excelente superintendente para el control de la casa. Entonces pidió a su madre de reunirse con ellos y ella aceptó con cariño porque se trataba de una breve estancia en el Adriático ya que la anexión de Roma era, según decían, inmi-nente.
Emanuele regresó entonces a su batallón, con la seguridad de haber resuelto sus problemas domésticos lo mejor posible, justo a tiempo para participar a la marcha victoriosa del ejercito piamontés para la conquista de la Ciudad Eterna. Napoleón III había retirado de Italia las tropas francesas, que habían flanqueado los piamonteses en las victorias de Solferino y de Magenta, porque la Francia estaba duramente comprometida con el flanco alemán. Pero, aunque este flanco no hubiera existido, tal vez hubiera intentado detener un ataque al poder temporal de los pontífices. No obstante no pensó así Víctor Emmanuel II , que quiso completar cuanto antes la unificación de la península. En efecto, superada una endeble resistencia del ejército pontificio, la armada piamontesa tuvo vía libre y se presentó delante de los muros de Roma. Dado que los defensores de la  ciudad rehusaron abrir sus puertas, el comando piamontés decidió abrir una brecha a cañonazos. El 20 de septiembre de 1870, elegido un lugar a unos cien metros de la Puerta Pía, insigne monumento arquitectónico creado por la fantasía de Miguel Ángel y que de ninguna manera podía ser dañado, fue puesta en posición una batería de obuses, que con poco cañonazos abrió la histórica brecha. No hubo esparcimiento de sangre. Las tropas pontificias se rindieron y las piamontesas entraron y ocuparon la ciudad hasta la orilla izquierda del Tíber, mientras que los soldados aún fieles al papa se refugiaron en la orilla opuesta manteniendo el control del Vaticano y del castillo del Santo Ángel, con la autorización implícita del mando piamontés. Junto con los primeros Bersaglieri, entró por aquella brecha también el mayor de artillería Emanuele Ruspoli, con un nudo en la garganta por la emoción. Volvía en efecto a su ciudad once años después de haber huido de ella como perseguido político. Reveía calles y plazas queridas para su memoria, en medio a un jolgorio de muchedumbre, que le apretaban por todas partes para un abrazo afectuoso y pensó: «He aquí mi ciudad, tengo que dedicar mis energías para renovar esta ciudad que está por convertirse en capital de la joven nación italiana.» Todavía no tenía ganas de encontrarse con su primo el jefe de la familia y Gran Maestre del Sacro Hospicio Apostólico, aunque deseaba volver a abrazar a su padre. En lugar de ir a palacio, siguió así deambulando por las calles sin una meta en particular. En todas partes la gente le saludaba y aclamaba el uniforme italiano, demostrando con cuanto anhelo habían esperado la liberación. De repente Emanuele se encontró delante del Círculo de la Caza: este círculo, fundado por los socios de la caza del zorro el año anterior, estaba atestado de hombres de cada edad, que comentaban el día histórico que estaban viviendo. Emanuele no era socio, pero al aparecer delante la entrada con el glorioso uniforme, fue convidado a entrar y subir a la planta superior donde los socios más jóvenes le aplaudieron, mientras, a decir la verdad, los mayores, testarudamente papistas, prefirieron ignorarle. Entre los jóvenes, Emanuele vio algunos amigos de la infancia, que le sofocaron con preguntas, manifestando su entusiasmo por la unificación de Italia, le sentaron en el salón de la hospedería, le entretuvieron largamente y quisieron retar al ganador a una partida de cartas. Transcurrió así la tarde y cuando los amigos le invitaron para cenar les dijo que tenía que ir a su casa. Ya era tarde cuando se presentó en palacio Ruspoli: aquí también fue acogido con entusiasmo por el personal, con un abrazo afectuoso del padre y uno más frío del príncipe Juan. El 21 de septiembre de 1870 tuvo comienzo una nueva fase en la vida de Emanuele. Recibió un mensaje del anciano y competente duque Miguel Ángel Caetano, quien le convidó a palacio para comunicarle que había sido encargado por el gobierno italiano de formar una junta provisional de importantes ciudadanos para la administración de la ciudad. Por ello, Emanuele, con solo treinta y dos años, decidió dejar una prometedora carrera militar para iniciar una política que se reveló aún más rica de satisfacciones. Hombre de acción, ya conspirador por sus sentimientos democráticos liberales, oficial del ejercito italiano con una experiencia de diplomático, un matrimonio feliz truncado dramáticamente, puso una piedra sobre el pasado e inició la búsqueda de nuevos estímulos, porque su naturaleza le empujaba hacia los retos más difíciles.
