miércoles, 11 de junio de 2014

Acto de presentación de mi novela El Profeso y el opio

Discurso del autor


Cuando escribí mi primer libro Retratos, publicado por la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, uno de los personajes que retraté llamó fuertemente mi atención. Se trata de mi antepasado el conde Galeazzo Marescotti, héroe de Bolonia, cuya vida azarosa al principio y político-literaria después, le consintió llegar casi a los cien años de edad. Decidí entonces escribir mi primera novela histórica el Confaloniero, basada en aquel personaje y en los sucesos del condado de Bagnocavallo, un feudo otorgado por el emperador Carlomagno al primero del linaje Marescotti: Mario el Escocés, a principios del siglo IX. Mario fue el hermano del conde y jefe del clan Douglas. Tras esa primera novela, escribí un libro de geografía antropológica titulado Orientalia, basado en mis viajes a Oriente, mientras pensaba como continuar con las novelas históricas aprovechando los escenarios que describí en ese libro. En aquel momento acaricié la idea de crear un nuevo antepasado de ficción, Giangaleazzo Ruspoli, tomando ejemplo de ese antepasado homónimo. Luego me pregunté: ¿Qué características tendría el personaje? Teniendo en cuenta mis largos años de colaboración activa con la Orden de San Juan de Jerusalén, hoy Orden de Malta - que efectúa sus esfuerzos para los enfermos y necesitados sin distinción de raza, religión o condición, sintetizada en la regla: «Tuitio Fidei et Obsequium Pauperum»  - pensé en convertirlo en un caballero de Justicia o Profeso de la Orden, el grado más alto, con los tres votos de obediencia, castidad y pobreza. Mi personaje se de-nominó desde ese momento fray Giangaleazzo. Además, tenía que definir las virtudes, capacidades y especialidades de fray Giangaleazzo, lo cual fue fácil, porque le atribuí las facultades que a todos nos gustaría tener. ¡Ya había creado el pórtico para construir encima mis novelas históricas! 



Fray Giangaleazzo fue seduciéndome con cada una de sus aventuras, hasta ejercer en mí el hechizo que despiertan los grandes detectives de la literatura, como Hércules Poirot o Sherlock Holmes.
¿Es una casualidad que la fecha de la primera edición del Profeso y el opio concuerde con el aniversario del nacimiento de Sir Arthur Conan Doyle? ¡El investigador de Sir Arthur, Sherlock Holmes, no creía en las coincidencias...!



Gracias a las investigaciones de Fray Giangaleazzo, el lector puede profundizar en su universo, en su carácter peculiar, en su exquisita cultura, en su círculo familiar, cargado de luces y sombras. No obstante, Ruspoli sigue siendo un personaje enigmático, que guarda tras su rostro inescrutable multitud de misterios y talentos desconocidos. Mi protagonista nació en 1137 en Siena, en el seno de una noble y adinerada familia y creció junto a sus seis hermanos. A los diez años de edad, dos lamas tibetanos se presentaron en la residencia familiar de los Ruspoli y le examinaron por ser la posible reencarnación del lama Shiakamuni, padre de la medicina tibetana. Más tarde cursó sus estudios universitarios en Florencia y Roma. A los veinte años ingresó en la Orden de San Juan de Jerusalén, por ser el más joven de los hermanos. Tras ingresar en esa Orden cursó estudios de medicina y cirugía, derecho canónico, esgrima, arquería y defensa personal y se convirtió en caballero Profeso a los cinco años, con votos solemnes. Sin embargo en un momento de pérdida de memoria tuvo una relación con una noble franco-egipcia de la que nació́ su única hija Ginebra. Tras ejercer durante años la medicina y la caballería en Tierra Santa, sus inquietudes le fueron llevando a otros terrenos, centrándose sobre todo en la investigación que paulatinamente se convierte en su principal actividad por la que es llamado a resolver los casos más difíciles. El ya Fray Giangaleazzo Ruspoli, héroe de la antigüedad, se convierte en un asombroso investigador de otras épocas. Viaja en el tiempo y en el espacio y puede estar en cualquier parte. El aspecto físico de Giangaleazzo impacta a quien le ve por primera vez. Es alto, esbelto y de maneras elegantes. La distinción que caracteriza su forma de caminar queda reforzada por sus trajes, siempre oscuros y confeccionados a medida, por las diestras manos de un sastre italiano. Ninguna de sus facciones pasa inadvertida. Sus ojos, de un penetrante color gris azulado parece que irradian luz por sí solos. Su cabello, de un rubio plateado y resplandeciente, contrasta con la oscuridad de su atuendo. Su as-pecto, en casi todas las novelas, recuerda al triste hidalgo Don Quijote de la Mancha de Cervantes, es decir un hombre que ronda los cincuenta años de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador, amigo de la oración, de la meditación, de la caza, de las artes marciales y de la buena condición social. Como dicta su abolengo, los modales y gustos de Giangaleazzo son distinguidos. Sus pies solo calzan zapatos elaborados en la mítica zapatería artesanal Sebago, que encarga directamente en New England cuando se encuentra en la época adecuada. Asimismo, su paladar es refinado y exigente, por lo que a veces solicita que le preparen manjares exclusivos cuando está investigando un caso en cualquier parte del mundo. Y conoce los buenos vinos como un gran sumiller. Vaya donde vaya, Giangaleazzo se desplaza con los mejores medios a disposición en la época en la que se encuentre. Cuando Giangaleazzo sonríe, cosa que sucede en raras ocasiones, algo en su interior permanece gélido e insondable. Su voz es aterciopelada pero con la firmeza del cuero. Su arrogancia no es gratuita. Giangaleazzo ha estudiado tantas disciplinas que su nivel intelectual supera el de todos los que le rodean: domina varias lenguas, muertas o vivas, es experto en medicina, arte, literatura, ciencias, armas, artes marciales y facultades esotéricas, y un verdadero maestro en el arte de la meditación. La vastísima cultura de Giangaleazzo es inabarcable, pero aun así, el Profeso continúa formándose e investigando sobre las más diversas materias. Su destreza, cultura, inteligencia y valentía le convierten en un investigador letal e implacable y en un hábil manipulador de la mente humana capaz de adoptar distintas personalidades. Empero, consigue ganarse la confianza y la amistad de sus fieles colaboradores, quienes creen a ciegas en las habilidades y la pericia del investigador. Como todos los genios, Giangaleazzo tiene enemigos que le han marginado y perseguido, e incluso le han torturado, esclavizado, condenado, emparedado y apresado. Aun así́, quien trabaja con él comprende de inmediato que se encuentra ante un ser sorprendente, un investigador superdotado, una mente única, compleja y clarividente al servicio de los necesitados y de la justicia.



