sábado, 23 de marzo de 2013

San Francisco de Borja


“Este es el capítulo X del libro, “Retratos”, páginas 127 a 168. Se extrae este capítulo con motivo del quinto centenario del nacimiento de San Francisco de Borja, Patrono de la Nobleza Española. El autor es don Carlo E. Ruspoli, duque de Plasencia y Morignano, yerno de doña Ángela Mª Téllez-Girón, actual XVIII duquesa de Gandía.”





SAN FRANCISCO DE BORJA (1510-1572)

1.     Los Borja.

[1]Hablar del linaje Borja es hablar de nepotismo, crueldad y lujuria. Pero también lo es de poder y de gloria. Nacidos de la nada y llegados a lo más alto, su apellido resonó con fuerza en la Europa del tránsito de la edad media a la moderna. En apenas un siglo, su linaje dio dos papas, un santo y decenas de cardenales. La suya es una historia de corrupción, ambiciones, muertes y envenenamientos, pero también de grandes señores y grandes hazañas. Su huella, la de la familia más trascendente de la historia de los valencianos, es todavía palpable en los palacios apostólicos del Vaticano, donde varias dependencias conservan el apellido italianizado de la familia, Borgia.

En Gandía, ciudad que vería nacer al Borja santo, un entramado de calles peatonales invita a descubrir la huella de estos valencianos universales. La leyenda negra que rodeó el nombre de los Borja no ha impedido, años más tarde, que se les reconozca como grandes señores de la Italia del Renacimiento y personajes influyentes de toda la cristiandad. No en vano, ellos autorizaron el matrimonio entre Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón y les dieron el título de Reyes Católicos, canonizaron al también valenciano Sant Vicent Ferrer, promovieron importantes obras y reformas urbanas en Roma y complicadas alianzas de poder. Nicolás Maquiavelo se inspiró en el Papa Alejandro VI y en su hijo César para su famoso libro El Príncipe. Otro Papa Borja, Calixto III, tío del anterior, consiguió frenar la expansión del imperio turco por el valle del Danubio e instituyó el rezo del ángelus. Como queriendo redimir un pasado teñido de muertes y escándalos, muchas veces atribuibles a la visión de la historiografía italiana y a la mirada romántica de la época, otro descendiente de la familia, Francisco de Borja, consagraría buena parte de su vida a la Compañía de Jesús, de la que acabaría siendo superior general. Fue el IV Duque de Gandia, una ciudad abierta, dinámica y con un importante poso cultural que guarda su memoria y lo honra como su patrón.
Descendiente de familia real, IV duque de Gandía, gobernador, virrey de Cataluña, consejero del emperador Carlos I de España y V de Alemania, padre de familia, viudo y sacerdote, tercer superior general de la Compañía de Jesús, San Francisco de Borja nació en Gandía (Valencia) en 1510.
[2]La familia valenciana Borja, originaria de Xátiva, llegó a ser una de las más célebres del reino de Aragón. En un texto de la mitad del cuatrocientos concerniente a Domingo de Borja, padre del futuro papa Calixto III, se afirma que el genitor del primer pontífice Borja había sido un buen hombre, labrador de Xátiva.[3] Alcanzó riqueza con el comercio de la caña de azúcar y fama mundial cuando Alfonso Borja, obispo de Valencia, fue elegido Papa con el nombre de Calixto III, cuyo nepotismo y favoritismo hacia su familia fue proverbial. A fines del mismo siglo, hubo otro Papa Borja, Alejandro VI, quien tenía cuatro hijos cuando fue elevado al Pontificado. Para dotar a su hijo Pedro, compró el ducado de Gandía. Pedro, a su vez lo legó a su hijo Juan, quien fue asesinado poco después de su matrimonio. Su hijo Juan II, el tercer duque de Gandía, se casó con la Juana de Aragón, hija natural de un hijo de Fernando V de Aragón. De este matrimonio nació el 28 de octubre de 1510 Francisco de Borja y Aragón, nuestro santo, quien era nieto de un Papa (Alejandro VI) y de un rey (Fernando V) y además, primo del emperador Carlos I de España y V de Alemania.
Una vez que hubo terminado sus estudios, a los dieciocho años, Francisco ingresó en la corte del emperador y primo Carlos. Por entonces, ocurrió un incidente cuya importancia no había de verse sino más tarde. En Alcalá de Henares, Francisco quedó muy impresionado a la vista de un hombre a quien se conducía a la prisión de la Inquisición: ese hombre era San Ignacio de Loyola. Gran privado del emperador Carlos V y caballerizo de la emperatriz Isabel, vivió ejemplarmente en palacio.
2.     Padre de familia y Virrey de Cataluña.
Se casó a los 19 años con Leonor de Castro y tuvo ocho hijos. Al año siguiente recibió del emperador el título de marqués de Llombay.  A los 29 años, Carlos V le nombró virrey de Cataluña (1539-1543), cuya capital era y es Barcelona. Años después, Francisco solía decir: «Dios me preparó en ese cargo para ser general de la Compañía de Jesús. Ahí aprendí a tomar decisiones importantes, a mediar en las disputas, a considerar las cuestiones desde los dos puntos de vista. Si no hubiese sido virrey, nunca lo hubiese aprendido».
