lunes, 9 de septiembre de 2013

Madrid 2020 y la devaluación de España

El fracaso de Madrid 2020 en Buenos Aires no ha sido consecuencia de un error de cálculo, sino de diagnóstico técnico y político. En el que, de una forma o de otra, han incurrido -hemos incurrido- muchos de los que pusimos expectativas e ilusión en la candidatura olímpica.

 Los yerros técnicos parecen ahora evidentes:

 1) El COI evaluó Madrid el pasado junio muy positivamente, por encima de Tokio y de Estambul.

 2) El COE y las autoridades deportivas y políticas extremaron la verosimilitud de que Madrid resultase vencedora, hasta el punto de que el presidente del Gobierno publicó el mismo sábado un artículo en la tercera página de ABC titulado "Madrid 2020, un proyecto nacional", dando la sensación de que casi se descontaba la designación madrileña por el COI.

 3) Un periódico -el diario El Mundo- abrió edición el martes pasado anunciando que Madrid tenía ya 50 de los 98 votos del COI, lo que fue desmentido por la agencia alemana DPA; y, por otra parte, se creó una burbuja informativa de enormes proporciones en la que han participado desde RTVE hasta la última cadena de radio, de televisión o periódico local, suponiendo que a la tercera iba la vencida, todo ello a favor de corriente porque las encuestas daban un apoyo popular a la candidatura de más del 90%.

 4) Por último, se confiaba ciegamente en que el planteamiento de Madrid era el adecuado: Juegos austeros, infraestructuras ejecutadas en un 80%, financiación asegurada, seguridad pública; en definitiva, el COE propugnaba un “nuevo modelo” para las Olimpiadas.

Todos estos datos -y algunos otros- crearon un espejismo. Porque la realidad es que el COI -más allá de desahogos como esos de suponer que ha habido 'tongo' o que los miembros del Comité son unos 'facinerosos'- actúa con criterios opacos pero claramente influido por los intereses económicos y por los políticos. El COI es una organización plutocrática que forma parte de las entidades planetarias que dan y quitan en función de variables que superan los criterios domésticos, honrados y aseadamente presentados por la delegación española en Buenos Aires. Ni siquiera le resulta relevante que España haya aportado en estos años éxitos sin precedentes en disciplinas deportivas como el tenis, el fútbol o el baloncesto, entre otras de amplísima repercusión.

Precisamente, en la adolescencia política internacional española y en la ausencia de auto análisis sobre la imagen y percepción exterior de España, se encuentran las causas del error en el diagnóstico político. El propio presidente del Gobierno puso de manifiesto en su discurso ante el COI que España está en un proceso de devaluación brutal al describir mejoras económicas que son el resultado de un ajuste fortísimo. Como recuerda con frecuencia acertada Carlos Sánchez en este diario, España saldrá de la crisis -a falta de devaluación monetaria- mediante un ajuste de rentas salariales y de capital que nos retrotraen al inicio del siglo. Y proponerle esta receta al COI para los Juegos no ha sido un acierto.

Porque, además, a la devaluación económica se añade la institucional y política que arranca de la gestión de José Luis Rodríguez Zapatero y que Rajoy no ha enmendado. El sistema constitucional español está en crisis paralela a la económica, desde su modelo de partidos y territorial hasta la jefatura del Estado, a lo que se añade la corrupción (según el informe de Transparencia Internacional 2013 del mes de julio, en España ha aumentado la percepción de corrupción política de manera considerable). A mayor abultamiento, la falta de modelo de política exterior -que siempre es una red de intereses recíprocos- también nos ha devaluado.

 Con el bloque latinoamericano tenemos problemas serios en varios países (Ecuador, Argentina, Venezuela, Bolivia); con la Unión Europea no se ha trabajado la candidatura de Madrid, de modo que difícilmente los países de su núcleo duro consideraron “conveniente” que, con un rescate financiero a cuestas, nos adentrásemos en la aventura olímpica; con la región árabe hemos resignado cualquier protagonismo y en los países anglosajones (desde EEUU al Reino Unido) hemos aparecido como un país en el que los sin techo escarban en los contenedores de basura.

Hace ahora un año, el New York Times publicó un demoledor reportaje sobre "La austeridad y el hambre en España" con fotografías de Samuel Aranda verdaderamente impactantes. La visita del Rey y su reunión con la dirección del periódico no mejoró las cosas (las empeoró, porque el diario especuló con la fortuna del monarca).

La troika -y si la troika lo sabe lo sabe también el COI- ha calculado que España tendrá en 2018 un paro por encima del 22%, y un déficit por encima del 5% y, conoce también que la estabilidad actual que ofrece la mayoría absoluta del PP se trocará en una italianización de nuestro sistema. Las encuestas que ayer publicaron tanto La Vanguardia (33 diputados menos el PP, 12 menos el PSOE, 26 más IU y 20 más UPyD) y El País (virtual empate al 30% en intención de voto entre los dos grandes partidos y un desplome del bipartidismo del 14% en beneficio de IU y UPyD) avanzan ese complicadísimo escenario político-parlamentario en el que se descuenta que Mariano Rajoy emprenderá las reformas que se le indiquen de orden económico, pero no las políticas e institucionales porque carece de entidad para abordarlas por más que los sondeos le reclamen que lo haga tanto en su partido como en el entramado público.

Necesitábamos las Olimpiadas; el proyecto era correcto y razonable. Pero fallaba su soporte -la red de intereses y de políticas de alianzas- y su gran circunstancia histórica que en el momento presente es la devaluación de España en lo económico y en lo político. Crisis, corrupción y fragilidad jurídico-constitucional es el segundo diagnóstico que creímos no iba a pesar lo que ha pesado.

Por eso, el fracaso del sábado tendrá consecuencias. En el PP, desde luego; en el presidente y su Gobierno, sin duda; en el devenir anímico de los españoles, con seguridad. Pero acaso haya servido para algo: demostrarnos que es precisa una convulsión que filtre un sistema anquilosado y de un discurso, en casi todos los ámbitos, ramplón y miedoso. Del fracaso se aprende mucho más que del éxito y hacerlo depende de la inteligencia colectiva. Y de esa dirigencia española de la que Otto von Bismarck dijo lo siguiente: “Lo increíble de España es que, con una clase política tan inepta, todavía exista el país”.


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