viernes, 30 de octubre de 2015

Manuel López Pintado por Hugo O'Donnell y Duque de Estrada

Don Manuel López Pintado fue un cargador a Indias y Teniente General de la Armada en la Orden de Santiago (1677-1745). Fue noveno abuelo de mi mujer María de Gracia de Solís-Beaumont y Téllez-Girón y octavo del autor, tío de ella y Académico de la Real de Historia. Mi suegra (D.E.P.) fue también su descendiente y vivió durante unos años en su casa de Sevilla cuya plaza llevaba el nombre del ilustre antepasado, hasta que el Ayuntamiento de la ciudad decidió cambiar el nombre por el de la Cofradía de la Iglesia que se encuentra en frente de la casa. El libro es muy interesante para todos aquellos, que dedicados a la historia o aficionados a ella, se interesen por el siglo XVIII en una y otra orilla del océano Atlántico y en algunas de sus más interesante facetas: la historia naval, la económica y la social. 

Don Manuel López Pintado, nació en Tembleque, el 12 de marzo de 1677. Fue Capitán de Mar y Guerra en la flota de Andrés del Pez. Al fallecer Carlos II, y estando el erario necesitado de fondos, se hizo a la vela desde el puerto de Cádiz, en su búsqueda, cruzando el océano y llegando a las Indias. Cuando hubo reunido ciertas cantidades, que ya le parecieron suficientes, regresó a Europa en un navío francés. En la "Gaceta" de fecha de cinco de julio de 1712 se puede leer: "Se ha tenido aviso de haber arribado a Puerto Luis, en la costa de Francia, el barón de La Fauche, habiéndose salvado con gran fortuna del recio combate de algunas horas que tuvo en el canal de Inglaterra, con el navío de guerra holandés La Perla, de mayor porte, y se ha debido el feliz suceso a la conducta, valor y destreza del capitán de mar y guerra don Manuel López Pintado, diputado de la flota de Nueva España, a cuyo cargo venían 500.000 pesos fuertes". En 1.497, durante la reforma monetaria española, se creó, entre otras monedas la pieza de ocho, (real de a ocho o duro), y en la América española, alrededor de 1.535, y en la Ciudad de México, se acuñó por primera vez su equivalencia en una moneda de plata, (que se denominó inicialmente peso fuerte, es decir el Real: Su peso era de 27 grs, y tenía una ley del 92% de plata pura). Estuvo luego en el sitio de Barcelona, por el bando de don Felipe V y a las órdenes de nuevo, del general Andrés del Pez tomando parte activa en los diferentes combates que le valieron su ascenso al grado de Almirante. Desde el mes de agosto del año 1715, hasta el mismo mes del año de 1716, realizó un viaje redondo a Tierra Firme. Tierra Firme era el nombre que se daba a Venezuela, al Itsmo de Panamá y a parte de los territorios de Colombia, por ser la Región oriental de Venezuela el primer punto de tierra firme de América, al que llegaron los españoles en el Descubrimiento. A continuación se le dió de baja en la Armada, se supone que por la reorganización que se realizó entonces de ésta. En el año de 1728, se le llamó, reingresando en la Armada, con el grado de jefe de escuadra, dándose por Real Orden que se le diera la antigüedad en este empleo con fecha del 12 de diciembre del año de 1712, la misma en la que se le dió el titulo de Almirante. En este año, zarpó de Cádiz mandando una escuadra de cuatro navíos, siendo el navío San Luís II su buque insignia. Su misión, consistía en recoger en Cartagena de Indias a la Flota de Galeones de D. Francisco Cornejo, llegando a este puerto el nueve de julio. Aunque la guerra con Gran Bretaña, ya había acabado, la partida de esta escuadra, era conocida por los británicos que ya se habían retirado de Jamaica. Entre los años 1728 al 1732 llevó a cabo varias misiones en las flotas de galeones. En el año de 1730, el veintiseis de junio, zarpa de Cádiz, mandando una vez más el navío San Luís, como nave capitana de la Flota de Indias, que era el mecanismo del monopolio comercial español con América, y que constituyó la esencia de la denominada Carrera de Indias, que englobaba todo el comercio y la navegación de España con sus colonias, compuesta por quince mercantes y seis buques de guerra. El ocho de agosto, llegan a Cartagena de Indias, donde permanecen hasta su salida el siete de enero de 1731 rumbo a Portobelo. Zarpando desde allí hacia La Habana. De la bahía cubana se hacen a la vela en agosto de 1731. En el Canal de Bahama, la flota sufre un fuerte temporal que dispersa a las naves y las obliga a recalar en Guarico, entre ellos el navío San Luís que quedó totalmente desarbolado. Regresan a Cádiz en el verano de 1732. En el año de 1732, fue ascendido a Teniente General y como experto en los asuntos de las colonias de América, se le nombró vocal de la Junta Consultiva de Indias, que se reunió en la Villa y Corte de Madrid. Zarpó de nuevo en 1735, el veintidos de noviembre, de Cádiz, con la Flota de Indias, compuesta por once mercantes y la escolta de los navíos San Luís, San Antonio y Santa Rosa, llegando a Veracruz, entre el dieciocho de febrero y el cinco de marzo de 1736. Para su regreso a Cádiz, entran en La Habana el 11 de junio de 1737, donde se unen a la Flota de Azogues al mando de Rodrigo de Torres, regresando ambas flotas a Cádiz el veintiocho de agosto de ese año.
En el año de 1735, se le volvió a dar el mando de una flota de galeones, con rumbo a las Américas, regresando en el día 3 de septiembre del año de 1737. A su regreso, el Rey le concedió los Títulos de marqués de Torreblanca de Alxarafa y el de vizconde de Caprejas. El día cuatro de noviembre del año de 1738, se le otorgó el mando del departamento de Cádiz, y sin dejar éste, el de una escuadra compuesta por cinco navíos y cuatro fragatas. Con dicha escuadra, se hizo a la vela, realizando un crucero en misión reservada, llegando y fondeando en El Ferrol el día treinta de mayo del año de 1740 al comienzo de la Guerra de Asiento con Gran Bretaña. Se volvió a hacer a la vela, desde este puerto, regresando al de su destino, Cádiz, donde se hizo cargo de nuevo del mando de este departamento. 





