domingo, 23 de abril de 2017

Viajes chapuceros y lugares espantosos de Enrique Gallud Jardiel



VIAJES CHAPUCEROS Y LUGARES ESPANTOSOS
ENRIQUE GALLUD JARDIEL


VIAJEROS SIN ALFORJAS

ÍNDICE

Odiseo no sabe volver a casa (COMEDIA)

Los dudosos viajes de Marco Polo (POEMA)
El honesto o deshonesto Américo Vespucio (SEMBLANZA)
Amundsen habla sobre Scott y lo pone a caer de un burro (ENTREVISTA) El error del Judío Errante (POEMA)
Ibn Battuta, el extraviado (SEMBLANZA)
Dante, de visita en los infiernos (POEMA)

LUGARES EXÓTICOS AUNQUE COCHAMBROSOS

Samarcanda: misteriosa y polvorienta (DESCRIPCIÓN) Kathmandú: tierra de iluminados (COMEDIA)

La aburrida historia de Tombuctú (DESCRIPCIÓN) Oda sandunguera a Jeré de la Frontera (POEMA)
Los cautivadores encantos de Villanueva y La Geltrú (DESCRIPCIÓN)
BELLOS REFRITOS DE PERIPLOS LITERARIOS
Félix Lope de Vega: Comedia famosa del Nuevo Mundo descubierto por Cristóbal Colón (COMEDIA)
Edgar Rice Burroughs: Tarzán y la expedición del rey Tshilumbulula (NOVELA)

Julio Verne: La vuelta al mundo en ochenta días (POEMA) Camilo José Cela: Nuevo viaje a la Alcarria (CUENTO) Aristófanes: Homero en el Olimpo (COMEDIA)

Pier Paolo Pasolini: El olor de la India (DIARIO DE VIAJE)
VADEMÉCUM DEL TROTAMUNDOS CANSADO

Los aeropuertos y el juego de la cerilla (ARTÍCULO)

Museos execrables que hay por ahí (ARTÍCULO)
Ciudades trasladadas (ARTÍCULO)
Origen y etimología de algunos topónimos aragoneses elegidos al buen tuntún


(ARTÍCULO)

Comprando la nada (ARTÍCULO) Anécdotas de mentirijillas (ANÉCDOTAS)

VIAJEROS SIN ALFORJAS



ODISEO NO SABE VOLVER A CASA
Comedia estulto-mitológica con sólo dos personajes, para que el montaje salga baratito
El Hades, el infierno griego, una apacible mañana de primavera (aunque allí dentro no se nota mucho). En escena, Tiresias, digno anciano, con una barba blanca y una túnica de tela de saco que le debe de raspar muchísimo. Se aburre miserablemente, porque el infierno va precisamente de eso: de aburrirse. De pronto, huele llegar a un hombre (escribimos «huele llegar» en lugar de «ve llegar» porque Tiresias es ciego cual topo). Se le ilumina el semblante. Al poco, aparece en escena Ulises, a quien los griegos llamaban Odiseo y su madre, Pichurrín.

TIRESIAS.—¿A quién buscas, forastero?

ODISEO.—Busco al maestro de adivinos, al famoso Tiresias, al quien nada se

le oculta.

TIRESIAS.—Ya lo has encontrado: estoy ante ti. ¿Y quién eres tú, ¡oh,

desconocido!?

ODISEO.—(Tras una pausa de desencanto.) ¡Vaya porquería de adivino que
estás hecho si no puedes averiguarlo! Ya me advirtieron que Calcas era

mejor conocedor del futuro.

TIRESIAS.—(Indignado.) ¡No me ofendas, Odiseo, hijo de Laertes! Aunque
viejo y caduco, aún poseo mis capacidades adivinatorias. Pero es que esta mañana me he levantado con un dolor de cabeza terrible y tener que adivinar cosas me lo empeora. Me es más cómodo que me lo cuentes. En cuanto a los poderes de Calcas, estás pero que muy mal
informado. Ese tipejo presume de auríspice, pero es un impostor como la copa de un pino, incapaz de adivinar qué día de la semana viene después del miércoles.

ODISEO.—(Se ha picado.)

TIRESIAS.—No es por presumir, pero, si quieres conocer el futuro, has hecho
bien en venir a mí. Anda, siéntate en esa roca, que está templadita, y

tómate algo.

ODISEO.—¿Qué me ofreces?
TIRESIAS.—En realidad, nada. Aquí no tengo ninguna bebida ni vianda con la


que te pueda agasajar.

ODISEO.—¿Entonces, para qué me has dicho...?
TIRESIAS.—Era simplemente una fórmula de cortesía. (Odiseo se sienta en la

roca. O no se sienta; todo depende de si el actor que hace de Odiseo está cansado o no.) Oye, ¿cómo has podido hallar este lugar que hoy hollas?
ODISEO.—Lo hollo porque lo hallé ayer. Después de todo un día buscando la entrada, la encontré y no temí internarme.
TIRESIAS.—Hiciste bien, pues me place la compañía. Bien, Odiseo: te hablaré con el corazón. Sé que has venido a preguntarme el camino de vuelta hacia tu patria, la isla de Ítaca. Y también sé qué aventuras te depara el futuro cercano. A todo te contestaré, pero mi condición para hacerlo es que me primero me cuentes en detalle tu viaje.

ODISEO.—¿Y por qué puede interesarte?

TIRESIAS.—Porque en este lugar infernal no hay con qué matar el tiempo. Los
libros que me traje ya me los he leído muchas veces: me los sé de

memoria; y, la verdad, el tedio me está volviendo majareta. ODISEO.—¿No hay condenados con quien hablar?

TIRESIAS.—¡Oh, no! Muy pocos. Y los que hay han llevado vidas tan vulgares
y anodinas que su narración no entretiene lo más mínimo.
Compadécete, pues, de un viejo y relátame tus aventuras, pues yo

adivino el futuro, pero el pasado es algo a lo que no tengo acceso. ODISEO.—Si no lo hago, ¿no me contarás qué me aguarda en el porvenir? TIRESIAS.—No diré «esta boca es mía».

ODISEO.—No me queda otra opción, entonces. Bien, disponte a escuchar. TIRESIAS.—Espera a que me ponga cómodo. (Se repantiga en el suelo,
apoyándose contra una roca.) Y sé cuidadoso con lo que me cuentas y cómo lo haces. No uses palabrotas. Ten en cuenta que, dentro de algunos siglos, esta conversación nuestra será conocida por muchos.

ODISEO.—¿Y eso?

TIRESIAS.—Homero, un ciego como yo, aunque mucho más cochambroso, la
relatará en el Canto XI de un poema que escribirá sobre ti y tus viajes. ODISEO.—¡Qué majo!
TIRESIAS.—Y Sófocles, el gran trágico calvo, la narrará asimismo en su tragedia Edipo Rey.
ODISEO.—¿Seré famoso? Me das una alegría. ¿De veras saldré en una comedia?
TIRESIAS.—No te ilusiones demasiado, porque serás sólo un personaje secundario; además, aparecerás en una escena de ésas que siempre cortan para que la obra no dure demasiado y el público no se canse. Pero, a lo que íbamos. Inicia tu narración.
ODISEO.—Nada más acabar la guerra de Troya, el ansia de volver con mi esposa, Penélope, me impulsó a embarcarme sin perder un momento.
TIRESIAS.—¿Es guapa? ¿Tiene las curvas donde hay que tenerlas y en sus debidas proporciones?

ODISEO.—¡No seas impertinente! ¿Qué puede importarte eso a ti, ciego? TIRESIAS.—Ignoras el poder de la imaginación.

ODISEO.—En cuanto a Penelo...
TIRESIAS.—¿A quién?
ODISEO.—A Penélope; yo la llamo Penelo para abreviar.

TIRESIAS.—Claro: sigue siendo un nombre un poco largo, pero entiendo que


no quieras abreviarlo más.

ODISEO.—Reconozco que ella está de muy buen ver. (Pensativo.) Quizá es
excesivamente ancha de caderas, pero eso no hace al caso. TIRESIAS.—Siento haberte ofendido. Pero es que siempre me han gustado las

mujeres.

ODISEO.—Cosa rara en Grecia.
TIRESIAS.—Sí. Y a ello se debe mi ceguera. Sorprendí a la diosa Atenea

cuando se bañaba desnuda en la fuente Hipocrene, en el Monte Helicón, para subir el cual, por cierto, eché el bofe. El caso es que la contemplé fijamente durante más tiempo del que hubiera sido honesto y, entonces, ella, con sus poderes divinos, me privó de la vista.

ODISEO.—¡Qué crueldad!

TIRESIAS.—Se sintió avergonzada de que un mortal viera su celulitis, que ella
mantenía siempre oculta bajo su túnica. Pero, en fin, eso es ya historia

antigua. Sigue con tu relato, ¡por Zeus!

ODISEO.—Bien. Te dije que la guerra había finalizado. Yo quería regresar a
mi patria y no sólo por mi esposa. La comida que nos dieron en el campamento durante el larguísimo asedio era infame y repetitiva. ¿Te haces cargo de lo que es estar diez años comiendo todos los días lo mismo? ¡Es para volverse loco!

TIRESIAS.—Prosigue.

ODISEO.—Me embarqué con mis soldados, como te dije, y emprendimos el
regreso. Paramos unos días en Ísmaro, donde moraban los cicones, y

destruimos la ciudad.

TIRESIAS.—¿Por qué hicisteis tal cosa?
ODISEO.—(Reflexionando.) Creo que fue por inercia, por la velocidad

adquirida. Llevábamos diez años de pelea continua y, a los pocos días
de no matar a nadie, nos pusimos bastante nerviosos. Era como un hormigueo muy desagradable que nos quitamos de encima cargándonos a los primeros que se nos pusieron por delante.

TIRESIAS.—Continúa.

ODISEO.—Arribamos a la isla de los lotófagos, un pueblo estrictamente
vegetariano que se alimentaba tan sólo de la flor de loto, que, por cierto, sentaba como un tiro. Para entonces yo ya estaba delicado del estómago y no la probé. Pero muchos de mis hombres sí lo hicieron y perdieron del todo el deseo de volver a sus hogares.

TIRESIAS.—¿Ellos no añoraban a sus esposas?

ODISEO.—Imagino que supusieron que, tras diez años, habrían todas
engordado bastante y no sintieron grandes impulsos de regresar. Varios se quedaron allí. Con el resto marché a la isla de los cíclopes, donde tuvimos un encuentro desagradable, por decirlo de una manera elegante.
TIRESIAS.—¡No me lo digas!: el cíclope Polifemo intentó comeros. ODISEO.—No sólo lo intentó, sino que se salió con la suya con muchos de mis
compañeros. Pero, ¿no me dijiste que tu visión profética no te permitía

conocer el pasado?

TIRESIAS.—En efecto. Pero para imaginar el peligro de la isla de los cíclopes
no hace falta ser adivino: basta con no ser imbécil. ¿Escapaste de

Polifemo?

ODISEO.—No sólo logré escapar: le cegué, clavándole una gran estaca en su
único ojo. Conseguí salir de la isla, junto con algunos de mis soldados,
pero los vientos marinos nos apartaron bruscamente de nuestro rumbo. TIRESIAS.—¡No me extraña! El cíclope es hijo de Poseidón, el dios del mar,
que tuvo una vez una aventurilla pasajera con una cíclopa. Estaría lógicamente bastante enfadado con vosotros. Sigue contando.
ODISEO.—Eolo, dios de los vientos, se apareció entonces entre nosotros y nos pidió un favor.

TIRESIAS.—Esto se pone interesante.

ODISEO.—Quería que le hiciésemos un recado: teníamos que llevar una bolsa
a algún sitio. Pero dentro de la bolsa había varios vientos, muy malolientes por cierto, que se escaparon y desencadenaron una tormenta. La nave encalló en la isla de los lestrigones, unos señores muy siniestros que se comieron también a unos cuantos de mis compañeros. Después vino lo de Circe.

TIRESIAS.—¿Quién es ésa?

ODISEO.—Una insaciable. Era una hechicera, más fea que un dolor, que me
reveló que para averiguar el camino a mi hogar tendría primero que venir a los infiernos a verte a ti. Con lo que me encaminé para acá, parando tan sólo un rato a hacer una ofrenda de ovejas.

TIRESIAS.—Ya.

ODISEO.—Y aquí me tienes. Bueno: yo ya he cumplido mi parte. Anda,

adviérteme ahora de lo que me aguarda.

TIRESIAS.—Lo haré, pues te he dado mi palabra y no quiero quedar como un
cochino embustero. Verás: cuando salgas de aquí pasarás cerca de una

isla de sirenas que pueden enloquecer a tus compañeros con sus cantos. ODISEO.—¿Tan mal lo hacen?

TIRESIAS.—Sigue tu camino sin escucharlas. Llegarás luego a un estrecho

entre Scila y Caribdis...

ODISEO.—¿Cómo has dicho?
TIRESIAS.—Scila y Caribdis.
ODISEO.—Me estás metiendo un camelo.
TIRESIAS.—No. Esos lugares existen de veras y son muy peligrosos. Evítalos.

Arribarás luego a la isla de Ogigia, donde vive la ninfa Calipso, que se enamorará de ti como una loca.
ODISEO.—¡Otra insaciable! ¿Es guapa? ¿Es atractiva? TIRESIAS.—Mientras está callada, sí. En cuanto abre la boca se esfuma su
encanto. Irás luego al país de los feacios, donde su rey, Alcínoo, te

invitará a merendar.

ODISEO.—Voy a tener que apuntar todo esto, porque se me va a olvidar. TIRESIAS.—Alcínoo te prestará una nave para que vayas por fin a Ítaca. Por
cierto, tendrás que dejarle un depósito, por si al navegar se producen desperfectos. Veo con mis poderes adivinatorios que nunca recuperarás esa cantidad.

ODISEO.—¿Qué más?

TIRESIAS.—Los dioses te harán otras mil perrerías y te mandarán vientos
contrarios, por lo que darás unas cuantas vueltas antes de llegar a tu

isla.

ODISEO.—¿Y eso es todo?
TIRESIAS.—¿Te parece poco? Lo que sí te aconsejo es que te des toda la prisa

que puedas. (Hace una pausa.) Aunque, pensándolo bien, da un poco

igual..

ODISEO.—¿Por qué dices eso?
TIRESIAS.—No, por nada.
ODISEO.—¡Habla!
TIRESIAS.—Porque Penélope...
ODISEO.—¿Qué pasa con ella?
TIRESIAS.—Está rodeada de pretendientes. (Pausa.) Algunos de ellos son muy


guapos.

ODISEO.—¡Qué me dices!
TIRESIAS.—La acosan, la asedian. Quieren conseguir sus favores. ODISEO.—¿Y ella?
TIRESIAS.—¿De verdad quieres saber todo el futuro? ODISEO.—¡Me haces desesperar, oh, viejo! ¡Cuéntamelo todo!
TIRESIAS.—Déjalo. No merece la pena...

ODISEO.—¡¡¡Cuéntamelo!!!

TIRESIAS.—Penélope accederá y, creyéndote ya fiambre, pondrá sus encantos
a disposición de sus pretendientes. ODISEO.—¿Cuántos son?
TIRESIAS.—Cincuenta y nueve. ODISEO.—¡Maldición! TIRESIAS.—Pero no todos las gozarán. ODISEO.—¿Ah, no?

TIRESIAS.—No. Varios de entre ellos no deshonrarán tu lecho. ODISEO.—¿Cuántos?

TIRESIAS.—Dos. En realidad, uno de ellos prefiere a los efebos y el otro estará

enfermo con paperas.

ODISEO.—¿Y todo eso ocurrirá antes de que yo consiga llegar? TIRESIAS.—Inexorablemente.
ODISEO.—¿Estás seguro?
TIRESIAS.—Mi visión profética no ha fallado jamás. (Odiseo coge a Tiresias

por la barba, saca un puñal extralargo y se lo clava repetidas veces en
el hígado.) ¡Agggggg! (Tiresias se muere sin perder un minuto.) ODISEO.—¿A que esto no lo habías adivinado?
TELÓN



LOS DUDOSOS VIAJES DE MARCO POLO
Semblanza de un viajero que probablemente no fue a ningún sitio. Travelogue en romance octosílabo, un nuevo género literario de nuestra invención,
pendiente de patente

Los viajes de Marco Polo

o Libro de maravillas
es una obra que cuenta
que Polo se fue a la China; hay que examinar con lupa
si esto es verdad o es mentira, pues se ha exagerado mucho
y hay eruditos que afirman que el gachó contó mil cuentos con tremenda fantasía

y presumió más que un mono de su expedición turística pero que, en tanto a viajar, no fue más allá de Pisa (a visitar a su primo, hijo de su tía Antonina).
¿En qué se basa esta duda puñetera de la crítica?

¿Por qué se ha dado en decir que Polo era un gran cuentista? La causa es que nunca alude al té tomado en tacitas, al hábito de vendarlos pinreles de las niñas, ni menciona la Muralla, la escritura jeroglífica, las coletas, el arroz ni ninguna cosa típica,

por lo que entra la sospecha de que narraba de oídas, que nunca pisó el país
ni lo vio en fotografía. Mas no nos toca a nosotros hacer la desmitificación de Polo. ¡Que se apañe con él la historiografía y averigüe si era honesto o si contaba películas,
que aquí no tenemos tiempo que perder en tonterías!


Marco Polo dio un paseo por China, dice la Histiria
(ya sé que ha de ser ‘Historia’, pero es que, entonces, no rima) y nosotros respetamos
la tradición por encima de todo, aunque muchos datos
refuten nuestra teoría. Hablemos de sus hazañas, dejándonos de pamplinas.
Marco Polo, el gran viajero, nació en Venecia (en la esquina ésa en que hay un club de alterne pegadito a la Basílica de San Marcos, que es famoso por tener chicas feísimas,
nada delgadas y todas de bastante edad. ¿Se ubican?). Fue allá por el siglo XIII,
que la fecha no es precisa (ni falta que hace). Era hijo segundo de una familia
de mercaderes muy cucos que entonces pertenecían a un comité comercial o fraterna compagnia (estos datos que ofrecemos del tema no hacen maldita la falta: los incluimos para hacer que esta poesía, ya que no resulta hermosa, sea, a lo menos, erudita). En fin: su padre y su tío —que se llamaban Niccolo
y Maffeo respectivamente— fueron con gran prisa a Extremo Oriente y pensaron que Marco, el chaval, podría ayudar de alguna forma, llevándoles la mochila
o lavando calcetines durante la travesía. Su objetivo primordial
era obtener mucha guita, comprando especias baratas en las Molucas o en India y vendiéndolas muy caras a su regreso a su isla. Fueron a Constantinopla,a Malaca e Indochina y a muchos otros lugares llenos de gente amarilla, a Birmania y a Sumatra,a Murcia y, por fin, a China. Después contó Marco Polo que estuvo allí de visita veinte años ni más ni menos, viendo lo que se cocía por la China y la Mongolia. Y juró (por Santa Brígida) que estuvo con Kublai Kan su buena temporadita
y que fue su consejero e incluso su masajista
(que el Kan tenía un hombro malo de un trastazo y le dolía
siempre que cambiaba el tiempo y Marco aprendió enseguida
la manera de aliviarle, mediante friegas continuas). Contó, en fin, cien aventuras
un tanto controvertidas de cuya veracidad no nos consta ni una pizca.
¿En qué le sirvió a Occidente que Marco hiciera el turista por aquellos andurriales? Porque allí estudió cocina y, cuando volvió, se trajo muchas recetas opíparas, mil productos deliciosos de aquella gastronomía. ¿Ejemplos? Los espaguetis, (que antes no se conocían en Italia), los helados de chocolate y vainilla que tan dulcemente pasan desde el gaznate a la tripas, el té con leche o limón, el zumo de mandarinay la sopa de fideos que tomamos calentita para cenar en invierno
y es summum de las delicias. Estas viandas ¿no merecen un viaje hasta la China?



EL HONESTO O DESHONESTO AMÉRICO VESPUCIO
Misterios sin desvelar sobre el nombre de América y el que la bautizó
¿Cómo el nuevo continente llegó a obtener su nombre actual?
¿Por qué caprichos del Destino América se llama América y no Colombia, como hubiera debido ser? (¿O Cristobalistán? ¿O Cristoforolandia?) ¿Qué pasó? ¿Quién tuvo la culpa? ¿A quién podemos cargarle el muerto de tamaña metedura de pata? Son preguntas que no dejan dormir a ninguna persona decente.
La relación de esta cadena de casualidades, equívocos y errores ayuda a hacerse una clara idea de las chapucerías en que incurrían habitualmente nuestros antepasados. Ya se empezó mal, rematadamente mal, porque el primer nombre que tuvieron las nuevas tierras fue el de ‘Indias’, que les aplicó tranquilamente Colón, por confusión con la India Oriental. Después se denominaron ‘Indias Occidentales’ y este nombre fue el usado en España hasta bien entrado el siglo XVIII, a falta de otro más fácil de recordar. A partir de ese momento, cada quisque las llamó como buenamente pudo o quiso. La palabra ‘América’ se consolidó bien consolidada con la difusión del mapa del cartógrafo Mercator, en 1541, quien, además, se forró vendiéndolo a precios de escándalo.
El nombre de América deriva del navegante Américo Vespucio que, pese a ser italiano, iba siempre bien peinado. ‘Américo’ es un nombre germánico: ‘Amal-rich’, que significa «fuerte en el trabajo». La historia de esta derivación lingüística es en extremo interesante pero, pese a serlo, a nosotros no nos importa nada, por lo que nos la saltamos alegremente.
¿Cuál fue la razón de que América lleve su nombre? Vespucio no fue
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quien antes puso en ella el pie. Ni puso ninguna otra parte de su anatomía. Tampoco afirmó falsamente el haber sido el primero en hacerlo y, lo que es más curioso, probablemente no supo nunca nada del asunto: cuando murió era ignorante por completo del lío que se iba a armar con su apellido, que ya hemos dicho que era un nombre germánico y etcétera, etcétera. Durante mucho tiempo se acusó a Américo Vespucio de haber provocado voluntariamente la confusión y se escribieron muchos libros sobre el tema de si Vespucio fue un honesto hombre de ciencia o un sinvergüenza con ansias de notoriedad. Bien es verdad que distribuyó por doquier unas hojas impresas tituladas Mundus Novus [Nuevo Mundo], pero eran sólo publicidad de un bar de señoritas.
No obstante, lo del Mundus Novus fue lo que provocó la confusión que hoy nos ocupa y nos impele a escribir cosas. El caso es que Vespucio sí estuvo en América (a donde marchó, huyendo de sus acreedores); cuando volvió a su patrita («patria chica: de ahí el diminutivo), geógrafos, cosmógrafos, cartógrafos y peluqueros, así como la gran masa instaron a Vespucio a que relatase con pelos y señales sus aventuras y sus exploraciones. En septiembre de 1504 (ese año que nevó tanto, ya saben) hizo imprimir un folleto titulado ni más ni menos que Lettera di Amerigo Vespucci delle isole nuovamente trovate in quattro suoi viaggi, donde relataba sus viajes en 1502, 1499, 1497 y 1504, expediciones interesantes, aunque un poco desordenadas.
¿Qué pasó luego? Pues que en 1507, un impresor pirata de Vicenza, impulsado por la sanísima intención de ganarse unos florines extra, reeditó el folleto vespuciano, titulándolo esta vez Mondo novo e paesi nuovamente retrovati da Alberico Vesputio fiorentino, o sea: «El nuevo mundo y los países recientemente descubiertos por el florentino Américo Vespucio». El sentido quería ser «El nuevo mundo descubierto, escrito por Américo Vespucio», pero la elipsis de «escrito» provocó la fatal ambigüedad. Una simple coma antes de la preposición «por» hubiera aclarado la frase e
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imposibilitado cualquier malentendido, pero ¿quién sabe o ha sabido nunca usar adecuadamente los signos de puntuación?
El libro —reimpreso muchas veces porque se regalaba en los mercados con la compra de un kilo de cebolletas en vinagre— divulgó la falsa noticia de que Vespucio descubrió aquellos mundos; lo demás se lo pueden ustedes imaginar.
Otro dato curioso: cuando la Lettera de Vespucio se vertió del italiano al latín, muchos traductores tradujeron ‘Américo’ por ‘Albericus’. (No se extrañen: conozco a muchos que traducen peor). Pero en la Cosmographiae introductio, donde se dibujó por primera vez el nombre en un mapa, el traductor Juan Basin escribió ‘Américus’. Si hubiera escrito ‘Albericus’, como era lo frecuente, hoy el continente no se llamaría América, sino Alberica, y parecería talmente una aldea zaragozana.
Y me dirán ustedes: ¿y no intervino en aquel asunto el famoso entrometido del Padre Las Casas, que solía meter las narices en todas las cosas que no le importaban? Pues sí lo hizo, ¡faltaría más! Afirmó que Vespucio (que ya estaba muerto y enterrado, y hasta había empezado a ser ya pasto de los gusanos, como es lo correcto en estos casos) había creado la confusión de mala fe, con el fin de escamotear a Colón el honor de ser el descubridor de América; ergo, Vespucio era un impostor de los que sólo entran tres en un kilo.
Resumiendo, que es gerundio: durante todo el siglo XVII se entabla una disputa erudita entre aquellos historiadores que no tenían otra cosa mejor que hacer sobre si Vespucio dijo o no dijo, sobre si hizo o dejó de hacer. Como entonces no había programas de «famoseo», las gentes se entretenían principalmente con estos asuntos y otros aún más estúpidos. En el siglo XVIII, Voltaire, indignado, escupe sobre su tumba (sobre la de Vespucio, ¡claro! Hacerlo sobre la propia hubiera sido más difícil). En el XIX, el mismísimo Ralph Waldo Emerson (famoso filósofo estadounidense, inventor del arroz
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con leche) llama a Vespucio ladrón y proxeneta (sobre esta segunda acusación no nos decidimos a pronunciarnos por falta de datos fidedignos).
La verdad no resplandecería hasta los estudios del famoso profesor Magnaghi (del que no sabemos nada en absoluto, pues, a pesar de ser tan famoso, no le conocía casi nadie), que demuestran que la frase equívoca se imprimió sin conocimiento de su autor y que Vespucio fue un científico humanista, incapaz de fraude, que pagaba sus impuestos, que donaba sangre con frecuencia, colaboraba con varias ONG’s y acariciaba cariñosamente a todos los perros callejeros con los que se cruzaba.
América lleva, al fin y a la postre, el nombre de una persona eminentemente digna y respetable, aunque este pormenor no le ha servido al continente para nada, como su historia no para de demostrar.
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AMUNDSEN HABLA SOBRE SCOTT Y LO PONE A CAER DE UN BURRO

Entrevista exclusiva a Roald Amundsen, el primer hombre en pisar el Polo Sur, aparecida en el prestigioso diario noruego Aftenposten, el 18 de diciembre de 1924

(Por Olaf Hanssen)

HANSSEN: Tusen takk for å hoss, Mr. Amundsen.

