Acto de entrega del Premio Internacional Francisco de Vitoria por el embajador de Italia, Giuseppe Buccino Grimaldi.
El acto de entrega del Premio Internacional de Novela Histórica “Francisco de Vitoria” 2026 tuvo la serenidad y la hondura de esas ocasiones en las que la literatura se convierte en un puente entre generaciones. No fue solo una ceremonia: fue un reconocimiento público al trabajo silencioso, a la constancia y a la fidelidad a una tradición narrativa que ilumina nuestro pasado para comprender mejor el presente. El ambiente, cordial y atento, permitió que cada palabra resonara con su propio peso. La presencia de quienes acompañaron el acto —colegas, amigos, lectores— añadió una dimensión afectiva que hizo del reconocimiento algo más que un galardón: una celebración compartida. El momento de recibir el diploma, enmarcado por la imagen de Vitoria, tuvo la dignidad de un rito civil en el que se honra la memoria, el estudio y la creación.
Fue, en suma, un acto sobrio y luminoso, donde la literatura volvió a recordarnos que sigue siendo una forma de verdad y una forma de gratitud.
A continuación, publico mi discurso.
Premio Internacional de Novela Histórica “Francisco de Vitoria” 2026 y presentación de El Profeso y los Borgia
Señoras y señores, queridos amigos:
Permítanme comenzar expresando mi gratitud más honda al Centro Riojano de Madrid, al Grupo Editorial Sial Pigmalión, y al jurado del Premio Internacional de Novela Histórica “Francisco de Vitoria” 2026. Recibir este reconocimiento no es para mí una investidura —como dije recientemente en una entrevista— sino una brújula. Una confirmación de que el camino, con sus dudas, sus desvíos y sus obsesiones, tiene sentido para alguien más.
Gracias, don Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila, Dr. Marqués de la Floresta, generoso prologuista de la novela; gracias, don Basilio Rodríguez Cañada, presidente del Grupo Editorial Sial Pigmalión, gran editor con el que colaboro desde hace años. Su presencia honra este acto y me recuerda que la cultura es siempre un diálogo, nunca un monólogo.
Este libro nació donde se cruzan la historia, la conciencia y la libertad interior.
Me atrajo un episodio apenas iluminado y una pregunta que sigue viva: ¿qué hace el ser humano cuando el poder, el destino y la conciencia chocan?
El Profeso me ofreció un rostro desde el que explorar esa frontera.
Y quise dedicar la novela a Giordano Bruno, cuya muerte encendió para siempre la libertad de pensamiento.
Giordano Bruno (1548-1600) fue un filósofo, poeta, matemático, astrónomo y fraile dominico italiano del siglo XVI. Su fama nació de su martirio por defender ideas científicas, como la del universo infinito, adelantada al pensamiento de sus contemporáneos. Sin embargo, para las mentes de la época un universo infinito y sin centro era una teoría desestabilizadora, por lo que despertaron las alarmas de la iglesia. Giordano Bruno fue juzgado por un tribunal de la Inquisición, que le acusó de hereje. En el juicio contra Bruno se le declaró culpable de los cargos que se le adjudicaron y fue condenado a morir en la hoguera. Así nació su leyenda como mártir, que soportó el sufrimiento con tal de apegarse a los principios científicos.
Porque la historia —cuando se mira sin miedo— es una meditación sobre la responsabilidad personal en tiempos convulsos.
Crecí en una familia donde la historia no era un capítulo del pasado, sino un miembro más de la casa.
Mi abuelo y sus siete hermanos obtuvieron entre las dos guerras mundiales quince medallas al valor militar —cinco de ellas de oro— y hay calles en Italia que los recuerdan. Ese legado no es un pedestal, sino una responsabilidad: la dignidad, el coraje y la coherencia no se heredan, se ejercen.
Quizá por eso escribo desde ese cruce entre memoria y conciencia, entre herencia y libertad.
La historia no es un museo: es un espejo que nos devuelve preguntas que aún no sabemos responder.
En El Profeso y los Borgia he querido apartarme del ruido y del sensacionalismo. Los Borgia fueron seres humanos: intensos, contradictorios, vulnerables. No busco absolverlos ni condenarlos, sino comprenderlos.
La historia no necesita defensores ni fiscales: necesita testigos atentos.
El proceso de documentación fue un viaje largo y casi ritual. Leí crónicas, cartas, archivos… pero sobre todo intenté escuchar el latido de la época. A veces un olor, una luz o una nota marginal dicen más que cien tratados. Tuve el privilegio de acceder al archivo del linaje Enríquez en el castillo de Espejo, un tesoro documental que me permitió reconstruir el mundo humano y político del libro.
Me considero un escritor barroco. El barroco no es solo una estética: es una manera de vivir, de mirar el mundo con intensidad, de aceptar que la existencia es un tejido de luces y sombras, de solemnidad y humor.
Transito fronteras: entre lo íntimo y lo histórico, entre la filosofía y la anécdota rural, entre la gravedad y la risa.
En la novela, la espiritualidad ocupa un lugar central.
No hablo de religiosidad formal, sino de esa dimensión interior que busca sentido.
La espiritualidad puede elevar o destruir: es el territorio donde se decide la verdadera libertad.
La gran batalla del ser humano siempre ocurre dentro.
Espero que el lector encuentre una historia que lo envuelva y una pregunta que lo acompañe. Que descubra un tiempo fascinante y, al mismo tiempo, se reconozca en los dilemas de quienes lo habitan. Si cierra el libro con una luz distinta, habré cumplido mi propósito.
Mi blog nació como un espacio de libertad, sin intermediarios ni solemnidades. Con el tiempo se convirtió en un puente con lectores de todo el mundo. La literatura sincera —lo he comprobado— no necesita pasaporte.
Permítanme terminar con una convicción que me acompaña desde hace años. La cultura no es un adorno: es una forma de libertad. Leer, pensar y dialogar nos hace más humanos. Y mientras exista un lector, la oscuridad nunca será completa.
Vivimos en un mundo que corre, que grita y que simplifica. Por eso creo que la verdadera rebeldía es pensar con calma y sentir con profundidad.
Permítanme, antes de concluir, situar este libro dentro de mi propio camino literario. A lo largo de los años he escrito novelas históricas, memorias transfiguradas, crónicas de arquitecto, poesía y ensayo. Cada obra ha sido una estación distinta de un mismo viaje: comprender al ser humano en sus luces y en sus sombras. Y hoy, mientras presento El Profeso y los Borgia, trabajo también en un proyecto que me acompaña desde hace tiempo: el poemario bilingüe El Espejo de las Edades del Alma, una obra donde poesía, testimonio y tradición espiritual dialogan sin estridencias. Es, quizá, la síntesis más íntima de todo lo que he intentado pensar y sentir en estos años.
Muchas gracias.

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