lunes, 3 de junio de 2013

Vampiro

Me acostumbré a soñar con lugares remotos en horas interminables, perfumes mortuorios introduciéndose en lo más profundo de mis memorias, letargos tan reales, que a veces se mezclaban con la realidad provocándome una confusión sobre el estado de mi existencia. Los días se tornaban abulia, una pereza total se apoderaba de mis actos, no poseía motivación alguna para aferrarme a la existencia, el único lugar donde mi alma podía recobrar su disminuida energía se encontraba bajo las alas del sueño. En ese sitio donde las fantasías renacen dentro de lo más íntimo de nuestras perversiones, pude al fin recuperar mi motivación, y a su vez, un delicado estímulo; me llevó a los rincones ocultos de la historia del planeta, un tiempo que no puede ser ubicado bajo ninguna condición dentro de los límites de la línea cronológica, a este tiempo onírico y hermoso le he dado el nombre de los siglos oscuros. He aquí una de mis experiencias dentro de esta imitación de paraíso .

Caminaba por un oscuro callejón bajo la inquisidora mirada de la luna. La niebla era cada vez más densa y espesa, apenas se podían divisar algunas negras siluetas de transeúntes que daban un paseo por los rincones más desconocidos de la ciudad de Bucarest. Encendí un cigarrillo mientras disfrutaba de lo solitario del ambiente, reinaba el silencio con solemnidad, de pronto un grito agudo y penetrante, semejante al chillido agónico de un cerdo al ser sacrificado, quebró la quietud de las tinieblas.

Intenté seguir el origen del grito, parecía provenir de un callejón muy próximo a donde me encontraba, mi respiración comenzó a agitarse, poco a poco mis oídos percibían otro sonido, muy distinto al anterior, pero no menos inquietante. Parecía el llanto de una niña pequeña, demasiado aterrorizada...

El ruido se escuchaba cada vez más nítido, lo que indicaba que me estaba acercando a mi destino. Entre la espesa niebla pude divisar una hermosa niña aferrándose al cuerpo de un hombre que yacía en el pavimento, lloraba desconsoladamente, con la respiración ahogada por la angustia y el miedo. Me acerqué a ella, con mucho cuidado para no asustarla, toqué el cuerpo del hombre: Estaba frío. Sus ojos completamente abiertos habían congelado su última mirada, el hombre sufrió una muerte violenta y la pobre niña lo contempló todo con sus inocentes ojos. Decidí llevar a la niña a mi hogar, en ese momento no me importó el cadáver del hombre, lo primero era la tranquilidad de la niña.

Gradualmente, la pequeña pareció recobrar la serenidad. La recosté con mucho cuidado en mi dormitorio, esa noche yo dormiría en el sofá; y al amanecer informaría a la policía sobre mi hallazgo.

Cuando por fin pude conciliar el sueño, extrañas imágenes comenzaron a atormentarme. El hombre que yacía en el pavimento se arrastraba ante mí implorante:

—Dame Paz —decía, yo no podía entender nada.

Al amanecer desperté sobresaltado por una risa infantil, busqué a la pequeña por todas partes, pero había desaparecido. Pero, eso no era lo peor: Dos gigantescos charcos de sangre manchaban mis sábanas. ¿Alguien había entrado?... Eso era Imposible. El sistema de seguridad de mi hogar se habría activado, nadie podía haber ingresado en la noche. Entonces la pregunta surgió en mi cerebro: ¿De dónde provenía toda esa sangre?... ¿Podría yo ser capaz de haber asesinado a una niña inocente y haberla ocultado en un rincón de mi hogar? Aunque esto sonaba macabro, era una alternativa posible. Así es que recorrí todos los rincones de mi hogar buscando el cuerpo de la niña, pero todo fue en vano... Estaba comenzando a enloquecer, debía hacer algo rápido, pero no se me ocurrió otra idea que inyectarme una buena dosis de codeína, y emborracharme con una botella de Ron. Solo así pude olvidar mi pesar por algún tiempo, en el deplorable estado en que me encontraba, creía oír a veces la risa de la niña como si ella jugueteara por mi hogar.

Repentinamente el sueño volvió a apoderarse de mí: Me encontré en otro tiempo, en un lugar semejante a palestina. Un hombre crucificado, se levantaba de su sepulcro, de sus heridas manaba abundante sangre que caía a chorros al suelo. La niña aparecía entonces y se arrodillaba frente al hombre y comenzaba a lamer sus heridas.