AMUNDSEN: Det er min glade. Jeg gjerne svare på alle dine spørsmål. HANSSEN: Vi snakke om sin ekspedisjon til Sydpolen.
AMUNDSEN: Tydligris. Hva de ønsker å vite nøyaktig?

(Es obvio que así no vamos a ninguna parte y que como no traduzcamos la entrevista, nuestros lectores se quedarán sin saber qué le pasó al famoso aventurero inglés Scott. Así es que, aunque nos duela en el alma hacerlo, no tenemos más remedio que pagar a un traductor de noruego para que nos ayude en la tarea).
HANSSEN: Sr. Amundsen, nos interesa su opinión experta sobre la expedición del malogrado capitán Robert Falcon Scott, el segundo hombre en hollar con su pie el Polo Sur después de usted, cuyo diario de viaje se encontró el año pasado junto a su cadáver.
AMUNDSEN: Bien. Entiendo que está muy feo hablar mal de un muerto, pero sintiéndolo mucho, no tengo otra opción que hacerlo. El capitán Scott y yo libramos una batalla de velocidad por llegar los primeros al Polo y yo gané sin tener que esforzarme demasiado. Todo se debió a su erróneo planteamiento de la expedición.
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HANSSEN: Explíquese, por favor.
AMUNDSEN: Sí. Scott pensaba, con su lógica personalísima, que si en el Polo Norte hacía frío, en el Polo Sur haría calor; y emprendió le expedición con ropa muy patriótica pero de muy poco abrigo: apenas los chaquetones reglamentarios de la marina inglesa.

HANSSEN: ¿Qué me cuenta usted?

AMUNDSEN: Lo que oye. Scott fue lo que se denomina un chapucero. HANSSEN: Pues el mundo coincide en definir al hombre como heroico. AMUNDSEN: No lo niego. Un heroico chapucero, entonces.
HANSSEN: Denos detalles.
AMUNDSEN: Scott era corto de vista y muy testarudo. Parece ser que

algún listillo le vendió tres docenas de caballos mongoles diciéndole que eran perros groenlandeses de trineo; él no se dio cuenta del engaño y picó. Sus compañeros le quisieron advertir, pero él no escuchaba a nadie. Ni siquiera sospechó nada cuando el vendedor le advirtió que aquellos perros comían exclusivamente avena.
HANSSEN: ¡Qué barbaridad!
AMUNDSEN: Claro; los caballos tuvieron que acarrear su propia comida, aumentando el peso, lo que provocaba que se fueran hundiendo en la nieve. Fueron muriendo todos, los pobrecitos, uno detrás de otro.
HANSSEN: Siga, siga.
AMUNDSEN: Los errores de planificación no se limitaron a la ropa y a los caballos. En cada etapa, se detenía varias horas para tomar el té y, luego, para vestirse para cenar, como buen inglés. Esas horas, sumadas, daban un total de 40 días. Contando con que yo llegué al Polo 35 días antes que él, calculo que de no haberse detenido, Scott habría sido el primero. Pero hay más.
HANSSEN: ¿De veras?
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AMUNDSEN: Su expedición dejó provisiones enterradas en el camino para alimentarse al regreso. Indicaron su posición en un mapa dibujado en el único papel que llevaban. Cuando alcanzaron el Polo, Scott quiso dejar una carta allí, para presumir de su hazaña ante los que llegaran después, pero sólo tenía ese papel. Si lo empleaba, no tendría la seguridad de encontrar las vituallas. Finalmente su vanidad pudo más que la prudencia. Escribió «Scott estuvo aquí» en el dorso del mapa, lo pinchó en un palo y lo dejó allí para la posteridad, reduciendo sus posibilidades de supervivencia.
HANSSEN: Eso sólo lo hace un inglés.
AMUNDSEN: Eligió a su equipo con una mentalidad clasista, únicamente entre los socios de su club londinense. Pese a las múltiples habilidades sociales de aquellos señores, no eran grandes expedicionarios y le dificultaron el viaje, en lugar de facilitárselo. Scott lo complicó aún más, añadiendo a última hora a otro miembro al equipo, un amigo que había sido compañero suyo en la Stabbington House School y al que no quiso dejar fuera, aunque eso provocó un desajuste en las raciones alimenticias. Además, a su regreso no hallaron las provisiones enterradas, aunque sí los caballos que habían muerto en el viaje de ida. Pero aquellos señores, pese a estar famélicos, renunciaron a comérselos, arguyendo que comer carne de caballo no era propio de gentlemen.
HANSSEN: ¡No me lo puedo creer!
AMUNDSEN: Otro factor negativo era que los miembros de la expedición se llevaban mal. Jugaban al whist todas las noches, tras acampar, y parece ser que tenían diferencias y discutían respecto a las reglas.
HANSSEN: Prosiga.
AMUNDSEN: Todo esto, como usted comprenderá, tenía ya muy mala pinta. Pero yo estoy firmemente convencido de que la puntilla para Scott fue el hecho de llegar al Polo y contemplar allí la bandera que yo había puesto. Comprobar que otro se le había adelantado y le había arrebatado toda la gloria
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fue demasiado para él; durante varios días, a decir de sus compañeros, no fue más que un guiñapo. Babeaba y no hacía más que repetir, como un poseso: «¡Es totalmente imposible que me hayan vencido, porque yo soy inglés!»
HANSSEN: El viaje de regreso probó ser fatal para él.
AMUNDSEN: En efecto: mientras yo y mi equipo regresábamos sanos y salvos, sin el menor contratiempo, Scott pereció congelado entre las nieves. Yo creo que casi lo hizo a posta: morir como un mártir de la ciencia era la única forma que tenía de evitar el ridículo y la rechifla que de seguro le esperaban a su regreso a Londres.
HANSSEN: ¿Y le salió bien la estratagema?
AMUNDSEN: Le salió bien; porque cuando alguien pregunta: «¿Quién llegó primero al Polo Sur?», la respuesta es siempre: «Amundsen y Scott», como si él hubiera sido merecedor de ese mérito. Los ingleses son únicos en eso de la propia promoción.
HANSSEN: Cuéntenos detalles de su trágico final.
AMUNDSEN: Hay poco que decir. Scott se fue dejando a sus compañeros por el camino. En medio de las ventiscas, salían de la tienda de campaña y decían que iban «a dar un paseo». Los demás entendían enseguida lo que eso significaba. No se sabe si lo hacían por desesperación, por ver cerca su muerte o para no tener que seguir aguantando a Scott, que tuvo siempre un carácter desgradabilísimo y que en aquellos días me imagino que estaría imposible de soportar.
HANSSEN: Tengo entendido que Scott dejó escrito un diario en donde detallaba los sufrimientos de sus últimos días.
AMUNDSEN: Así es.
HANSSEN: Pero hemos dicho antes que no tenía papel para escribir una carta y que, por eso, inutilizó un valioso mapa de provisiones.
AMUNDSEN: Es correcto. Pero sí tenía un diario, sólo que en aquel momento, en el Polo, no lo encontró, debido a que llevaba la mochila muy
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revuelta, porque era muy desastrado. Ya hemos dicho que no destacaba por su eficacia.
HANSSEN: Gracias a ese diario sabemos qué pasó.
AMUNDSEN: Sabemos sólo lo que Scott quiso contar. Personalmente sospecho algo raro, puesto que sus otros tres compañeros estaban mucho más fuertes y sanos que él.
HANSSEN: ¿Qué pretende decir?
AMUNDSEN: No quisiera calumniarle. Pero, dado su estado de salud, me extraña mucho que Scott fuera el último en morir y que los otros la palmaran antes. Quizá él contribuyó al hecho, echando una mano.
HANSSEN: Eso, claro está, nunca lo sabremos.
AMUNDSEN: En cualquier caso, su soberbia no hubiera soportado la idea de no ser él quien más resistiera de todo el equipo.
HANSSEN: ¿Qué más decía aquel diario?
AMUNDSEN: Se las apañaba para que su familia recibiera una buena pensión. Instaba públicamente al gobierno de Su Majestad a que entregara una gran cantidad, como compensación, a las familias de los fallecidos.
HANSSEN: ¿Y el gobierno pagó?
AMUNDSEN: Lo hizo, y generosamente. Por desgracia, la viuda de Scott se quedó con la mayor parte del dinero, en detrimento de las viudas y los huérfanos de los otros expedicionarios.
HANSSEN: ¿Así es que perjudicó a sus compañeros?
AMUNDSEN: Y a mí mismo también. En aquel diario me puso a caer de un burro. Afirmó que yo era un tramposo y que había ganado la carrera con malas artes, corriendo más que él. Es natural: me tenía rabia por haberle vencido, por lo que dijo de mí mil cosas feas.
HANSSEN: La verdad es que, después de escuchar la verdadera historia de Scott, me pregunto por qué le hemos dado tanta importancia a ese señor.
AMUNDSEN: Es lo mismo que me he venido preguntando yo desde el principio de esta entrevista.
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EL ERROR DEL JUDÍO ERRANTE
Si este libro va de viajes, no puede faltar en él la semblanza de este señor, que pateó lo suyo

Si hay alguien que viajó mucho ése ha sido el Judío Errante, que lleva dándole al pie

dos mil quince años cabales. Como nunca ha estado claro quién es este personaje

y sólo se le menciona

para embellecer las frases, es necesario dar una
o dos clases magistrales para explicarle al lector
el CV de este viajante:
de dónde salió, qué hizo, si vestía impermeable
o prefería el paraguas,
si era del Barça o del Atle- tico del Madrid o el Betis, si era Piscis o era Aries
y si viajaba ligero
o cargado de equipaje.

Aprovechando que somos unos sabios formidables
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y muy cultos, contaremos con sus pelos y señales

las gestas de este individuo entre místico y mochales, quien, a causa de un error en verdad imperdonable, lleva andando veinte siglos sin un tirón ni un calambre.

Empecemos. Hubo un hombre más judío que Cervantes

al que Jesús pidió agua
yendo al Gólgota una tarde;

y el tipo —que se llamaba Aheverus, el muy cafre— se la negó con crueldad, que era un tacaño incurable que no daba, por no dar,

ni los «buenos días» a nadie. Y éste fue el error de marras. Ante actitud tan infame,

el buen Dios le castigó
a no morir ni de cáncer sino a pasarse los siglos pendiente del almanaque, yendo de un lugar a otro, sin familia, sin compadres, ni amigos ni conocidos
ni perrito que le ladre,
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a vagar hasta el Día de la Resurrección de la Carne.

(Ahora no nos vendría mal alguna cita pedante

para dar nivel al verso.
Allá va: Jacob Basnage —quien, según lo que se dice, era un autor protestante— afirma que no hubo uno


sino dos judíos errantes;

y así complica el asunto
de manera detestable
en su obra Historia judaica,
libro que no hay quien lo aguante.)


Seguimos. Según el mito, Aheverus, el andante,

se recorrió toda Europa
a pinrel, de parte a parte, y sin nunca envejecer

ni tener que medicarse, yendo de acá para allá, desde Turquía hasta Flandes, de Macedonia a Alemania
y de Finlandia a Alicante. Sin embargo, ser eterno no es algo recomendable, pues se quedó sin dinero
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y acabó pasando hambre. Desempeño mil oficios:

fue cocinero y fue sastre; dicen que durante un tiempo se dedicó al espionaje;

fue vendedor de seguros, guía turístico en los Alpes, boy en una discoteca,

bufón, bombero y gendarme; fue macero en un palacio, vendedor de antigüedades, buzo, dependiente en una tienda de libros de lance
y ministro de Luis XV antes de meterse a fraile.

Durante todo ese tiempo

se apareció en mil lugares: estuvo en Viena y en Praga, en Bruselas y en Newcastle, en París, Leipzig y Munich y en las islas Baleares tomando baños de sol
para ver de broncearse.


Los que le vieron dijeron que era más feo que pegarle con un calcetín sudado

en la cabeza a tu padre.
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Su nariz era ganchuda; tenía cara de vinagre;

ojos como puñaladas
en un melón, con un parche, pues era tuerto; el cabello más pringoso que un jarabe; las orejas, de soplillo;

los dientes, llenos de caries... En fin: tenía nuestro héroe un aspecto presidiable.

Aun así salió en comedias,

en novelas y en romances:
en el Queen Mab, de Percy Bysshe Shelley; en el Dichtung und Wahrheit, de Goethe, y hasta en Los fune-
rales de la Mamá Grande,
de ese escritor con bigote
que fue Gabriel García Márquez;
en El inmortal de Borges;
en Dayan de Mircea Eliade
y también... (pero esta lista
se está poniendo cargante
y es hora ya de dejarla,
porque se hace interminable).


Resumiendo, que es gerundio: la inmortalidad no vale

la pena; sólo está bien
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para las festividades,

mas ser eterno del todo incluso en días laborables es trabajar demasiado
y sin parar. ¡Que me aspen si no morirse jamás
y no poder jubilarse,
sino seguir dando el callo, es una vida envidiable! Así es, queridos amigos
o enemigos, ya lo saben: es mejor palmarla pronto que trabajar mil edades como le pasa a Aheverus, que tiene un destino gafe, pues no se morirá nunca
y ahora curra en un garaje.

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IBN BATTUTA, EL EXTRAVIADO
Semblanza biográfica (como todas las semblanzas, ¡vaya una estupidez!)
El conocido y generalmente bien encuadernado libro de viajes A través del Islam dedica sus primeras páginas tan sólo a poner el nombre del autor, que figuraba como Shams ad-Din Abu Abd Allah Muhammad ibn Muhammad ibn Ibrahim al-Luwati al-Tanyi al-Merini Ibn Battuta. Solamente después de leer todo esto nos enteramos (por la letra pequeña) de que, en realidad, el libro no lo escribió él, sino que se lo redactó su «negro» particular, un granadino llamado sólo Ibn Yuzayi y que, evidentemente, tuvo unos padres menos pomposos a la hora de bautizar o que tenían más prisa por acabar la ceremonia.
Este Battuta, tangerino él, es el más famoso de los viajeros árabes, sin duda. Efectuó una rihla (un periplo semita) de veinte años y un día, allá por el siglo XIF (creo que aquí hay alguna letra mal puesta). El relato que surge de esto es tremendamente fantasioso y exagerado, pero como es el único de su tiempo, no tenemos más remedio que creérnoslo o quedarnos sin noticias de cómo eran muchos sitios en aquellos días. Según se nos cuenta, Battuta no sólo cubrió una distancia mayor que la de su contemporáneo Marco Polo, sino que lo hizo a la pata coja (lo que entraña mucho más mérito) y, además, encontrando siempre hoteles más baratos que el veneciano.
El viajero, en realidad, no tenía intención alguna de circunvalar Asia; él sólo pretendía ir de peregrinación a La Meca, pero compró una guía de viajes que tenía los mapas pintados al revés y acabó dando bastante vueltas y andándose 80.000 kilómetros arenosos y 40.000 pedregosos. A su regreso —y para no hacer el ridículo entre sus familiares y conocidos— mintió y dijo que
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había ido a todos esos sitios adrede, para completar su colección de servilletas de bar.
Veamos su recorrido.
Battuta anduvo por la costa norte de África, chapoteando todo el rato, hasta llegar a Alejandría, en Egipto, donde se bebió de un golpe tres vasos de limonada, que buena falta le hacían. Cruzó Palestina y Siria sin detenerse más que para hacerse un retrato al carboncillo para llevarse de recuerdo. Siguió su camino hasta llegar a Irak, en cuyas posadas le clavaron, dejándole sin un dinar. A partir de allí, su viaje se volvió más trabajoso, pues tuvo que desempeñar diversos oficios para sustentarse y costearse las sandalias, porque ¡hay que ver cómo destrozaba el calzado este hombre!
Fue camellero hasta llegar a Persia, donde se dedicó a vender seguros de vida durante un tiempo. Bajó luego a Arabia, hasta alcanzar La Meca y poder presumir de haber estado allí. En Yemen se dedicó a un oficio no muy bien visto, que implicaba conocer (y dar a conocer) a muchas señoritas. En un barco a la India hizo las veces de cocinero. El bajel arribó a las costas de Malabar con una tripulación muy mermada.
Una vez allí, como la comida picante le hacía daño al estómago, decidió irse a la China y, sin pensárselo dos veces, se marchó. Pasó por Nepal (donde cazó un ratón, para que le hiciera compañía). Se dirigió luego en dirección a Tánger, ya desorientado del todo, pero con bastante buena puntería, porque acabó en el África occidental. En Tombuctú cogió la gripe y, desde allí, regresó a su país natal, donde se encontró con que su vecino, Qasim al-Barda, no le había regado las plantas en su ausencia como le había prometido hacer, por lo que se le habían secado todas.
Hay unas cuantas anécdotas un tanto vergonzantes de la vida de este viajero que a él no le hubiera gustado que se contaran pero que nosotros hacemos públicas porque nos cae muy antipático (por una razón que expondremos más adelante).
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Durante una de sus estancias en La Meca se dedicó a vender buñuelos a los peregrinos a precios exorbitantes y arreglándoselas para no pagar los impuestos, por lo que las autoridades de la ciudad acabaron por echarle de allí a patadas.
En Anatolia ejerció por varios meses el oficio de traductor de arameo, sin saber ni una sola palabra de tal lengua y sin que nadie descubriera su superchería.
En las islas Maldivas se metió en política y, por ser demasiado de izquierdas para lo que se estilaba en su época, le expulsaron de allí también a gorrazos.
Con su costumbre de lavarse poco para no tener que cargar en su equipaje con una pastilla de jabón, contribuyó a propagar diversas enfermedades infecciosas en las ciudades donde pernoctaba.
Battuta estuvo en la Península ibérica, donde visitó Ronda, Marbella, Málaga, Alhama, Granada y algún sitio más. De todos estos lugares salió escapado, huyendo al amanecer y sin pagar la posada.
A Yuzayi nunca le remuneró por su trabajo, incumpliendo flagrantemente lo que le había prometido. (Y es esto por lo que a nosotros — que también hemos escrito cosas para que las firmaran otros— no nos puede caer bien este señor).

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DANTE, DE VISITA EN LOS INFIERNOS
Verso quizá excesivamente sincero

Hay gente que odia a su prójimo y se inventa mil maneras

de causarle sufrimiento
y de hacerle la puñeta:


Atila se cargó a muchos

en las nórdicas estepas, Adolfo mató judíos, Chueca compuso zarzuelas y Dante cogió y escri-

bió la Divina comedia.

Como muchos no han podido leerse el tocho, no me queda más solución que contarlo
y ¡que sea lo que Dios quiera!


A la mitad del camino

de su vida va y se encuentra perdido en un bosque oscuro el cretino del poeta
(que pudo haberse agenciado algún mapa con las señas
de a dónde pensaba ir).
En fin: que no halla la senda,
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por lo que tiene Virgilio

que dejar la vida eterna
y acudir a echarle un cabo
a Dante Alighieri. Cuentan que fue la misma Beatriz
la que mandó por su cuenta
al Virgilio-cicerone
para enseñarle la puerta
de los infiernos al Dante porque, si no, no la encuentra.


Y allí, nada más entrar,

se dan ambos en la jeta
con un cartel en que pone (traducida a varias lenguas para evitar confusiones)
esta macabra advertencia: «Considera, ¡oh, pecador!, que la muerte es cosa eterna; nunca se supo de nadie


que regresara de vuelta

de los infiernos profundos donde se quema la peña
en castigo al gran pecado
de haber gozado en la Tierra de mil placeres inmundos
y haber hecho cuchufletas del Cielo y haber reído como en una comedieta.
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Este lugar en que estás —conocido por Gehena

por los cursis— es antiguo. Puso la primera piedra
la Divina Potestad
hace ya un montón de eras.
Y, aunque ha sufrido reformas, su estructura está perfecta
y sirve divinamente
para asar como chuletas
a todos aquellos hombres
que pecan con sus blasfemias o que devoran, gulosos, chococrispies y galletas
o que hacen lujuriamientos con señoras estupendas,
que es el pecado más grave, que se da con más frecuencia.»


Dante y Virgilio leen esto

y, en leyéndolo, se quedan
sin muchas ganas de entrar. Pero, en fin, al final entran
y llegan al primer círculo
de los nueve, donde encuentran multitud de caballeros

que los textos interpretan de la Biblia y que se llaman exégetas o exegetas.
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Este círculo es el Limbo, que viene a ser la despensa donde se guardan las almas de los muertos de viruela antes de ser bautizados.

Cuando al segundo penetran ven a los fornicadores

(o sea: a todo el planeta). No cabe allí un alfiler

y la tortura es siniestra,

porque se hallan condenados
a perseguir a las hembras
sin comerse ni una rosca
por la eternidad eterna.
En el tercero es la gula
el pecado que se observa.
Hay mil gulantes famélicos
con más hambre que vergüenza. En el cuarto los tacaños
no tienen ni dos pesetas. Avanzan más y en el quinto hallan una charca infecta llamada laguna Estigia,
donde las almas coléricas
se pegan continuamente trompazos en la cabeza.
El sexto círculo tiene
expiando allí sus penas
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a muchos heterodoxos,

a los herejes y herejas.
Ya llegan por fin al séptimo, que es un servicio de urgencia y en donde asesinadores
y gentes de esa ralea
están siendo muy pinchados por diablos y diablesas
como castigo ejemplar
por emplear la violencia.


Después, Dante se va al cielo y lo visita a conciencia.

Ve lo que hay que ver allí pero ¿a qué conclusión llega?

Pues que el infierno es mejor y no hay nadie con paciencia suficiente para estar

por toda la vida eterna
entre ángeles, nubes y harpas sin un poquito de juerga.
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LUGARES EXÓTICOS AUNQUE COCHAMBROSOS
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SAMARCANDA: MISTERIOSA Y POLVORIENTA
Para escapar de la Muerte, aquel hombre huyó a Samarcanda. Pero la Muerte ya estaba allí, esperándole. Había llegado antes, porque tenía un buen mapa en el que aparecían todos los atajos. (CUENTO POPULAR)
En el 2001, la UNESCO, que por lo visto no tenía nada mejor que hacer ese año, denominó a esta ciudad «Encrucijada de culturas», lo que es una cursilada como un piano de cola con funda de crochet.
Pero no es esto lo que nos cautiva, ¡oh, lector!, sino el destartalado misterio y la desvencijada poesía que encierra este nombre mágico: ¡Samarcanda!

INTERVALO POÉTICO

¡Oh, Samarcanda, Samarcanda...!