lunes, 26 de octubre de 2015

La fortune de Dora

Este libro contiene la historia de la ilustre bisabuela de una pariente y buena amiga mía. Es interesante porque evoca la historia desde finales del siglo XIX hasta la primera mitad del siglo XX y por tratarse de la prestigioso linaje real Saxe-Cobourg. Para los aficionados a la genealogía, he incluido cuatro interesantes árboles genealógicos de los Coburgo. Su Majestad la reina Sofía de España está entroncada con este linaje.











viernes, 23 de octubre de 2015

Los derechos

Entre los grandes cambios que voy contemplando a lo largo de mi vida, quiero hablar hoy, de uno de los más trascendentes. Me refiero a la gran diferencia en la forma en que los individuos han ido asumiendo su responsabilidad ante la vida, ante su propia vida. ​La transformación mas profunda, a mi juicio, se ha operado en la mujer que ha pasado, sorprendentemente, de un papel secundario y hasta humillante en la retaguardia de la familia, a la total igualdad con el varón. Por todas partes vemos su empuje que pretende asumir más y más responsabilidades, abochornando a este allí donde la inteligencia y el esfuerzo se pueden comparar claramente, como en los centros educativos. ​La vemos, además de seguir llevando la mayor parte de la carga familiar y del gobierno de la casa, que el varón elude, en actividades profesionales cada vez más brillantes y difíciles que la llevarán, merecidamente, a ser parte dirigente de la sociedad a la altura del hombre o superior. El futuro es suyo.

Por el contrario, contemplamos al varón históricamente cansado, reticente a asumir sus responsabilidades, buscando prolongar la adolescencia parapetando en sus padres indefinidamente y llegando a formar una aborrecible costra, los “niños”, negados a aplicarse en algo que les lleve a asumir alguna responsabilidad. En mi infancia y juventud la responsabilidad de la propia vida se ponía en las manos de cada individuo desde muy temprano. Las chicas si que quedaban amparadas bajo el paraguas familiar hasta su eventual boda si la había y si no indefinidamente, pero los chicos tenían una primera responsabilidad de encontrar un trabajo, preparatorio, al terminar la enseñanza obligatoria y el necesario para asumir la independencia, al volver de la mili. Los que estudiaban, al término de su carrera. Si con la profesión aprendida o la carrera terminada, no encontraban trabajo en su ciudad, lo buscaban hasta en el último rincón de Italia o fuera de ella, como fue masivamente necesario en aquellos tiempos.  Vemos, también, la novedosa circunstancia, de que las jóvenes familias no pueden, no saben o no quieren asumir la totalidad de sus responsabilidades y las comparten, indefinidamente, con sus padres, a los que merman su merecida paz, su escaso tiempo y sus ahorros, conseguidos, a veces, con grandes penalidades. Exigen de ellos un respaldo indefinido y como si fuese obligatorio, que no necesita contrapartida. Un derecho que traen al nacer que no les obliga a devolverles cariño y atenciones. Una prolongación, indefinida, de las peores características de la adolescencia.

