viernes, 3 de enero de 2014

La revolución del capitalismo decente


Empiezo el año con un ligero lío mental, repitiéndome mi vieja cantinela de que el capitalismo es bueno. Continúo con lo que digo siempre: que no existe el capitalismo salvaje. Existen salvajes que hacen de capitalistas.

Me encuentro con un libro fácil de leer, Dentro de Coca-Cola, de Neville Isdell, que fue presidente y consejero delegado de esa empresa durante cinco años. Lo hojeo, empezando por el final, que es lo que hago siempre, excepto con las novelas de intriga, porque ahí suele salir el nombre del asesino y, si me entero de quién es antes de tiempo, se acabó la emoción.

En esas últimas páginas, ese señor dice que “si el capitalismo falla, será porque nosotros, los capitalistas, hemos defraudado a la gente”. Me gusta, porque pienso que es una manera educada de decir lo del salvajismo.

Agarro La alegría del Evangelio, la exhortación que ha sacado el Papa Francisco a finales de noviembre, y me quedo en el índice, aunque para que no digáis que soy un frívolo, ya me la he leído casi del todo. Me faltan 20 páginas. En el índice pone cuatro cosas:

No a una economía de exclusión.
No a la nueva idolatría del dinero.
No a un dinero que gobierna en lugar de servir.
No a la inequidad que genera violencia.

Como yo procuro siempre llevar el agua a mi molino, pienso que el Papa, en muchas páginas y con mucha profundidad, también habla del salvajismo.

O sea, digo yo: estamos en un momento en el que muchos salvajes se han hecho dueños del universo. Salvajes que tienen nombre y apellidos, porque leemos a diario sus fechorías en los periódicos. Cuando veo que una serie de bancos están implicados en la manipulación del Euribor, no me da la gana decir que los culpables son esos bancos y que de ahí se deduce que los bancos son malos.

No. Son algunos –muchos, no todos– empleados de esos bancos. Y cuanto más alta su posición en la jerarquía del banco, más bestias.

Por tanto, como sigo creyendo que el capitalismo es bueno, pido una revolución de los capitalistas decentes, porque hay tanto salvaje que la gente sin formación, como yo, hace la siguiente ecuación: capitalista = ser monstruoso y repugnante que va a por la yugular de la gente.

Suelo decir que la defensa contra esta gentuza consiste en no comprar nada de lo que venden, si no se entiende perfectamente. Pero eso era hasta ahora. Con el cambio de año, me he vuelto más retorcido. Porque si estos bichos manejan el Euribor, la subida de ese índice no es porque unos no se fíen de otros, como yo decía, sino porque todos se fían de todos y lo arreglan de modo que mi recibo de la hipoteca suba y así ellos se forran.

Y yo, con poca formación económica, veo un banquero por la calle e, inmediatamente, mi primera reacción es cambiar de acera, porque pienso que podría ser un sinvergüenza. Aunque, en ese caso concreto, no lo sea, y tenga que volver a cambiarme de acera para, por lo menos, sonreírle y decirle adiós. Además, alguno es amigo mío... 

Pero no solamente hablo de los banqueros. Me paso el año venga a decir que si cada una de los tres millones de pymes que hay en España crease un puesto de trabajo, tres millones de parados menos. Pero luego me entero de que una empresa que va bien se reorganiza, y mil personas a la calle. Y se me caen los palos del sombrajo, porque tengo que decir a mil pymes que, para compensar, necesito que creen otro puesto de trabajo más.

Si me voy a nivel mundial y veo que una empresa ha decidido despedir a 34.000 personas, me desmoralizo. No voy a tener pymes suficientes para equilibrar la balanza.

Yo tuve una empresa de construcción en la que, en momentos de euforia, contraté a unas cuantas personas. Pocas. Al cabo de un tiempo vi que me había equivocado. Que realmente  aquellas personas no hacían falta. Y las despedí, una por una. Procuré hacerlo con firmeza amable. Les pagué lo que había que pagarles, sin regatear un céntimo. Gracias a Dios, hoy todas son muy amigas mías y algunas de ellas son hoy dueñas de la empresa.

Y pienso: aquellas personas trabajaron una temporada porque me equivoqué y las contraté, llevado por mis sueños de grandeza. Seguramente puedo decir que, gracias a esos sueños, tuvieron un sueldo durante unos años. Luego volví a la realidad. Como era el dueño del negocio, nadie me pidió cuentas del dinero que gasté en las indemnizaciones. Pero si hubiera habido accionistas, alguien podría haber dicho: “Oiga, don Carlo, ¿por qué se le fue la olla? ¿Por qué, con sus bobadas, nos ha costado ese dinero?”. Yo me habría defendido diciendo cosas sobre el entorno, la crisis, la generación de cash flow y otras varias…y me habría tenido que buscar otro empleo, porque me habrían echado.

Salvajes que hacen de capitalistas. Muchos. Pero, como soy de Roma, no retrocedo, o sea, sigo sin admitir que el capitalismo es malo. Lo que sí admito es que se han colado muchos que han aprendido muchos trucos y se han dedicado a hacer daño.

Cuando estaba en la facultad, siempre repetía que la empresa tiene que ganar dinero. Y que eso es la eficacia. Pero que si pensamos que lo único que tiene que hacer es ser eficaz, tenemos un modelo perfecto: la mafia. Porque a eficaces no les gana nadie. Sin embargo, como ya se ve que no podemos seguir ese modelo, yo, en Arquitectura, decía que faltaba algo. Y hablaba de la justicia, de la ética... de la decencia, en una palabra. Pero no es que haya que ser eficaz y decente: hay que ser decente y, si lo eres, tu eficacia vendrá empapada de decencia y tus relaciones con tus empleados también, y no los verás como números, sino como personas. Dirigir así es mucho más sofisticado que al estilo de la mafia.

A mí me gustaría que, cuando me muera, la gente pensara de mí que había intentado ser decente.

Y es lo que le deseo a esa cuadrilla de bandoleros que funciona por ahí, en España y en el extranjero, porque las ciencias avanzan mucho, pero, por ahora, se han muerto todos los que han nacido y, no sé por qué, pienso que ellos también se morirán y sería muy triste que, en su tumba, pusieran una lápida: “Fulano de tal, eficaz”. Y debajo, R.I.P., traducido no como requiescat in pace (descanse en paz), sino como requiescamus in pace, descansamos en paz los demás, gracias a que este tío se ha ido al otro barrio.

Voy en coche y pongo un CD que me han dejado. Es de un concierto de Joan Manuel Serrat. Escucho “Seria fantàstic”. La canción es en catalán. Me quedo enganchado en una frase: “Seria fantàstic que tots fóssim fills de Déu”.

Lo malo es que ya lo somos y algunos no se han enterado.

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