¡Enigmática, emerges

de entre las brumas del tiempo!
Tus cúpulas relucen
al calentito sol del mediodía.
como una olla de cobre recién fregada con estropajo Tus muros han visto pasar los siglos
uno tras otro, en sucesión incansable;
y están, lógicamente,
bastante aburridos del espectáculo.
Tu inmenso cielo...
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(No se nos ocurre nada más que suene remotamente poético, por lo que interrumpimos aquí este intervalo y seguimos adelante con la descripción de la ciudad).

GEOGRAFÍA

¿Dónde se encuentra Samarcanda?
No lo queremos saber, porque averiguarlo le quitaría todo su encanto al

asunto. Deseamos desconocerlo para que siga siendo para nosotros ese nombre evocador de lo lejano y lo desconocido. Y conseguimos ignorarlo, porque no aprender algo es infinitamente más fácil que aprenderlo. ¡Dónde va a parar!
(Éste es el momento de dejar ya de lado de una vez por todas el tópico del misterio de Samarcanda y contar cuánto cuestan allí las habitaciones con desayuno y cosas por ese estilo).

HISTORIA

La ciudad de Samarcanda es más antigua que mojar pan en los huevos
fritos. Los arqueólogos optimistas le calculan no menos de 2.700 años de pedigrí. Los arqueólogos pesimistas, por su parte, calculan que —a juzgar por la cochambre que hay pegada a las paredes de muchos de sus edificios— la ciudad tiene que ser muchísimo más antigua.
Fue una satrapía famosa en su día, cuando aquello eso se estilaba, pero Alejandro Magno, al pasar por allí, la conquistó en un decir Jesús (aunque él diría «en un decir Apolo», con toda probabilidad). O, al menos, eso es lo que nos cuenta alegremente el famoso historiador y fontanero griego Arriano de Nicomedia (se llamaba así: no es una broma nuestra). Luego, bajo el Imperio Sasánida, Samarcanda floreció, para lo cual debieron de regarla mucho, porque el clima seco de allí no ayudaba nada.
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A comienzos del siglo VIII cayó bajo el poder árabe de los abásidas. En ese momento sus habitantes tuvieron un golpe de suerte, pues en la célebre batalla de Talas del 751 (que no contamos porque suponemos que nuestros eruditos lectores se la sabrán de memoria) hicieron prisioneros a dos chinos que nadie supo qué pintaban en medio de aquella guerra. Les torturaron con un ingenioso sistema que no sabemos cómo funcionaba pero que incluía un tonel, unos clavos al rojo, una pendiente empinada y una buen puñado de víboras del desierto. Los chinos cantaron un aria de El Parsifal, el «Brindis» de La Traviatta, algunas canciones folclóricas de su región natal de Huang- Ho y el hasta entonces celosamente guardado secreto de la fabricación del papel.
Los samarcandinos (o samarcandienses, que también así se les llama, aunque a ellos no les gusta y se enfadan mucho al oírlo) hicieron su agosto a partir de ese momento, con la primera fábrica de papel, desde la China para acá. Gracias a esa naciente industria llegó el papel a Occidente, lo que ahora les permite a ustedes llevar a cabo actividades tan útiles como leer este libro, por ejemplo, por no mencionar otras más extremadamente personales en las que el papel puede jugar un imprescindible papel —valga la redundancia— y que no especificamos, en aras del buen gusto.
El estratégico emplazamiento de la ciudad, en medio de la Ruta de la Seda, propició que todo el mundo pasara por allí e hiciera noche, de lo cual se beneficiaron varias profesiones que ustedes se podrán imaginar sin que las mencionemos por su nombre. Esto redundó en gran prosperidad para la ciudad, que cobraba impuestos fijos absolutamente por todas las transacciones comerciales que se hacían, por muy íntimas y reservadas que fueran.
La multitud de viajeros produjo ingentes cantidades de estiércol de camello, que Samarcanda comenzó a exportar a Occidente bajo la denominación genérica de «especias orientales». El peculiar sabor de este producto animó bastante la insípida gastronomía de la Europa de aquellos
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siglos. La «pimienta de Samarcanda» (descarado eufemismo con el que se bautizó a aquel estiércol secado al sol, molido y mezclado con un poco de arena para darle consistencia) se transportaba trabajosa y paradójicamente a lomos de camello a través de Turquía y llegó a alcanzar precios altísimos en las lonjas de Génova, desde donde se distribuía a todo el continente europeo.
El caso es que mucha gente pasó por allí y muchos pueblos controlaron la ciudad, en uno u otro período de la historia. Samarcanda estuvo alternativamente en poder de turcos, árabes, persas, mongoles, adventistas del Séptimo Día y miembros del Círculo de Lectores. Tuvo gobiernos samaníes, qarajanidas, selyúcidas, karakitáis, khrezmidas y timúridas; y como estos nombres eran muy difíciles de recordar, los habitantes de la urbe se dieron por vencidos y dejaron de preocuparse de quién los regía en cada momento.
Un hito en su historia fue el siglo XIV, en el que Tamerlán quiso hacerla capital de su imperio y embellecerla un poco. Desgraciadamente, al final no le llegó el presupuesto y la ciudad se quedó como estaba.
Un siglo después apareció por aquellos andurriales Ruy González de Clavijo, obeso embajador del también obeso rey castellano Enrique III. Había viajado hasta allí de un tirón para proponerle a Tamerlán una alianza con el fin de atizarles juntos a los turcos. Clavijo fracasó en su intento, debido principalmente al hecho de que iba con retraso y, para cuando llegó a Samarcanda, Tamerlán llevaba ya unos años muerto. Así es que el hombre regresó a Castilla y mandó redactar en su nombre un libro de viajes (entonces se solía hacer así, porque los nobles no sabían escribir). Se llamaba Embajada a Tamorlán y fue un superventas. En él se contaba que, en honor a su expedición, le habían puesto el nombre de ‘Madrid’ a un barrio de Samarcanda (aunque no precisamente al barrio más distinguido, por decirlo de una forma elegante).
A partir de ahí, la historia de la ciudad transcurrió veloz, como si tuviera prisa por llegar a algún sitio. En el siglo XV mandaron los uzbekos. En
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el XVI, otros cuyo nombre renunciamos a transcribir. De quién gobernó en el XVII no pone nada en la Wikipedia (que es de donde estamos cogiendo descaradamente toda esta información). En el XVIII la gobernaron los bujarrones (que así se llaman los emires de Bujara). En el XIX, Rusia se metió por medio y se la quedó. En el XX fue la capital de Uzbekistán, hasta que Tashkent (que tenía amiguetes y contactos en el gobierno de la URSS) le quitó el puesto con malas mañas y mucha desfachatez. En el XXI... bueno, cuando pase algo, si nos enteramos, ya se lo contaremos.

CLIMA

En Samarcanda hay veranos calurosos e inviernos fríos, lo que
demuestra una total falta de originalidad climatológica.
PRINCIPALES MONUMENTOS
Registán
‘Registán’ significa «lugar de arena», según la información que nos han facilitado cuando hemos llamado para preguntar al Teléfono de la Esperanza (en el que, por cierto, han sido muy amables). Es el centro medieval de la urbe y se ha conservado así para salvaguardar el sabor del pasado y para que la municipalidad se ahorrase el dinero que costaba empedrarlo.
En ese lugar hay tres madrazas. (Bueno, en Samarcanda hay muchas más de tres, porque las madres samarcandíes son de natural muy cariñoso, pero no es eso a lo que nos referimos). Una madraza madarsa, más bien— es una escuela coránica donde los coranistas enseñan el Corán. Estas tres escuelas eran originalmente una sola, pero luego el claustro de profesores no llegó a un acuerdo sobre el color de los azulejos de los cuartos de baño y acabaron por pelearse y dividirse en tres.
Mezquita Bibi Khanum
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Bibi Khanum fue la esposa favorita de Tamerlán. Se lió con el arquitecto que le estaba construyendo una mezquita adyacente a su palacio, porque él le dijo que no la finalizaría como no hubiera tema entre ambos. Ella estaba harta de tener albañiles en casa, poniéndolo todo perdido, y accedió a la petición del pretendiente para que acabasen de construir y se fuesen de una vez.
Necrópolis Sha-i-Zinda
En medio de este complejo de tumbas, a cuál más alegre y colorida, se halla la de Qusam ibn Abbas, que fue quien introdujo en la ciudad el Islam y el juego del tute arrastrado. Hallábase Qusam orando, cuando los infieles le cortaron la cabeza de un tajo bien dado. Él no se inmutó, sino que se levantó tan campante, cogió la cabeza y, con ella en las manos, descendió a un pozo en donde vivió bastantes años todavía, a decir de los tenderos que le suministraban las verduras (y a los que nunca se molestó en pagar, por cierto; alguna ventaja tenía que tener ser capaz de hacer un milagro).
Según la tradición, tener la cabeza cercenada no le dio especiales problemas, pero, en cambio, en sus últimos años sí sufrió bastante por culpa de la dichosa artritis.
En esta necrópolis hay otros muertos, pues con uno solo no se habría rentabilizado la inversión de los constructores. Se levantan allí veinte mausoleos de los timúridas, una dinastía con tan mala suerte que todos sus miembros acabaron muriéndose más tarde o más temprano. También hay tumbas de unas señoras que no se sabe que fueran las esposas de nadie; sin embargo, considerando que se introdujeron allí sus cadáveres de extranjis, deducimos que alguien o álguienes les tenían bastante cariño o gratitud por algunos servicios prestados en vida.
Mausoleo real Gur-e-Amir
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El nombre de este mausoleo real significa «la tumba del rey», lo que viene a ser lo mismo, dicho con distintas palabras. Los que saben (pero Alá sabe más) aseguran que ahí se encuentra Tamerlán, al que se enterró junto con su armadura, su espada y unos cuantos bocadillos, por si la cosa resultaba ser catalepsia, al fin y al cabo.
El mausoleo tiene la forma de un octógono con un tambor cilíndrico de planta rectangular, sobre una base hexagonal que da acceso a una gran sala entre oblonga y circular, con una puerta en cada uno de sus cinco lados, de manera que, si entras, es muy posible que al poco ya no sepas por dónde salir. Se halla decorado con azulejos de colores ambiguos, que van desde el azul verdoso al verde azulado, dando la impresión de que los obreros que los fabricaban no respetaban por completo los preceptos religiosos sobre el consumo de licores.
Las ruinas de Afrasiab
Al nordeste de la ciudad (o al sudoeste, si vienes desde más arriba) se encuentra el lugar arqueológico de la antigua Samarcanda, a la que se cambió de sitio en un momento dado por una u otra razón (probablemente por un capricho tonto de algún gobernante). Allí se halla la tumba de Daniel, el profeta del Antiguo Testamento, que vaticinó —entre otras cosas— la diáspora del pueblo judío y el nombre del ganador del tour de Francia de 1967. Es un sarcófago inmenso, de 18 metros de largo, pues, según la leyenda, el cuerpo de Daniel crece una pulgada por año. Hasta ahora no ha habido problemas, aunque los matemáticos han hecho cálculos y, si es correcta la fecha en la que se cree que murió, el pobre Daniel debe de estar ya bastante acurrucado dentro del féretro y cualquier año de estos nos dará un buen susto.
El observatorio de Ulugh Bag
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Ulugh Bag, nieto de Tamerlán, tuvo mejor reputación como astrónomo que como gobernante, pues siempre es mejor ser un astrónomo desconocido que un rey de muy mala fama, como era él. Hizo construir un sextante astronómico de tres pares de narices y tres pisos, para medir la posición de las estrellas con una apabullante precisión. En 1449, cuando la ciudad estaba a punto de ser invadida, se destruyó el sextante deliberadamente para evitar que el enemigo se aprovechara y viera las estrellas gratis. Con la misma intención se rompieron todos los relojes de sol de la urbe, para que los invasores tampoco pudieran saber qué hora era.

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KATHMANDÚ: TIERRA DE ILUMINADOS
Sainete de hippies en un acto cortito, en verso, donde se pone de manifiesto cómo es la vida místico-espiritual del Nepal y aledaños
(Un jardín oriental. Tirados por el suelo están SHARK y LOLO, dos hippies con aire deprimido. Sentado en postura de yoga sobre una plataforma está el GURU, inmóvil, con los ojos cerrados.)
SHARK.— LOLO.— SHARK.—
Se me ha acabado todo el «chocolate». ¿Tiene ése aún? (Por el GURU.)
Aquél ni lo recuerda, que ya ha salido. Mira en su petate

y saca lo que encuentres, no lo pierda.

(LOLO busca en un saquito que tiene el GURU, sin que éste se entere. No
encuentra nada y hace gestos negativos con la cabeza.) ¿Qué hay de comer?
LOLO.— SHARK.— LOLO.— SHARK.—
LOLO.— SHARK.— LOLO.—
(Sacándolo del saco.) Un chile y un tomate. Comemos y fumamos igual: mierda. ¿Aquél no comerá? (Por el GURU.)

Cuando haya pollo.

Ahora déjale en paz, que está en su rollo. (Comen los dos.)

¿No has vuelto a ver a Pedro?

¿A quién?
Al chico de Kulu, aquel tan majo, que era socio
de otro que le llevaba aquí el negocio
y que se paseaba en un borrico.
Me han dicho que se estaba haciendo rico. SHARK.— Sí que le he visto. Ya no está en el valle.

Me lo encontré ayer tarde por la calle

y estuvimos tomando un par de zumos. Le vi que andaba ya con muchos humos y le advertí que a mí no me avasalle.
Es gentuza. Si empiezan a ganar
se vuelven más burgueses que los otros y, mientras tanto, aquí estamos nosotros sin oler blanca y sin poder fumar.

LOLO.— Yo creo que ese Pedro es de fiar. SHARK.— Tú con cualquiera quedas turulato.

Ese tipejo maúlla como un gato

pero no tiene medio bofetón.
Pedro no es nada más que un mamarracho completo, uno de esos niños «progre» que teme que su vida se malogre
si no logra probar que él es muy macho. Y sólo de mirarle ya da empacho.
Es un niño pitongo, un «alma inquieta» de los que ahora recorren el planeta queriendo hacer lo que hacen los demás
y que llaman llorando a sus papás
en cuanto llevan más de un día a dieta.

LOLO.— (Molesto.) Oye, Shark, tío, ¿qué pasa contigo? No sé por qué te pones tan furioso,
que cualquiera dirá que estás celoso cada vez que yo encuentro algún amigo;
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LOLO.— SHARK.—
LOLO.— SHARK.—
¿Donde te crees que has de encontrar un hombre y amigo como yo?
Shark, ese nombre,
¿por qué lo usas?
Porque soy también un tiburón y «Shark» me sienta bien.
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y no comprendo ni por qué te sigo.

¿Yo celoso de ti? ¡Vete al infierno!
¿Crees que tú me importas a mí un cuerno? Te empeñas en estar al lado mío
porque sabes que yo sí soy un tío
y eso es lo que te pone a ti tan tierno. Bueno, Shark, no te enfades.


Vamos, ven.

(LOLO se sienta al lado de SHARK, que le echa un brazo por encima.)
SHARK.—
(Sale una CHICA extranjera, de aspecto nórdico.)

CHICA.— ¡Hello!

SHARK.— ¿De dónde sales? Ven aquí

y siéntate en el suelo junto a mí.

(La CHICA se sienta y LOLO se separa, pero SHARK no la suelta.)
CHICA.—
¿Hablas inglés? Do you speak English? Yes,
of course!
SHARK.— LOLO.— SHARK.—

Very good!

¿Sabes tú inglés?

¿No ves que llevo más de un año aquí? En Asia, cuando ven a un extranjero

te sueltan el inglés y, aunque te empeñes y les saques un mapa y les enseñes

el pasaporte con tu nombre entero

—si no te lo ha robado un compañero, porque se venden bien aquí en Nepal—, no te creen y quedas tú fatal,
pues ellos se figuran que en la tierra fuera de Asia, todo es Inglaterra
y, si no hablas inglés, te miran mal. «Abroad» no es Cuba, México o Perú; piensan que fuera sólo hay Gran Bretaña y que Estados Unidos es España.
No andan tan despistados.
LOLO.—
(La chica se le echa encima a LOLO.) CHICA.—
Where are you
LOLO.—
caso.) CHICA.—
LOLO.—
CHICA.—

from?

¿Qué acaba de decir? (SHARK se ha tumbado y no hace
Where are you from? Nosotros no comemos ni un cohom-
bro, porque no nos queda ni una rup- ia con la que comprar un chupa-chup. No! Your country. Italy? Iran?
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Escucha, Shark, traduce tú.
LOLO.—
SHARK.— LOLO.—
SHARK.— LOLO.— SHARK.—
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A Rom-

a nos iremos pronto, o a Tahití,

pues ni en broma resisto a esta sujeta,
que me sujeta y además me aprieta
y no se quiere despegar de mí.
¡Eh! ¡Suelta, tú! ¡Que yo me voy de aquí! (La zarandea.) Oye, Shark, yo me marcho.

¿Adónde vas? Voy a darme un garbeo nada más

por el centro, a ver si a algún novato le saco un par de rupias para un plato de frituras y para un té detrás.

Yo pasaré por la embajada luego. Ahí sí que no sacas ni una chapa.

Ya veremos por dónde se destapa

el tipo. Si se niega, yo te juego
que le doy cuatro tiros o le pego.
Ellos tienen los pesos; que los suden.
Si llega un nacional, ¿se lo sacuden aunque esté sin comer? Es mucha guasa; te aseguro que a mí eso no me pasa

o la armo.

LOLO.—

SHARK.— Si no me dan la pasta ya van dados. (El GURU abre los ojos.) GURU.— ¿No podríais armar menos follón

mientras estoy en la meditación?

Si el hambre os tiene tan desesperados, no sé por qué os quedáis aquí tumbados fastidiándome todo el ejercicio.
Yo no creo que te ayuden.
SHARK.— GURU.—
Sabéis que con el ruido me desquicio. ¡Buen guru estás tú hecho!
¡Eh, tú! ¡Un respeto! Tú no eres ni capaz de tener quieto

el dedo gordo ¿y vas a hacer el juicio de la manera en que medito yo?

Yo necesito para concentrarme,
lo primero de todo desnudarme,

CHICA.—

(La CHICA se pone junto al GURU y le abraza.)
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pero con el shillong se me olvidó.

(Se quita la ropa y queda en taparrabos. Le pregunta a la chica.)
¿No te molesta? Do you mind?
¡Oh, no!

Es un maestro, no me cabe duda.

En cuanto ve a una chica, se desnuda.
No. Éste es dos veces guru, porque ha estado un año en una cueva retirado
sentado en posición, igual que Buda.
¡Eh, guru! ¿Qué meditas?
LOLO.— SHARK.—

GURU.—

(La CHICA le sigue teniendo cogido.)
¿Quién medita?
¿Tú te crees que hay hindú, cristiano o sikh que así medite nada? ¡Largo! ¡Quick!
LOLO.—

¡Te digo que te largues! La maldita

me tiene atenazado. ¡Get out! ¡Quita! (Cierra los ojos.) El plan que lleva es de lo más siniestro.
Me voy, por si se olvida del maestro
y me pilla otra vez y me hace suya.
¿Cómo suya...?

SHARK.—

LOLO.—
SHARK.— Tú, macho, que te acuerdes de lo nuestro.

(Hace ademán de fumar.)
LOLO.— SHARK.— LOLO.— SHARK.—

¿Quieres que busque al tipo?

Te lo juro.

¿Y el pago?

Eso es cuestión de protocolo.
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Al revés... Mejor que huya. (Inicia el mutis.)

Deja, que yo lo arreglo.

SHARK.— Tú trata de encontrar al hombre, Lolo.
(LOLO hace mutis. SHARK mira con tristeza al GURU, que sigue con los ojos cerrados y la CHICA al lado.)

Por más que me las dé de tipo duro al final yo me quedo siempre solo: la tía con el guru y con aquel

todos los mariquitas del hotel.
(SHARK hace mutis. Cuando se ha ido, el GURU abre los ojos y abraza a la CHICA.)
TELÓN
LOLO.—
¿Estás seguro?
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LA ABURRIDA HISTORIA DE TOMBUCTÚ
Otra descripción de una ciudad sin especial interés: yo, que ustedes, me la saltaría
¡Tombuctú! Tu solo nombre produce evocaciones de magia, misterio, exotismo y un follón léxico de mil diablos, porque se escribe de muchas maneras diferentes y no hay forma humana de aclararse: Timbuctú, Tombouctou y vete a saber cuántas otras variantes.
Al parecer, Buktú era el nombre de una negrita de acertadas proporciones y de carácter tan extrovertido y amistoso que hacía buenas migas con todos los caravaneros. ‘Tim’ significa «lugar». Así se hizo famoso el sitio como «el lugar donde vive Buktú», pues era parada obligada para muchos. Otras ciudades tenían nombres menos sugerentes.
Dicen los que saben (pero Alá sabe más) que Tombuctú (la llamaremos así para simplificar) esta en Malí, pero esta información ha trascendido hace poco: la ciudad ha sido siempre el lugar perdido por antonomasia. Es la segunda o la decimotercera ciudad del país, dependiendo de por dónde se empiece a contar.
Cuando se trató de islamizar el país, allá por el xv, Tombuctú fue el campamento base. Además, allí estuvo emplazada una de las primeras universidades del mundo, según dicen los tombuctinos, a los que les gusta mucho presumir.
La ciudad la fundaron en 1100 unos tuaregs que eran nómadas, pero que no sabían lo que quería decir ‘nómada’ y que se asentaron allí con objeto
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de quedarse mucho tiempo. Esto fue durante la dinastía Mandinga, lo que parece una broma nuestra, pero que no lo es.
No dejaban entrar a los no musulmanes, así es que en la puerta había un riguroso control circuncisivo que daba lugar a muchos chistes. Finalmente, como los turistas musulmanes que visitaban la localidad eran más bien tacaños, dormían al raso y se llevaban los bocadillos de su casa, las autoridades de la ciudad decidieron permitir la entrada a los franceses. Pero con esta medida la situación tampoco mejoró y las tiendas siguieron sin vender demasiado.
Ya hemos mencionado antes la famosa Universidad de San Kore, señor que no aparece en ningún santoral.
El primer europeo que entró en la ciudad (que se sepa) fue León el Africano, un musulmán granadino del siglo XVI que, con eso de la Contrarreforma, tuvo que salir pitando de la Península Ibérica. Qué hizo allí es algo que no se sabe, aunque se rumorea que visitó a la Buktú de su momento. Pero nos estamos adelantando (quizá debido a las ganas que tenemos de acabar este escrito de una maldita vez).
Allá por el 1312, un señor de nombre que no se puede pronunciar sin que se te haga un nudo en las cuerdas vocales se convirtió en el rey del Imperio de Malí. La ciudad prosperó y todos sus habitantes engordaron, con lo que los comerciantes de telas vendieron más género. Se abrieron escuelas coránicas y sus paredes se adornaron con gotelé, que estaba recién inventado.
Pero en 1468 el rey Sonni Ali Ber, un convencido animista, tomó la ciudad y la tomó con los musulmanes que había dentro, a los que sacudió a base de bien. Para compensar, su sucesor, Askia Mohamed I, fue un devoto musulmán que sacudió a su vez a los animistas. Esta suerte de bipartidismo zumbón duró hasta fines del siglo XVI, en los que los marroquíes que controlaban entonces la plaza descubrieron que en las famosas minas de oro
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no había oro y se marcharon, dejando aquella ruinosa ciudad a merced del que quisiera quedarse con ella.
Luego estuvieron allí los franceses, en el siglo XIX, pero el clima no le sentó bien y sólo la tuvieron en su poder un rato.
En la actualidad Tombuctú tiene un problema de aúpa. Por su proximidad al desierto sufre muchas tormentas de arena, que se te mete en los ojos y molesta un horror. Cuando el río Níger se sale, la ciudad se moja toda y queda aislada, con lo que sus habitantes se deprimen mucho.
La falta de monumentos frustra a los turistas, que, nada más llegar, deciden largarse, en cuanto se convencen de que no hay nada allí que merezca la pena. Para intentar relanzar turísticamente la ciudad, el gobierno malí construyó en 2006 un aeropuerto, pero los turistas que llegan allí (en trenes y autobuses principalmente), no se sabe por qué, demuestran poco interés en ir a visitar el aeropuerto, que, además, tiene una entrada muy cara y no permiten que se hagan fotografías en el interior.
El grupo terrorista islámico Ansar Dina destruyó los pocos restos históricos que quedaban en la ciudad, por considerarlos «impíos y, además, tremendamente horteras».
En resumen: Tombuctú es una ciudad aburrida, fallida y frustrante, hecha un asco y muy mal pintada, que ha vivido siempre de su antiguo prestigio, como la Sarita Montiel.
El misterio asociado a su nombre es lo único que le queda. Está hermanada desde 1987 con Motilla del Palancar.
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ODA SANDUNGUERA A JERÉ DE LA FRONTERA
Verso turístico de un poeta andaluz desconocido

Si no pué í de visita

a Jeré de la Frontera porque tié ocupasione
o porque te da peresa,
tú no te apure, shiquiyo, porque aquí en ehte poema que te brindo, generoso, yo te la dehcribo entera
y tú te ahorra er paseo
y er tené que subí cuehta.