En el ejercicio de su cargo consagraba a la oración todo el tiempo que le dejaban libres los negocios públicos y los asuntos de su familia. Los personajes de la corte comentaban desfavorablemente la frecuencia con que comulgaba, ya que prevalecía entonces la idea, muy diferente de la de los primeros cristianos, de que un laico envuelto en los negocios del mundo cometía un pecado de presunción si recibía con demasiada frecuencia el sacramento del Cuerpo de Cristo. En una palabra, el virrey de Cataluña "veía con otros ojos y oía con otras orejas que antes; hablaba con otra lengua, porque su corazón había cambiado."
En Barcelona se encontró con San Pedro de Alcántara y con el beato jesuita Pedro Favre. Este último encuentro, veremos después, fue decisivo para Francisco. Francisco fue un modelo de hombre cristiano
En 1543, a la muerte de su padre, heredó el ducado de Gandía[4]. Dado que el rey Juan de Portugal se negó a aceptarle como principal personaje de la corte de Felipe II, quien iba a contraer matrimonio con su hija, Francisco renunció al virreinato y se retiró con su familia a Gandía. Ello constituyó un duro golpe, para su carrera pública, y desde entonces el duque empezó a preocuparse más de sus asuntos personales.
En efecto, fortificó la ciudad de Gandía para protegerla contra los piratas berberiscos, construyó un convento de dominicos en Lombay y reparó un hospital. Por entonces, el obispo de Cartagena escribió a un amigo suyo: "Durante mi reciente estancia en Gandía pude darme cuenta de que Don Francisco es un modelo para duques y un espejo para caballeros cristianos. Es un hombre humilde y verdaderamente bueno, un hombre de Dios en todo el sentido de la palabra... Educa a sus hijos con un esmero extraordinario y se preocupa mucho por su servidumbre. Nada le agrada tanto como la compañía de los sacerdotes y religiosos..." El encuentro con la muerte le da nueva vida
He aquí la historia: El mismo año que fue nombrado Virrey de Cataluña,  Francisco recibió la misión de conducir a la sepultura real de Granada los restos mortales de la emperatriz Isabel. El la había visto muchas veces rodeada de aduladores y de todas las riquezas de la corte. Al abrir el ataúd para reconocer el cuerpo, la cara de la difunta estaba ya en proceso de descomposición. Francisco entonces tomó su famosa resolución: « ¡no servir nunca más a un señor que pudiese morir!»  Comprendió profundamente la caducidad de la vida terrena.
Algunos años más tarde, estando enferma su esposa, pidió a Dios su curación y una voz celestial le dijo: «Tú puedes escoger para tu esposa la vida o la muerte, pero si tú prefieres la vida, ésta no será ni para tu beneficio ni para el suyo.» Derramando lágrimas, respondió: «Que se haga vuestra voluntad y no la mía.»  La muerte de Doña Leonor, su esposa, ocurrida en 1546 fue un gran dolor para Francisco.  El más joven de sus ocho hijos tenía apenas ocho años cuando murió Doña Leonor.
El mismo año, el Beato Pedro Favre se detuvo unos días en Gandía y Francisco hizo los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. El 2 de Junio hizo los votos de castidad, de obediencia y de entrar en la Compañía de Jesús.  El Beato Favre partió de ahí a Roma, llevando un mensaje del duque a San Ignacio, comunicando al fundador de la Compañía de Jesús que había hecho voto de ingresar en la orden. San Ignacio se alegró mucho de la noticia; sin embargo, aconsejó al duque que difiriese la ejecución de sus proyectos hasta que terminase la educación de sus hijos y que, mientras tanto, tratase de obtener el grado de doctor en teología en la Universidad de Gandía, que acababa de fundar. También le aconsejaba que no divulgase su propósito, pues "el mundo no tiene orejas para oír tal estruendo."
Francisco obedeció puntualmente. Pero al año siguiente, fue convocado a asistir a las cortes de Aragón, lo cual estorbaba el cumplimiento de sus propósitos. En vista de ello, San Ignacio le dio permiso de que hiciese en privado la profesión[5].  Tres años después, el 31 de agosto de 1550, cuando todos los hijos del duque estaban ya colocados, partió éste para Roma, se encontró con San Ignacio y, después de renunciar al ducado de Gandía, ingresó en la Compañía de Jesús a la edad de treinta y nueve.
Cuatro meses más tarde, volvió a España y se retiró a una ermita de Oñate, en las cercanías de Loyola. Desde ahí obtuvo el permiso del emperador para traspasar sus títulos y posesiones a su hijo Carlos. En seguida se rasuró la cabeza y la barba, tomó el hábito clerical, y recibió la ordenación sacerdotal en la semana de Pentecostés, el 26 de mayo de 1551. "El duque que se había hecho jesuita se convirtió en la sensación de la época. El Papa concedió indulgencia plenaria a cuantos asistiesen a su primera misa en Vergara, y la multitud que congregó fue tan grande que hubo que poner el altar al aire libre.
Su propósito de renunciar a los honores se vio también probado en la vida religiosa. Carlos V lo propuso como cardenal, pero Francisco no aceptó.