Y en lo social. Alguna vez he escrito que el nacionalismo tiene tanto éxito porque ofrece la tierra prometida sin necesidad de descubrirla ni conquistarla. Con las ideologías socialistas ocurre lo mismo, pues nos ofrecen una amplia gama de “derechos”, por el simple hecho de nacer.​Los países que han conquistado regímenes democráticos, deben ofrecerlos cada vez mas sofisticados. Los ciudadanos harán muy bien en reclamarlos, conquistarlos y defenderlos. Se van estableciendo, en cada país, en función de los deseos de las mayorías y solo depende de la voluntad de estas, expresadas en los cauces democráticos y así pueden ser muy distintos y cambiantes. Pongo como ejemplo la pena de muerte que está admitida en países de gran pedigrí democrático y en cambio fuertemente denostada en otros. Nada que objetar. El problema viene cuando se ofrecen como “derechos” prestaciones que, deben tener un gran respaldo económico y cuya posibilidad, puede ser muy cambiante en función de los ciclos y sus inevitables crisis.

​Los nuevos ciudadanos, animados por la demagogia de los políticos,  exigen, cada vez mas “derechos” y mas costosos, sin permitir, en ellos, la menor racionalización o revisión y sin considerar de donde ha de venir el dinero para sostenerlos o si son acuciados a puntualizarlo, señalan a ese granero que se tiene como infinito y sospechoso: “los ricos”. Hasta se pretende y los políticos lo aceptan, tontamente, que son ellos los que deben proporcionar un trabajo digno, “de calidad”, indefinido y bien remunerado y que esto es otro derecho del ciudadano.

Y aquí tenemos esta tercera diferencia en cuanto a las responsabilidades en la propia vida pues, cada vez más, el individuo tiende a considerar al Estado, al Gobierno como respaldo total de ella. Cuando contemplamos como el nuevo individuo alivia sus cargas en otras espaldas, los que hemos pasado las nuestras y hemos visto las que pasaron nuestros padres, no podemos menos que denunciar la llantina con que nos abruman con la falsa queja de la dificultad de los tiempos actuales.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Navegar


Lope de Vega

Félix Lope de Vega y Carpio (Madrid, 25 de noviembre de 1562- 27 de agosto de 1635) fue uno de los más importantes poetas y dramaturgos del Siglo de Oro español y, por la extensión de su obra, uno de los más prolíficos autores de la literatura universal.

El llamado Fénix de los ingenios y (por Miguel de Cervantes) Monstruo de la Naturaleza renovó las fórmulas del teatro español en un momento en el que el teatro comenzaba a ser un fenómeno cultural de masas. Máximo exponente, junto a Tirso de Molina y Calderón de la Barca, del teatro barroco español, sus obras siguen representándose en la actualidad y constituyen una de las más altas cotas alcanzadas en la literatura y las artes españolas. Fue también uno de los grandes líricos de la lengua castellana y autor de varias novelas y obras narrativas largas en prosa y en verso.

Se le atribuyen unos 3000 sonetos, tres novelas, cuatro novelas cortas, nueve epopeyas, tres poemas didácticos, y varios centenares de comedias (1800 según Juan Pérez de Montalbán). Amigo de Quevedo y de Juan Ruiz de Alarcón, enemistado con Góngora y en larga rivalidad con Cervantes, su vida fue tan extrema como su obra. Fue padre de la también dramaturga sor Marcela de San Félix.