É una siudá presiosa

que ehtá má ar sú que Lérida,
má ar norte que Marraké,
má ar oehte que Venesia,
má ar ehte que Nueva Yo
y como a un tiro de piedra
der Puerto y Cái, siempre y cuando la tire con musha fuersa.
É má grande que Lebrija
y otro pueblo de ayí serca,
como Arco o Puerto Reá,
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aunque un poco má pequeña que la pampa de Argentina, la ehtepa de Siberia,

er desierto der Nefú
o la serva brasileña.

Tié un porrón de monumento que son der año ‘e la pera, romano y vesigótico,

de Ar-Ándalu y der Rena- simiento; lo hay de toa clase. Se hayan murtitú de iglesia, que en la Edá Media devota la jasían por dosena.

La catedrá é mu grandísima

y ehtá hesha con musha piedra, y eso é porque, ar paresé,
se cohtruyó en una época
en que no había hormigó
y no se usaban loseta.
Tié una puerta en un cohtao
y que é por donde se entra
con un carté en donde pone: «Treasure-Pinacoteca»,
que debe de sé un muehtrario de pino de Cái y Güerva,
y que se pué visitá
por la cantidá modehta
de uno sei euro, que son,

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má o meno, mir peseta.

¿Qué ví a desí der Arcása? Que para darle la güerta,

de tan grande como é,
tarda lo meno hora y media. Otro sitio de interé


en Jeré é la Reá Ehcuela

der Arte Ecuehtre, un lugá ande hay cabayo y yegua (porque, si no, lo cabayo
se morirían de pena).
En ehte lugá curioso
hay sien ehperto que enseñan a lo cabayo a corré,
a sartá, a jasé pirueta,
a í marsha atrá, a reyená
la declarasión de Hasienda,
a resolvé ecuasione
y a tocá la pandereta.


Luego hay bahtante museo p’al que visitahlo quiera: de reloje, der motó,

de la mié y de la abeja,
der jeré y der enganshe, der vino y de la etiqueta; y si entavía sobra tiempo, pué visitá la bodega,
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que la gente jeresana

tuvieron la gran idea
de ponehla ayí mihmo
pá tené er vino serca.
Y ayí tiene ar Tío Pepe,
al Fundadó, al Maehtro Sierra, al Sandemá, ar Dió Baco,

ar Domé y otra cuarenta.
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LOS CAUTIVADORES ENCANTOS DE VILLANUEVA Y LA GELTRÚ
Localidad que no puede faltar en ninguna relación comentada de lugares exóticos que se precie
Esta bella villa (¡qué mal suenan estas dos palabras juntas!) se encuentra a 46 kilómetros de Barcelona (o a 826, si te empeñas en visitar, de camino, el palmeral de Elche). Las leyendas sobre su fundación resultan un tanto picantes y, por ende, interesantes para muchos.
Según se cuenta, el señor feudal de la antigua Geltrú era un viejo verdísimo que instauró el «derecho de pernada», lo que le permitía catar el primero a las recién casadas, como si fueran melones maduros que luego se comían otros. Algunos siervos melindrosos se opusieron a esto (no todos: los hubo a los que no les importó demasiado). Los descontentos, como no tenían los suficientes arrestos para cantarle las cuarenta en bastos a su señor natural, optaron por hacer las maletas y trasladarse con sus esposas y sus gallinas a otro sitio, fundando una villa nueva a la que llamaron Villanueva, porque nadie tenía realmente tiempo que perder como para ponerse a pensar en un nombre más atractivo.
Con el tiempo, la villa creció y acabó lindando con Geltrú y, luego, unificándose con ella, con lo que el señor de marras acabó, al fin y a la postre, ejerciendo aquel derecho que tanto le apetecía ejercer.
Parece ser que en 1274 el rey Jaime I le mandó una carta a la villa, inaugurándola oficialmente, sin darse cuenta de que ya estaba inaugurada hacía varios siglos, pero es que era un monarca muy despistado. A mediados del siglo XVIII (porque en todo ese tiempo no pasó nada digno de mención) se
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creó allí una fábrica de pelucas para ilustrados cursis, que determinó el crecimiento, la prosperidad y hasta nos atrevemos a decir que la efervescencia económica de la localidad. Se fundaron en ella las primeras sociedades recreativas modernas (sin contar, claro está, algunos lugares más antiguos que proporcionaban a la población masculina otro tipo de recreo más tradicional).
A partir de ese momento el ambiente de juerga y jolgorio ya no abandonó a la villa, en la que se construyeron jardines de esparcimiento para que los vilanovageltrunenses se esparcieran bien esparcidos, con espacios para espectáculos permanentes y puestos de helados de varios sabores.
La época dorada de la ciudad fue durante el romanticismo, momento en el que un alcalde chalado mandó pintar todas las fachadas de las casas de color amarillo loro. Fue entonces cuando se construyeron diversos museos, que estuvieron vacíos durante muchos años hasta que se consiguió encontrar objetos suficientes para poner dentro.
El escudo de la ciudad está partido en dos (y desde la Edad Media no han conseguido aún pegar las dos mitades). En un lado, se ve un castillo de oro sobre un campo de azur (el azur heráldico no es sino el color azul de toda la vida, pronunciado por un andaluz muy de su pueblo). En el otro lado, hay cuatro palos de gules (que no es nada de comer, sino sólo el color rojo). Son las armas reales de Cataluña, para que a los oriundos de allí no se les olvide a qué lugar pertenecen. La bandera de la villa es exactamente igual, con el mismo castillo y todo. La principal diferencia entre la bandera y el escudo es que la bandera suele ser de tela y el escudo, en cambio, no.
Villanueva y la Geltrú tiene sus propias celebraciones, porque de otra manera habría desarrollado un complejo de inferioridad ante otras localidades vecinas. En Carnaval son famosos los empastifats [embadurnados], una tradición que consiste en que los pasteleros de la ciudad se forren vendiendo merengues para que los vilanovinos y vilanovinas se los tiren unos a otros,
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con o sin piedra dentro, dependiendo del grado de amistad o enemistad que mantengan con sus conciudadanos. No se sabe el origen de esta peculiar tradición, aunque los reposteros juran que no la inventaron ellos para sacarles los cuartos a sus vecinos, afirmación que no nos creemos.
Otra costumbre curiosa consiste en que las mozas solteras le recen a San Antonio para conseguir un novio rico y tonto, el ideal de cualquier mujer. Pero nos asalta la sospecha de que tal práctica no es únicamente patrimonio de Vilanova i la Geltrú, sino que se halla extendida también por otros lugares de la península.
Hay otras muchas tradiciones populares que no contamos aquí para no chafarles la sorpresa a los que visiten la ciudad durante sus fiestas.
Pero sí hay que destacar que allí se celebra un Festival Internacional de Música Popular. Es el certamen más antiguo de España de los dedicados a lo que hoy en día se conoce como «músicas del mundo», lo cual es una definición muy tonta y redundante, porque, si no son del mundo, no nos explicamos de dónde demonios van a ser las músicas.
Hablemos a continuación de sus apabullantes museos.
APABULLANTES MUSEOS DE LA LOCALIDAD
Biblioteca Museo Víctor Balaguer
Este cuco edificio alberga un gran número de volúmenes en su interior, porque los que se dejaron en el exterior se mojaron todos el primer día que llovió.
En la Biblioteca hay unas mesas y unas sillas en las que los visitantes pueden sentarse y leer periódicos, lo que les permite estar informados de la actualidad.
(El párrafo anterior es un magnífico ejemplo de cómo se puede escribir y escribir sin decir absolutamente nada.)
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La colección consta de 7000 volúmenes desde su inicio y los 7000 siguen estando todos allí. El hecho de que en siglo y medio nadie haya querido robar ningún libro de la biblioteca nos lleva a sospechar que tales libros no deben ser particularmente interesantes.
La sorpresa que se lleva el visitante es que en la biblioteca también hay cuadros de Rubens, Murillo, Goya y otros pintores aún peores. Y, acto seguido, el visitante se pregunta: ¿por qué la Biblioteca-Museo no se llama Biblioteca-Pinacoteca-Museo? Y la respuesta es tan tonta como que entonces el nombre del edificio no cabría en el cartel de la fachada.
El Museo Romántico Can Papiol
Tras estar cerrado durante unos años, este simpático museo volvió a abrir sus puertas en 2011 (cuando, por fin, encontraron la llave, que llevaba perdida un montón de tiempo). Es una casa señorial de fines del siglo XVIII, que conserva los muebles, los elementos decorativos y las telarañas de la época.
Éste es un edificio IMBCIL (Inmueble Municipal y Bien Cultural de Interés Local). Era el hogar de un comerciante que se enriqueció fabricando una nueva y revolucionaria variedad de carquiñoles de almendras (en las que no echaba almendras en absoluto). Sus descendientes lo vendieron por dos perras gordas a la Diputación de Barcelona (vendieron el edificio, no a su antepasado, el comerciante). La Diputación se lo quitó de encima en cuanto pudo, cediéndole la custodia a los del Ayuntamiento de Villanueva y la Geltrú, para que el techo se les hundiera a ellos.
Tras su restauración, ha quedado una casa con habitaciones que se pueden visitar, porque si no se pudieran visitar estaríamos hablando de una birria de museo. Hay una entrada, por la que los visitantes pueden acceder al museo y también salirse, si lo que ven no les gusta. Una sala de espera — decorada con papel pintado donde se ven piñas tropicales, algunas de ellas
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boca abajo— da acceso a un despacho en el que se muestra un retrato de un señor que puede ser Jacinto Verdaguer, Lluís Companys o bien cualquier otro individuo.
En la alcoba, de estilo Imperio, hay una mesita en la que reposa una palangana de porcelana con incrustaciones de nácar. En la sala de música se puede admirar una vitrina en la cual se guardan una armónica, un arpa de boca y un silbato de árbitro de fútbol. El salón de baile está dominado por una gran araña de cristal que no se cae, pero que da la impresión de que puede hacerlo en cualquier momento, lo que provocaba que los bailarines que usaron el salón se movieran más deprisa para acabar pronto el baile y quitarse de debajo.
Hay también un salón de billar con una mesa de ping-pong, una sala de baño, un dormitorio pequeñito, tres capillas, un cuarto de plancha, una despensa, un granero, una bodega, un pasillo que no lleva a ningún sitio en especial y un cuarto para jugar al julepe.
El jardín crea un ambiente romántico y reumático, por sus abundantes fuentes. Una de ellas se encuentra rematada por una escultura de Hércules, en mármol de Carrara, haciendo aguas menores encima de algunos tritones, el muy cochino. También hay un lago con lirios, nenúfares y otras flores más cursis todavía.
Museo del Ferrocarril de Cataluña
Este peculiar Museo del Ferrocarril se caracteriza porque en él no hay ningún ferrocarril, sino tan sólo pinturas de muchos artistas conocidos. Sin embargo, como Villanueva y la Geltrú ya cuenta con otro museo donde se exhiben cuadros, las autoridades prefirieron dar a este museo pictórico otro nombre distinto, en pro de la variedad.
Los cuadros son realmente preciosos: hay marinas de agua dulce y salada, paisajes bucólicos y no tan bucólicos, bodegones con comida
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putrefacta, retratos de solteronas ricas con cara de bruja y lienzos con manchones posmodernos, de todas las formas y tamaños. Y, lo que es mejor: estos cuadros están pintados con colores, lo que los hace aún más llamativos y alegres que si hubieran sido todos en blanco y negro.
El museo cuenta con una tienda donde puedes comprar diversos objetos y en donde se te da también la opción de no comprarlos si no te apetece hacerlo, lo cual es casi preferible.
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BELLOS REFRITOS DE PERIPLOS LITERARIOS
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COMEDIA FAMOSA DEL NUEVO MUNDO DESCUBIERTO POR CRISTÓBAL COLÓN
FÉLIX LOPE DE VEGA
Fragmento del acto segundo, porque no es cosa de transcribirla entera
(A bordo de la nave capitana de la expedición colombina, la tripulación está que echa las muelas, porque lleva un montón de días navegando sin llegar a ninguna parte y sin prácticamente nada para comer. En escena, varios marineros harto indignados y un fraile flaco, por raro que esto parezca. Al empezar la acción, TERRAZAS está dando un mitin subversivo.)
TERRAZAS.—

Queridos compañeros: ¿Hasta cuándo habremos de sufrir este suplicio

que hace cuarenta días tuvo inicio
y que nos tiene a todos ayunando?
¡Más de un mes, sin parar, haciendo el oso por este denso mar, mar Tenebroso, pretendiendo llegar a los confines


del mundo, sobre húmidas estelas,

y remendando las rompidas velas
con los jubones y los calcetines,
sin encontrar ni rastro de lo dicho:
ni tierra, ni el indicio de un mal bicho! Para el lío en que nos metió Colón
ARANA.—
PINZÓN.— TERRAZAS.—
PINZÓN.— ARANA.— FRAY BUYL.— TERRAZAS.—
ARANA.— TERRAZAS.—
PINZÓN.—
ARANA.— FRAY BUYL.—
TERRAZAS.—

hay que buscar certera solución. Estás perdiendo el tiempo pensando, pensando.

Aguanta, aunque no quieras ¿Hasta cuando? ¿Hasta cuando? Y así pasan los días
y yo, desesperando. ¿Nos salvará Fernando? Quizás.
Quizás. Quizás.

Pero esto ya no hay Dios que lo resista; moriré si San Pedro no me asiste.

Al zarpar, el peligro ¿no lo viste?
No lo vi, porque soy corto de vista.


La próxima, Colón, ya no nos cazas.

Yo estoy de acuerdo en todo con Terrazas y así propongo ahogar a ese liante
que no sabe nadar y es Almirante.
¡Sí, pues que bien merece ser ahogado aquel que nos metió en tan gran fregado! Hijo mío, no seas impulsivo,
que decidir quién ha de seguir vivo
es cosa del Señor, que ha de juzgarlo,
y, si Él quiere, en su mano está el ahogarlo. Pero, fray Buyl, ¿es que no veis el sesgo que está tomando esto? ¿Veis el riesgo
que nos va a provocar morir de hambre porque ya no hay verduras ni fiambre?
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Hoy hemos masticado los pellejos

con las miradas fijas a lo lejos
para ver si, surgiendo de entre el mar, divisábamos tierra en la que anclar.
Si del riesgo que implica no te acuerdas,
con hambre y distracción muerdes las cuerdas; y, si las masticamos demasiado,


lo que nos va a pasar va a ser sonado. Las pocas cosas de las carabelas

que tienen proteínas son las velas
y el día aquel en que nos las comamos es el último día que bogamos

Y como el miércoles caí en la cuenta de que el cuero del palo me alimenta con grande esfuerzo he de resistirse a no morder el mástil, por nutrirme. Sólo me desayuno en la mañana chupando un poco el palo de mesana y por la tarde, a eso de las siete,

le doy unos lamidos al trinquete.

Mas no es digno de un hidalgo español andar chupando así el estanterol.
Me siento a descansar junto a la quilla imaginándome que tomo sopa
o paseo errabundo por la popa soñando con comerme una tortilla.
Y el responsable de esta situación
es ese capitán bobalicón
que a este horrible lugar nos ha traído.
TODOS.— TERRAZAS.— ARANA.— FRAY BUYL.— PINZÓN.— ARANA.— TERRAZAS.—

Y es ésta la razón por la que os pido

que me deis vuestra ayuda y vuestro apoyo para volver, saliendo de este embrollo,
a las playas que el Mare Nostrum baña lamiendo sus arenas.


¿Cómo?

A España.

¡Ah!

Yo te apoyo.

Y yo.

Y yo.
Pues ¡venga! (Parece que he triunfado con mi arenga.)

Aquí hace falta un gran levantamiento, un audaz alzamiento,

insubordinación.
Si seguimos sin un conjuramiento mañana no la cuento


por culpa de Colón.

Si seguimos bogando para alante
con el loco Almirante
por tenebroso mar,
me temo que ni un sólo tripulante
en este mes entrante
la deje de diñar.
Tal mochales no vi en el mundo entero, ni verlo nunca espero,
¡pues no quiere volver!
Si seguimos, seguro que me muero,
PINZÓN.—
ARANA.—
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FRAY BUYL.—

pues se ha acabado el cuero

y ya no hay qué comer.
Promete el oro y les promete el moro, promete un gran tesoro
y todos van con él,
mientras lloro, le oro y le imploro
al buen santo Isidoro
que no se hunda el bajel.
No comemos ni ostra ni centollo,
ni gallina ni pollo,
¡habremos de palmar!
¡Y salir no podemos de este embrollo y contra un gran escollo
nos vamos a pegar!
Todo esto por culpa de ese estulto,
el navegante inculto,
genovés fanfarrón.
Tengo razón y mucha si le insulto porque es que escurre el bulto
el pérfido Colón.
Toda nuestra paciencia ha concluido porque Colón, muy ido
ha demostrado estar.
En la vez que del barco me he caído del agua que he bebido
me tengo que vengar.
Sobre Colón, el hablar tanto sobra.
Si en juicio no recobra
ha llegado su fin.
TERRAZAS.—
ARANA.—
FRAY BUYL.—
TERRAZAS.—
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Si no volvemos, juro por Dios que cobra y ¡manos a la obra! ¡Hagamos un motín!
(Aparece COLÓN, muy enfadado.)

COLÓN.— ¿Qué es esta trapatiesta

que no me deja ni dormir la siesta?

¿Por qué esta algarabía

armáis groseramente todo el día?
¿A qué esta confusión
que, en tanto que yo duermo cual lirón, habéis aquí armado,
con la que habéisme ahora despertado? Decid, claro y conciso:
¿quién ha sido el felón que os dio permiso para que alborotéis
de esta forma y dormir no me dejéis?

TERRAZAS.— Hablando de las camas, Almirante, te andas por las ramas.

Antes que canta un gallo

voy a hacerme, arreándote, un gran callo si no cambias el rumbo.
Te voy a dar un golpe tremebundo
como no te des maña
de que lleguemos este mes a España.

COLÓN.— ¿Está bien que a la reina desobedezca aquel que canas peina?

¿No teméis a la guasa

que nos espera al ver volver a casa
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a hombres arrojados,
vencidos, deprimidos y frustrados? ARANA.— Aparte de un artista

no hay animal que un hambre tal resista, que somos caballeros

y en nuestro hogar comíamos carneros De Castilla, los Fueros

no mandan que los nobles coman cueros y aqueste pergamino

nos sienta mal, a causa del tanino.
Así que ya lo sabes,

Colón: varía el rumbo de las naves. COLÓN.— ¡Pero esto es un motín!

¿No os da vergüenza? Os traje hasta el confín occidental del mundo

porque fundar pudierais aquí un fundo
y encuentro una traición


que me ha ganado la tripulación.

Los reyes me han creído,
descubrirles un mundo he prometido... ¿Cómo es que no pensáis

que no puedo lograrlo si os rajáis? TERRAZAS.— (Disponiéndose a arrearle.)
De un golpe, si te niegas,
te juro que hasta la otra nave llegas. ARANA.— (Arremangándose, con idénticas intenciones.)
Eso es una futesa,
que yo lo mando a tierra genovesa. COLÓN.— Ineptos marineros

que, para protestar, sois los primeros: mi mando respetad,

porque me lo otorgó Su Majestad,
y bogad confiados,


pues propicios nos han de ser los hados. En estas aguas frías

veremos tierra en unos pocos días
y sobre verde mata

pondré el pie (si es que no meto la pata). TERRAZAS.— (¿En este mar, maleza?
El Colón no anda bien de la cabeza.) COLÓN.— (Sacándose unos mapas del bolsillo.)

Yo tengo pruebas hartas

de que estamos llegando, en estas cartas; y os digo muy en serio
que yo sé que es redondo el hemisferio. Digo que ya no hay
desde aquí mucho trecho hasta Catay. Podéis darme un morrón
si presto no llegamos al Japón,
podéis cantarme un tango
si no llegamos rápido a Cipango, pelarme cual gallina
si en tres días no vemos costa china, tomarme por lunático
si no avistamos continente asiático, llenarme de improperios
si del Gengis no vemos los imperios
y si he seguido mal
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el camino, atizarme con puñal. ARANA.— El pérfido Colón

hace otra vez la misma relación

que nos hizo hace un rato,
porque es un gran taimado y mentecato. Cojámoslo al momento,
pues no tiene otra excusa ni argumento. ¡Santiago y a por él!
¡Que no mande un inepto este bajel! (Se abalanzan sobre él y lo agarran.)


COLÓN.— ¡Socorro, reverendo!

¡Mire lo que conmigo están haciendo!
(Fray Buyl reza, piadoso, mirando hacia otro lado.)
TERRAZAS.—

Por este necio antojo,

cual garbanzo, pongámoslo en remojo. Si el jueves no llegamos,
la cuerda de que pende le soltamos, arriamos el velamen
y nos volvemos, aunque nos infamen. Y solamente uno
perecerá en las aguas de Neptuno.
(Atan a COLÓN por un pie.)

PINZÓN.— ¡No se escape, el artero!

ARANA.— No te apures, que es nudo marinero.
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(Lo descuelgan boca abajo por la borda.)