Los superiores de la casa de Oñate le nombraron ayudante del cocinero: su oficio consistía en acarrear agua y leña, en encender la estufa y limpiar la cocina. Cuando atendía a la mesa y cometía algún error el santo duque tenía que pedir perdón de rodillas a la comunidad por servirla con torpeza.
Inmediatamente después de su ordenación, empezó a predicar en la provincia de Guipúzcoa y recorría los pueblos haciendo sonar una campanilla para llamar a los niños al catecismo y a los adultos a la instrucción. Por su parte, el superior de Francisco le trataba con la severidad que le parecía exigir la nobleza del duque. Indudablemente que el santo sufrió mucho en aquella época, pero jamás dio la menor muestra de impaciencia.
En cierta ocasión en que se había abierto una herida en la cabeza, el médico le dijo al vendársela: "Temo, señor que voy a hacer algún daño a vuestra gracia". Francisco respondió: "Nada puede herirme más que ese tratamiento de dignidad que me dais". Después de su conversión, el duque empezó a practicar penitencias extraordinarias; era un hombre muy gordo, pero su talle empezó a estrecharse rápidamente. Aunque sus superiores pusieron coto a sus excesos, San Francisco se las ingeniaba para inventar nuevas penitencias. Más tarde, admitía que, sobre todo antes de ingresar en la Compañía de Jesús, había mortificado su cuerpo con demasiada severidad
Durante algunos meses predicó fuera de Oñate. El éxito de su predicación fue inmenso. Numerosas personas le tomaron por director espiritual. Él fue de los primeros en reconocer el valor grandísimo de Santa Teresa de Jesús. Después de obrar maravillas en Castilla y Andalucía, se sobrepasó a sí mismo en Portugal.
3.     San Ignacio le dio el cargo de provincial de los Jesuitas.
San Ignacio le nombró provincial de la Compañía de Jesús en España. San Francisco de Borja dio muestras de su celo y, en toda ocasión expresaba su esperanza de que la Compañía de Jesús se distinguiese en el servicio de Dios por tres normas: la oración y los sacramentos, la oposición a la mentalidad del mundo y la perfecta obediencia. Esas eran las características del alma del santo.
[6]Dios utilizó a San Francisco de Borja para establecer la nueva orden en España. Fundó una multitud de casas y colegios durante sus años de  general. Ello no le impedía, sin embargo, preocuparse por su familia y por los asuntos de España. Por ejemplo, dulcificó los últimos momentos de Juana la Loca, quien había perdido la razón cincuenta años antes, a raíz de la muerte de su esposo y, desde entonces, había experimentado una extraña aversión por el clero.
Al año siguiente, poco después de la muerte de San Ignacio, Carlos V abdicó, se enclaustró en el monasterio de Yuste y mandó llamar a San Francisco. El emperador nunca había sentido predilección por la Compañía de Jesús y declaró al santo que no estaba contento de que hubiese escogido esa orden. Éste confesó los motivos por los que se había hecho jesuita y afirmó que Dios le había llamado a un estado el que se uniese la acción a la contemplación y en el que se viese libre de dignidades que le habían acosado en el mundo.
Aclaró que, por cierto la Compañía de Jesús era una orden nueva, pero el fervor de sus miembros valía más que la antigüedad, ya que "la antigüedad no es una garantía de fervor". Con eso quedaron disipados los prejuicios de Carlos V.
4.     Lo eligen Superior general y desempeña una gran labor.
San Francisco no era partidario de la Inquisición y este tribunal no le veía con buenos ojos, por lo que Felipe II tuvo que escuchar más de una vez las calumnias que los envidiosos levantaban contra el santo duque. Éste permaneció en Portugal hasta 1561, cuando el Papa Pío IV le llamó a Roma a instancias del P. Laínez, general de los jesuitas.
En Roma se le acogió cordialmente. Entre los que asistían regularmente a sus sermones se contaban el cardenal Carlos Borromeo, que luego fue canonizado y el cardenal Ghislieri, quien más tarde fue Papa con el nombre de Pío V. Ahí se interiorizó más de los asuntos de la Compañía y empezó a desempeñar cargos de importancia. En 1566, a la muerte del P. Laínez, fue elegido general, cargo que ejerció hasta su muerte.
Durante los siete años que desempeñó ese oficio, dio tal ímpetu a su orden en todo el mundo, que puede llamársele el segundo fundador. El celo con que propagó las misiones y la evangelización del mundo pagano inmortalizó su nombre. Y no se mostró menos diligente en la distribución de sus súbditos en Europa para colaborar a la reforma de las costumbres. Su primer cuidado fue establecer un noviciado regular en Roma y ordenar que se hiciese otro tanto en las diferentes provincias.