Para controlar el traslado de la ciudad a la administración italiana, el gobierno decidió, en efecto, crear una junta provisional de gobierno para Roma, nombrando algunos eminentes ciudadanos, entre los cuales estuvo el príncipe Emanuele Ruspoli liberado de sus compromisos militares. La tarea principal de la junta fue la de asegurar el orden público y de convocar después un plebiscito popular para la adhesión de la ciudad al reino de Italia. No se perdió tiempo. La bandera italiana ondeó en el palacio del Quirinal  el 20 de septiembre. La junta tomó posesión el 24 del mismo mes y dos días después,  se enfrentaba con el espinoso problema de la enajenación de los bienes muebles e inmuebles pertenecientes a entes eclesiásticos. El 2 de octubre, por fin, se celebró el espléndido plebiscito que hizo latir de alegría cada corazón italiano, ya que casi todos los votos fueron a favor de la anexión. ¡Los votos negativos fueron menos de un uno por mil! Este éxito extraordinario fue la prueba que los tiempos ya eran maduros para el ocaso del poder temporal de los pontífices. El 8 de octubre, la junta promulgó su último decreto y acabó su mandato para ser sustituida por un comisario de gobierno. En solo doce días la junta desarrolló una labor extraordinaria, aunque Emanuele, más impulsivo que  analítico, lamentaba que no se hubieran tomado todas las medidas que el patriotismo de sus miembros le había inspirado. Para los que habían formado parte de la junta, fue el primera experiencia de gobierno de la ciudad en el momento históricamente más delicado, es decir que cuando el Vaticano se consideraba expropiado del poder temporal por el arrogante gobierno italiano, mientras que era necesario apaciguar los ánimos, imponiendo discreta-mente el nuevo curso. Emanuele empezó a estar convencido que en el futuro sería llamado para administrar su ciudad. Se puede afirmar que ningún afecto o atadura familiar le hubiera distraído de los objetivos políticos que anhelaba y que logró conseguir rápidamente y con la máxima determinación. Durante el mismo mes de octubre de 1870, una comisión romana se trasladó a Florencia para entregar al rey los resultados del plebiscito para la anexión de Roma a Italia. Dicha comisión estaba presidida por Miguel Ángel Caetani, duque de Sermoneta y compuesta por los príncipes Honorio Caetani y Emanuele Ruspoli, ambos jóvenes y gallardos. Cuando a continuación en palacio Pitti  se hizo entrega formal de los resultados del plebiscito romano a Su Majestad, la mu-chedumbre que abarrotaba la plaza pidió a viva voz que se asomara la comisión. El venerando Miguel Ángel Caetano rogó entonces a Emanuele, cuya voz era más estentórea que la suya, de saludar con unas palabras a la gente en la plaza. El discurso de Emanuele fue felizmente improvisado y suscitó varias veces aplausos ardientes. Con un estilo imaginativo y palabras vibrantes, el orador resumió los recientes acontecimientos de la historia de Italia, que habían obligado a la toma de Roma. Luego, cada vez más apasiona-do y acalorado por su fogosidad, remontó atrás en el tiempo, demostrando cuantos obstá-culos a la libertad de palabra habían interpuesto el poder temporal de la Iglesia, y esbozó las figuras de Savonarola, Arnaldo de Brescia y de otros mártires, que habían sufrido la muerte en la hoguera o en el patíbulo por su inagotable sed de libertad y amor de patria. Por primera vez en su vida Emanuele se arriesgaba con un discurso político y superó la prueba con la desenvoltura de un veterano. Sintió por primara vez vibrar el auditorio y probó un escalofrío de placer, en cuando se dio cuenta que los que le escuchaban estaban de su parte. Otro valor había nacido en él, le de una oratoria eficaz y cautivadora. Esta arma política la explotó con éxito cuando, tres años más tarde, fue elegido diputado de la XI legislatura en los distritos de Fabriano y de Foligno y reelegido en todas las siguientes hasta la XVII; alcalde de Roma unos años más tarde, cargo que conservó hasta la muerte y por último senador del reino  desde 1896.