COLÓN.— (Dentro.) Todo aquesto sabrálo el mundo un día
y la historia dirá... ¡Ostras, qué fría! TELÓN
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TARZÁN Y LA EXPEDICIÓN DEL REY TSHILUMBULULA EDGAR RICE BURROUGHS
Novela de aventuras viajeras, sin acabar, porque, llegado a un punto, al autor no se le ocurría ni «usted lo pase bien».
Todo lo que vamos a narrar se sitúa, con la ayuda de una brújula y un sextante, en la región de Mupanga, en el África Austral, en el lugar exacto en el que se cruzan el meridiano de Bucarest y el Trópico de Sagitario.
El reino de Mupanga, para no desentonar del resto, era una República constituida, aunque continuaba siendo lo que siempre fue, y el rey Tshilumbulula se veía en el imperativo de hacer las veces de Presidente y Primer Ministro. Como sus súbditos le adoraban, era un imperativo que llevaba consigo la admiración.
Esta región que limitaba con Angola, con Rodesia e — inexplicablemente— con el estrecho de los Dardanelos, era una zona rica en puerros y coles de Buchungui, con abundantes minas de hojalata, amén de otros productos que hacían del país un emporio de riqueza. Abundaban también igualmente asimismo en los árboles los loros, en los campos los toros, en los cielos los meteoros, en los bosques los sicomoros, en los palacios los tesoros y en los barcos los comodoros.
Y esto de los comodoros es a lo que íbamos; porque, como el país no tenía mar, los barcos, con sus comodoros, sólo habrían servido en caso de que el país, a falta de mar, tuviera océano, lo que tampoco hubiese sido de despreciar. Pero como el país tampoco tenía océano, vamos a tener que explicar un poquito más el asunto. Por otra parte, ¿qué sería el África sin sus misterios?
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Pero es que el rey Tshilumbulula —que, para explicarlo, diremos que en lengua de allá significa «el que tiene mucha lumbulula»— había leído a Platón en una edición pirata hecha en el siglo XVII en Talcachén de Coquechilchán, hoy el Chacay del Planchón, del Jujuy.
Allí, el gran griego hablaba de unos continentes sumergidos dignos de ser notados: la Atlántida, la Pacífica y la Índica. Sin embargo, la mención al primero se les pasó a los censores. Y de allí el sabio Tshilumbulula dedujo que si tan grandes continentes se habían metido en el agua como quien lava, con tanta facilidad, también era factible que en cualquier momento algo tan insignificante como el África se anegara por completo. Para entonces, una flota de barcos sería de gran utilidad para salvar a la familia real y para que no se mojaran las acciones de la «Tombuctu Penguin Company Ltd.» que dicha familia poseía enterradas debajo de un arbusto de la familia de las rosáceas del género rubus y que no sabemos por qué milagro biológico relacionado con los pingüinos y las altas finanzas, se mantenían siempre en alza.
Los barcos propiedad del precavido monarca se hallaban dispuestos siempre para la navegación y sólo esperaban que el agua invadiese el continente al primer cataclismo geológico, para navegar rápidamente. Eran unos buques sólidamente construidos, si se tiene en cuenta la técnica de allá, y uniendo el esfuerzo de su velamen al de la tripulación —diez hombres en cada barco— podían desarrollar una velocidad de 300 nudos por hora, lo que parecería imposible si no se considerara la ya reconocida habilidad de los marineros para hacer nudos.
Pero sucedió que la Sociedad Geográfica del Mupanga, con un gesto de honestidad digno de mejor causa, había decidido emplear su presupuesto de aquel año fiscal, en vez de en las acostumbradas comilonas —que salían carísimas porque, en aquellos últimos años y debido a la escasez, los centollos y los europeos se habían puesto en el mercado a unos precios imposibles— en
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una expedición a las tierras ignotas de la Europa Meridional, bastante desconocidas aún para los etnólogos mupanganos.
Dicha expedición tenía muchos y diversos objetos:
l.— Explorar la península más cercana al África que, aunque conocida en su parte sur, era aún un dédalo de caminos y un embotellamiento de incógnitas en su parte interior.
2.— Averiguar el paradero de muchos africanos del norte que en el año de 771 y en seguimiento de un tal Tariq, quizá un líder revolucionario de la época, se habían internado en dicha península y no habían vuelto aún.
3.— Hallar las fuentes del Guadalquivir, ese río misterioso en cuya orilla se yergue la antigua Hispalis, de exótica memoria, y que es el principal centro de exportación mundial de ese producto ambiguo de la península conocido con el nombre de «lagrasia».
Y se habían ido para allá. Lo que pasa es que unos señores vestidos de verde, muy brutos, no les habían dejado pasar.
***
La preparación de la expedición se había iniciado con los objetos que los valientes guerreros pensaban llevarse. Dichos objetos eran:
1.— Arcos y flechas en cantidad abundante.
2.— Veinte sacos de trocitos de cristal sin valor ninguno que, al parecer, los indígenas de la península cambiaban por comestibles y otros valores útiles, tras empeñarse en dar los nombres de rubíes y zafiros a aquellas simples agrupaciones de cadenas de carbono cristalizadas y comprimidas en las profundidades de la corteza terrestre.
3.— Diversas pieles de elefante blanco para pintar encima los mapas que se hicieran de los lugares explorados, etc.
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El rey Tshilumbulula que, como ya hemos dicho, era un salvaje de ideas avanzadas y mente abierta y emprendedora, aprobó y hasta estuvo a punto de darle notable al proyecto, teniendo la fluorescente idea de que los expedicionarios utilizasen sus barcos para trasladarse, en vez de tener que hacer el penoso esfuerzo de cruzar el África por tierra, gastándose un dineral en cebras y postillones.
El Comité Directivo de la Sociedad Geográfica de Mupanga, tras un banquete al que asistieron sus quince miembros, su presidente, el doctor Motlokotloko y un misionero finlandés (que asistió en calidad de ingrediente de un guiso) decidieron los nombres de los exploradores, su recorrido, duración del viaje, dietas, regímenes, etc.
Los exploradores serían los siguientes:
Alyid o Eljid. «Eljid» era un titulo que se le daba al más valiente de los guerreros de la tribu, denominados «yammad». Para ser digno de esta denominación había que pasar diversas pruebas y demostrar repetidamente valor, lo que se hacía cazando cocodrilos sin más ayuda que una docena de plátanos y una pluma de colibrí o bien atravesando a nado el caudaloso río Zumba tras haberse comido dos kilos y cuarto de gambas y haberse atado una piedra pómez a la espalda para flotar bien. El que conseguía superar todas estas pruebas sin deterioro visible de su estructura ósea era honrado con el título antes mencionado y, como privilegio, podía importar electrodomésticos de Ciudad del Cabo sin pagar aduana. Pero no todos se atrevían. Así que eran muchos los «yammad» pero pocos los «eljid».
Beodo. Que era el hechicero de la tribu. Había obtenido su título de «Magique Licencié» en la Universidad de St. Louis del Senegal y llevaba ya bastantes años ejerciendo. Claro, que era sólo un mago de magia general, un mago de cabecera, pero para una expedición siempre sería mejor un mago que entendiera un poco de todo, que un especialista.
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Orondo. Un cocinero de primera clase. Como era muy posible que en los lugares a los que se dirigía la expedición no se encontrasen los comestibles a los que los mupanganos se hallaban habituados, este cocinero se ocuparía de proveer a los expedicionarios de sus comidas preferidas. A este efecto, ya había puesto a bastantes prisioneros en salmuera. Este Orondo amaba su profesión y todo lo veía desde el punto de vista alimenticio. Era un verdadero artista de la caldera y creaba nuevas y suculentas recetas tras muchos experimentos. Toda su parentela había ya desaparecido misteriosamente.
Motlokotloko. Presidente de la Sociedad Geográfica de Mupanga. Era el que dirigiría la expedición y el que pintaría los elefantes, describiendo el país y las costumbres de las tribus de la península. Era uno de los geógrafos y antropólogos más famosos de su tiempo y por medio de la compañía de correos «Transcontinental de avestruces» se mantenía en contacto con los demás sabios de África e intercambiaba con ellos informaciones científicas y cromos repetidos.
Bir Umm Yaret Hafiz Maaten Geizel el Ayeram. El Almirante de la flotilla y capitán de navío, un refugiado argelino que había huido de su país por cuestiones políticas: porque en la política del Banco de Orán de Crédito, en donde trabajaba, no entraba el permitir desfalcos tan grandes como los que Don B.U.Y.H.M.G el Ayeram llevaba a cabo todos los meses. Ahora éste se encontraba en Mupanga de inmigrante y había destacado como navegante por la seguridad de que nunca encallaría, tal era la forma en la que rehuía los bancos después de su aventura argelina. Además tenía —cosa nada despreciable— la habilidad de meter barcos dentro de botellas y —cosa menos despreciable todavía en los tiempos en que vivimos— de meter botellas dentro de barcos, porque contrabandeaba que daba gusto. Sin embargo, ahora, como capitán de fragata en Mupanga, estaba en seco, como se sabe.
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Sinkeré. Criado para todo que debía cuidar de la expedición y hacerle de pinche a Orondo, pinchando los alimentos que éste le indicara.
La marinería. Diez osados marinos cuyos nombres hacemos constar por orden alfabético: Meringa, Micauné, Moaba, Mokuati, Maramba, Maenga, Mabula, Morokuén, Machango y James. (Este último, convertido a la verdadera fe por un misionero escocés del que, al poco de su llegada a Mupanga, no quedaba ni la gaita).
Los alimentos. Que se llamaban por el número y que eran el 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 21, 22, 23, 24, 25, 26, 27, 28, 29, 30, 31, 32, 33, 34, 35, 36, 37, 38, 39, 40, 41, 42, 43, 44, 45, 46, 47, 48, 49, 50, 51, 52, 53, 54, 55, 56, 57, 58, 59, 60, 61, 62, 63, 64, 65, 66, 67, 68, 69, 70, 71, 72, 73, 74, 75, 76, 77, 78, 79, 80, 81, 82, 83, 84, 85, 86, 87, 88, 89, 90, 91, 92, 93, 94, 95, 96, 97, 98, 99 y 100, numerados según su frescura, para que no se les estropeasen por el camino. Estos alimentos tenían una gran ventaja, y era que no había que transportarlos, porque se transportaban solos. Pero había, en cambio, que cuidar de su salud, para que no crearan indigestiones. El rey Tshilumbulula no quería que se repitiera la terrible epidemia de 1943, que diezmó a la población y que fue debida al consumo de unos ingleses adulterados. Desde entonces se llevaba a cabo un estricto control de calidad que el mago Beodo supervisaba en persona.
Cada uno de los componentes era un experto en la materia y todo hacia prever el éxito de la expedición.
(Inacabado, antes de que le diera tiempo a salir a Tarzán. Ya hemos dicho que el Burroughs no sabía cómo seguir).
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LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA DÍAS JULIO VERNE

Refrito respetuoso de la famosa novela de viajes apresurados
Hay libros que son magníficos.

La vuelta al mundo en ochenta días es uno de ellos.

¿De qué trata esta novela,
La tour du monde en quatre-vingts jours, en su versión francesa?


De un Lord inglés, de las islas, británico, de Inglaterra, reinounidense y sajón,

que era oriundo de «Chelsea» y no daba un palo al agua, pues vivía de sus rentas

y pasaba todo el rato

yendo al club a leer la prensa (por no tener que comprarla y así ahorrarse unas pesetas), fumando en pipa y bebiéndo- se ginebra tras ginebra
desde antes del desayuno hasta después de la cena.
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Pero el sujeto tenía

gran pasión por las apuestas y se jugaba las libras
y los chelines a espuertas apostando a los caballos
(sin desdeñar a las yeguas),
a los perros o a cualquier animal que se moviera.
Y un día, hablando en el club con cuatro o cinco colegas, tras trasegar doce whiskies
a la salud de la Reina, discutió si se podía circunvalar el planeta
en tan solo ochenta días, saltando de una manera matemática del tren
al barco o a la carreta.


Resumiendo, que no hay tiempo (que tengo que ir a la tienda

y me la van a cerrar):
esos lores majaretas


apuestan a que no puede cumplir el plan que planea en el plazo prefijado.

El inglés va y se mosquea y, diciendo que lo hará,
se gira, coge la puerta
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y se va veloz cual rayo a preparar las maletas.

En casa espera el criado, llamado —aunque no lo crean— «Picaporte», que es un chico que bebió el agua del Sena

en todos su biberones
y es francés hasta la médula, porque Verne marchó a Lourdes en donde hizo la promesa
de que jamás faltarían
franceses en sus novelas,
para recordarle al mundo
que los ingleses dan pena,
los españoles dan asco,
los italianos apestan,
los alemanes dan miedo
y los rusos dan vergüenza. Vamos: que los no-franceses
no están bien de la cabeza
y hacen cien mil tonterías
a poquito que los dejan.


Seguimos. El Lord inglés... (Acabo de darme cuenta

de que aún no lo he presentado. Bueno, pues eso se arregla
sin mayor complicación:
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el Lord se llama Phileas

Fogg, que es nombre bien feo. ¡A eso no hay que darle vueltas!)

Pues el Fogg llega a su casa y anuncia sin anestesia

a su criado que parten
de inmediato a dar la vuelta al mundo. Pero resulta


que Picaporte es un jeta

que no quiere trabajar
ni hacer ninguna tarea
ni moverse de la casa,
que sólo aspira a que sea
su vida tranquila como
la de una vaca u oveja.
¡Y ahora el otro le propone viajar más que en la Odisea, cubrir distancias insólitas,


ir de la Ceca a la Meca,

recorrerse todo el mundo
y, además, a la carrera! «¡Mecachis!», piensa (eufemismo). «¡Córcholis! ¡Vaya faena!

¡Este amo que me ha tocado está mal de la mollera!»
En vista del panorama Picaporte se cabrea
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bastante y está en un tris de mandar a hacer puñetas al majadero de Fogg;

pero luego se lo piensa mejor y, al fin, se resigna a salir de peripecias, consolándose al mirar
que cobrará buenas dietas.


Inician la gira en

el tren de las ocho y media —un tren que va de un tirón hasta El Cairo, vía Marsella—; pero, al salir, con las prisas, Picaporte deja abierta
la llave del gas y así,
a su regreso a Inglaterra,
tiene el inglés que abonar
una astronómica cuenta
que le hace decir a gritos alguna que otra blasfemia.
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NUEVO VIAJE A LA ALCARRIA

CAMILO JOSÉ CELA
Escueta relación del proceso de escritura de este tostónico libro

ANTECEDENTES.—Camilo José Cela Trulock mochileó nueve días por Cuenca y Guadalajara en 1946, tomando notas y preguntando a los lugareños por las cosechas. A su regreso a Madrid y sin tardar nada más que año y medio en hacerlo, escribió un librito sobre su viaje a la Alcarria al que tituló Viaje a la Alcarria, con su bien conocida originalidad.
En 1984, como ya se había gastado todo el dinero del otro libro en señoritas de buen ver, volvió a los mismos lugares, en un coche de lujo, con una choferesa negra que estaba para parar un tren de mercancías de sesenta vagones. Ya de vuelta, sus negros le escribieron Nuevo viaje a la Alcarria, obra de la que presentamos aquí una versión reducida.
(La hemos escrito con un género desverbado y monopalábrico de nuestra absoluta invención, consistente en usar un solo vocablo en cada párrafo, para así ocupar más hojas, pues si en algo admiramos a Cela es su capacidad de ganar dinero sin tener que trabajar casi nada.)
Cela. Brihuega. Secretario. Ayuntamiento. Carta.
Respuesta. Confirmación. Expectación. Autopista. Rolls Royce. Alfombra. Alcalde. Saludo.

Foto. Llave. Festejo. Jota.

Vino. Cochinillo. Brindis. Discurso. Parador. Hetaira. Sueño. Orinal. Café. Tocino. Regreso. Noticia. Negro. Folleto. Redacción. Mensajero. Editorial.
94
Peloteo. Imprenta. Promoción. Inercia. Venta. Millones. Cochinillo. Hetaira. Cela.
95
HERMES.—

¡Por diecisiete mil centauros cojos!

No viene nadie. Creen que sus antojos son leyes para mí. Creen que no cuesta
el dinero pasarse el día de fiesta.
¿Quién me manda meterme en relaciones con dioses que no van a las reuniones después de convocarlas? Como suelo llegar siempre a la hora, porque vuelo, me toca estar espera que te espera
en solitario más de una hora entera.
(Sale ARTEMISA.)
ARTEMISA.— Hola, Hermes. ¿Qué tal? ¿Estás tú solo? HERMES.— Más solo que la una. Y ese Apolo
96
HOMERO EN EL OLIMPO ARISTÓFANES
Fragmento de una comedia que su autor tenía guardada en un cajón, porque nadie se la quería estrenar
(Cima del monte Olimpo. Colgado del techo hay un letrero que dice «Monte Olimpo. 10.000 metros sobre el nivel del mar». Al fondo un paisaje de cielo y nubes y en el medio una balanza que representa la justicia. En escena el dios HERMES, paseándose impaciente.)

¿Cuál es la causa de que de improviso mande a todos los dioses este aviso?

Sé que tiene que ver con esa guerra
que han armado los hombres en la tierra. ¿Y los otros?

No deben de tardar. Yo ya estoy aburrido de esperar.
Mira, ahí vienen.
¡Vaya, hombre! ¡Menos mal!
(Salen DIONISOS, ARES y APOLO, este último tocando la lira.)
ARTEMISA.—
HERMES.— ARTEMISA.— HERMES.— ARTEMISA.— HERMES.—
ARTEMISA.— DIONISOS.— ARTEMISA.— ARES.— ARTEMISA.—
HERMES.—
APOLO.— HERMES.— ARTEMISA.— APOLO.—
Dionisos, ¿cómo estás?
¡Salud, Ares! Salud.
Hola, ¿qué tal?
97
¡Oh, musajeta! Si pudieras dejar la lira quieta
estaría muy bien.
Llevo una hora aburrido y mirándome los codos.

No, te enfades. A ver... ¡Estamos todos! ¡Pues que viva la madre superiora!

¿Y cuál es la razón de este mitín?
Que hemos de procurar ponerle fin

a esa guerra que azota el campo frigio y que no ha de dejar ni un mal vestigio de que existió una vez la raza griega pues con su sangre las cosechas riega.
ARTEMISA.— ARES.—
APOLO.—
98 ¿Qué decís, pues?

Que sí, que es necesario. Este combate a mí me trae mal fario

que el menguado del rey Agamenón

abalanzó a prenderme un escuadrón sin una pizca de formalidad;

y eso está muy mal hecho.
Sí, es verdad. Mas la cuestión es que hay que decidir

qué ejército merece recibir

el laurel de victoria en el combate porque es que, por ahora, hay un empate. Decid, rompiendo así vuestro mutismo, por quién os inclináis.
Nos da lo mismo.
¿Que os da lo mismo?
Sí, pues los troyanos al igual que los griegos, son humanos.
¿Qué más da que sea uno el vencedor u otro?

¿Pero no estáis a favor

de que uno de los dos sea laureado? No en especial.
Pues esto se ha acabado; lo echaremos a suertes, ¿os parece?

Muy bien, pero no es justo que se empiece sin saber lo que opina Poseidón.

Mas, ¿qué se le va a hacer? Es un tardón. Paciencia.
DIONISOS.— APOLO.— DIONISOS.—
APOLO.—
ARES.— APOLO.—
ARTEMISA.—
HERMES.— APOLO.—
ARES.—
POSEIDÓN.— HOMERO.— DIONISOS.— ARTEMISA.— HERMES.— APOLO.— POSEIDÓN.—
HOMERO.— APOLO.— HOMERO.—
¡Oh, Poseidón! ¿Qué llevas enganchado en tu tridente acuático?

¿Qué miro?

(Al público.) (Hola y adiós, señores: que aquí expiro.)
¡Mira éste el besugo que ha pescado! ¡Un mortal!

¡Huy, qué cosa!

¿Cómo fue?

Bribón, ¿cómo has tenido la osadía

de subir al Olimpo a costa mía?
En el agua, en su pincho me enganché. Dinos quién eres.

Soy el pobre Homero. Al agua me arrojó un soldado fiero

por mandato de Ulises, y nadando

en el agua salada estaba, cuando
mi túnica quedose de repente
enredada del todo en un tridente. Después crucé el espacio en un momento que, un poco más y casi no lo cuento


y llegué hasta este sitio, en donde ustedes me agobian a cuidados y mercedes.

Con más respeto, estúpido mortal,
APOLO.—
99
DIONISOS.— Mencionando al rey de Roma dice el refrán que por la puerta asoma.
(Sale POSEIDÓN, sin darse cuenta de que lleva a HOMERO enganchado en su tridente.)
HOMERO.— APOLO.—
HOMERO.—
POSEIDÓN.— DIONISOS.— HOMERO.— DIONISOS.— HOMERO.— DIONISOS.— ARES.— HOMERO.—
ARES.— HOMERO.—
APOLO.— HERMES.— ARTEMISA.— ARES.— DIONISOS.—

que estás en territorio celestial

y en presencia de todas las deidades.
(¡Ay, mi madre!) Pero, hombre, no te enfades. Háblame a mí de usted, que soy Apolo
y muy bien puedes ver que no estoy sólo,
que Ares, Hermes, Dionisos, Poseidón
y Artemisa, que son el panteón
heleno, están conmigo. Así que ¡ojo!
(Esto es todo quimera y trampantojo.
Estaré desmayado y veo visiones.
¡Oh, mente!, y ¡en qué trance que me pones! De verme así desesperado lloro.)
¿A golpes de tridente lo perforo?
No, que no es culpa suya. ¡Oh, mortal!, dinos.. (Ahora me habla el comerciante en vinos.) Dime a qué te dedicas, buen Homero.
Yo sólo soy un pobre reportero.
(Con entusiasmo.) ¡Un reportero!

Sí que es buena cosa. Les he de hacer una interviú preciosa.

(A ver si así consigo liberarme.)

¿De verdad que has venido a interviuarme? ¡Claro que sí! (Parece que resulta
mi plan, porque esta gente es muy estulta.) Me habrá de entrevistar a mí el primero. ¡A mí!


¡A mí!

¡A mí!
¡A mí!
100
POSEIDÓN.—
ARTEMISA.— ARES.— HOMERO.— ARES.— HERMES.— HOMERO.—
DIONISOS.— ARES.— POSEIDÓN.— HOMERO.—
ARTEMISA.—
HOMERO.— ARTEMISA.— HOMERO.—
ARTEMISA.— HOMERO.— ARES.—
HOMERO.—
101 ser el primero!
¡Yo quiero

No.

No hay que colarse.
¡Venga, señores: sin amontonarse! Yo me pongo a la cola.

Yo te copio.

(¡Hay que ver lo que puede el amor propio!)
En fin: Las señoritas por delante. ¡Eh, que se cuela uno..!
(A HERMES.) ¡Gran tunante!

Empieza, Homero.

Voy. Diosa Artemisa,

¿suele cazar en la pradera lisa

o prefiere las selvas y collados? Las praderas, para cazar venados son el mejor lugar.
¿Cómo?
el cazar.

¿Tiene licencia?

Digo... Si es cosa de paciencia Sí, que a veces no se halla
la caza o disparándole se falla. Interesante todo; haga el favor. ¡Que se acerque el siguiente!
Es gran honor para mí aparecer en los periódicos.
¿Se venden caros?
Son a precios módicos.
ARES.—
HOMERO.— ARES.— HOMERO.—
ARES.—

Sólo valen un óbolo.

Es decir
que es muy barato y fácil de adquirir. Se venden cada mes más de un millón. Mis palabras tendrán gran difusión. ¿Qué opina usted sobre los artefactos pensados para hacer muchos impactos guerreros, como son la catapulta

y etcétera y etcétera?

Una multa

habría que poner a su inventor

pues es sólo un cobarde y un traidor
aquel que con pachorra y con vagancia
se lía a mandar piedras a distancia;
que el combate ha de hacerse frente a frente y cualquier otro medio no es decente.
Una postura muy viril.

¿Ya está? ¿Ya ha acabado conmigo?
¿Qué quería? ¿Que le hiciera preguntas todo el día?
Hágase a un lado. Ahora a ver quién va. Es mi turno,
¡Hombre, si éste es mi ascensor! Estoy emocionado.
Pues, mejor; que no hablará y acabaremos antes.
Dígame usted, patrón de navegantes, ¿es verdad que levanta usted la raya
HOMERO.— ARES.—
HOMERO.—
POSEIDÓN.— HOMERO.— POSEIDÓN.— HOMERO.—
102
POSEIDÓN.—
HOMERO.—
POSEIDÓN.— HOMERO.—
POSEIDÓN.—
HOMERO.—
APOLO.— HOMERO.—
APOLO.—

103

del Ecuador con su tridente?
¡Vaya, qué pregunta más tonta! Sí, es verdad,

mas hacer tal cuestión es necedad.

Y ¿siendo el rey del piélago profundo por qué tiene un aspecto tan inmundo? ¡¿Cómo?!
Digo que... el líquido elemento ¿estaba antes o es su propio invento?
Ya estaba y se me ha dado en usufructo, que, echado de la tierra, es el reducto que me quedó.
Muy bien. Apolo, usted, venga a mi lado, haga la merced,
que he de tratar un tópico muy básico. ¿Y bien?
¿Qué opina usted del arte clásico? ¿Qué porvenir le ve al verso heleno?

¿Le parece que es malo o bien que es bueno? Del arte no conocen ya la esencia,

que éste es el tiempo de la decadencia.
El verso, privilegio de los cielos,


lo han dejado los griegos por los suelos. De teatro, no hablo: que da grima,

en música no saben qué es la prima
ni en escultura saben qué un cincel.

No encuentro a nadie digno del laurel. (¡Qué critico más fiero!) El de los vinos. Servidor. ¿Qué desea?
HOMERO.— DIONISOS.—
HOMERO.— DIONISOS.— HOMERO.—
DIONISOS.— HOMERO.—
DIONISOS.—
HOMERO.— DIONISOS.— HOMERO.— DIONISOS.— HOMERO.—
APOLO.— HOMERO.—

104

(¡Qué cretinos!)
Intervíueme usted.
Pues, si te empeñas... ¿Qué prefieres, jerez o valdepeñas?

Me gustan por igual.

(Ya me extrañaba
a mí.) Y ¿dónde vives?
En la cava donde se guarda el jugo de mis viñas.
¿Nunca se te ocurrió cultivar piñas? ¿Qué?

Nada.

¡Ah, bien!
Pues ya acabé con todo y si para bajar me dan un modo

han de salir en la primera plana

de la edición que hay por la mañana. Sí, hombre. ¿Cómo no?
Pero antes de eso quiero honrar el oficio que profeso

así que, por favor, decidan presto

quién ganará la guerra, porque apuesto que si puedo indicar el vencedor
me haré de gloria y prez merecedor. Tiene razón; decid lo que opináis.
(¿He de decir: «Me da lo mismo»? ¡No!, que he de llegar a ser un dios de pro. Opinión mantendré.) Si preguntáis
os diré que yo estoy con los troyanos.
APOLO.— HERMES.—
HOMERO.— ARTEMISA.—
HERMES.— HOMERO.— APOLO.— HERMES.— APOLO.—
ARES.—
POSEIDÓN.— DIONISOS.—
HERMES.— APOLO.—
ARES.—
¡Ah, muy bien!
(Y lo apunta. Pues ¿qué digo? No he de hacer el ridículo.) Testigo
soy de que el campo griego es quien merece la victoria.

(¡Qué necia!)

(A éste le escuece.)
Y yo digo lo mismo. (¡Majadero!)
(Mi decisión sabrala el mundo entero a través del periódico.)
Pues yo apoyo a Troya, que los griegos no
son dignos de vencer en esta lid. (He de estar decidido como un Cid.) Yo voy por Grecia.