Durante su primera visita a la Ciudad Eterna, quince años antes, se había interesado mucho en el proyecto de fundación del Colegio Romano y había regalado una generosa suma para ponerlo en práctica. Como general de la Compañía, se ocupó personalmente de dirigir el Colegio y de precisar el programa de estudios. Prácticamente fue él, quien fundó el Colegio Romano, aunque siempre rehusó el título de fundador, que se da ordinariamente a Gregorio XIII, quien lo restableció con el nombre de Universidad Gregoriana.
San Francisco construyó la iglesia de San Andrés del Quirinal [7][8]y fundó el noviciado en la residencia contigua; además, empezó a construir el Jesús y amplió el Colegio Germánico, en el que se preparaban los misioneros destinados a predicar en aquellas regiones del norte de Europa en las que el protestantismo había hecho estragos.
San Pío V tenía mucha confianza en la Compañía de Jesús [9]y gran admiración por su general, de suerte que San Francisco de Borja podía moverse con gran libertad. A él se debe la extensión de la Compañía de Jesús más allá de los Alpes, así como el establecimiento de la provincia de Polonia. Valiéndose de su influencia en la corte de Francia, consiguió que los jesuitas fuesen bien recibidos en ese país y fundasen varios colegios. Por otra parte reformó las misiones de la India, las del Extremo Oriente y dio comienzo a las misiones de América.
Entre su obra legislativa hay que contar una nueva edición de las reglas de la Compañía y una serie de directivas para los jesuitas dedicados a trabajos particulares. A pesar del extraordinario trabajo que desempeñó durante sus siete años de generalato, jamás se desvió un ápice de la meta que se había fijado, ni descuidó su vida interior.
Un siglo más tarde escribió el P. Verjus: "Se puede decir con verdad que la Compañía debe a San Francisco de Borja su forma característica y su perfección. San Ignacio de Loyola proyectó el edificio y echó los cimientos; el P. Laínez construyó los muros; San Francisco de Borja techó el edificio y arregló el interior y, de esta suerte, concluyó la gran obra que Dios había revelado a San Ignacio".
No obstante sus muchas ocupaciones, San Francisco encontraba tiempo todavía para encargarse de otros asuntos. Por ejemplo, cuando la peste causó estragos en Roma, en 1566, el santo reunió limosnas para asistir a los pobres y envió a sus súbditos, por parejas, a cuidar a los enfermos de la ciudad, no obstante el peligro al que los exponía.
Se le ofreció el cargo de cardenal y tenía muchas posibilidades de llegar a ser Papa, pero no lo aceptó.
En 1571, el Papa envió al cardenal Bonelli con una embajada a España, Portugal y Francia, y San Francisco de Borja le acompañó. Aunque la embajada fue un fracaso desde el punto de vista político, constituyó un triunfo personal de Francisco. En todas partes se reunían multitudes para "ver al santo duque" y oírle predicar; Felipe II, olvidando las antiguas animosidades, le recibió tan cordialmente como sus súbditos.
Pero la fatiga del viaje apresuró el fin de San Francisco. Su primo el duque Alfonso, alarmado por el estado de su salud, le envió desde Ferrara a Roma en una litera. Sólo le quedaban ya dos días de vida. Por intermedio de su hermano Tomás, San Francisco envió sus bendiciones a cada uno sus hijos y nietos y, a medida que su hermano le repetía los nombres de cada uno, oraba por ellos.
Tenía una profunda devoción a la Eucaristía y a la Virgen Santísima. Gravemente enfermo, cuando solo le quedaban dos días de vida, quiso visitar el Santuario Mariano de Loreto.
Cuando el santo perdió el habla, un pintor entró a retratarle. Al ver al pintor, San Francisco manifestó su desaprobación con la mirada y el gesto y no se dejó pintar. Murió a la media noche del 30 de septiembre de 1572. Según la expresión del P. Brodrick fue "uno de los hombres más buenos, amables y nobles que había pisado nuestro pobre mundo."
5.     Su humildad
Desde el momento de su "conversión", San Francisco de Borja[10], canonizado en 1671, cayó en la cuenta de la importancia y de la dificultad de alcanzar la verdadera humildad y se impuso toda clase de humillaciones a los ojos de Dios y de los hombres. Cierto día, en Valladolid, donde el pueblo recibió al santo en triunfo, el P. Bustamante observó que Francisco se mostraba todavía más humilde que de ordinario y le preguntó la razón de su actitud. El replicó: "Esta mañana, durante la meditación, caí en la cuenta de que mi verdadero sitio está en el infierno y tengo la impresión de que todos los hombres, aun los más tontos, deberían gritarme: ‘¡Ve a ocupar tu sitio en el infierno!’".  Un día confesó a los novicios que, durante los seis años que llevaba meditando la vida de Cristo, se había puesto siempre en espíritu a los pies de Judas; pero que recientemente había caído en la cuenta de que Cristo había lavado los pies del traidor y por ese motivo ya no se sentía digno de acercarse ni siquiera a Judas.  Francisco no se dejó engañar por el mundo. Sabiéndose nada confió todo en Jesucristo y logró la santidad. Fue Canonizado por Clemente X en 1671.
En mayo de 1931, su cuerpo, venerado en la casa religiosa de Madrid, fue quemado en el incendio que causaron los revolucionarios.

