domingo, 12 de octubre de 2014

Romance del mus

ROMANCE DEL MUS

Escuchadme fijosdalgo,
escuchad lo que pasó,
entre un Conde castellano
y don Sancho de León.
El tal Conde era un gran Conde,
mas que Conde, era un condón;
de don Sancho, ¿qué deciros?,
un don Sancho del montón.

Los dos amaban a Aldonza,
doña Aldonza de Quirós.
Ambos se la disputaban
con denuedo, con pasión.
En vista de que con luchas
ninguno la consiguió,
acordaron resolvello
jugándosela los dos.

Escuchad lo que dijera
el don Sancho de León:
-“Si vos quisierais, buen Conde,
hoy la pelea acabó,
faríamos que la suerte
decidiera ya entre nos,
pues si vos os atrevieseis,
al mus la jugara yo
y bendijese San Pedro
a quien se la diese Dios.”-

Así respondióle el Conde,
bien oiréis lo que fabló:
-“Aunque el mus es villanía
y no es juego de honor,
ya que en él siempre se miente
igual que miente un felón;
y aun teniendo cuatro reyes,
con el mas tierno candor,
se callan todos a grande

para cazarte mejor;
y hacen ridículas muecas
sin el mínimo rubor,
acciones todas malvadas,
indignas de gran señor...,
¡Vive Dios!, Que no se diga
que ha de faltarme el valor.
Dejaos ya de monsergas
y presto, sin dilación,
barajad naipes, don Sancho,
que he de repartirlos yo.”-

Y sentándose a la mesa,
la partida comenzó.
Treinta fidalgos había
de la timba en derredor.
Los congojos en el cuello
y la su faz sin color;
amarillos los semblantes,
temblor morado en la voz,
pues nunca al mus se jugara
lo que en aquesta ocasión:
nada mas y nada menos
que a doña Aldonza Quirós,
cuando, lo mas, apostaban
un cafelito los dos.

Barajadas ya las cartas,
el Conde las repartió
mencionando al terminar,
como es de tradición,
que aquel que cortara el mus
era mano en la ocasión.
Don Sancho fabló primero
y, ladino, mus se dió;
el Conde miró sus cartas
y, sin dudar, lo cortó.

-“Soy mano y paso a la grande”-
-“A la grande envido yo”-,
(musitó con voz velada
el que naciera en León).
-“No puedo querer ni una”-
-“Pues me apunto el por que no”-
-“¿Qué hay de la chica, donSancho?”-
-“A esa también echo dos”-
-“Un envite es un querite
y le quiero, ¿porqué no?”-
-“Yo llevo pares”--“Y yo”-
-“También os envido dos”-
-“En fin, dos..., voy a quererlas.
Pasemos a otra cuestión”-

-“Yo tengo un fermoso juego”-
-“Y yo también, ¡vive Dios!”-
-“Entonces, van diez al juego.
¿Qué haceis, las quereis o no?”-
Al oir esto don Sancho,
dos amarracos tomó
y con voz clara y tonante,
de esta guisa le fabló:
-“Agora verá Castilla
de sus condes el valor.
Yo juego diez mas al juego,
aunque seais mano vos”-

El Conde quedóse blanco,
la su pupila tembló,
el corazón dióle un vuelco
y casi perdió la voz.
Él era mano, en efeto,
sus treinta y una miró
y pensando en doña Aldonza
órdago al juego le echó.
Un silencio espeso, tenso,
a la parroquia envolvió
y con voz atrompetada,
con nítida entonación:

-“¡No me echa atrás ni mi padre!”-
dijo Sancho, el de León.
-“Treinta y una llevo y quiero,
¡El juego lo gano yo!”-
-“¿Qué vos ganasteis el juego?,
Sancho, sois un tontorrón;
si vos llevais treinta y una,
treinta y una tengo yo,
¡pero gano por la mano!”-
el Conde le contestó.
Y levantándose, ufano,
las cuatro cartas tiró,
mientras muy fijo, a los ojos,
le mira Sancho, burlón.

(Bien oireis como, burlando,
del Conde así se burló):
-“Si sois mano o no sois mano,
se me importa a mi un coxón,
que aunque lleveis treinta y una
no cambia la situación,
pues la mía es la REAL.
Miralla bien, ¡vive Dios!,
los tres sietes y la sota,
¡fabeis perdido, señor!”-
Un taco gordo escuchóse
y una horrible imprecación,
seguida de otras lindezas
el Conde a Sancho espetó:

-“¡Felón, mal nacido, paria,
cerdo, tramposo, follón,
hijo de zorra sarnosa,
soplapitos, maricón!
¡Leonés de baja estofa,
fementido, bujarrón!
¿Cómo te atreves, cornudo,
a decir que pierdo yo?”-
Entonces, rojo de ira,
de un arcón la tapa abrió;
sin dudar un solo instante

una gran maza sacó
y esgrimiendo el artefato
golpeó con tal ardor,
que al atónito don Sancho
la cabeza le aplastó.

Los fijosdalgos presentes,
mudos, plenos de estupor,
sacudiéronse la sangre
que sus ropajes manchó.
El Conde, Fernán González,
a todos ellos miró
y recogiendo las cartas,
de este modo les fabló:
-“Ya vieron vuesas mercedes
lo que ligó el de León,
¡los tres sietes y la sota,
siendo, además, mano yo!.
En mi puñetera vida
me topé con un felón
como el que yace a mis plantas
con el suelo de almohadón;
y aunque hacer la Reconquista
tarde un siglo mas..., o dos,
León se quedó sin rey,
como sin abuelo yo.
A ver quien le echa bemoles
y en cualquiera otra ocasión
repite la faenita
que pretendió este mamón,
para lograr los favores
de doña Aldonza Quirós,
hija del Conde Rodrigo
y sobrina de Albornoz”-

Tras la dicha perorata,
el bigote se atusó,
compúsose la armadura,
el yelmo se ladeó
y montando su caballo,
sin decir siquiera adiós,
picó duro las espuelas
y hacia sus tierras partió.
Al tiempo que se alejaba,
una campana dobló;
y oíase, tras el viento,
esa fúnebre canción,
que en las fiestas veraniegas
hubo de moda en León:
“Bien muriéredeis, don Sancho,
bien pagasteis vuestro error,
que en las tierras castellanas,
do se juega al mus mejor,
para sacar la REAL
hace falta hablar con Dios;
y el que la liga se expone,
como os expusisteis vos,
a que le partan el cráneo
de mazazo superior,
por chulo, por engreído,
por bellaco y por ligón.”

Y es de todos conocido
y desde entonces sabido,
que, en vista de lo ocurrido,
para evitar nuevo mal,
en Castilla se ha prohibido
LA TREINTA Y UNA... REAL.


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