Y yo por Troya. (Pues en mostrar decisión tengo interés,

que no se diga que Dionisos suele

comportarse cual mísero pelele.)

Pues yo he de defender a Troya toda por mucho que rebuzne este rapsoda. ¡Rebuznar yo! Eso, el asno de Dionisio. Ya te puedes largar con viento alisio, Hermes malvado, avaro comerciante. (Tengo que demostrar valor delante
del reportero.)

(A APOLO.) Tú eres un inepto y asimilar no puedes ni un concepto.
105
ARTEMISA.—
DIONISOS.—
POSEIDÓN.—
DIONISOS.— POSEIDÓN.— DIONISOS.— HOMERO.— HERMES.—
ARES.— APOLO.—
ARTEMISA.— DIONISOS.— POSEIDÓN.— ARES.— HOMERO.— ARTEMISA.— DIONISOS.— POSEIDÓN.— ARES.—

Ares, como te metas con mi hermano Apolo, defendiendo al vil troyano

te habré de disparar una saeta
que te aseguro llegará a su meta.


Tú, el del tridente, el dios de lo mojado, ¿es que no puedes ser más aseado,

que apestas a merluza?
Gran borracho, si dices algo más voy y te tacho,
106

maldito gordo.

Gordo, tú.
¡Cobarde!
¡Tritón barbudo!
(¡Huy, esto está que arde!) (A Ares.) Si quieres divertirte un rato mira
al repipi de Apolo con su lira. ¡Ja, ja!
Hermes, patrón de los ladrones, yo no puedo saber qué te propones, mas Grecia ha de ganar.
(Parece que el conflicto ya se armó.) ¡Sucios!

¡Malvados!

¡Viles!

Sí.

No.

Sí.

No.
¡Mentecatos!
HERMES.— APOLO.— DIONISOS.—
APOLO.— HOMERO.—
¡Criminales! ¡Estúpidos!
¡Pazguatos!

Un majadero.

(¡Qué información te está saliendo, Homero!)
(Sale Palas Atenea.)
ATENEA.—
HOMERO.— ATENEA.—
HERMES.—
ATENEA.— DIONISOS.— ATENEA.— ARTEMISA.— ATENEA.—
HOMERO.— ATENEA.—

¿Este es el nuevo estilo de certamen? ¡Qué vergüenza, por Zeus, tan tremenda! (Mucho me temo que lo pague el menda.) ¿Dejaré que se peguen y se infamen?

Les he de separar. ¡Alto, deidades indignas de ese nombre!
No te enfades
¡oh, Palas!
¿No tenéis nada de juicio? Sólo hacíamos algo de ejercicio.
¿Cuál era la cuestión?
Pues... Troya y Grecia. Es ésa una cuestión bastante necia

que ha decidido Zeus soberano

que el hombre griego vencerá al troyano. Y hay que acatar sus órdenes.
(Ya sé

quién vencerá y lo publicaré.)

Y ahora decid quién es este impostor que ha armado todo el lío.
Vais a ver quién soy yo.
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HOMERO.—
ATENEA.— POSEIDÓN.— ATENEA.— HOMERO.—
ATENEA.—
ARES.— ATENEA.— HOMERO.—
HERMES.—
HOMERO.— HERMES.—
HOMERO.—
¡Por favor, protéjanme de Palas Atenea!
Llevadlo presto donde no lo vea. Lo sacamos del mar.
¡Que vuelva al mar! Mire, señora, que no sé nadar.

¡Socorro! ¡Auxilio! ¡A mí!

No le hagáis caso

y mandadlo de vuelta en el Pegaso.

Es que Pegaso está de vacaciones. Arrojadlo con recios empujones.
¡Piedad! ¡Tened piedad de un desdichado! Soy huérfano y muy pobre. ¡Compasión! Me he de dar al caer un gran morrón.


Eso es lo que te estaba destinado

y el destino no suelta ni a su padre.
Y, en fin, que a mí no hay perro que me ladre ni me haga burla.


¡Ay, Zeus!

Y no niego
de los mundos la ley universal que predica, si no recuerdo mal, que todo lo que sube, baja luego. Voy a caer con tal velocidad

y me voy a atizar tal coscorrón por culpa de la tal gravitación

que enfermo quedaré de gravedad. Y nunca mejor dicho; pero os juro que si loco no quedo como cabra
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al tomar tierra sobre el suelo duro, no habré de publicar ni una palabra.
TELÓN
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EL OLOR DE LA INDIA

PIER PAOLO PASOLINI
Diario de cómo hicimos el oso por el país de los elefantes

En 1961, dos escritores italianos de los de no te menees viajaron juntos por la India durante un mes: Pier Paolo Pasolini y Alberto Moravia. Les acompañaba Elsa Morante, mujer de uno de ellos (no diremos de cuál para picarles la curiosidad). Ambos autores decidieron ganar dinero con sus vacaciones y escribieron sendos libros a su regreso a Europa. He aquí un fragmento de uno de ellos (de uno de los libros, no de uno de los autores, claro está).
1 de agosto 1961. Roma-Amsterdam-Bombay
Hoy nos hemos embarcado en una gran aventura.
Yo hubiera deseado partir en un navío, brindando con champagne al abandonar el muelle, pero el mundo moderno no conoce la poesía. También hubiese querido ponerme pantalones cortos, pero eso hubiese desprovisto por completo de solemnidad a nuestra partida.
Entre todos sumamos varias docenas de horas de sueño atrasado. No importa. Nos encomendaremos a Adeone, dios romano del partir, y emprenderemos un inolvidable periplo, dejando atrás nuestras monótonas existencias (es un decir) y dejando atrás también a nuestros amigos, a nuestros familiares y mis tijeras para las uñas (en ese orden), que me han quitado antes de embarcar por motivos de seguridad.
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Vamos perfectamente pertrechados para el viaje. Elsa se ha procurado incluso un Manual de la perfecta viajera victoriana o cosa similar que, de seguro, nos sacará de más de un apuro.
Todos envidiamos el equipaje del compañero. El que lleva poco envidia al que va provisto de los objetos que él dejó en casa. El que lleva mucho envidia al que viaja ligero. Pero somos muy buenos amigos y compartiremos nuestras posesiones. (Si esto no funcionara, siempre podríamos recurrir al trueque o a la compra a plazos.)
El viaje a Amsterdam no tiene dificultad ni encanto: todo es aquí igual que allí. El capitán asegura que volaremos sobre París, pero a mí me parece que es un bromista. Luego la azafata nos comunica que «ik hoop en verwacht dat de sa menwerking tussen onze eem blijvertje is». Y añade: «Met de vakantieperiode voor de deur wens ik u alvast prettiga vlucht.» Después lo dice en italiano, pero tampoco se le entiende, porque tiene prisa y lee las frases como si rezara un rosario.
Desayunamos a la holandesa. O sea: muy mal. De hecho, la compañía experimenta con nosotros una variedad de pan hecho con semillas de diversas plantas y pequeños trozos de miraguano de almohada. No protestamos, y eso condena a varias generaciones futuras de viajeros a consumir el mencionado producto.
Nuestra llegada a Amsterdam marca el triunfo y esplendor erótico de Elsa, que se ve acosada, perseguida y hasta someramente palpada. Y no es de extrañar, porque los holandeses y las holandesas serán muy famosos por sus quesos y sus pintores barrocos, pero ¡mira que son feos, los condenados!
Las barbas del colectivo masculino (ahora se dice así) de la expedición les parecen a los policías del aeropuerto una prueba irrefutable de nuestra condición de terroristas aéreos. Nos vemos sometidos a un interrogatorio curioso: ¿Desde cuándo se conocen? ¿Son buenos amigos, excelentes amigos,
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amigos nada más o se aguantan unos a otros porque no tienen más remedio? Tras largas deliberaciones, los policías de seguridad llegan a la conclusión de que sí, efectivamente, somos un grupo de terroristas que viajan juntos. Pero les parecemos tan ineptos que no consideran que constituyamos ningún peligro serio, y nos permiten embarcar.
Pero nos hacen esperar una hora antes de dejarnos subir al avión, para hacernos sufrir.
Como los primeros que embarcan son los que llevan niños, cojo de la mano a Alberto y así, disimulando, ambos entramos en seguida.
Por cierto, el aeropuerto se llama Schiphol que, si mis conocimientos etimológicos sajones no me engañan (del sajón ‘skip’, «barco», «embarcación», y el antiguo holandés ‘hol’, «hueco», «agujero»,) significa «un agujero en el navío». No lo tomamos como un augurio.
Bombay. La belleza de las azafatas y la suculencia de las viandas de la KLM sólo se han visto superada por su eficacia con los equipajes. De todo lo facturado recuperamos el 14,3 %. Gritos. Indignación. Lloros reprimidos. Miradas esperanzadas clavadas en las tiras de goma de la portezuela de la cinta transportadora. Todo en vano. El extravío le cuesta a la compañía su prestigio ante nuestros ojos y una buena cantidad de papel, usado para fines burocráticos. ¡Pobres bosques de Amazonas!
Pero no hay que apurarse: Elsa todavía conserva su baraja.
Si nosotros hemos perdido el equipaje, «nuestro hombre en Bombay» se ha superado: ha perdido una furgoneta entera. Trazamos círculos hasta encontrarla. Sobornamos a un policía con la cantidad de liras 4.000 y nos dirigimos al corazón de la ciudad, intentado reír, pero sin conseguirlo demasiado.

El hotel es una pura cochambre, pero, como compensación, las habitaciones tienen un friso alegórico con bayaderas descocadas.

2 de agosto. Bombay
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Visitamos la isla de Elefanta, santuario del silencio, templo del arte, morada de la paz, símbolo de lo divino, remanso de la espiritualidad.
Nos adentramos en el bullicio de la metrópoli, con gentes, tiendas, colores, ruidos, aromas, contrastes, movimiento, actividad, efervescencia, vida.

Esta noche iremos a recuperar el equipaje. Alma, mundo y burocracia.

¡¡Milagro!!
3 de agosto. Bombay-Aurangabad-Ellora
Encajamos estoicamente un plantón matutino que nos da un taxista y nos dirigimos a la Estación Victoria en búsqueda de un tren que nos permita dormir. Lo hacemos todos en el denominado Island Express («Expreso de la isla») que, ¡naturalmente!, viaja hacia el interior del país.
Aurangabad es una ciudad musulmana acogedora, el sitio ideal para hacer la colada (sobre todo cuando llueve). En el cuarto de baño del hotel se puede jugar al hockey, si se quiere.
Aquí conocemos al monzón.
Iniciamos viaje hacia Ellora en condiciones promiscuas, pero aceptables. Parece ser que alguien ha roto una montaña y tenemos curiosidad por ver los trozos, que resultan ser impresionantes.
Entre la serenidad de las cuevas jaínes, Alberto está muy cerca de tener una experiencia mística (epifanía-epifonema-psoriasis), de esas que sirven para escribir luego un libro y vivir del cuento, como maestro de Yoga. Pero no lo consigue por poco. ¡Lástima! Otra vez será.
Por la noche, nuestra abyecta condición occidental nos incita al vicio y a la crápula y pateamos esta pequeña y ortodoxa ciudad islámica en pos de unas pintas de cerveza. Las encontramos en un agradable jardín-cenador y,
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por el entusiasmo con el que la trasegamos, se diría que estábamos en el desierto y no en los trópicos.
Regresamos con dificultad al hotel y esa noche no hay vida social.
4 de agosto. Aurangabad-Ajanta
Desayunamos. Alberto se pregunta adonde habrá ido a parar la mantequilla de su tostada, pues no la encuentra por ningún sitio.
El taxista nos espera y nos vamos hacia Ajanta, claro. Pues la ciudad de Aurangabad tiene una muralla con cincuenta y dos puertas, pero por ellas sólo se puede ir a dos sitios: Ellora y Ajanta.
Pero antes paramos a ver un curioso sucedáneo: el tajmahalito, tumba en imitación del Taj Mahal de Agra, que nos hace emitir «¡Ahs!» y «¡Ohs!» de entusiasmo.
Al llegar a Ajanta nos sobrecoge su belleza, pero de inmediato somos presa de la siguiente rutina: descalzarnos, ver cueva, calzarnos, descalzarnos, ver cueva, calzarnos... Dentro han puesto lámparas y resulta que hemos acarreado durante 8000 kilómetros una linternas que no van a servirnos absolutamente para nada.
Parada y fonda en el parador, con cerveza, que es lo que pide el cuerpo.
Vamos al fuerte de Daulatabad, pero a las seis lo cierran y, después de esa hora ya no dejan entrar a ningún enemigo.
Volvemos a Aurangabad cantándonos unos a otros bandas sonoras de películas. Vemos una tienda y consumimos más cerveza en la cena. ¡Hala!
5 de agosto. Aurangabad-Bombay
Hemos visitado el bazar musulmán y un curioso museo con Corán histórico, polvo y tesoros. El Dr. Purvar, dueño del mismo, sale en persona a saludarnos y a ver cuántas rupias le echamos en el cepillo.
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REFLEXIÓN A PROPÓSITO DE LA VISITA AL MUSEO: Hay «rutas turísticas» por las que no ha pasado nunca ningún turista.
¡Más cerveza! ¿Adonde hemos llegado? ¡Si Gandhi levantara la cabeza...!
La vuelta a Bombay carece por completo de sucesos dignos de mención, salvo que casi nos tiramos del tren en marcha, mi equipaje se quedó dentro y tuve que correr a buscarlo y luego los taxistas le pedían a Alberto que les enseñara todas las liras que llevaba encima.
Llegamos a la estación de Lokmanya Tilak por el peor suburbio que yo (ni nadie) haya visto nunca y nos instalamos en la sala para viajeros de primera, en donde montamos en seguida una barricada y nos hacemos fuertes, tras proveernos de agua en cantidad. Con valor decidimos morir antes de rendir la plaza y nos preparamos mentalmente para un largo asedio y un posible ataque.
El ataque esperado lo perpetra una banda o enjambre de mosquitos, que despoja a Alberto de su ahuyentador, muriendo en el intento, eso sí; pero privando al enemigo de su superioridad armamentística.
«¿Por qué la noche es tan larga? Guitarra, dímelo tú.» (Letra de milonga).
6 de agosto Bombay-Margao-Calangute

Querido diario:

Nuestro tren está anunciado con tiza en una pizarra adyacente, porque
en el cartel grande ya no cabía. Pero da igual. Lo abordamos con entusiasmo, aunque sólo sea para salir de donde estamos. (Aunque en el adiós que Alberto da al suelo sobre el que ha estado tendido varias horas creo percibir un deje de nostalgia.)
Una fábula imaginaria y paradójica: El tren está tan limpio que no nos dejan subir.
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Alberto quiere saber cómo se llama el tren. Le digo que Shatabdi Express, que quiere decir «El expreso del siglo». Él lo entiende como quiere y le comunica a Elsa que estamos viajando en lo que en italiano podría denominarse «El tren de la hostia».
Mediodía. Llegamos a Margao, en el estado de Goa y en estado de sueño. ¡Qué lejos está todo!

Candolim. Hotel mohoso y dueño mañoso. Nos vamos. Acabamos donde siempre: en Calangute.

A estas alturas la mugre nos ha atacado y vencido sobradamente.
Alberto se propone atascar el desagüe de su baño a base de duchas y refriegues. Creo que lo conseguirá.
Nos preguntamos lo que seguramente se preguntaban al llegar los marineros portugueses, tras doblar el cabo de Buena Esperanza y avistar la costa malabar: «¿Dónde está la cerveza?» Salimos en su busca. La encontramos y ya no consigo recordar lo que hacemos a continuación.
7 de agosto. Velha Goa-Panjim
El Mar Arábigo es algo digno de verse... y de oírse, pues mete un ruido infernal. Además, debe de poseer un encanto especial, pues en la playa hemos visto a gentes que vienen de muy lejos ex profeso para lavarse los pies. O quizá no se bañan, acertadamente, por miedo a los tiburones.
Nos trasladamos a Velha Goa, que está reconstruida. Es un gran museo de huesos, vísceras, restos y reliquias de diversos santos, virreyes y recaudadores de impuestos. La momia de San Francisco Javier ya no se puede tocar, desde que doña Isabel de Carón se le llevó un dedo de un mordisco. Lo más interesante: las tumbas. Lo más bonito: los rincones olvidados y las ermitas escondidas. Lo más satisfactorio: la iglesia de San Francisco de Asís, porque esta cerrada nos ahorramos tener que visitarla.
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En Panjim vemos la iglesia a la que se dirigían los tambaleantes marineros nada más salir del barco, para dar gracias por haber llegado con vida. Luego se asentaban en Goa y ya no regresaban nunca más a Portugal, para no tener que volver a marearse en el viaje de vuelta.
Comida herbívoro-pantagruélica en un restaurante céntrico.
Paseamos por los barrios de Fontainhas (chaletes coloniales) y Sao Tomé (comercios). Hay tiendas con letreros en portugués y muchos perros sarnosos. Buscamos una librería lusa, pero no hay ninguna. El imperio ya no existe. Los portugueses se marcharon y lo único que dejaron fue la música y el baile.
CAPÍTULO DE DESPERFECTOS: 1.— Las vías respiratorias de Alberto ya no son lo que solían. 2.— Mi pie tiene una astilla incrustada o algo así. Alberto se entusiasma con la idea de anestesiarme con cerveza e intervenirme quirúrgicamente. Tengo serias dificultades para disuadirle.
Crucero hortera por el río Mandovi, con bailes folklóricos desganados y conato de samba. No seré yo quien intente describir lo indescriptible.
8 de agosto. Calangute-Fort Aguada-Margao
Después de desayunar nos constituimos en la principal atracción del estado, bañándonos en la playa, entre una muchedumbre de desarrapados.
Elsa y yo hacemos un castillo de arena y una familia nos pregunta si somos ingenieros. Creo que aquí la gente tiene que viajar más y conocer más el mundo.
El agua tira lo suyo y, aunque no hay sol, me quemo todo. La lluvia espera amablemente a que finalicemos nuestro baño y, en cuanto nos retiramos, toma posesión. Es lo que Alberto ha bautizado con un divertido neologismo: el ‘mohonzón’.
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Chapoteamos hasta Fort Aguada para avistar una prisión, el faro más antiguo de Asia y un chalet de un tipo de allí que ha costado nueve millones de dólares (¡toma ya!).
El viaje no tiene historia ni incidentes dignos de mención. ¡Para que luego digan que aventurarse por la India es divertido!
9 de agosto. Mangalur
Alberto —a quien de ahora en adelante me referiré como «el coronel», debido a su traje militar— tiene una pequeña contrariedad, pues se lleva tradicionalmente mal con las moquetas y en el hotel hay una muy grande, color tapete de bacarrá. Estamos a la espera de la aparición del cucarachón.
Empiezo a no entenderme con la gente. Parece que sí saben inglés y te aseguran con la cabeza que todo va perfectamente. Pero luego se descubre la horrible realidad. «Yo le había pedido un café con leche, luego ¿por qué me trae un vaso de agua?»
Nos hubiera gustado tener un plano de la ciudad y emplearlo para poder llegar a la Oficina de Turismo, a pedir un plano de la ciudad; pero, desgraciadamente, nuestros deseos no se cumplen. Un empleado se agota buscando un folleto descriptivo y polvoriento que, a fin de cuentas, no dice nada que no supiéramos antes.
Visitamos una capilla muy cursi pintada en un pis-pas por un jesuita que se aburría, y también el Alloy Museum, especie de guardarropía de teatro, sito en un College. En él admiramos reproducciones de Tintoretto, sellos de Mussolini, un cráneo de mamut y multitud de objetos asquerosos.
Un guardia de la circulación nos anima a que caminemos un kilómetro hasta la estación. A los cuarenta y cinco minutos de hacerlo aún no hemos llegado y, para colmo de males, el coronel avista un nublo. Llueve mucho fuera y dentro de la marquesina bajo la que nos resguardamos.
Comemos como bestias en un oscuro restaurante llamado «Xanadú».
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In Xanadu did Kubla Khan

A stately pleasure-dome decree...
(Del poema Kubla Khan, de S.T. Coleridge)