La hija del Profeso

Primera prueba de la cubierta: portada, contra portada y solapas

martes, 6 de octubre de 2015

Rogier van der Weyden

El descendimiento de la cruz (en neerlandés, De Kruisafneming), es considerada la obra maestra del pintor flamenco Rogier van der Weyden. Es un óleo sobre tabla, pintado con anterioridad al año 1443, probablemente hacia 1435. Mide 220 cm de alto y 262 cm de ancho. Se exhibe actualmente en el Museo del Prado de Madrid. Es conocido, generalmente, como El Descendimiento. Este cuadro es la sección central de un tríptico pintado por Rogier van der Weyden como encargo de la guilda o gremio de los ballesteros de Lovaina, para la capilla de Onze Lieve Vrouw van Ginderbuiten (Nuestra Señora Extramuros). En honor a dicho gremio, el artista incluyó diminutas ballestas en los ángulos de la composición. En la iglesia de Lovaina estuvo El Descendimiento durante más de cien años. La regente de los Países Bajos María de Hungría, reputada coleccionista y hermana de Carlos V, llegó a un acuerdo de canje con los responsables del templo: obtuvo la pintura original a cambio de un órgano valorado en 1.500 florines y una réplica del Descendimiento pintada por Michel Coxcie. Conforme está acreditado documentalmente por Vicente Álvarez, en el año 1549 el cuadro ya estaba en poder de María de Hungría. Durante un viaje realizado por los Países Bajos lo vio el príncipe Felipe de España, quien lo adquirió de su tía y en 1555 se lo llevó a España. La obra fue enviada en un barco, que naufragó, pero debido a que el embalaje que la preservaba era muy bueno la pintura apenas sufrió.

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Órdenes Reales, Fundación de la Grandeza de España

Interesante reproducción de la Fundación de la Grandeza de España, con la colaboración de la Real Academia de Historia y de la Fundación Juan Miguel Villar-Mir, en formato de lujo, tela y oro,  del libro Historia de las Ordenes de Caballería y de las Condecoraciones Españolas, Edición Regia para Su Majestad la Reina Doña Isabel II, protectora de la obra, en Madrid: 1864.




Trece runas de Michael Peinkofer

Quiero señalar esta novela del escritor alemán Peinkofer muy entretenida. Ambientada en Escocia, siglo XIX, un secreto y una oscura hermandad pueden cambiar la historia de Inglaterra.  Con la muerte en extrañas circunstancias de un ayudante del escritor Walter Scott arranca una serie de sucesos inquietantes. Pero las pesquisas que emprende sir Walter chocan repetidamente contra muros de silencio. ¿Qué esconde el inspector llegado ex profeso de Londres? ¿Qué secreto protegen desde hace siglos los monjes de la abadía de Kelso? ¿Qué presagios encierra la espada marcada con una runa a la que conducen las investigaciones de sir Walter y su sobrino Quentin?  Pronto culminará una maquinación por el poder cuyo origen se remonta a la Edad Media, una trama enraizada en oscuras tradiciones druídicas, en el antiguo enfrentamiento entre los héroes escoceses William Wallace –más conocido como Braveheart– y el rey Roberto I de Escocia, y en la lucha de dos sectas centenarias por evitar o provocar el nuevo advenimiento de la edad de la magia.



Distinción honorífica

 Muchas gracias a la Embajada del Lujo y al Comité Especial del Consulado, pues en mi vida he comprobado que con frecuencia los reconocimientos más gozosos son los que brotan de la generosidad de los que los otorgan y no del mérito de quien los recibe. No recompensan, sino regalan. Éste, claramente, debe ser el caso.



lunes, 5 de octubre de 2015

¿Quién tiene más razón: Israel o Palestina?


Esa tierra es mía.