El Profeso y el opio es una novela muy especial para mí y espero que los lectores la disfruten en el mismo grado que yo, tanto en su proyecto, cómo mientras la escribía. Es una novela de denuncia de los estragos de la droga y la tragedia del comienzo del narcotráfico en el siglo XIX, así como del mal comportamiento de los ingleses contra los chinos. No obstante mi antigua ascendencia británica, me avergüenzo por las dos guerras del opio y los millones de muertos chinos por ese motivo. Inglaterra se aprovechó descaradamente de su evidente superioridad bélica para imponer sus intercambios comerciales, centrados principalmente en el opio. Asimismo se apropió de territorios como Hong Kong y Kowloon y Lantau, hoy justamente devueltos a los chinos, con la excusa de apoyar sus cambalaches lucrativos. Pero también saqueó y quemó parte de la Ciudad Prohibida de Pekín y del Palacio de Verano del siglo XV, unos actos de vandalismo muy grave e injustificado. Giangaleazzo participa en estos sucesos situándose al lado de los emperadores de la dinastía Qing, para ayudarlos en la lucha contra los ingleses y los sediciosos Taiping. Giangaleazzo estará acompañado esta vez por su mujer Ileana, su hija Ginebra y su fiel mayordomo, el señor Gordon. Todos asumirán unos papeles como personajes de la dinastía Douglas. La gran labor de Giangaleazzo será finalmente premiada con el título de Mandarín de la corte imperial. El libro “El Profeso y el opio” forma parte de la saga El Profeso, una serie de quince novelas históricas, cuyas sinopsis pueden encontrarse entre las páginas de mi blog principal. La dirección del blog figura en la solapa del libro. El protagonista y su familia han participado en mi-siones en los cinco continentes, en épocas que van desde el siglo III, Bajo Imperio Romano, hasta la contemporánea, pasando por la Edad Media y el Renacimiento. Ahora estoy escribiendo una nueva entrega de las aventuras de Giangaleazzo, relacionada con el terrorismo, la masonería y la política.







Finalmente, quiero expresar mi agradecimiento a don Manuel de Soroa, conde de Vallellano y vicepresidente de la Fundación Universitaria San Pablo CEU, que nos hospeda en este Salón de Ac-tos, a Basilio Rodríguez Cañada, presidente del grupo editorial Pigmalión Ediypro que ha confiado en mí, a los excelentes amigos que me acompañan en esta presentación cuyas buenas palabras tal vez sean inmerecidas, la diplomática Helena Cosano y el abogado Marcos Fernández de Bethencourt, a todos los asistentes a ese acto, en especial a mi mujer y a mi hija por su ayuda, a mi yerno Javier González de Gregorio, marqués del Villar de Grajanejos, sin olvidar a mi sobrina y ahijada Cristina Ulloa, marquesa de Jarandilla, a mi amigo José Ignacio Echeverría, conde de Gra y presidente de la Asamblea de Madrid y más en general a todos los que habéis colaborado para que esta novela se convierta en realidad.  ¡Mil gracias a todos!


El servicio de informativos del CEU ha grabado un breve resumen de un minuto.

Actualidad Nº 217 desde el minuto nueve:



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