Al comenzar su funcionamiento, se designó a San Francisco de Borja, Patrono de la Facultad de ADE. Hubo muchos motivos para ello: santo valenciano, fundador de la Universidad de Gandía y excelente administrador.

Como ya se dijo anteriormente, Carlos V nombró en 1539 a San Francisco de Borja, entonces marqués de Lombay, su lugarteniente general en Cataluña. En 1542 le reconoció su justo título de duque de Gandía, en el que sucedió a su padre. Dos meses después de morir su esposa (1546) decidió hacerse jesuita. El colegio de la Compañía de Jesús en Gandía fue el primero en Europa de los que se abrieron para alumnos no jesuitas, y el 4 de noviembre de 1547, por bula del papa Paulo III, fue elevado a la categoría de Universidad. Allí hizo sus estudios San Francisco y se doctoró en 1550. El 4 de febrero de 1551, después de un viaje a Italia donde habló con San Ignacio, volvió a España, renunciando a sus títulos y posesiones y tomando el hábito religioso previo permiso de Carlos V. Fue ordenado sacerdote el 23 de mayo de 1551, renunciando al cardenalato, para el que había sido propuesto por el Emperador, en varias ocasiones. San Ignacio nombró a Borja comisario general para las provincias de España y Portugal, fundando el primer noviciado de la Compañía en España. Carlos V, ya retirado en Yuste, llamó dos veces a San Francisco para pedirle consejo y, en la hora de su muerte, deseó tenerlo a su lado, designándole su ejecutor testamentario. Borja fue nombrado general de la Compañía el 2 de julio de 1565. En su gobierno potenció los estudios, y a sus gestiones se debió la iglesia de Jesús de Roma. Durante esta época se fundaron las primeras misiones jesuíticas en Florida, Méjico y Perú. Murió en Roma el 30 de septiembre de 1572, siendo beatificado en 1624 y canonizado en 1671.