Desde el final de los años ’70, doña Carolina, fue la abuela afectuosa y supo criar los cinco nietos con la sabiduría y la inteligencia que todos le reconocían, aliviando Emanuele de todas las preocupaciones de tipo familiar. Así él pudo dedicarse plenamente a librar sus batallas en el parlamento. La primera fue la del delicado problema de la supresión de de las corporaciones religiosas de Roma, extendiendo la ley de derogación ya vigente en el resto de Italia. La decisión era esperada ansiosamente no solo en Italia, sino también por las potencias extranjeras, que deseaban que las aclaraciones con el Vaticano llegaran cuanto antes.  ¿Por qué tanta espera? Pues porque de dicha ley hubiera dependido la posición jurídica nada menos que del Vaticano.  Las relaciones de la Iglesia con el poder civil italiano eran muy dificultosas. La ocupación de Roma frustraba las esperanzas del clero sobre el fracaso del movimiento del resurgimiento, de tal manera que habrían probablemente deseado con entusiasmo una intervención extranjera que activara un movimiento revolucionario. Italia había resuelto con la fuerza el problema de Roma, había denunciado las convenciones internacionales y había hecho prevalecer el interés y el derecho nacional. Sobre este tema de la supresión de las corporaciones religiosas el Parlamento mantenía una postura dudosa. El honorable  Ruspoli tenía las ideas muy claras al respecto, era un orador hábil, insistente y persuasivo. También por sus méritos, la ley fue extendida a la ciudad de Roma. Como dijo el hon. Pisanelli, defensor de las mis-mas ideas: « ¡Por la brecha de Porta Pía entran las leyes del reino de Italia! » En los debates parlamentarios Emanuele se mostraba intransigente y polémico. Un día que criticaba el gobierno por dejar a Roma, haciendo huir de la ciudad los mejores elementos de pensamiento liberal, fue interrumpido por el presidente del Consejo: « ¿Qué tendríamos que haber hecho? ¿Acaso no os hemos liberado? » La respuesta rápida del hon. Ruspoli fue: « ¡Vosotros debilitasteis la fe que había inspirado en el país el patriotismo de aquellos que regresaron del exilio y de las batallas patrias! » Expresaba clara-mente un sentimiento personal con amargura, habiendo constatado que la política borra paulatinamente los impulsos ideales. Y otra vez que el presidente del Parlamento se atrevió a murmurar al final de una intervención del hon. Ruspoli: « ¡Discurso tribunicio! » Obtuvo una réplica inmediata: « ¡Señor presidente, consiéntame contestarle que entre tantos pretorianos, un tribuno está muy bien! »
En el plano afectivo, sin embargo, el vacío dejado por el fallecimiento prematuro de Catherine había sido remplazado en cierto sentido por la fogosidad y hasta por la rabia que demostraba en su acción política. Sui madre, próxima a los ochenta, se preocupaba por el porvenir de los niños y pensaba que Emanuele necesitaría tener una mujer a su lado, sea para sustituirla el día que ya no estuviera, que para dulcificar su carácter que se estaba volviendo cada vez más rígido y duro con el pasar del tiempo. Así que le presentó a doña Laura Caracciolo, una hermosa y refinada señora de la aristocracia napolitana, entonces con veintitrés años. En los asuntos del corazón, Emanuele no parecía interesarse. Pero aceptó de encontrarse con doña Laura, solo que cuando trascurrían un poco de tiempo juntos, Emanuele se volvía ausente con el pensamiento y se despertaba de repente solo cuando la conversación vertía sobre Roma. No era el compañero ideal, algunas veces era hasta descortés. Pero su madre y doña Laura nunca se desanimaron. Doña Laura estaba fascinada por aquel guapo cuarentón, que frecuentaba la Casa Real y todos los principales hombres políticos, que se sentaba en los bancos de derecha en un Parlamento donde sus discursos eran a menudo apreciados por la izquierda. Su matri-monio fue en julio de 1878. Emanuele había adquirido un palacete en la calle de San Nicolás de Tolentino, cerca de la plaza y del palacio Barberini , donde se trasladaron todos sus hijos del primer matrimonio. Doña Laura tomó sabiamente las riendas de la familia y dado que en esta faceta Emanuele prefería hacerse guiar, sugirió de tener en casa a las niñas e ingresar los varones en el colegio. Fue así como Constantino y Mario entraron en el colegio Nazareno de Roma, mientras que Eugenio, de carácter rebelde e indisciplinado, ingresó por voluntad paterna en la Escuela Militar de Florencia.