Palestina fue la tierra de los judíos desde mil años antes de nuestra era hasta cien años después. Los romanos destruyeron el Templo de Jerusalén y derrotaron a los judíos tras dos revueltas, entre 66-73 y 132-135. Los judíos empezaron entonces su diáspora -su dispersión- por el mundo. A finales del siglo XIX nació un movimiento judío internacional que promovía el retorno a Palestina. Surgió entonces por dos motivos: la persecución de los judíos en Rusia y el caso Dreyfus -un militar judío francés acusado injustamente de traición. Así emergió el sionismo moderno (que defiende la creación de un estado judío en Palestina) y se inició la lenta emigración hacia Palestina. En aquellos años, Palestina formaba parte del imperio otomano. Nunca fue un país independiente. A lo largo de la historia había sido invadida por persas, árabes, cruzados o mongoles. Ahora era el turno de los turcos. En 1881, en Palestina vivían 457 mil árabes -400 mil eran musulmanes-, cerca de 20 mil judíos y 42 mil cristianos. Desde ese año, el número de judíos crecía, pero nunca se equiparó al de árabes. Los judíos que iban llegando compraban tierras a los árabes. El sionismo tenía esos dos grandes objetivos: la emigración y la compra de tierras. Su intención era comprar el territorio, echar a los árabes y repoblarlo de judíos. A principios del siglo XX, los árabes empezaron a darse cuenta de la estrategia judía y surgió el nacionalismo árabe. Los judíos les llevaban algunas décadas de ventaja y ya se habían dado cuenta de que la creación de un hogar nacional en Palestina no iba a ser fácil. Si alguno soñaba que la tierra prometida estaría vacía, se había equivocado. Allí vivía gente -árabes- que no aceptaba el cambio. Después de descartar la búsqueda de otro lugar para reunir a los judíos, se asumió que la creación de Israel sería violenta. Al final de la Primera Guerra Mundial, Palestina pasó a manos del imperio británico. En los años 20, las aspiraciones de los judíos ya eran evidentes y la lucha entre ambas comunidades era continua. Los británicos oscilaban entre ambos bandos: dudaban entre contentar el capital judío y sus aspiraciones legítimas o el petróleo árabe y su sensación de traición. Al final dejaron la decisión a Naciones Unidas, que en 1947 votó por la partición de Palestina en dos Estados, uno judío y otro árabe. Empezó la guerra abierta entre Israel y sus vecinos árabes: Egipto, Siria, Jordania, Irak y Líbano. Había ese año en Palestina 1,2 millones de palestinos y 600 mil judíos. A pesar de ser minoría, los judíos hacía años que se preparaban para ese momento, están mejor organizados, consiguen más armas. Y ganan, ganan una y otra vez. Los palestinos explican con dos razones el proceso que les llevó a la pérdida de parte de su tierra. Primero, los europeos mataron a millones de judíos, lo que es una atrocidad, pero los árabes no tienen por qué pagar las consecuencias; si los judíos merecen un estado, que lo monten en Dakota del Norte, por ejemplo. Segundo, como me decían un día en Jericó: “Tú eres español. Imagínate que un día los árabes vamos a Andalucía y decimos que nosotros pasamos varios siglos allí y que ahora será nuestro otra vez”. Los dos argumentos son de peso. El segundo, sin embargo, no es exacto. Hoy Andalucía forma parte de España y los árabes que vivieron aquí tuvieron un arraigo menor (Córdoba no era La Meca para los musulmanes; Jerusalén sí que lo es para los judíos) y siempre dispusieron de otro lugar en el que vivir según sus creencias. Además, Palestina siempre ha formado parte de imperios. Cuando los judíos empezaron a emigrar allí en masa ocuparon las tierras donde vivía un pueblo, no conquistaron una parte de un país. En suma, el argumento de la tierra puede decantarse quizá a favor de los palestinos: ellos vivían solos aquí y ahora tienen que compartir la tierra con unos recién llegados. Pero el asunto no acaba ahí: ¿son los judíos en Palestina unos invasores? ¿Sería tan injusto compartir -separados si juntos por ahora no pueden vivir- Palestina entre esos dos pueblos?

Los judíos sólo podrían vivir en un estado; los árabes, en dos.