Se celebra su fiesta el 3 de octubre, por lo que en la Facultad de Administración y Dirección de Empresas de Gandía se adapta al calendario escolar.  Borja es patrono, además de la Facultad de ADE de Gandía, de la misma ciudad de Gandía, de la Nobleza española y de la Curia General de la Compañía de Jesús.

6.     Su acción diplomática al servicio de Pío V[11].

San Francisco de Borja, figura enigmática del siglo XVI, ha sido justamente relacionado con la nobleza, pese a renunciar a sus títulos y privilegios, y con una ejemplar vida religiosa como jesuita. Tempranamente fue considerado patrono de la nobleza española y de los Habsburgo por su estrecha vinculación con ese estamento y por su paradigmático navegar en el peligroso mar de la corte. Los primeros biógrafos crearon el tópico del abandono de su ducado de Gandía y el abrazo a la vida jesuítica con los contornos dolorosos de las muertes de la emperatriz y de su esposa. También se han destacado anteriormente algunas de sus especiales actitudes, como la humildad y penitencia. Pero otras, como la prudencia, la alegría, la generosidad y disponibilidad total para servir a su patria y a la Iglesia han quedado difuminadas a causa de un exagerado empeño por engrandecerle desgajándolo del mundo en que vivió. Ha sido trasladado del siglo XVI al XVII porque esos biógrafos se sirvieron de testimonios de los procesos de beatificación y canonización muy posteriores a la fecha de su muerte. Sus descendientes, en esos momentos en la cúspide del poder, idealizaron su figura. Así quedó descarnado en muchos aspectos, especialmente en lo referente a su humanidad, flaquezas y desengaños, luchas y tensiones. Todo lo referente a sus opciones político-religiosas fue sublimado sin más; bosquejado así, someramente, con el adorno de su santidad.

