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viernes, 7 de marzo de 2014

El problema del oso

EL PROBLEMA DEL OSO 

Lo divertido de este problema es que muchos lo han oído y saben la solución pero no tienen suficientes razones para demostrar que esa es la solución, así es que, aunque la sepas, búscala más adelante para ver si la sabías del todo. 

Un hombre está cien metros al sur de un oso; anda cien metros en dirección este, luego se vuelve hacia el norte, dispara su fusil en esa dirección y le da al oso. 

¿De qué color era? (El oso, claro.) 


Oso Panda gigante

Oso pardo

Oso polar

Oso pardo




SOLUCIÓN

El oso tenía que ser blanco; un oso polar. La razón que se da normalmente es que el oso tenía que estar justo en el Polo Norte. Pues bien ésta es una de las posibilidades, pero no la única. Desde el Polo Norte, todas las direcciones son sur, así es que si el oso estaba justo en el Polo Norte y el hombre estaba 100 metros al sur de él y andaba 100 metros en dirección este, y una vez allí se colocaba en dirección norte, estaría de nuevo mirando hacia el Polo Norte. Pero como dije, ésta no es la única solución; la verdad es que hay infinitas soluciones. Podría ocurrir, por ejemplo, que el hombre estuviera muy cerca del Polo Sur, en un punto en el que el círculo polar que pasa por allí es una circunferencia de justamente 100 metros, y que el oso estuviera 100 metros al norte de él. En este caso, si el hombre anduviera 100 metros en dirección este, estaría andando justo alrededor del círculo y, tras andar 100 metros habría vuelto al mismo punto donde había comenzado. Y aquí tenéis, pues, la segunda solución. Pero además, el tipo podía estar todavía un poco más cerca del Polo Sur, en el círculo polar que es una circunferencia de 50 metros exactos, de manera que si anduviera 100 metros en dirección este habría dado la vuelta dos veces a ese círculo y estaría de nuevo en el punto de partida. O podía estar un poco más cerca del Polo Sur, en un punto en el que la circunferencia y el círculo polar es la tercera parte de cien metros y haber dado la vuelta al círculo tres veces y estar de nuevo en el punto de partida, y así, hasta cualquier número positivo n. Así pues, hay en realidad un número infinito de lugares en la tierra donde las condiciones dadas se cumplen; evidentemente, en cualquiera de esas soluciones, el oso estaría suficientemente cerca o del Polo Norte o del Polo Sur como para que fuera un oso polar. Hay, claro está, la remota posibilidad de que un malvado ser humano hubiera transportado deliberadamente un oso pardo hasta el Polo Norte sólo para dejar mal al autor de este problema. 

El burlador burlado


El burlador burlado



Un compañero mío de la Universidad de Roma tenía dos hermanos pequeños, uno de seis y otro de ocho años. Yo iba frecuentemente por su casa para estudiar con él y muchas veces les hacía juegos de magia a los niños. Un día llegué y les dije:
- Tengo un truco con el que os puedo convertir a los dos en leones.
Con gran sorpresa por mi parte uno de ellos saltó:
- Vale, conviértenos en leones.
- Bueno - les contesté - es que, la verdad... es que... bueno, no lo puedo hacer porque luego no podría volver a convertiros en niños.
Pero el pequeño contestó:
- ¡Qué mas da! Quiero que nos conviertas en leones de todas formas.
- No puedo, de verdad que no hay ninguna forma para reconvertiros después.
El mayor me gritó:
- ¡Quiero que nos conviertas en leones de una vez!
A la vez que el pequeño me preguntaba:
- ¿Y cómo haces para convertirnos en leones?
- Ah, pues, pronunciando las palabras mágicas.
- ¿Y cuales son? Dínosla.
- Para decíroslas tendría que pronunciarlas y entonces os convertirías en leones.
Se quedaron pensando un momento, y luego uno de ellos me preguntó:
- Pero ¿no hay otras palabras mágicas que sirvan para reconvertir?
- Si, claro que las hay, pero lo que pasa es que si digo las primeras palabras mágicas, os convertiríais en leones, pero no sólo vosotros, sino todo el mundo, incluido yo, y como los leones no saben hablar, no quedaría nadie en el mundo que pudiera decir las otras palabras mágicas para reconvertirnos.
El mayor dijo rápidamente:
- Pues escríbelas.
Pero el pequeño dijo:
- Yo aún no sé leer.
- No, no lo de escribirlas es totalmente imposible, porque incluso escritas convertirían a todo el mundo en león.
Me miraron y dijeron:
- ¡Ah!
Una semana después me encontré con él de ocho años y me dijo:
- Carlo ¿sabes qué? Quiero preguntarte una cosa que estoy pensando desde el otro día.
- ¿El qué? - le dije.
- ¿Oye, y cómo hiciste tú para aprender las palabras mágicas?