lunes, 13 de octubre de 2014

Carmen de Bizet

Tras haber asistido a la primera representación de la temporada del teatro de la Zarzuela y haber vuelto a ver la representación en la Dos este domingo, una representación con entrevistas a los directores artísticos, del teatro, y con visita a la exposición paralela del museo Thyssen, me atrevo a dar una opinión al respecto.


El por qué escenificar una Carmen en castellano en vez de en el francés original una vez superados los nacionalismos y romanticismos patrios de siglos pasados, es cuestionable, pero al fin y al cabo es una opción planteable para un teatro como el de la Zarzuela. Esta Carmen con traducción y versificación de Eduardo de Bray en 1890 y que insisto, mucho habría que discutir sobre si debería o no ser considerada como una zarzuela más; una vez que el público haya podido superar la falta de idiomatismo, de métrica y de sincretismo entre una música y una lengua, una sonoridad, una sintaxis, una forma de decir que fueron creadas la una para la otra, se encontrará con otro escollo: el nulo concepto escénico. El problema de la puesta en escena, del konzept de esta Carmen es, simplemente, que carece de él. Se quiere hacer ver a Carmen como una tragedia griega y para ello se aferra la directora de escena Ana Zamora a la nota que Merimée hiciera del misógino Páladas en su obra universal: “Toda mujer es hiel, pero tiene dos momentos buenos: uno en el tálamo, el otro al morir”. De aquí, se desprenden una serie de vídeos un tanto atroces con los que se pone imagen a los entreactos y la obertura, en los que en unas representaciones muy simples, Carmen nos va regalando nuestra libertad, todo ello mezclando citas en griego con otras de Pardo Bazán o de De Bray, en un sinsentido que desvirtúa y resta de contenido al drama de Carmen, del que cualquier público se verá, a la fuerza, distanciado.

En el escenario, una suerte de gradas con reminiscencias de teatro griego en el que se agrupaban unos pocos arcos de aspecto de piedra travertino que bien recordaban al coliseo romano, donde tal vez encaje mejor la tragedia tal y como sucedió, tal y como la Duquesa de Alba se la transmitió a Merimée y tal y como la ideó Bizet inspirándose en aquel. Errática la iluminación y un vestuario bastante pobre de Deborah Macías con toreros prácticamente iguales a los militares, en el que el mejor acierto fue el atisbo de la República en los vestidos de las cigarreras. Todo ello remachado con un telón que bien parece deberse al patrocinio que los bombones Ferrero hace de la exposición paralela que tiene lugar en el Museo Thyssen, Carmen en las colecciones españolas.

Las tres horas de música estuvieron plagadas de momentos escénicos que dejaron la sensación de estar presenciando ocasiones perdidas a través de un totum continetur que pretendía ser una evolución temporal en la que tan pronto estábamos en la República como en los años setenta. No hubo más que ver el muy mal planteado comienzo del segundo acto. Si no se es capaz de dar movimiento sobre el escenario a una música tan viva, tan sugestiva y dotar de unas mínimas líneas claras de lo que se pretende, entonces no se puede estar a la altura de la obra, haciendo prever el camino que se iba a continuar, terminando en un colofón pseudo-onírico con Carmen presentada como una deidad sociológica y muriendo de pie, atravesada por una luz blanca, rodeada por niños y con una corona de flores en la cabeza, en una escena de lo más naif en pleno verismo a la francesa, mientras la sociedad mira para otro lado. Menos mal que según Ana Zamora, Carmen es “el drama de los hombres que no saben como actuar frente a una mujer libre”. Bueno, pues ella tampoco.
 
La gran suerte que hemos tenido es que esta Carmen es cantada por una de las mejores defensoras e intérpretes de su historia, de su sensibilidad y su voz: María José Montiel. Cómo siempre no sólo dándole vida sino sumergiéndose en los porqués de Bizet y Merimée, y eso se nota, y se agradece.  La intervención de la mezzo soprano, al igual que la del resto del reparto, se vio algo lastrada por el castellano, que parecía obligar hacia la ralentización de los tiempos y algún cambio de paso al agudo para que todo chirriara menos al cantarlo en nuestro idioma. La Montiel hace y deshace a Carmen a placer, por algo es su papel fetiche.Quien no se encontró nada cómodo en la tesitura de Don José fue el tenor José Ferrero, de línea y emisión completamente perdidas, monótono hasta el desinterés, con apenas algunas frases bien colocadas y disfrutables. Sabina Puértolas dibujó una Micaela de lírica plena, que evoluciona y siente más allá del estático retrato que de ella hizo Bizet. Por su parte, la voz de Rubén Amoretti convenció con su rotundidad, oscuridad y robustez. Uno de los mejores momentos de la noche lo regaló el quinteto “Pues sabed que viene una partida” formado por la protagonista, la Frasquita de Isabel Rodríguez, la Mercedes de Marifé Nogales, El Donaire de Javier Galán y El Remendado de Mikeldi Atxalandabaso, todos ellos intachables. Bien también el Morales de Gerardo Bullón, con unas primeras frases algo frías y algo ingrato el timbre del Zúñiga de Francisco Tójar.

En el foso la joven directora china Yi-Chen Lin, quien sin lograr una gran lectura, ha sabido domeñar a los atriles de la ORCAM. No hay mucho lirismo ni muchas dinámicas en esta Carmen de, como decía, tiempos lentos y rotundidad en las cuerdas, que fueron lo mejor de la noche. Acertado una vez más el Coro del Teatro de la Zarzuela e impecables y muy bien dirigidos los Pequeños cantores de la JORCAM.



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