Emanuele en aquel tiempo estaba concentrado en otra gran batalla parlamentaria. Hay que saber que la historia de Roma estaba marcada por decenas de desastrosas inundaciones causadas por el Tíber y registradas desde siglos en los anales de la ciudad. Estas inundaciones producían indefectiblemente daños materiales y pérdidas de vidas humanas, no solo por ahogamiento sino también por las exterminadoras epidemias que seguían después. Una de las crecidas más funestas se había producido durante el invierno 1870-1871, cuando las aguas habían sumergido todo el centro urbano. Justo como tres siglos antes, cuando una barca de pescador se había encallado en la plaza de España y el padre escultor de Juan Lorenzo Bernini, decidió inmortalizar el hecho creando la famosa fuente, llamada por esto “la Barcaccia” . El gobierno italiano propuso resolver en seguida el problema, dado que la nueva capital no podía estar sumergida cada vez que hubiera una crecida del Tíber. Este río no era querido por los verdaderos romanos, porque no había paseos a lo largo del río, sino que se asomaban al mismo las fachadas de servicio de casas y palacios. Se debatió entonces largamente un proyecto de ley denominado como el saneamiento higiénico de la ciudad de Roma y durante años muchos proyectos que fueron todos rechazados fueron sometidos a la comisión encargada. Al final fue aceptado el proyecto de la oficina técnica municipal, que preveía la demolición de todos los edificios a las orillas del río hasta una profundidad de veinte metros en ambos lados para crear dos avenidas arboladas a un nivel de 18 metros, tal para asegurar para siempre la protección de las inundaciones. El río quedaría cerrado por dos murallas de travertino, que habrían incorporado en la orilla izquierda la isla Tiberina , enterrando el histórico puente Fabricio . Este antiguo puente de veintitrés siglos, fue el primero construido en Roma para conectar la orilla etrusca, allí donde se estrechaba el curso del río. El hon. Ruspoli apoyó el proyecto con la condición que se salvara íntegramente la isla Tiberina. Curiosamente la mayoría parlamentaria se le opuso en este punto, demostrándose en cambio favorable al proyecto integral. Para Emanuele, la desaparición del puente romano, restaurado por un papa y por lo tanto admirablemente conservado, como también la supresión del brazo izquierdo del río con la desaparición de la isla, representaba una ofensa a la memoria histórica y arqueológica de la ciudad. Terco en su pensamiento, después de meses de batallas oratorias, ganó por fin también esta vez; a él por lo tanto se debe la conservación de un legado de la mayor categoría.
En casa, mientras doña Laura cuidaba cariñosamente las pequeñas Catarina y Margarita, pero estaba muy afligida por no ser capaz de dar a Emanuele un hijo de su propia sangre. Pasaba el tiempo y su vida se llenaba de encuentros mundanos, era famosa, apetecida, pero infeliz a causa de su esterilidad. Por fin, tres años después de casarse quedó embarazada. Pero fue un embarazo complicado y unos meses de guardar cama la permitieron de dar a luz un niño, pero ella no pudo sobrevivir. El sexto hijo de Emanuele, Camilo, nació pues huérfano de madre y de abuela que había fallecido el año anterior, y tuvo una niñera que venía de la Ciociaria, una provincia campesina que suministraba niñeras para las buenas familias romanas. Sus hermanas tuvieron una buena nanny  inglesa, miss Coleman, que se demostró óptima con las niñas y con el gobierno de la casa. Emanuele se había acostumbrado a comer en casa, pero por la tarde, mientras que no tuviera invitados, cenaba fuera.