Se nos suma Anita, nuestra amiga india, y nos describe su maravilloso viaje en primera desde Nueva Delhi, con mantel de lino, servilletas de verdad, vasos de cristal, zumos naturales, sandía, leche, cereales, croissants, dosa relleno, upma, sambar, fruta cortada, confitura de naranja, yogur, plátanos, melocotones, café y té. (¡Uf!)
Visita vespertina al templo de Manjunath, con mahapuja («gran ofrenda») y todo. Muy ilustrativo.
Cena vegetariana y té en un cacharro muy práctico para enfriarlo y tirarlo todo por la mesa.
Regresamos al hotel. Comemos coco. Bebemos oporto. Recogemos y nos recogemos.
10 de agosto. Mangalur-Hassan
Hoy es un día sin misterio.
Hemos cruzado en autobús de luxe los Nilgiri, los Montes Azules (que no son azules, sino verdes) y llegado a Hassan, el sitio idóneo para pasar de largo, pero que es la base lógica de futuras excursiones.
Por la tarde hacemos una visita a la humanidad en el mercado local y nos dormimos, agotados de no haber hecho nada.
11 de agosto. Belur-Halebid-Sravanabelgola-Maisur
Una jornada ajetreada. Vamos a Belur o Velore o Velluru (a medida que te diriges al sur los nombres de los lugares se hacen cada vez más
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difíciles). Un templo impresionante en Halebid, «la ciudad muerta», aunque repleta de vendedores de postales.
Por la tarde nos dirigimos al santuario jaín de Sravanabelgola y, con gran esfuerzo, subimos la colina para contemplar al gran coloso Gomateshvara, alias «el espiriforme».
La bajada de las escaleras bajo la lluvia es memorable.
La visita al lugar despierta la vena ascética del coronel, que decide convertirse en renunciante. Como aquí en los restaurantes no hay carne ni alcohol, no debe resultar muy complicado.
Tren sin reserva a Maisur. El coronel quiere viajar en el techo del vagón, como dicen que hacía Gandhi. Yo le digo que se considerará afortunado si consigue sentarse en cualquier sitio.
Como un coolie va Moravia arrastrando una maleta... (La verdad es que no sé cómo acaba esta cuarteta.)
Tomamos el convoy por asalto, mandando una avanzadilla del destacamento femenino mientras el resto del pelotón conserva el material de campaña. Logramos apoderarnos de nuestro objetivo sin sufrir bajas.
Maisur, ciudad de palacios. Llegamos agotados, pero el picante exagerado de la cena nos hace revivir.
12 de agosto. Maisur
Un día muy agradable, pero sin aventuras.
Visitamos el milyunesco palacio del Maharajá, prototipo fiel del lujo oriental y la también oriental y consabida pompa.
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Paseamos por los bazares y en el Cottage Emporium nos compramos dos enormes figuras cuyas dimensiones van, de seguro, a fastidiarnos el resto del viaje.
13 de agosto. Chamundi Hill-Srirangapatnam
Martes y trece. Una jornada ajetreada en la que visitamos la colina de Chamundi, un impresionante toro de basalto, regalándonos luego con un desayuno colonial en el Lauta Mahal, como unos asquerosos aristócratas ingleses que, invitados por el raja, volviesen de la caza del tigre con reclamo.
En Srirangapatnam admiramos tumbas, palacios y el fuerte de Tipu Sultán. En cierto momento, el coronel irrumpe en una mezquita en el momento de la oración del mediodía. Afortunadamente no pasa nada y allí, tranquilamente, durante media hora, ora.
Tras un infructuoso intento de retozar en los famosos jardines de Vrindavan, regresamos a la ciudad de Maisur.
14 de agosto. Maisur-Bangalur
Hemos visitado otra guardarropía en el palacio antiguo. Viajamos luego sin incidentes hasta Bangalur y, tras dejar a Anita en la estación, parapetada tras todos los bultos del equipaje, nos dedicamos al vicio que últimamente nos corroe: la visita a la zona comercial.
Regresamos y emprendemos el viaje a Cochin.
15 de agosto. Cochin
Salvo llegar, no hacemos nada en todo el día. ¡Qué vergüenza!
Una aventura que empieza con pagodas y elefantes
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y acaba con renunciantes llorando por la cerveza.
16 de agosto. Cochin
Desayunamos al estilo inglés; esto es: como bestias. Elsa se atreve con los corn flakes, pero por la cara que pone luego creo que está arrepentida.
REFLEXIÓN: Si los ingleses se hubiesen ido con su Raj a otra parte, en los hoteles no se comerían tantísimas porquerías.
El coronel rehúsa embarcarse en los back waters —y, entre nosotros, he de confesar que hace muy requetebién—, y se queda en un acogedor establo- sala de espera, mientras los demás mentecatos nos lanzamos a una aventura hidro-escénica y tropical. Los paisajes son preciosos, con agua arriba, abajo y a los lados.
A la vuelta, Alberto crea un cultismo muy necesario en estas latitudes: ‘humedez’.
LA FRASE DEL DÍA: «Glub.»
17 de agosto. Cochin-Munnar
27 curvas por kms., durante 134 kms. = muchísimas curvas.
Munnar es una estación de montaña que gusta a todo aquel que consigue verla. Nosotros no podemos, a causa de la lluvia, pero no perdemos la fe. Así es que leemos lo que dice la guía: «Prosaico y destartalado asentamiento, formado por cabañas con techo de chapa de zinc y fábricas (sic)».
Nos alojamos en el Copper Castle («Castillo de cobre») y dedicamos la tarde a preparar el menú de la noche, pues la gula nos vence.
No pasa nada más, así es que, para cuando volvamos a Italia y escribamos nuestras memorias, tendremos que inventarnos alguna aventura ficticia para llenar este hueco.
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18 de agosto. Munnar
Visitamos el Eravikulam National Park, para ver a las cabras de los Nilgiri, que se encuentran en la ladera, contemplando apaciblemente a los visitantes y sin tener que pagar por verlos. Son las cabras que el duque de Wellington se olvidó de cazar cuando estuvo por estos andurriales. Son muy dóciles. Soportan a los turistas sin ni siquiera pestañear.
Vemos también ejemplares del nila kurunji, una planta que florece únicamente cada doce años. Una planta vaga, vamos.
El paisaje es muy bonito en el Eco Point. Comemos en el Retrete Real (Royal Retreat) y admiramos las cascadas.
El mundo entero parece pertenecer a Tata Tea Limited. (Pero no sé si por mucho tiempo, pues nos hemos cruzado en el mercado de Munnar con una revolución bolchevique.)
Cenamos en el Castillo donde, lamentablemente, la tortilla de Alberto es perceptiblemente más pequeña que las de los demás, de lo que se queja una y otra vez.
19 de agosto. Munnar-Cochin
Alberto, inmisericorde, me saca de la cama al amanecer para que trepemos por los tetales. Subimos a una montaña antes de desayunar y, claro, no nos quedan fuerzas para hacer nada más el resto del día, por lo que nos volvemos a Cochin en un trayecto por carretera cuyos riesgos nos horripilan de trecho en trecho.
20 de agosto. Cochin-Guruvayur
Viaje a Guruvayur, vía Trishur. Es una ciudad de templo, sin otra cosa que el templo.
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Nos alojamos en un hotel que será magnífico el día que lo inauguren. Es una ciudad totalmente vegetariana, con pocas posibilidades alimenticias.
Como aquí desconocen por completo lo que es un turista, paseamos tranquilamente por los alrededores del templo y presenciamos los primeros bailes rituales de unas niñitas.
21 de agosto. Guruvayur
Visitamos una reserva de elefantes dedicados a las procesiones del templo. Más que santuario, parece un balneario de recreo para paquidermos, a juzgar por el modo en que les cuidan.
En el hotel no hay comida para nosotros, sólo fruta. Como esto siga así no sé adonde vamos a parar. Elsa y Anita se adaptan muy bien, pero Alberto muestra cada vez más cara de hambre y tiene sueños sensuales en los que aparecen recurrentemente (amén de otras cosas) pollos y cervezas.
Nos dirigimos a la playa, junto con un millón o dos de guravayuranos, a los que se les ha ocurrido la misma idea.
Viaje a Kannur o Cannanore, como decían los ingleses. Llegamos rotos.
22 de agosto. Kannur
Desayuno a la inglesa. Piscina. Relax. Comida. Siesta. Tensión. Canciones. Sudor. Jolgorio.
23 de agosto. Kannur
Visitamos otro fuerte, consistente —como todos— en unas impresionantes murallas sin nada dentro. Es de mineral de hierro y se llama Saint Angelo. Resulta tan parecido a los otros que hay en la costa que de seguro que los marineros portugueses se equivocaron más de una vez y atracaron sus barcos en la ciudad que no era.
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En el parque de las serpientes Alberto y yo efectuamos arriesgados actos de valor para contarlos luego a nuestros nietos con la consabida dosis de exageración. Es una experiencia singular, pero lo malo es que ahora tendremos que tener nietos obligatoriamente para no desperdiciarla.
En el templo de Parasinikadavu asistimos a una ceremonia de posesión —teyyam— bastante larga, porque los dioses nunca tienen prisa.
24 de agosto. Kannur
Efectuamos un crucero idílico por un río cuyo nombre no recuerdo, pero que tiene tantas sílabas como palmeras hay en sus orillas. Alberto prueba la cama, pues hay una cama para lunas de miel, con baño y todo. (Las lunas de miel a bordo de este barco pueden ser de una noche, de seis horas y hasta de tres, para los que tienen muchas otras ocupaciones.)
A nuestra vuelta el coronel sugiere que viajemos en autobús y, efectivamente, lo hacemos de manera cómoda, rápida y eficaz. Además, el trayecto nos permite observar de cerca las costumbres autóctonas.
Para evitar tentaciones y reprimidos placeres ellos se sientan detrás y delante, las mujeres.
Alberto nos invita gentilmente a comer a continuación en un restaurante estupendo, con mâitre angloindio, mientras damos rienda suelta a nuestras respectivas venas poéticas componiendo cuartetas como la siguiente:
Satisfecho por entero tras una gran comilona Moravia se me emociona

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y ovaciona al cocinero.
Paseamos por el modesto mercadillo de Kannur, en donde hay una tienda de joyas que tira de espaldas. El brillo del oro colgado de las paredes hace daño a la vista.
Luego regresamos al hotel, en donde Alberto y Elsa se dedican a la caza y captura del coco verde, mientras yo lo recojo en imágenes destinadas a la posteridad.
A continuación vienen las copas y la charla de política. Todos estamos de acuerdo en que el Pandit Nehru, actual Primer Ministro, está siendo pernicioso para el país y, además, es un gran majadero.
25 de agosto. Kannur
Vamos a una playa donde yo retozo alegremente en el agua. Mientras tanto, Alberto se pierde en la lejanía y Elsa no sé exactamente lo que hace. Las espumas del Mar Arábigo son muy poéticas, pero yo me quemo bastante la espalda y la nariz, lo que le quita contenido estético al momento.
Después del índico nos sumergimos en algo más prosaico pero más tentador: la piscina del hotel, donde nadamos entre palmeras de ensueño y zumos de pina no menos paradisíacos.
26 de agosto. Kannur-Bombay
Ya es mañana y el día en tren tiene poco que contar, salvo que ya hemos agotado todas las melodías de películas habidas y por haber.
27 de agosto. Bombay
Excursión de compras y planificación de tiendas. Creo que las metrópolis de la India —Bombay, Delhi— tienen un complot que consiste en emplear su influencia comercial y política para mantener bajos los precios en
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el resto del país. Así, a los turistas les sobra dinero y se lo gastan todo allí, el último día. Nos convertimos por unas horas en compradores compulsivos, antes de despedirnos de la India, no sin pena.
28 de agosto. Bombay-Amsterdam-Roma
El viaje de regreso carece de incidentes, por lo que este relato se queda sin clímax como yo me quedé sin abuela.
Laus Deo.
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VADEMÉCUM DEL TROTAMUNDOS CANSADO
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LOS AEROPUERTOS Y EL JUEGO DE LA CERILLA
Artículo de experiencias viajeras que comparto para beneficio de mis conciudadanos, porque el saber nunca está de más
Yo nunca he tenido miedo a subirme a un avión.
Hasta el otro día, en que un conocido mío, experto empleado de un aeropuerto, me contó terribles verdades.
La cosa es que, como todos ustedes saben, un avión en tierra pierde dinero. (Bueno, esto es algo que yo no logro entender si no es mirándolo a la luz de la inconmensurable ambición humana. Cuando un avión está en tierra no es que pierda dinero. Sólo es que no lo está ganando en esos minutos concretos. Se podría decir que el cuchillo del carnicero del supermercado pierde dinero durante todos aquellos segundos que no está cortando filetes. De la mopa de las señoras de la limpieza podría decirse lo mismo). En fin: partamos de la base de que pierden dinero por los costes de mantenimiento y tal. (Sobre este punto volveremos más adelante).
Y como no está en el ánimo de ninguna compañía (aérea o de cualquier otro tipo) perder ni lo más mínimo, se intenta que el vaciado y llenado del avión (con pasajeros, combustible, alimentos y equipajes) sea lo más rápido posible. A tal efecto, se le paga a un señor para que cronometre los tiempos. No para que los mida o compruebe, sino para que los cronometre. O sea, que no estamos hablando de minutos, sino de segundos.
Aquí empieza el juego de «tonto el último que llegue», porque al responsable de cualquier retraso le toca pagar lo que haya que pagar por estacionamiento en pista, desgaste de ruedas, etc. Si el catering llega tarde,
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ellos pagan. Si el departamento de limpieza sacude dos veces las migas de un asiento en vez de sacudirlas sólo una, ese departamento apoquina.
Cada departamento, ¡claro!, procura no ser el que pague y se da prisa en hacer lo suyo de cualquier manera. Si un departamento mete la pata y se hace responsable del retraso, los otros se relajan, sonríen y disfrutan de la vida, porque son minutos que corren a cargo del bolsillo de otros.
Muchos equipajes «perdidos» no están en absoluto perdidos ni extraviados: simplemente no se cargan en el vuelo para ahorrar unos segundos en pista.
Pero ahora viene el peligro: se embarca a los pasajeros al mismo tiempo que se reposta el combustible, práctica muy peligrosa, muy prohibida y muy habitual, pero que consigue que alguien pague menos.
Claro, si el comandante del vuelo sospecha que lleva un ala colgando con los tornillos flojos, puede olvidarse de las prisas y detener el despegue hasta que se compruebe que todo va bien. Si él lo ordena, sus órdenes van a misa y todo el mundo las cumple a rajatabla. Y la compañía a la que pertenece el piloto paga religiosamente.
Pero la compañía también tiene su corazoncito (junto al bolsillo de la cartera) y se cabrea con cualquier piloto que solicite demasiadas revisiones del avión. Y los aviones necesitan revisiones, porque los tornillos, créanme, al cabo de un tiempo se aflojan. Los pilotos, para no comprometer su carrera y sus pluses, hacen la vista gorda y aquí se inicia otro juego: el de «la cerilla». El truco es pasarle el avión lo suficientemente entero al siguiente piloto y que se le rompa a él.
Ustedes se preguntarán: si esto es así, ¿quién vela por la seguridad del pasajero?
Yo les contestaré: para comprobar que estas prácticas de ahorro no ponen en peligro a los viajeros, las autoridades efectúan inspecciones por sorpresa.
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Y esto debería tranquilizarme, si no fuera porque mi amigo me ha dicho que siempre que va a haber una inspección-sorpresa para ver lo que sucede en las pistas, las autoridades inspeccionadoras avisan con la suficiente antelación a los futuros inspeccionados para que nadie se coja vacaciones ese día y todo el mundo tenga el uniforme bien planchado y los zapatos relucientes.
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MUSEOS EXECRABLES QUE HAY POR AHÍ
Escrito sobre una de las obligaciones contractuales de los viajeros que quieren ser dignos de ese nombre: visitar museos aunque no les interesen ni pizca
Para decirlo de alguna manera y para que ustedes lo sepan, los museos eran originariamente los clubs de alterne de las musas, que cumplían el cometido de diosas de la memoria. Allí se reunían y se dejaban querer de los artistas y poetas de la Antigüedad. Cómo han pasado esos lugares a convertirse en trasteros históricos, llenos de objetos cochambrosos y generalmente rotos e inservibles, es algo que no acabamos de explicarnos.
Visitar museos es una práctica snob y repelente como la que más, por lo que aplaudimos la aparición de un nuevo oficio al que sólo tienen acceso los escogidos. Tal oficio es el de rompedor de museos nacionales. Toda la información está en www.actosvandalicosybrutalidadesvarias.com
Ésta es una profesión tan digna como la que más. Quizá con menos competencia que otras. Hoy por hoy es una ocupación de free lancers, pero pronto se organizará y hasta se podrán pedir subvenciones. Los costes son pocos, porque la tinta es barata y las hojas de afeitar cunden bastante.
La utilidad es palmaria, porque algunos museos son horrorosos. Ahí está el Reina Sofía, que gasta enormes sueldos en montones de guardias para proteger el Guernika, bien feo él.
Pero es que hay otros muchos museos execrables. En Madrid —que es lo que controlamos— tenemos varios sin ir más lejos:
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EL MUSEO NACIONAL PENITENCIARIO

Ideal para que los serial killers se documenten. Paraíso de morbosos.
Mucho más técnico de lo que uno podría pensar. No hay más que recordar el famoso libro del cachondo Thomas De Quincey, Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes, para hacerse una idea de lo resultona que puede ser la combinación entre instinto y erudición.

EL MUSEO DE NGEL NIETO

Dicen que este lugar lo van a reformar y convertirlo en el Museo de
Fernando Alonso, porque lo del Nieto es cosa de nuestros abuelos: ya nadie va a verlo. No me extraña, la memoria de los pueblos es corta. Ya nadie tiene interés en ver los guantes manchados de grasa de este señor que empapó trece veces con champán a las señoritas que le rodeaban y que cobraban un sueldo por besarle en el podio, pero no por aguantar sus horteradas. Nadie quiere ver ya sus monos, que se han conservado sin lavar, con el sudor del deportista, ni el cajón en el que se subió la última vez que ganó algo. Es una lástima, porque la contemplación de todos esos maravillosos recuerdos enaltece el espíritu y nos hace más cultos.

EL MUSEO NACIONAL DE REPRODUCCIONES ARTÍSTICAS Y GLIPTOTECA

Al que no va nunca nadie, por miedo a que lo de la gliptoteca sea algo
especialmente desagradable de contemplar.

EL MUSEO DEL RELOJ GRASSY

Una colección privada de relojería que, ya de entrada, no inspira mucha
confianza, porque el anuncio dice que es mejor concretar el horario por teléfono. O sea, que no tienen hora fija de abrir. Y, si con tantos relojes no se aclaran con la hora, seguro que son unos aficionados chapuceros.
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EL MUSEO TAURINO

Donde se recomienda admirar las donaciones de la madre de
«Manolete», que ignoramos en qué consisten ni lo sabremos nunca, porque el tema nos da repelús y no pensamos aparecer por allí.

EL MUSEO DE ESCULTURA AL AIRE LIBRE

Una contradicción en términos. Porque, si es al aire libre, lo puede ver
cualquiera desde un autobús que pase por allí cerca. Y todo el mundo sabe que el objetivo principal de un museo es que pagues la entrada y aumentes las arcas estatales. Si no fuera éste su objetivo, si el propósito de los museos fuera honestamente elevar el nivel cultural y sensible del personal, entonces serían totalmente gratuitos.

EL MUSEO-CONVENTO DE LAS DESCALZAS

Liturgia de los siglos XVI y XVII. Parece como si el tiempo se hubiera
detenido entre tapices, pinturas y orfebrería. Desgraciadamente, el polvo no lo ha hecho.

EL MUSEO DE LA GUERRA CIVIL

Ya hay que tener una mente aviesa y retorcida para imaginar un museo
así, donde poder recordar las brutalidades de los dos bandos que intervinieron, por lo que no comentaremos nada al respecto.

EL MUSEO DE CERA

Con una estremecedora cámara de los horrores donde puede apreciarse
la terrorífica imagen de Alberto Induráin con el maillot amarillo. EL MUSEO DEL EJÉRCITO
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Una completa colección de armas de todas las épocas y para todo tipo de asesinatos en masa. Entre las más mortíferas se encuentra una carta manuscrita del rey Boabdil a una novia suya. Este museo es famoso en toda Europa por su proverbial desorden.

EL MUSEO-PALACIO DE LIRIA

Que es una verdadera joya, tanto por su arquitectura como por la
magnífica colección de obras de arte que se rumorea que existe en el interior, ya que es complicado de visitar y en los últimos setenta y cuatro años no se sabe de nadie que haya conseguido que le dejen pasar a verlo.
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CIUDADES TRASLADADAS
Disquisiciones puñeteras sobre la enseñanza de la geografía
En el país hay colegios, en los colegios hay asignaturas, en las asignaturas hay libros de texto y en los libros de texto hay errores, muchos errores, graves errores. Generalmente, los padres no se dan cuenta, por lo que no se sienten estafados por el producto que compran. Sí, en cambio, procuran que la bolsa de patatas que se llevan de la tienda no tenga ninguna estropeada y que no se haya pasado la fecha de caducidad del yogur. De suceder esto, la democracia les ha enseñado a devolver el producto en el plazo de quince días, previa presentación del ticket de compra.
Lo que quiero decir ahora es que algunas grandes eminencias académicas que se dedican a la confección de libros de texto también deberían pasar algún tipo de control de calidad, como los salchichones y las butifarras. Para no aburrir abundando en detalles, contaré un caso al azar de los que he hallado en uno de dichos libros (y no muy antiguo). Ustedes juzgarán.
En un texto de Ciencias Sociales de una famosa editorial cuyo nombre misericordiosamente no diré (¿qué más da, verdad, si el monopolio lo tienen dos o tres y todos sabemos a quién nos referimos?) se dice con todo descaro que en el siglo XV el navegante portugués Vasco da Gama rodeó África, doblando el cabo de Buena Esperanza, y llegó al puerto de Calcuta, en la India, hecho éste de inmensa importancia histórica por lo que significó más tarde, patatín, patatán, etc.
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Pero resulta que el bueno de Vasco da Gama no llegó a Calcuta ni por el forro. Vamos: de hecho, no se acercó ni un poquito.
Donde llegó Vasco fue a Calicut, otra ciudad también importantísima en la costa india y que, si hemos de creer a sus habitantes, no es la misma que Calcuta. De hecho entre Calicut y Calcuta hay la friolera de dos mil kilómetros de distancia, palmo arriba palmo abajo. Sí, señores: han leído bien: 2.000 kms. Ambas ciudades están bañadas por mares diferentes, sus habitantes son radicalmente diferentes, juegan juegos diferentes, hablan idiomas diferentes y seguramente hasta votan a partidos diferentes. Les aseguro a ustedes que no dan ni remotamente pie a que se les confunda.
Me dirán ustedes: pero acaso esa Calicut es un pueblo pequeño, una aldea de pescadores de nombre parecido que ha podido dar lugar a la confusión... Tampoco vale, porque Calicut tiene unos dos millones de habitantes y era conocida por su comercio de especias en Occidente bastante antes de que se fundasen París, Londres o Quintanar de la Orden.
O sea, que Vasco de Gama sí sabía por donde iba, a diferencia de los autores del texto en cuestión, que no saben por donde van.
Pero, no se vayan ustedes, que hay más. La desfachatez es inagotable. El capítulo donde pasa todo esto incluye un mapa, que es mucho más divertido todavía. Como el portugués llegó a la costa occidental de la península india y eso sí es algo sabido, los autores han trasladado la ciudad de Calcuta hasta esa costa y han pintado el puntito de la ciudad en la costa oeste, en un mar distinto, fuera de su sitio, tan ricamente. O sea, que no les hablo meramente de la confusión de un nombre —por grave que ello pudiera ser— sino del traslado de una metrópoli (de ocho millones de habitantes y que fue durante dos siglos la capital del país) dos mil kilómetros hacia el sudoeste. ¡Ahí es nada!
Pero como, a fin de cuentas, no es más que una ciudad del Tercer Mundo, ¿verdá, usté? —se habrán dicho los autores—, ¡qué más da! Si todos
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sabemos que, además, los niños de hoy en día no estudian nada. ¿Para qué molestarse?
Otra cosa muy distinta sería si el error hubiese ocurrido en Occidente, con dos ciudades de nombre parecido, y se leyesen frases como éstas: «Londres es la capital del Reino Unido de Gran Bretaña y norte de Islandia», «El campeón de liga de este año ha sido el Fútbol Club Badalona», «Miles de turistas en las fallas de Palencia», «El País Vasco comprende las provincias de Vizcaya, Guipúzcoa y Alabama» o cosas por el estilo.
¿Y si trasladamos a placer cualquier lugar dos mil kilómetros arriba o abajo? Entonces podría salir lo siguiente: «Los peregrinos se dirigen a Frankfurt para hacer, como cada año, el camino del Rocío», «Los efectivos de la OTAN han bombardeado esta noche la localidad de Talavera de la Reina», «Altos dignatarios han visitado hoy al Presidente de los EE.UU. en la Casa Blanca, Santiago de Cuba», «Con motivo del 7 de julio, festividad de San Fermín, la ciudad de Estocolmo se prepara para su tradicional encierro».
Ameno, ¿no es así?
Señores: hay errores y errores. Y les aseguro que éste que he tomado como botón de muestra no es el único, ni siquiera uno entre pocos. Ahora bien, pasemos a hablar de responsabilidades. La autoría del libro en cuestión corresponde nada menos que a cuatro señores. ¡Vivan los comités! Porque — dicen los anti-individualistas que un hombre trabajando en solitario, puede ayudarse de una botella de anís del Mono y escribir muchas tonterías; pero eso, funcionando en equipo, no sucede. En este caso, ha sucedido. Los nombres de los cuatro tampoco los diré (¡más misericordia!) porque con su vergüenza ya deben de tener bastante. Pero sí mencionaré que son Catedráticos de Historia de una prestigiosa universidad española. ¿Y en qué consiste el ser Catedrático? Se supone que en saber más que los demás. Y sólo a cambio de esto se libran de impartir sus clases (pues siempre les sustituye un adjunto), tienen grandes vacaciones a las que van invitados por
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otras instituciones (en esto no les sustituye el adjunto), todo el respeto social posible en este país y —aunque ellos puedan decir lo contrario— ventajas fiscales, créanme.
Todo ello para acabar cambiando de sitio ciudades en el mapa.
Coincidirán ustedes conmigo en que lo anteriormente expuesto es lamentable. Y en que hay que hacer algo al respecto. Afortunadamente yo he analizado el problema y creo tener la solución.
Lo primero que salta a la vista es que —pese a lo que pudiera parecer— los autores no deben de tener todas esas ventajas que se les suponen y no ganan bastante para comprarse un atlas. Además, es posible que estos autores de libros de texto cobren tan poco dinero de la editorial que se vean obligados a hacer horas extras de mensajeros o trabajar para Telepizza o el Pollo Veloz, para así poder mantener a sus familias. De seguro viven en condiciones de gran precariedad, rayana en la miseria y, ¡claro!, así ¿quién va a tener tiempo de documentarse para escribir nada? Deben de importarles tres pimientos el de Gama, la Buena Esperanza, Calcuta y su fundador. También creo que las editoriales de libros de texto no deben de cubrir gastos.
Así es que yo decido cortar por lo sano y propongo drásticamente que se suban los precios de los libros de texto (que como todos ustedes no ignoran son ridículamente baratos), para que así las editoriales puedan pagar mejor a estos paupérrimos señores y ellos puedan dejar el pluriempleo y dedicarse a redactar mejores libros para nuestros niños sin que la debilidad causada por el hambre haga que tiemblen sus estilográficas a la hora de redactarlos.
Desde aquí os exhorto, ¡oh, ciudadanos!, a que os manifestéis libremente por las calles y ante las instituciones que corresponda para que se haga justicia a esta sufrida clase social de los autores de libros de texto y para que se subvencione a esas grandes editoriales.
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ORIGEN Y ETIMOLOGÍA DE ALGUNOS TOPÓNIMOS ARAGONESES, ELEGIDOS AL BUEN TUNTÚN
Este escrito va del origen y la etimología de algunos topónimos aragoneses, pero resulta que eso ya lo habíamos dicho en el título, por lo que no hacía falta repetirse
ALMUDÉVAR. El nombre viene del árabe al-mudawwar, que significa «el redondo» y hace referencia a lo gordito que estaba el que fundó la ciudad. Pero no nos hagan mucho caso, porque igual es mentira, ya que el libro de donde estamos copiando alevemente todos estos datos seguro que está ya anticuado.
VILLANÚA. El topónimo deriva del término latino villa nuda, «la villa desnuda», llamada así porque albergó a una de las primeras colonias de nudistas de la península.
EJULVE. Tiene su origen en el latín exulve, que viene de exulus, «destierro». Fue el pueblo donde fueron a parar todos aquellos a los que expulsaron de sus respectivos pueblos, por inaguantables.
ALCAÑIZ. El nombre proviene del árabe al-canabiz y éste del latín cannabis, «marihuana». Los antiguos habitantes de esta localidad no consumían este estupefaciente, pero no tenían inconveniente alguno en vendérselo a buen precio a muchos forasteros que caían por allí.
CARIÑENA. Este topónimo se origina a partir del latín care, «antigua mansio o fonda en el itinerario romano de los siglos primeros». Era un lugar donde te daban mucho cariño, por lo que no hacen falta más explicaciones para que sepamos de qué estamos hablando.
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SARIÑENA. Tiene la misma etimología que Cariñena y alude al mismo oficio, pero tuvieron que modificar algo el nombre porque el otro ya estaba cogido.
CANFRANC. Topónimo formado del latín can, «perro», y francus, «francés». No sabemos si lo de perro francés proviene de que en la localidad abundaron los pastores alsacianos o (lo que es más probable) que fuera la forma que tenían allí de llamar generalizadamente a sus vecinos de allende las montañas.
DAROCA. El nombre de esta localidad siempre ha sido un follón. Durante la época prerromana se llamó Carbeca: con los romanos fue Agiria y durante la Edad media, Arbeca. Teniendo en cuenta todo esto y también que durante la época de los lusones se llamaba Contrevia, nos quedamos sin saber de dónde demonios viene el nombre de Daroca y reconocemos que no entendemos absolutamente nada de todo este barullo.
FRAGA. El origen del nombre de esta localidad no es el que todos nos tememos. De hecho, su población está pensando en cambiar el nombre y que nadie pueda vincularla con aquel señor.
HUESCA. Palabra que viene del vocablo prerromano osca, «huraña», «intratable». Claro está que no hay que tomárselo al pie de la letra, porque el nombre se lo pusieron sus enemigos. En realidad la población de esta villa es muy simpática.
BELCHITE. Del francés belle, «bella», y cité, «ciudad». Algún turista galo y despistado describió así la localidad y los naturales del lugar de inmediato adoptaron y adaptaron el término, porque antes tenía un nombre bastante más feo.
MONREAL DEL CAMPO. Nombre derivado del latín mons regalis, «monte real», lo cual era una obviedad, pues en aquella época absolutamente todos los montes eran del rey. Se llama «del Campo» para especificar que este pueblo está emplazado en mitad del campo y no en medio de una ciudad.
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MEZQUINENZA. Nombre que viene del árabe mishin, «que carece de bienes». Es la variante popular de la palabra castellana mezquindad y hace referencia que quien fundó la ciudad no fue nada generoso e hizo construir muy poquitísimas casas.
CASPE. Topónimo derivado del latín carpe, «toma», «coge». Alude a un lugar habitado por gente cuca y vividora, pero muy lista, que no desaprovechaba ninguna oportunidad de correrse una juerga y pasárselo bien.
UTEBO. Topónimo derivado de la palabra celta uta, que significa «agua», (no sean ustedes mal pensados). Se refiere a que está localizada en terreno llano, junto al Ebro.
CALAMOCHA. Nombre tomado del personaje de Don Frutos Calamocha, que aparece en la comedia El pelo de la dehesa, de Manuel Bretón de los Herreros. El que le pusieran al pueblo el nombre de un personaje demuestra cuánto amaban el teatro los calamochanos (que antes se llamarían de otra forma, claro).
TAMARITE DE LITERA. Los filólogos opinan que el nombre es una deformación y que originariamente era Camarote de Litera. Parece ser que el pueblo lo fundaron unos cuantos que habían viajado muy apretados en una embarcación que iba por el Noguera Ribagorzana.
CALATAYUD. El nombre se forma a partir de qal’at Ayyub, «el castillo de Ayyub» o «la finca de recreo de Ayyub». Era el lugar donde el tal Ayyub se llevaba a sus ligues a pasar el fin de semana.
TERUEL. Toma su nombre de río Turia, que proviene del ibérico itur, «fuente». Menos mal que los árabes lo convirtieron en Teruel, que es nombre bonito, porque si hubieran dejado el original romano, Turiolum, ahora la ciudad se llamaría Turiolo y hubiera generado mucha guasa.
BORJA. El nombre deriva de la raíz ibérico-vasca bur-, que nadie tiene ni la más mínima idea de lo que significa.
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BARBASTRO. Viene del latín barba, que significa «barba», como sospechábamos. En la Edad Media la barba era símbolo de la aristocracia y los de este pueblo, que eran algo fantasmas, se la dejaron crecer para presumir de nobleza y apabullar así a los mozos de los pueblos vecinos.
MONZÓN. Término que viene del portugués monçao, «viento periódico y lluvioso que sopla en algunos mares». Los habitantes de esta localidad eran muy devotos. Un año de sequía rezaron al santo local para que les trajera lluvia y rezaron tanto y tan intensamente que diluvió varios meses seguidos, con furia tropical, por lo que salieron todos flotando. De ahí el nombre que le quedó al pueblo.
EJEA DE LOS CABALLEROS. El vocablo prerromano eshea significa «la casa». Se refiere a un establecimiento en donde, en lugar de chicas, había donceles varones de buen ver. Ha de indicarse que aquello acabó ya hace mucho tiempo y en la actualidad la localidad es muy respetable.
GRAUS. Marcus Vinicius Gracus fue un general romano que ganó una vez una batalla sin importancia. Quiso que pusieran su nombre a una población y, como ninguna estaba dispuesta, llegó a un acuerdo con los nativos de esta localidad, quienes, previo pago, accedieron a darle el nombre de Gracus. Luego se convirtió en Graus, perdiendo la ‘c’, más que nada porque los naturales del lugar eran muy perezosos a la hora de pronunciar.
144 COMPRANDO LA NADA
Otro artículo de advertencia, esta vez sobre uno de los timos que se les suelen hacer a los viajeros incautos

