jueves, 12 de noviembre de 2015

Hundimiento del buque La Mercedes

Historia: Hundimiento del buque La Mercedes: el gran atraco edulcorado por los ingleses. 

En un acto de alevosía sin precedentes en tiempos de paz, concluido el siglo XVIII, allá por el año 1804, una de las más rápidas fragatas de la flota española, La Mercedes, había salido del apostadero de Uruguay con una importante remesa de lingotes de oro, plata, cerca de 30.000 monedas, reales de a 8 en su mayoría, y una cantidad sensiblemente menor de escudos de oro, estibada convenientemente con todos los medios para una larga travesía y con la carga de lastre calculada al milímetro. Debía de llegar a Cádiz en un plazo no mayor de dos meses y en apariencia no había contratiempos que indicaran el trágico suceso al que la condujo el destino y la vergüenza y deshonor que cayeron sobre sus agresores. Nada permitía barruntar el ataque que hundió a la fragata cuando prácticamente embocaba puerto. Hacía casi tres años que británicos, franceses y españoles habían firmado el tratado de paz de Amiens y un ataque a traición no era contemplado.


Hace ya más de doscientos once años, cuando estaba a una jornada de navegación de Cádiz y a punto de entregar un valiosísimo cargamento proveniente del Virreinato de Perú, un artero ataque militar británico sin previo aviso desataría un incidente que tenía claros visos de inducir, provocar u obligar a declarar la guerra a los españoles en un momento en que la superioridad naval inglesa era incontestable. Una actuación muy típica de la doctrina militar británica, adicta al “...a mí que me registren“.
En la tramoya, los tres grandes imperios europeos se debatían el dominio del comercio a través de una guerra abierta en todos los frentes. El viaje postrero de la fragata Mercedes conjuga y conjura una dramática miscelánea de ángulos políticos, humanos (alrededor de trescientas personas volatilizadas literalmente tras la deflagración de la santabárbara), estratégicos (el trasunto del control del enorme volumen de comercio con la América de entonces) y, sobre todo, un acto de guerra incalificable en tiempo de paz. En la tramoya, los tres grandes imperios europeos debaten la hegemonía por el dominio del comercio a través de una guerra abierta en todos los frentes del globo. Una guerra mundial que nunca fue considerada como tal.
También es una historia muy didáctica sobre cómo los vencedores edulcoran sus crímenes y tropelías con trampantojos que se perpetúan como clichés a lo largo de la historia, convirtiéndose al cabo del tiempo en verdades incuestionables e incluso, en anatemas tras sofisticados maquillajes de refutable y endeble confección, pero muy del agrado de aquellos a quienes les cuesta aceptar que son pensados y mantienen la creencia del libre albedrío como si este fuera un concepto invulnerable y no enajenable. Esta forma de pensamiento ha sido a lo largo de la historia uno de los grandes cánceres mentales de la democracia inglesa, la arrogancia desmedida y el ocultamiento deliberado de las innumerables batallas perdidas ante el Imperio español, transformando incluso nuestros propios fracasos en victorias suyas.