Había sido elegido ya por primera vez alcalde de Roma y se preocupaba del escán-dalo de los especuladores edilicios en la ciudad. Convencido sobre la necesidad de regular adecuadamente el desarrollo de la construcción, convidó a Roma el Barón Haussmann, conocido artífice de los bulevares parisinos en calidad de prefecto del Sena.  Con una visión urbanística inteligente e increíblemente moderna el Barón declaró: « La vieja Roma ha mantenido un carácter histórico y artístico único en el mundo y todavía está protegida por una corona verde formada por viñas y jardines. Conservadla así como está: intervenid solamente en restauraciones conservadoras, haced que sea un museo viviente. La nueva capital, con todos los edificios públicos y las residencias de los funcionarios, construidla en la zona próxima más saludable, es decir sobre los altos del monte Mario.» La propuesta Haussmann fue debatida en el consejo comunal pero al final fue rechazada porque en una época de paseantes y de coches de caballos, ¿Quién hubiera escalado los cien metros de desnivel existentes entre los prados de castillo y la cumbre de monte Mario? Como alcalde, Emanuele en primer lugar reorganizó las oficinas municipales, que parecían escasamente eficientes. Tuvo buen olfato en rodearse de buenos colaboradores y el municipio empezó a funcionar convenientemente bajo su guía inflexible. Entonces pro-yectó un amplio programa de actuaciones que iba desde los hospitales a la asistencia para las clases más necesitadas, a las escuelas y colegios y a las grandes obras públicas, pero siempre con un ojo atento al balance y a los posibles ingresos financieros. Ocupando al mismo tiempo el cargo de diputado, llevó con autoridad la voz de Roma en el Parlamento, luchando para obtener ayudas del Estado a su programa y haciendo hincapié que el Ministerio del Interior impusiera a la ciudad unas obligaciones, sin preocuparse sobre como financiar los gastos relativos. Fue un grande e implacable adversario de todas las trabas y obstáculos que abierta o veladamente intentaron de mil maneras estorbar a su obra. La dureza que algunos criticaron estaba causada solo por su desprecio a los intrigantes, cabilderos, traficantes y especuladores. Pareció en un momento dado que estos últimos tuvieron ventaja cuando consiguieron excluirle de las elecciones administrativas, pero fue una victoria de corta duración y que se volvió favorable a Emanuele, porque consiguió volver a entrar mediante una espléndida votación en el consejo comunal, se quedó y fue elegido nuevamente como alcalde presidente. Desde entonces fue alcalde de Roma hasta su muerte.  Avanzaron por aquellos años las obras de encauzamiento del Tíber, mediante la construcción de unas murallas macizas. Todas las áreas de  los prados de castillo fueron así protegidas de las crecidas del río e incluidas como zonas de expansión urbana en la redacción del primer plan regulador urbanístico ciudadano, que sería aprobado finalmente en el año 1883. Emanuele fue un hombre integro, de una honestidad ejemplar. Era propietario de una amplia zona de los prados de castillo, que fue recalificada como área de expansión. Pues bien, unos meses antes que fuera presentado el nuevo plan al consejo comunal, vendió dichos terrenos por unos pocos centavos, diciendo: « ¡Si no lo hiciera, me arriesgaría a no decidir por lo mejor, al estar condicionado por un interés privado mío!»
A Víctor Emmanuel II le había sucedido el rey Humberto I  y con el pasar del tiempo, se había convertido en costumbre que los principales problemas de la capital fue-ran examinados y discutidos en el palacio del Quirinal entre el rey, el presidente del consejo y el alcalde de Roma.
Muchas iniciativas encontraron entonces su solución, porque sin la participación del estado, nunca se habrían realizado obras grandiosas como Corso Víctor Emmanuel  (que conecta Largo Argentina al Tíber, con un corte atrevido a los barrios más antiguos) o el paso muy elevado sobre el Muro Torto  (para dar acceso al Pincio desde Villa Borghese) o el paseo arqueológico ante las Termas de Caracalla  o el túnel que une la vía Nacional con la vía del Tritone. El rey Humberto temía que los anárquicos colocaran una bomba en el túnel, haciendo saltar por los aires el palacio del Quirinal que se encuentra encima del mismo. « ¡Lo siento Majestad, pero  antes de todo viene el interés de la ciudad de Roma! » fue la contestación de Emanuele a las dudas del rey. Diez años más tarde el rey murió por un atentado anárquico, pero no en Roma, sino en la ciudad de Monza.