¿Se puede comprar lo inexistente?

¿Se puede comprar la nada?
Sí, se puede. Por muy extraño que parezca. No sólo esta acción es

posible en el universo euclidiano o einsteniano sino que, además, tiene un nombre específico y cuco.
Se llama overbooking.
Antes de abundar sobre él, diremos lo que no es, empleando el procedimiento dialéctico oriental consistente en dar una vuelta a la manzana (o siete) antes de entrar en el portal de tu casa.
No hay que confundir el overbooking con hacer lisa y llanamente el canelo. Pondré un ejemplo: cuando yo, que soy un despistado de marca mayor, voy a una gasolinera, aparco, entro, pago, salgo, arranco el coche y me voy sin echar la gasolina (cosa que he hecho varias veces a lo largo de mi vida motorizada), ese proceso no puede ser definido como overbooking o «compra de lo inexistente».
Cuando inviertes el dinero en sellos (es un decir) con la aviesa intención de que los sellos (no se sabe cómo) trabajen para ti y te produzcan dinero, y luego ese dinero no existe, tampoco eso es comprar la nada, puesto que media un engaño.
Ya hemos visto lo que el overbooking no es. Ahora diremos lo que es. El overbooking es una guarrada.
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La compra de la nada implica que te venden algo que no existe: una plaza de avión que no existe, una habitación de hotel que no existe. Existían en el pasado, eso sí; hasta que llegó otro que madrugó más que tú y se la quedó. Y, sin embargo y pese a no existir ya, te la venden igualmente.
Lo más bonito de todo esto es que es legal.
El problema es que yo —como todos ustedes saben— soy alemán y, para hacer honor al tópico, tengo la cabeza cuadrada. No me gustan las excepciones: amo la homogeneidad y la homologación. Si de mí dependiera, todas las naranjas tendrían el mismo tamaño, todos los hombres vestirían con la misma corbata y todos los platos se guisarían con la misma salsa. Así tendríamos un mundo palmariamente mejor.
Por eso, ante esta cuestión reacciono proponiendo dos soluciones:
O bien se extirpa de raíz tan asquerosa práctica legal o bien se extiende a los demás ámbitos de la sociedad, para que todas las profesiones —y no sólo el sector turístico— puedan beneficiarse de la compra-venta de la nada.
UN LECTOR.—Usted perdone, señor Gallud. Yo trabajo en una agencia de turismo y, con todo respeto, le quiero decir que está siendo muy intransigente en sus opiniones y que no me hacen ninguna gracia sus sarcasmos. El overbooking está permitido.
YO.—Muchos gobiernos en muchos sitios y épocas han permitido muchas cosas no necesariamente buenas. Ésa no es una razón válida.
UN LECTOR.—Ese procedimiento nos permite aprovechar mejor el sitio en hoteles, transportes, etc.
YO.—¿A costa de los que se quedan fuera al final? Piense usted que en un coche hay un número de pasajeros permitidos, según el modelo. Pero que, en realidad y bien apretujados, caben muchos más.
UN LECTOR.—La gente lo acepta.
YO.—Sí, y es lo que me sorprende. Eso es una prueba de que a la gente, en contra de lo que parezca, no le gusta manifestarse para protestar. Esas
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mismas personas, si pagan un kilo de cebollas, quieren que el tendero les dé las cebollas.
UN LECTOR.—Pero así nos aseguramos de que no se nos quedan plazas vacías.
YO.—Me habla usted de un riesgo comercial. Pero el que vende cebollas también se arriesga a que no le compren todas y le sobre mercancía. Es una norma del comercio que ustedes se saltan a la torera.
UN LECTOR.—No voy a seguir discutiendo con usted. Las cosas son así y así van a seguir.
YO.—Las cosas no son así por generación espontánea. Alguien sin escrúpulos las hace así. Y otros muchos álguienes las toleran sin quejarse. Así nos va.

UN LECTOR.—Bueno, como usted quiera. Yo me voy.

YO.—Pues ¡adiós muy buenas!
Ocho días más tarde...
UN LECTOR.—Señor Gallud, aquí estoy de nuevo. Vengo a disculparme. YO.—¡Hombre! No hacía falta.

UN LECTOR.—Tenía usted razón.
YO.—¿Y puedo preguntar qué ha sucedido para que haya cambiado de opinión?
UN LECTOR.—Pues que al director de la agencia donde trabajo se le ocurrió la misma idea de eliminar el overbooking o generalizarlo; así es que ha decidido aplicarlo a otras esferas. El otro día, cuando fui a cobrar mi nómina del mes, me dijeron que tenían un único sueldo para varios empleados y que otro más despabilado, que había llegado antes, ya lo había cobrado por mí.
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ANÉCDOTAS DE MENTIRIJILLAS
Estas anécdotas sobre viajes son muy famosas, aunque no las conoce casi nadie, magnífica contradicción de la que nos valemos para insertarlas aquí con toda desfachatez. Advertimos que no todas son verdaderas: como no hemos encontrado bastantes para llenar un escrito de proporciones decentes, nos hemos tenido que inventar algunas. Queda a la discreción del lector avisado averiguar cuáles son las apócrifas.
Cristóbal Colón anunció a su tripulación que los Reyes Católicos, en un rapto de generosidad rarísimo en ellos, habían prometido un premio en doblones contantes y sonantes a aquél que avistase tierra. Un marinero sevillano, conocido como Rodrigo de Triana, fue el primero en verla, desde su puesto de vigía de la nave capitana.
Hasta aquí esta anécdota que estamos narrando se desarrolla con normalidad y sin ninguna sorpresa. Diríamos que es más aburrida que otra cosa.
Pero entonces el Almirante, con una caradura aterradora, alegó que el único merecedor del premio era él mismo, puesto que ya había visto la tierra antes, en su imaginación. Así es que rehusó por completo pagarle a Rodrigo de Triana y no soltó la pasta, por más presión que le hizo toda la marinería.
Rodrigo cogió un cabreo importante y, a su regreso del viaje, se fue a vivir a Marruecos y se hizo musulmán, visto que de los cristianos no podía uno fiarse.
Con esta conducta, Colón quedó fatal, pero, puesto que se embolsó los doblones, aquello no pareció importarle lo más mínimo.
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***
Allá por el año 1420 (o puede que fuera el 1422: es que ya no me acuerdo muy bien) el emperador de China, Yung-Lo, se ausentó de su capital durante un viaje y dejó a su consejero Kang Ping al cuidado de su harén.
El emperador era un paranoico de mucho cuidado y, además, tenía un carácter muy cruel y sanguinario. El consejero supuso que, a su vuelta, el monarca le acusaría de haberse ayuntado con sus concubinas y le haría rebanar el cuello, no sin antes haberle sometido a unos de esos tormentos chinos tan típicos que siglos más tarde harían famoso a Fu-Man-Chu.
Kang Ping quiso curarse en salud, por lo que se atizó unos cuantos copazos de vino de arroz, para coger valor, y luego se castró con toda la delicadeza de la que fue capaz. Después introdujo en el equipaje del emperador aquella parte que había dicho adiós al resto de su anatomía.
Cuando el emperador regresó de su viaje, acusó al consejero de haber gozado de las chinitas. En ese momento Kang Ping recuperó su miembro perdido del equipaje y demostró que a él de nada podía acusársele.
Yung-Lo le dijo entonces que sólo le había querido gastar una broma con la acusación, puesto que tenía completa fe en él y jamás se le habría ocurrido pensar en serio que Kang Ping le pudiera traicionar, por lo que aquel sacrificio había sido totalmente inútil e innecesario. Le sermoneó un rato sobre lo mala que podía ser a veces la precipitación.
El consejero quedó chafado al oír esto, pues dedujo —con razón— que la posteridad se reiría de él, en lugar de compadecerle. El emperador le recompensó y, a su muerte, mandó levantar en su honor un templo, nombrándole protector eterno de los eunucos y los cretinos.
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El explorador inglés Richard Burton (al que no hay que confundir con al actor que se casó con la pechugona) fue el primer occidental en colarse de rondón en la peregrinación a La Meca, algo totalmente prohibido para los no musulmanes, también llamados ‘cafres’ (en árabe ‘kafir’, «infiel».)
Bien es verdad que el italiano Ludovico de Verthema ya lo había hecho tres siglos antes que Burton, en 1503, pero como el sujeto en cuestión era extranjero para ellos, los ingleses decidieron no tenerlo en consideración e ignorarlo por completo, afirmando que Burton fue el primero en realizar aquella hazaña. En Inglaterra se funciona así en lo referente a los que han tenido la inmensa desgracia de no nacer allí.
Para no ser descubierto, Burton tuvo que hacer tremendos sacrificios, de los cuales circuncidarse no fue el peor. Mucho más le costó tener que aprenderse algunas palabras en árabe para ir tirando y manejarse, no por la dificultad intrínseca de la lengua, sino porque es sabido que los ingleses han conseguido extender el inglés por el planeta debido a su empeño en no aprender en absoluto ninguna lengua de las que hablan las «razas inferiores» (los ingleses entienden por «raza inferior» a todas menos la suya).1
Aunque Burton se disfrazó perfectamente de patán afgano mediante el sencillo procedimiento de no lavarse en año y medio, su vida corrió verdadero peligro y en varias ocasiones estuvo a punto de descubrirse su verdadera identidad británica, por su manía de exclamar «¡Dios salve a la reina!» en los momentos más inoportunos. Afortunadamente para él, sus compañeros de peregrinación le consideraron ‘majnu’ («loco», «cretino») y no hicieron mucho caso de lo que decía.
También despertó sospechas el hecho de que tardara diariamente una media de tres horas y cuarenta minutos en enrollarse el turbante y que, aun
1 Claro está que la historiografía inglesa no podía reconocer el atasco lingüístico de Burton sin dejarle en ridículo. Según nos dice con toda desfachatez la Encyclopedia Britannica, Burton hablaba con gran fluidez nada menos que veintinueve lenguas de las difíciles, amén de un porrón de otras más sencillas. Permítasenos dudarlo, aunque al hacerlo pudiera parecer que les tenemos tirria a los ingleses.
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así se le cayera cada dos por tres. Por ello, además de loco, adquirió fama de ser tremendamente torpe.
La mochila que llevaba (un regalo de la Royal Geographical Society, con el nombre de esta egregia institución impreso en la tela en letras doradas) tampoco ayudó mucho a preservar su anonimato.
Podemos concluir, sin temor a pecar de exagerados o alarmistas, que Burton fue afortunado en salir de Arabia sin perder más partes de su anatomía que aquélla que había cedido voluntariamente.
En 1855, ya en Londres, publicó el libro The Pilgrimage to Al- Madinah and Meccah [La peregrinación a Medina y La Meca], donde, aparte de escribir las palabras árabes como Dios y la Iglesia Anglicana de Inglaterra le dieron a entender, no contó absolutamente nada interesante, pues la prosa no era su fuerte.
***
Según la tradición, tras la victoria de Maratón, un soldado de nombre desconocido corrió 40 kilómetros en pocas horas, desde el lugar de la batalla hasta Atenas, para anunciar la victoria griega. Una vez transmitido su mensaje, cayó extenuado y murió allí mismo.
La historia es bonita.
Pero existe la posibilidad de que sea una mentira más grande que la Sagrada Familia cuando la acaben.
Porque narra Heródoto —en uno de esos libros suyos tan plúmbeos— que sí se sabía el nombre del soldado: se llamaba Filípides y sus amigos le decía «el Fili». Se conocían de él también muchos datos; sus capitanes incluso guardaban relación escrita de cuántas veces le habían arrestado por conducta poco decorosa en relación con los rebaños ovinos que proporcionaban leche al ejército griego.
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Además (siempre según la versión herodótica), no fue corriendo hasta Atenas, ¡que va!, sino que lo hizo hasta Esparta, que estaba aún más lejos.
Y no corrió 40 kilómetros, sino 240.
Y no lo hizo en unas horas, sino en dos días, parando a pasar la noche en una fonda.
Y no fue después de la batalla, sino antes.
Y no lo hizo para anunciar victorias, sino para todo lo contrario: para pedir refuerzos, porque, sin ellos, estaba claro que los persas les iban a dar para el pelo.
Y, sobre todo, no murió tras su carrera, sino que se dio un baño y pidió que dos morenas espartanas le dieran un masaje con aceite de oliva (que, por cierto, le dejaron como nuevo).
Entre lo que cuenta la tradición y lo que cuenta Heródoto no sabemos realmente qué creer, lo que demuestra que la Historia es una cosa blanduzca, intangible e imprecisa a la que no hay que hacer ningún caso.
***
Abdul Kasim Ismail (938-995), Gran Visir de Persia, era un grandísimo esnob al que le gustaba presumir de ser un hombre muy culto. En realidad, su coeficiente intelectual era tal que se habría visto en un aprieto si hubiera tenido que atarse él solo los cordones de los zapatos. Por fortuna para él, sus babuchas no llevaban cordones.
Se vanagloriaba en especial de ser un gran amante de la lectura. Para demostrarlo, nunca se separaba de sus libros e iba con ellos a todas partes. Bien es verdad que poseía sólo seis libros en total.
Entonces sucedió que le ofrecieron de saldo una biblioteca extensísima, de más de 117.000 volúmenes. El precio era una verdadera ganga y el Visir no podía dejar de adquirirla sin que se descubriese que los libros le
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importaban un dátil (un pimiento, en terminología europea). Así es que la compró enterita.
A partir de ahí se le planteó un dilema, porque el mantenimiento cohesionado del imperio le obligaba a viajar con frecuencia. ¿Se separaría de sus supuestamente amadas nuevas adquisiciones literarias? He aquí cómo se las ingenió para poder seguir teniendo fama de bibliófilo y lector empedernido.
Como el dinero no era problema, dedicó al asunto cuatrocientos camellos bien robustos que, desde ese día en adelante, acarrearon los libros allí donde el Visir se dirigía. En cada desplazamiento, a la litera del Visir le seguía una caravana de rumiantes jorobados, que llevaba los libros por orden alfabético. Cuando en cualquier parada el Visir quería fingir que deseaba consultar algún volumen en concreto, mandaba acercarse al camello de la letra correspondiente al inicio del título. Ésta fue la primera biblioteca ambulante del mundo.
Lo que los historiadores no contaron en su día (por decoro o por deseos de conservar la cabeza en su sitio adecuado) era que, tras los camellos cargados de libros, venían los que transportaban a un buen número de señoritas cuidadosamente elegidas y también organizadas por orden alfabético. Ellas entraban subrepticiamente en la tienda del Visir cuando éste simulaba estar leyendo, para entretenerle jugando al ajedrez, con toda probabilidad.
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Mucho antes que Erik el Rojo, vikingo trashumante, otros hombres hollaron con sus pies (¡qué verbo más cursi!) el suelo de América.
Fue en el siglo XXVII (es decir: hace la tira de años) y el honor correspondió a dos flacos astrónomos chinos, llamados Hsi y Ho, cuyos
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apellidos se desconocen (bueno, los desconocemos nosotros; se supone que ellos sí los sabrían).
Salieron de China por orden del emperador Huang Ti, que los mandó que se fueran a Fu Sang (que no es ningún sitio feo, sino los territorios al este del Celeste Imperio). Nuestros dos hombres se embarcaron y viajaron hacia el norte, por el estrecho de Behring, y luego hacia el sur, costeando el litoral americano y costeándose el viaje de su propio bolsillo, porque el emperador era tacaño y no les dio dietas.
Parece ser que visitaron el Gran Cañón del Colorado, que se hallaba recién inaugurado por aquel entonces. Incluso llegaron en sus excursiones hasta México y Guatemala, salvo que fueran unos exagerados y contaran eso sólo para presumir.
Decidieron regresar a China —porque los tallarines americanos no acababan de convencerles— y relataron de pe a pa su viaje. Pero el emperador estaba ya mayor y no se acordaba muy bien de ellos, por lo que casi no se enteró de lo que le estaban contando. De hecho, durante la audiencia, creía estar presenciando una comedia y se quejó de que salieran tan pocos personajes y de que no tuviera música.
Los burócratas hicieron un informe con cinco copias y lo archivaron cuidadosamente, sin prestarle ninguna atención, por lo que este primer descubrimiento del Nuevo Mundo permaneció más desconocido para la Historia que el nombre del inventor del pan con mantequilla.
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TEXTO DE LA SOLAPA
ENRIQUE GALLUD JARDIEL (Valencia, 1958) pertenece a una familia de raigambre literaria, pues es nieto de Jardiel Poncela, el gran humorista. Es Doctor en Filología Hispánica y ha enseñado en universidades de España y del extranjero. Tiene en su haber más de cincuenta ensayos de carácter literario, histórico y filosófico. En la actualidad se dedica por entero a la literatura cómica y se especializa en los campos de la sátira y de la parodia. Ha publicado, entre otros, los siguientes libros de humor: La ajetreada vida de un maestro del humor, Libro de libros, Mil curiosidades sobre el más fascinante de los mundos, Historia estúpida de la literatura, Español para andar por casa, El discurso interminable y otros cuentos de humor, Grandes pelmazos de las letras universales, El profesor Pericot y la ridícula historia universal, Los cien mejores chistes para niños, Libros que no querrás leer, Majaderos ilustres y El arte de hacer de todo.
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TEXTO DE LA CONTRAPORTADA

Desde la noche de los tiempos los hombres han sentido el ansia
irrefrenable de viajar, ya que los muebles que tenían en sus casas eran muy duros e incómodos, por lo que no les apetecía nada quedarse quietos en sus domicilios. Además, al viajar siempre se tenía la esperanza de encontrar tierras más ricas y fértiles que las propias y chicas más guapas que las de tu pueblo.
Al contrario que el nacionalista —que opina puerilmente que lo propio es lo mejor del mundo—, el viajero, con una mirada más certera y profunda, considera que lo que encuentre por ahí no podrá ser peor que lo que ya tiene en su país.
Con los viajes surge su literatura. Y como muchos de ellos fueron un desastre mayúsculo, se impone la necesidad de la desmitificación. Este libro es una gran tomadura de pelo a todos esos héroes trashumantes a los que se les ha dado más bombo del debido. Es una parodia de sus supuestas hazañas y una divertida revisión de los lugares exóticos y maravillosos que dijeron haber encontrado. Los artículos, cuentos, piezas teatrales, entrevistas, poemas y demás experimentos literarios que conforman este libro tienen como objetivo que cómodamente y desde su sillón favorito pueda el lector emprender una expedición de humor. Armado con el machete de la sátira, orientado por la brújula de la ironía y protegido por el salacot de la originalidad, todo aquel que tenga el buen gusto de leer este libro se adentrará en esa selva aún por descubrir que es el lado oculto y rabiosamente cómico de la literatura de viajes. 

2 comentarios:

  1. Veo que usted ha congado mis libros sin permiso ni consideración por mi trabajo. Yo vivo de mis libros y al publicarlo en su página le está quitando el pan a mis hijos. Si es usted un caballero, rectificará y borrará mis libros, respetando así la propiedad intelectual. Mi correo egjardiel@gmail.com

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  2. Glyphos Publicaciones ha comunicado al Centro Español de Derechos Reprográficos la comisión de este delito contra la propiedad intelectual. Puede contactar con la editorial en info@glyphos.net y en el 983003298.

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