domingo, 16 de febrero de 2014

Sectarismo



Cuando somos viejos parece inevitable el ejercicio de hurgar en nuestro pasado y reconocer los hitos que delimitaron y definieron nuestra vida, como hacen los arqueólogos, en la excavación de una ciudad, al ir descubriendo sus murallas y edificios principales.

Yo tenia un primo que cuando éramos niños y estábamos sumergidos  en la afición al futbol se creía obligado a defender que la Roma era el mejor equipo de Italia, puesto que era el suyo. Reconocer que no era así, le parecía una deslealtad. Nuestras discusiones sobre esto eran tan frecuentes como inútiles pues no había forma de que aceptara que, aunque la Roma era nuestro equipo mas querido, no era el mejor.  Aquella actitud, aparentemente banal, me dejó una profunda huella y ahora veo que ha sido uno de esos hitos que, a lo largo de mi vida o bien la han configurado en diversos aspectos o han significado un cambio importante en ella. A veces radical.

Asumir la disciplina de pensar con el propio cerebro y aceptar las conclusiones que de la contemplación objetiva de cualquier acontecimiento se desprendan, sean agradables o dolorosas y estén en contra o a favor de las ideas anteriormente consolidadas, no es proceder habitual de una gran parte de la humanidad que tiende a aliviarse de este continuo e incomodo revisionismo.

El ejercicio de cuestionar, continuamente, las posiciones ideológicas adquiridas es demasiado incomodo y se tiende, por el contrario, a defenderlas con  vehemencia directamente proporcional a la pereza a revisarlas. Se suma a esto que la actitud de ser objetivo en la apreciación de la realidad, conduce a la independencia y esta a la soledad, de la que el ser humano huye con espanto.

Lo habitual, una vez asumidas unas ideas o convicciones y encuadrados en grupos de opinión, es aceptar, sin analizar, todas aquellas que consoliden las que ya se tienen y rechazar, también automáticamente, las contrarias y de la misma manera a seguir las dictadas por personas a las que se ha elegido como líderes y las de los componentes de los grupos, en los que voluntariamente se hayan afincados.

Pero ha sido sorprendentemente, para mi, comprobar que esta increíble actitud o enfermedad, que ya aparece en la niñez, como en el caso de mi primo, no se cura con el tiempo y está muy propagada entre los seres humanos que tienden a regirse mas por sentimientos que por conclusiones razonadas y a seguir ideas o conductas elaboradas por otros a los que se prestan, gustosos, a seguir sin critica. Es el sectarismo.

Como ejemplo de sectarismo, que se manifiesta sin veladuras ni adornos de racionalidad, tenemos lo de mi primo, el fútbol. Un espectador objetivo puede tener la sensación de haber visto un tercer partido diferente al de los vistos por dos partidarios, uno de cada equipo. Otro campo es el religioso en el que, independientemente de las creencias profundas de cada uno, es, muchas veces, difícil aceptar las piedras de molino intelectuales que la Iglesia ha impartido, entre sus fieles, a lo largo de la historia. Y por fin el político, donde el sectarismo de dirigentes y seguidores se muestra con más virulencia y en el que produce más perturbaciones en la buena marcha de nuestro bienestar terrenal.
La interpretación y solución de los problemas de los ciudadanos requiere de políticos dedicados a ello que por la sinceridad en la defensa de las ideas que exponen van desde la inhumana inmolación a la cínica “búsqueda de espacio político”.

​Si tienen éxito, formaran grupos en los que brotará la flor carnívora del sectarismo que hace habitual aceptar sin critica las ideas o actitudes de los líderes e integrantes de nuestros grupos elegidos y denigrar la de los contrarios sin importar que, a veces, sean muy difíciles de defender. Recordad aquel dicho que esculpe en piedra esta actitud “Es verdad que fulanito es un hijo de puta pero es nuestro hijo de puta”.

​Esta enfermedad o malformación del ser humano es la que hace que en un momento histórico en que se apela abrumadoramente al dialogo y a “poner propuestas encima de la mesa” como forma de allanar diferencias con vistas a resolver problemas, se vaya de fracaso en fracaso al diálogo de sordos y al tirarse la mesa a la cabeza y se acaba en el triste empeño de tratar de imponer las propias ideas al contrario cuando no en el cainita deseo de ofrecer un ojo propio si al contrario le sacan dos.

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