En una época en que el gobierno italiano no mantenía relaciones con el Vaticano, el alcalde tuvo el gran merito de saber evitar desacuerdos entre la Santa Sede y el Municipio. Durante los últimos diez años, en caso de que hubiera un problema, enviaba la princesa a una audiencia con el papa, pero a la vez procuraba resolver el malentendido en su oficina del Campidoglio. Autoritario y con una voluntad de hierro, como ya dijimos,  hacía temblar a todos. Un día que la plaza del Campidoglio estaba repleta de gente vociferante por una acción de protesta, él no se descompuso, se puso el cilindro, encendió un puro y salió en medio de la muchedumbre. La aglomeración, silenciosa, abrió un pasillo y le dejó pasar sin un gesto hostil. ¿Y si hubiera sido pequeño de estatura y tímido, con un aspecto frágil? Era imponente y con aspecto solemne. La altivez, de por sí, es antipática, pero el orgullo en ciertos casos se puede convertir en virtud.
En 1889 se casó con Josephine Beers Curtis: fue su tercer matrimonio. Los Curtis, desembarcados del Mayflower en América,  el nuevo mundo de los pioneros, formaron parte de la upper class  de los Estados Unidos y se convirtieron en ricos banqueros. Des-pués de dos siglos decidieron volver para conocer al viejo mundo y se enfrentaron a una travesía del Atlántico unos padres con una hija de quince años, mientras que la segunda hija nacería al año siguiente. Dicha travesía fue tan borrascosa y la familia sufrió mareos tan atroces que al llegar a París, decidieron establecerse allí, renunciando a volver a Philadelphia. Josephine, nacida en París, debe ser considerada medio americana y medio parisina.  Los Curtis fueron orgullosos de pertenecer  a los Empires builders  porque habían contribuido a crear el gran imperio financiero americano. Representaban pues la aristocracia del trabajo que buscaba un ensalzamiento uniéndose con la aristocracia europea, rica de historia y de gloriosos recuerdos. La joven Elisabeth Curtis se casó en Paris con el duque de Talleyrand Périgord, descendiente del famoso ministro de Napoleón I. Fue una mujer inteligente y enérgica que mandaba en casa y fuera de ella, como una especie  de abeja reina. En su palacio de Paris recibió la mejor sociedad francesa, así como austriaca, rusa, inglesa y americana. Además tenía el empeño de arreglar matrimonios.
Después de la muerte prematura de Constantino, Emanuele se hizo acompañar en una misión parlamentaria en París por su hijo Mario de veinte años y dispuesto a iniciar una carrera diplomática. Elisabeth conoció entonces ese joven soltero, príncipe romano, le presentó a su hija Palma de  Talleyrand Périgord y consiguió que se casaran. Todavía insatisfecha, habiendo conocido en la ocasión a Emanuele , entonces viudo cincuentón, príncipe de Poggio Suasa, diputado del Parlamento italiano y alcalde de Roma, envió a su hermana Josephine con motivo de un viaje turístico y cultural, como es natural, huésped en palacio Ruspoli. Así pues consiguió arreglar este segundo matrimonio. Mario fue un poco trastornado porque se encontró con una madrastra de su edad y tía de su mujer. Emanuele, que nunca quiso escuchar la opinión de sus hijos, estaba encantado con una mujer joven de menos de la mitad de sus años, una gran señora internacional y de clase alta, que le permitía un nuevo comienzo y un regreso a los afectos familiares olvidados hace tiempo en el torbellino de su carrera política. Su carrera ya tan consolidad que le permitía tomarse alguna agradable diversión. La vida para él había sido muy generosa, le faltaba solo el título de senador que obtuvo en 1896, había visto duplicar en dos décadas la población de su ciudad en base a los eficaces programas dibujados por él mismo y había gozado de los años inolvidables de su gran pasión con Catherine. Era un hombre satisfecho, trabajador incansable, que seguía sin desviarse del camino que se había traza-do.