Cuando desperté algo dentro de mí había cambiado. Mi mente parecía haber sufrido un trastorno particularmente bizarro, mis sentidos se alteraron de un modo extraño, cada uno de estos se había agudizado. Podía percibir cosas que ningún ser humano lograría sentir. Escuchaba el sonido del aire, el particular ruido que emiten las hormigas cuando devoran a su presa, podía ver a través de gruesas superficies, observaba con nitidez las partículas que conforman el aire, en fin; poseía una amplia superioridad sobre cualquier ser medianamente pensante en la faz del planeta, pero esto no era todo.

Fue una noche de julio cuando logré comprender la causa que había provocado estos trastornos en mí, puedo asegurar que no estaba dormido, de hecho caminaba por las callejuelas de Bucarest, en medio de la oscuridad. Ahora disfrutaba enormemente la noche, pues en el día me sentía enfermo y fatigado a pesar de que me alimentaba con gran avidez.

Me asombré enormemente al contemplar al hombre que yo creía muerto, arrastrándose con la mitad de su cuerpo por las calles de la ciudad, se acercaba gimiendo hacia mí, con una voz que trataba de parecer humana, pero más bien se asemejaba al aullido de un animal salvaje. Cuando estuvo frente a mí abrió completamente su boca desdentada y vomitó un liquido que parecía sangre, pero era considerablemente más viscoso y repulsivo. Entre todo ese horror orgánico el hombre me advirtió:

—Ella vendrá por usted.

 Después de esto el hombre desapareció, sin dejar rastro...

Corrí por la ciudad asustado, sentía que una fuerza maligna me perseguía... Yo corría sin saber hacia dónde, hasta que algo invisible golpeó mi nuca y me derribó dejándome inconsciente.

Ella me miró a los ojos y con su voz dulce y melodiosa como un coro de serafines, dijo: —Toma mi mano y sígueme.

 Cómo si todo el mundo cambiara en un pestañeo, me encontré en un lugar desconocido, todo parecía mutilado; el cielo horriblemente negro, no poseía estrellas; la flora y fauna eran extrañas a todo lo que había visto en el mundo, seres alados surcaban los cielos con infinita gracia.

Ella me miraba y sonreía con una dulzura confusa, algo perversa. Es difícil para mí describir lo prodigioso de la desértica naturaleza que ahora mis ojos contemplaban, tiempo después supe el nombre de aquél país: Olvido.

A medida que mi compañera y yo avanzábamos por ese terreno yermo y muerto, vi un lugar muy extraño, pero bastante familiar.

Era mi tierra natal. Un lugar de Transilvania al que sus habitantes llamaban Pueblo de vampiros. Allí monstruosas cadenas de montañas estaban perforadas por un gran número de cavernas, que según la leyenda, servían de moradas a mendigos que no pertenecían al mundo de los hombres, no tardé demasiado en comprender que las historias que contaban los viejos en el pueblo eran algo más que simples leyendas.

La niña me llevó dentro de una de las innumerables cavernas, me contó una historia, un relato que para siempre cambiaría mi percepción del universo. Me contó acerca de un hombre que venía desde las estrellas, un ser excepcional maldecido por su Dios, y condenado a morir en manos de su propio pueblo. Un ser que gobernaba en un lugar más allá de la noche, alguien que al morir en la cruz había murmurado una extraña sentencia:—El que beba de mi sangre y coma de mi carne, tendrá vida eterna.

 En la época medieval sanguinarios hombres usando el estandarte de la cruz, buscaron el recipiente que contenía la sangre del ángel descendente. Los hombres buscaron en lugares equivocados.

Yo había sido elegido entre millones de seres para absorber aquél precioso líquido. En una caverna, yo estaba rodeado por seres que parecían eternos, aquella niña me dio a beber de aquel recipiente de oro.

La preciosa droga me sumió en un estado de excitación profunda, demasiado profundo como para no percatarme de que había sido iniciado en una nueva forma de existencia, privado de absurdos sentimientos como amor, piedad y compasión. Me transformaba poco a poco en un ser superior. La niña reía con una carcajada maldita. Su rostro antes hermoso y angelical se contraía en una expresión demoniaca, llevaba un bebé en sus brazos, un bebé que lentamente calmaría su sed, esa sed maldita y criminal a la cual mi estúpida curiosidad me había llevado.

Ahora estoy aquí, en la profundidad de una caverna, oculto de los seres que más amo, pedazos de cadáveres decoran mi morada, la niña maldita yace a mi lado, todas las noches ella me trae una víctima para saciar mi sed, mis ojos jamás podrán contemplar un nuevo amanecer. La noche y la diabólica niña serán mis únicas compañeras por el resto de la eternidad.


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