Desde la creación de Israel, ha habido varias guerras y muchos atentados. Israel ha ganado siempre. Por eso estamos hoy donde estamos. Si los árabes hubieran ganado una de esas guerras, hoy los judíos vivirían en su mayoría de nuevo en la diáspora, en el extranjero. Los habrían expulsado. Pero los judíos han ganado e insisten en su derecho de vivir ahí. Por eso, el conflicto sigue pendiente de solución y sólo hay una: dos estados. Los árabes ya viven en Israel y Palestina; los judíos sólo podrían vivir en Israel. Los árabes se sienten robados y engañados. Ellos también tienen parte de culpa. Las tierras que los judíos compraron en Palestina las vendían árabes. El trabajo judío de lobby en los pasillos internacionales y su unión por la causa han sido definitivos. Los países árabes vecinos de Israel tenían intereses distintos. Los palestinos sufrieron esta desunión y nunca trabajaron por un solo objetivo: hoy aún es así, en Palestina mandan Fatah y Hamás, que tienen intereses distintos y si es necesario los defenderán con las armas. En las grandes guerras entre árabes e israelíes, la implicación árabe era pequeña. Los judíos, en cambio, luchaban por su supervivencia. Israel, por supuesto, no ha sido benévolo con los árabes y si podía vaciar un pueblo palestino que quedaba dentro de su territorio, lo hacía. También hay judíos que preferirían que todos los árabes desaparecieran de Palestina. Esa no es sin embargo la opinión del estado de Israel. Los israelíes saben que su única opción es convivir con los árabes y lo aceptan. Los árabes tienen aspiraciones más crudas. Una de las cosas que más me ha impresionado es cuantos israelíes defienden a los palestinos. No he encontrado a árabes sin embargo que defiendan abiertamente que los judíos pueden vivir allí en un estado propio. Sí que he dado con alguno que dice que vivan todos en un mismo estado. Sería, claro, una trampa: las elecciones las ganaría un primer ministro árabe porque son más. Además, después de lo que ocurrió a muchos judíos en países árabes, pocos israelíes vivirían en un país de mayoría musulmana. En suma, Israel como estado y los israelíes como pueblo están más abiertos a compartir Palestina y a entender la postura de los árabes. Los árabes, en cambio, quizá porque se sienten robados, no quieren admitir la convivencia al mismo nivel. Los judíos eran sólo unos miles en Palestina y ahora tienen un estado más grande que el árabe y son cinco millones y medio. Se lo han ganado en una lucha que en principio era desigual. ¿Tienen derecho ahora a esa tierra, después de todo? Derecho es una palabra muy grande, pero Israel está ahí. ¿Cuál es la alternativa seria?

El argumento palestino es mejor.

En Occidente, la causa palestina tiene más seguidores. Aparte de las lógicas simpatías de cada cual, hay dos motivos: uno, los palestinos son los perdedores o las víctimas -según se mire- y tienen mejor prensa, y dos, es más fácil explicar su desgracia: “Los judíos vinieron a nuestra tierra y nos echaron. Cuando defendimos lo que es nuestro, nos ganaron por la fuerza. Desde entonces, vivimos oprimidos”. Los argumentos de Israel son más intrincados (su gobierno, además, es malo en relaciones públicas): “Nos perseguían por el mundo. A finales del siglo XIX dijimos basta y buscamos un hogar nacional. Sólo podía estar en Palestina. Tras muchas luchas y tras el mayor desastre humanitario de la historia, el mundo nos lo concedió. Desde entonces los árabes no nos dejan compartir esta tierra, que con Jerusalén ha sido desde siempre el centro del pueblo judío. Cuando hemos tendido la mano por la paz, los árabes han querido más. Su único objetivo es echarnos de Palestina, al precio que sea. Nuestra única esperanza es defendernos día tras día, ser los más fuertes de la región”. El resumen palestino es claramente más eficaz: más breve y claro. Los dirigentes árabes de otros países usan ese recurso para unir a sus pueblos. Los palestinos son víctimas de esa manipulación. En parte, el mundo árabe no permite que los palestinos acepten una paz “deshonrosa”. Saben sin embargo que no hay otra salida. Pero alargan la agonía con la financiación de ataques terroristas y una retórica amenazante contra Israel. Los palestinos son los que sufren a diario. Nadie defiende su causa por encima de todo, a pesar de que ellos quieran sobre todo vivir en paz. Son el segundo plato. Si el primer ministro Salam Fayad consigue levantar un estado palestino, veremos qué pasa. Ya será algo. Quizá la “lucha” continúe, pero hay que probar toda opción. Israel parece dispuesto a hacerlo, aunque seguirá confiando en sus fuerzas, que pueden agotarse un día, más si su unión y compromiso se debilitan. Palestina, por su lado, por ahora ha confiado en Dios, cuya fuerza quizá nunca llegue. Mejor que confíe también en sus fuerzas, como procura hacer ahora, y se olvide de las pretensiones de los amigos árabes. Es imposible decidir quién tiene más razón sin entrar en juicios de valor. Si uno cree que Israel debe existir, es sencillo. Si lo contrario, también. El problema es el amplio margen intermedio, pero eso debe solucionarse en las negociaciones. Yo creo que hoy la desaparición de Israel sería terrible. También creo que el camino que ha tomado Cisjordania es bueno. Y, por último, que cualquier solución imprecisa, cualquier parche, cualquier periodo de calma que calme el ambiente y permita vivir a todos en paz unos años, ya es mucho.