La princesa Josephine fue una mujer afectuosa y discreta detrás de la sombra de su gran hombre. Pero supo secundarle también con inteligencia en las relaciones públicas, contribuyendo con un toque de elegancia y de savoir-faire  que la permitieron alcanzar éxito y excelentes amistades en la sociedad italiana e internacional. Mientras, Emanuele conseguía reconocimientos y atestados también en el extranjero: incluso fue condecorado con la gran cruz de la Orden del Águila Blanca  por el zar de Rusia y también en aquella ocasión, Josephine estuvo a su lado. Una gran preocupación de Emanuele era su hijo Eugenio, inconstante e indisciplinado, quien había decidido encontrar a su destino en la exploración de las tierras de África. No dejó de llevarle el ejemplo de su hermano Mario e intentó disuadirle de todas las formas, hablándole de los peligros de estos viajes y de los muchos que no habían regresado de ellos. Pero Eugenio fue más testarudo que su padre y nada hizo que cambiara de idea. Así que al final Emanuele se rindió a la idea y le ayudó en la hazaña, también porque el joven habría podido encumbrar aún más el nombre de la familia, y a la vez haría un buen servicio a su País. En abril de 1891, justo cuando nació Francisco, primer hijo de Josephine, Eugenio partió para su primera misión en Somalia. Al año siguiente Josephine dio a luz a Victoria, mientras que su tercer hijo, nacido en 1894 después de la trágica muerte de Eugenio el explorador, se llamó con el mismo nombre en memoria del heroico pero desafortunado hermanastro.
La energía que Emanuele prodigaba en todos sus actos y su excelente aspecto físico no dejaron sospechar que fuera seriamente enfermo. En aquel tiempo no existían curas válidas contra la diabetes. Empezó rápidamente a  desmejorar. Siguió yendo a su oficina en el Campidoglio hasta el mes de octubre de 1899, pero luego se sintió tan débil que guardó cama durante el mes siguiente. La princesa Josephine estaba aterrorizada: todavía era joven y sabía que hubiera sobrevivido a su marido, pero no de cincuenta y tres años, como de hecho ocurrió. Ella dividía el tiempo entre los niños de ocho, siete y cinco años ignorantes de la tragedia en ciernes y la cama del marido. En el palacio reinaba una gran tristeza. Emanuele se encontraba prácticamente en coma, cuando en las primeras horas del 29 de noviembre su médico, el ilustre profesor Baccelli ordenó una sangría que pareció aliviar de momento al enfermo. Pero saliendo de la habitación dijo el profesor: «La situación es desesperada, el fin es inminente.» Cuando su sufrimiento terminó a las 9:15 horas, estuvo presente el párroco para darle la extremaunción y rezar las oraciones para los difuntos. En el cuarto adyacente se encontraban la princesa, el hermano Luís, el caballero Albertini, jefe de su gabinete y el caballero Bianchi, secretario general del ayuntamiento. Tras el aviso, se personó en seguida el pro-alcalde con un aspecto literalmente trastornado. El Campidoglio  expuso la bandera a media asta y los romanos honraron la memoria de su alcalde durante tres días de luto oficial.
El tres de diciembre una lenta procesión atravesó el centro de la ciudad entre dos tupidas alas del pueblo conmovido. A lo largo del recorrido se dispusieron en orden dos hileras de soldados en posición de presentar las armas. El coche funerario, con seis caballos enjaezados a luto, estuvo flanqueado por los dos lados por el servicio de la casa en librea, a continuación iba la princesa viuda con sus tres niños: Francisco, Victoria y Eugenio, los hijos: Mario, Catarina y Margarita con sus consortes, las más altas autoridades del Estado, el consejo municipal al completo, el cuerpo diplomático acre-ditado ante el Estado italiano y los representantes de todas las instituciones benéficas y asistenciales fundadas por el difunto. La procesión terminó ante la iglesia parroquial de San Bernardo, donde el cardinal vicario había autorizado el ingreso de los restos mortales de Emanuele para celebrar una misa para los difuntos. Sin esta autorización, los restos hubieran podido solo ser bendecidos ante el entierro. Este fue un postrero gesto de generosidad del Vaticano ante el primer funcionario de la administración civil romana, en un tiempo en que la Santa Sede no había todavía olvidado la ofensa recibida de Italia y máxime cuando la familia real de los Saboya todavía estaba excomulgada.

Y este es el enlace con la separata: Don Emanuele Ruspoli


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