jueves, 30 de octubre de 2014

Osuna el Grande

Cuando escribí y publiqué mi primer libro Retratos, me impresionó la extraordinaria figura de Pedro Téllez-Girón, III duque de Osuna, Virrey de Sicilia y de Nápoles, apodado por Quevedo Osuna el Grande.  


Según el juicio histórico tradicional, don Felipe III fue una persona indolente que, durante su reinado (1598-1621), entregó todo el poder a un valido corrupto, el duque de Lerma, con el que se inició una larga decadencia de la hegemonía española en Europa a comienzos del siglo XVII. Felipe III fue juzgado mucho más severamente que su hijo, Felipe IV, y el valido de este, conde y duque de Olivares, más favorablemente que el duque de Lerma, algo que resulta sorprendente si se comparan los resultados de sus respectivos gobiernos. Sin embargo, la interpretación tradicional está siendo revisada y hoy se conoce cada vez mejor la historia de la monarquía española en los dos primeros decenios del siglo XVII, que alcanzó, seguramente, el cenit de su poder. En mi biografía simpatizo con esta corriente revisionista, centrándome en la extraordinaria figura de don Pedro Téllez-Girón y Velasco, III duque de Osuna, VII conde de Ureña, II marqués de Peñafiel, héroe de la guerra de Flandes, virrey de Sicilia y de Nápoles, inspirador, real o supuesto, de un episodio nunca completamente aclarado, la conjura de los españoles contra Venecia, y armador de la mayor flota corsaria que existió en su época en el mar Mediterráneo. El “Grande Osuna”, como le llamó, en un famoso soneto, su amigo y agente, Francisco de Quevedo, fue un personaje legendario aún en vida y con el tiempo, pasó a ser uno de los más destacados réprobos de la Leyenda Negra. Su historia, sin las fantasías y las caricaturas que la han venido ocultando, ayuda a entender mejor los sucesos del reinado de Felipe III, el gobierno de Lerma y el papel de la monarquía española en Europa a comienzos del seiscientos. Este es uno de los sonetos que le dedicó Quevedo, considerado como su mejor epitafio:


Faltar pudo su patria al grande Osuna,
Pero no a su defensa sus hazañas; 
Dieron le muerte y cárcel las Españas, 
De quien él hizo esclava la Fortuna.

    Lloraron sus envidias una a una
Con las propias naciones las extrañas; 
Su tumba son de Flandes las campañas, 
Y su epitafio la sangrienta luna.

    En sus exequias encendió el Vesubio
Parténope, y Trinacria al Mongibelo; 
El llanto militar creció en diluvio.

    Dio le el mejor lugar Marte en su cielo; 
La Mosa, el Rhin, el Tajo y el Danubio

Murmuran con dolor su desconsuelo .

Estos dos ensayos, que os señalo a continuación, me sirvieron como una rigurosa base documental, pese a consultar a más de trescientas referencias, algunas pertenecientes a mi suegra, su descendiente y XIX duquesa de Osuna, para completar y contrastar mi investigación.









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