miércoles, 16 de abril de 2014

¿El nacionalismo es una enfermedad?

Recuerdo aquella anécdota en que dos amiguetes (más que conocidos y menos que amigos), defendían las excelencias de sus tierras. “¿Pero qué tenéis en Soria?, acuciaba el de Gijón, a lo que el de Soria, rebuscando excelencias en sus meninges, contestaba: “Cuando hace calor, te tomas unas uvicas fresquicas…..”.

Pues bien, el nacionalismo es esta exacerbación, cazurra y aldeana, del terruño, que ofusca, además, las entendederas, con el dulzón señuelo de estar, ya, en la tierra prometida sin el esfuerzo de buscarla y conquistarla.  Europa es un continente mil veces cosido y descosido por guerras, herencias y chanchullos de nuestra feroz raza blanca y no hay un solo metro cuadrado que no pueda exhibir alguna peculiaridad, que en manos de políticos mesiánicos, pueda convertirse en fuente de perturbaciones reivindicativas y violencia. Tenemos ejemplos mil y si el ser humano tuviera memoria histórica, habría llegado, hace tiempo, a la conclusión de que el nacionalismo es un mal grave que hay que erradicar. Alguna vez he escrito que el nacionalismo es una droga dura por suirresistible dependencia, pero, también, puede compararse a una enfermedad del cuerpo social, por la facilidad con que se expande.

La humanidad se ha enfrentado a muchas enfermedades epidémicas y sabe que es imposible convivir con ellas, ha de eliminarlas si no quiere ser su victima, pero estas democracias que nos gobiernan, quizá por la ley delpéndulo, han pasado de la granítica intolerancia al lírico panfilismo ydefienden la máxima libertad de expresión hasta el limite de la violencia.Esto está muy guay, pero nuestra historia nos muestra que cuando el nacionalismo llega a la violencia no tiene solución.

El fin, una vez mas, justifica los medios  y el nacionalismo se vale de todas las artimañas, engaños, ilegalidades y traiciones a su alcance y utilizatécnicas, ya muy conocidas, de lavado de cerebros mediante la educación, el control de los medios existentes y la creación de otros propiosdescaradamente sectarios. Y todo ello con una tenacidad y perseverancia dignas de mejor causa.

Y es aquí donde nuestras democracias deben aplicar las técnicas con que se tratan las enfermedades epidémicas: aislando el brote, estudiando e impidiendo las formas de transmisión hasta que la enfermedad deje de propagarse y se extinga, aplicando los posibles medios paliativos, ejerciendo, sin complejos, la autoridad para evitar su agravamiento, atajando y contrarrestando su discurso y aplicando, incansablemente, el imperio de la ley a los que tratan de imponer su caprichosa voluntad. España lleva largo tiempo padeciendo esta enfermedad y debiera ser un pueblo con gran experiencia en su diagnostico, comprensión ytratamiento, pero, desgraciadamente, nuestro adanismo crónico hace quecada generación llegue con sus propias soluciones, sin aprender de las anteriores y así no se logra establecer una estrategia duradera que solucione el problema definitivamente. 

La ciega lucha por el poder y una equivocada ley electoral, que no se tiene el coraje de cambiar, hacen que los partidos nacionales busquen el apoyo de los nacionalistas, aun a costa de engordar, con sus concesiones y permisividad, el tumor que nos está matando. El entupido complejo, que los nacionalistas han creado y fomentado de mano maestra, entre los políticos y creadores de opinión mas badulaques de lo que ya hemos llegado a admitir como el RESTO DE ESPAÑA, que hace que muchos estén dispuestos a arrimarse, infantilmente, a posiciones independentistas y a reconocer no se que peculiaridades, privilegios y hasta derechos de los que se denominan a si mismos, pueblos históricos, como si EL RESTO DE ESPAÑA, (Castilla, coño), no fuera, quizá, la región europea que mayores hazañas ha realizado a lo largo de la historia, acompañada por las otras como comparsas mas o menos reticentesLa superferolítica posesión de un idioma regional propio, que exhiben como pluscuamperfecta base para tener barra libre a sus deseos y pretensiones, como si en EL RESTO DE ESPAÑA, (Castilla, coño), tuviéramos que expresarnos en esperanto ante la ausencia de lenguaje propio. ¿Habrá que recordarles que EL CASTELLANO es el segundo idioma de intercambio del mundo, en velocísima expansión y que seria muy difícil imaginar su propia supervivencia si, ellos mismos, dejasen, por ofuscación, de utilizarlo?.


Amigos, defendámonos y acabemos con esta enfermedad porque si no ella acabará con nosotros.


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