Una trágica casualidad

Pero el caso que nos trae a colación es que el espionaje británico conocía elpacto secreto firmado por el valido Manuel Godoy y Napoleón, cuyo propósito no era otro que España ayudara a Francia en su guerra con el Reino Unido, para así deshacerse de los molestos inquilinos isleños que con sus veloces naves y preparadisimos marinos cortocircuitaban permanentemente el comercio mundial .
De las técnicas de vanguardia usadas para la construcción de barcos en la Habana (Cuba), donde fue botada el 15 de noviembre de 1788, había salido esta marinera y bella nave, fragata que sería el prototipo de diseño al que la Real Armada aspiraba como buque que oponer a las veloces fragatas inglesas.
Aquella brumosa mañana aguardaba a la flota que traía caudales de Perú una banda de salteadores con uniforme de la marina británica, o lo que es lo mismo, la marina británica haciendo lo de siempre. El presunto 'fair play' británico iba a saltar por los aires una vez más. Fue siempre un mito del que quizás solo el 'gentleman' que era Nelson se salvara.
Mientras la marinería inglesa estaba sometida a un férreo y constante entrenamiento, la Real Marina española estaba dotada de levas poco disciplinadas
Cuatro buques de la Armada inglesa dieron caza por barlovento a una relajada escuadra española que creía estar navegando en un interregno de paz. Era el 5 de octubre de 1804. Las intenciones de Graham Moore, comandante al frente de la flotilla inglesa, eran hacerse con las naves sin más preámbulos, y rapiñar y saquear a destajo sin presentación previa de credenciales. Las fragatas españolas, menos artilladas pero de igual porte, arrastraban la fatiga de la singladura oceánica. Pero lo que no estaba previsto fue la resistencia a cara de perro de la agotada tropa peninsular.
En la flota española venían insignes e ilustres marinos, tales como Diego de Alvear, muñidor de la comisión de demarcación de límites entre España y Portugal; Pedro Afán de Rivera, que naufragó y aferrado al bauprés de La Mercedes relataría más tarde desde su cautiverio londinense el trágico episodio; Bustamante, capitán de la malhadada nave, etc. Una pléyade de marinos de altísimo nivel que asistirían atónitos al mayor atraco de la historia moderna.
El zafarrancho se produciría al amanecer, cuando, entre el rocío y los arreones del oleaje, se forman esa rara mixtura que da un apresto especial al velamen, parecido al del almidón y, por ende, con más dificultad de la maniobra. Al toque de diana y sin tiempo para más órdenes, se enviaría aviso a todas las unidades a través de la señal 246, la instrucción de orden de combate.
El capitán Diego de Alvear asistiría a la desaparición casi íntegra de su familia desde la borda de la Medea
Siendo las fragatas los modelos de nave de combate en ambas flotas que mayor número de innovaciones incorporaban, y muy parejo el nivel de calidad y diseño en la construcción, el reto estaba en saber cuáles serían más eficaces en combate. Hay que destacar que mientras la marinería inglesa estaba sometida a un férreo y constante entrenamiento y su preparación como hombres de mar era impecable en el sentido más amplio de la palabra; las dotaciones de la Real Marina española contaban, por la precariedad económica, con levas poco disciplinadas. La paga era peor que mala e impuntual, cosa que no ocurría en la parte inglesa. Según relata Pedro Afán de Rivera, una gran parte de dicha marinería venía muy enferma, las raciones eran de miseria y la eficacia técnica en la maniobra de carga y el disparo sostenido dejaba bastante que desear. Muchos de los marinos de bajo rango vestían, sin andar con circunloquios, con harapos.
El tesoro de la fragata Mercedes tal como se expuso en Madrid. (Efe)El tesoro de la fragata Mercedes tal como se expuso en Madrid. (Efe)
Un ataque que avergonzó a la ciudadanía británica
Literalmente no hubo tiempo para formar correctamente, y a las dos horas aproximadamente de un combate cerrado e intenso de artillería, La Mercedes se volatilizaría hasta la desintegración, probablemente por el impacto directo de un obús en el pañol de municiones de la amura de babor bajo la línea del nivel de flotación. Una casualidad matemáticamente improbable pero que ocurrió así, tal cual.
El capitán Diego de Alvear asistiría a la desaparición casi íntegra de su familia desde la borda de la Medea con su pequeño hijo Carlos, cadete en ese momento. Siete de sus hijos y su compañera en este destino indescifrable rendirían trayecto hacia la eternidad.
La fragata se hundió con 275 almas y tan solo hubo 48 supervivientes. Fue un auténtico 'casus belli' que avergonzó incluso a la ciudadanía británica, dada la difusión en prensa que se le dio a aquel trágico episodio en toda Europa. El hundimiento de la Mercedes desencadenaría una sucesión de hechos que culminaría con la desastrosa batalla de Trafalgar y un siglo de derrotas españolas. Su pecio, encapsulado en el tiempo, y a más de mil metros de profundidad fue finalmente recuperado casi en su totalidad por una compañía norteamericana de dudosa fama especializada en rescates submarinos.
España entregaría el testigo del control del orbe en la trágica y memorable batalla de Trafalgar
El silencio que siguió a la deflagración es algo que destacan todas las crónicas de las partes en conflicto en sus informes. Tanto Graham Moore, el comodoro al mando de los salteadores, como el teniente de navío Pedro Afán de Rivera, hacen constar el pesar de lo ocurrido independientemente de la artera maniobra británica. El combate se paró automáticamente, dando prioridad a la recogida de los náufragos y atención de los heridos. Las naves españolas fueron llevadas a Plymouth y Londres donde se reciclarían ya fuera como barcos de formación de cadetes, ya como barcos hospital. Posteriormente varios barcos ingleses con pabellón parlamentario se acercarían a Laredo y La Coruña en el año de 1805, ya en plena guerra, para devolver a la oficialidad y marinería cautiva. En ese año, España entregaría el testigo del control del orbe en la trágica y memorable batalla de Trafalgar.
Siglos después, como sutil recordatorio, una carta asida a su pecho, como el corazón a la entraña, hizo que Pedro Afán de Rivera proporcionara un documento crucial con el que vengar aquel cruel azar del destino y desquitarse de aquel ataque traicionero. España usó aquella carta clave a la que se aferraba Pedro Afán de Rivera en su oceánica soledad en el litigio por la propiedad de los restos de La Mercedes que más tarde le conduciría a rescatar ante los tribunales de Estados Unidos el tesoro que el Odyssey recuperó del mar en 2007 y que la fragata española llevaba cuando fue hundida en 1804.
Afán de Rivera y su misiva secreta, un postrero servicio a la patria.

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