Aunque durante cuatro siglos se han escrito muchas biografías de Borja, ninguna satisface plenamente las exigencias históricas. Muy meritorio para su tiempo, el siglo XVIII, fue el estudio exquisito de Álvaro de Cienfuegos, que superó en mucho las breves biografías oficiales de la centuria anterior. Poco más añadieron las siguientes vidas de Borja, rodeadas todas ellas por idealizaciones preconcebidas y sin apenas nueva base documental. Estas escasas pinceladas representan el primer esbozo de un retrato auténtico de Borja. Pero el personaje ha permanecido oscuro, confuso, tergiversado, rodeado de un halo tétrico. Nadie ha dudado que Borja actuara al servicio del pontificado, pero no se ha determinado en qué medida y por qué los papas pidieron su ayuda. Se consideraba normal, porque Borja era señero y grandioso. Si hubiéramos de hacer algún parangón, sería el de su tatarabuelo Rodrigo Borja, cuando justo cien años antes desempeñó por orden del papa una misión parecida en España. Un Rodrigo Borja diplomático que no sólo estaba grabado en la memoria del propio Borja sino en la de muchos de sus contemporáneos. También podríamos hacer un careo con Alessandro Farnese[12], el más parecido a él en sus raíces. Era nieto de Carlos V y biznieto de Paulo III, y casado con María de Portugal. Borja descendía de Fernando el Católico y de Alejandro VI, y casado con la portuguesa Leonor de Castro. Uno siguió una línea ascendente y continua de prestigio y triunfos en su vida de milicia. El otro trató de hacer lo mismo en su nueva vida religiosa, utilizando como arma la discreción, una somera señal de presencia, secreto de la verdadera eficacia. Precisamente por eso muchas de sus acciones quedaron ocultas.

A remediar en buena parte esta penuria vinieron a comienzos del siglo XX los cinco volúmenes de Monumenta Borgia[13], con abundante documentación inédita, aunque muy incompleta. Años después las meritorias biografías de los jesuitas Suau, Dalmases y Scaduto. El horizonte actual de la historiografía es más cercano a la realidad de lo que ofrecieron los hagiógrafos de ayer. Con todo, quedaban aún vírgenes de análisis las actividades político-religiosas, y muchísimo más su faceta de diplomático. La ausencia de un estudio del último año de su vida, de 1571 a 1572, es una carencia comprensible. Del viaje emprendido por orden del papa para acompañar al cardenal legado alejandrino por España, Portugal y Francia no quedaron muchas huellas. En los libros de registros del general de la Orden no hay cartas de Borja posteriores a la fecha de su salida: sorprendentemente parece que no se registraron las misivas que expidió durante el viaje. Esto explica que nadie haya tratado directamente tan difícil asunto. No había documentos para explicar qué hizo en España, Portugal y Francia. Por otro lado, el carácter secreto y confidencial de la misión motivó que ras pocas cartas que llegaron a Roma hablen sólo tangencialmente de las actividades. Y en las que envió el legado Alejandrino, aparece él mismo como protagonista de todas ellas, diluyendo en la formalidad de su cargo los posibles consejos y diligencias de Borja. Una referencia interesante y bien documentada es la novela histórica de Pedro Miguel Lamet, publicada en el 2009, con el patronazgo del Ayuntamiento de Gandía. Su título, sugerente, es “Francisco de Borja, los enigmas del duque jesuita”.

Hernán[14] empezó su exhaustiva investigación acudiendo directamente en busca de las muchas cartas que por ahí andaban descarriadas sin el nombre de su dueño, porque no se sabía quién era el "padre Francisco". Pero surgieron dos dificultades insuperables. Una, que, mientras Borja estuvo en Francia, unos ladrones le robaron todos los documentos que escondía en sus cartapacios, posiblemente una acción de los espías. La otra, para colmo, que el archivo privado del cardenal nepote, que se encontraba en Florencia, el fichero completo fue robado misteriosamente en 1.994. Hubimos de conformamos con un incompleto registro de cartas del legado, fielmente guardado en la biblioteca Corsini de Roma. No obstante, el silencio no podía ser total: debía haber documentación en los fondos del Vaticano, Simancas, y de la Compañía de Jesús en Roma. En las pocas cartas publicadas por los editores de Monumenta Borgia y en las dispersas e inéditas del legado Alejandrino aparecían referencias a que Borja hizo tres memoriales sobre la misión. Había que encontrarlos.
[15]Después de estos primeros pasos, Hernán comenzó a hurgar en lo que sus contemporáneos pensaban de él. ¿Cómo era posible que las actividades de Borja permanecieran ocultas? Era prácticamente inverosímil que los embajadores no le mencionaran. La correspondencia diplomática editada recoge de un modo u otro a Borja como agente negociador. Desde el punto de vista de la Orden ayudaban a completar los documentos de Borja principalmente los de Nadal, Polanco y Ribadeneira. Ahí están los cuatro volúmenes de Serrano, que publicó parte de la correspondencia diplomática entre España y la Santa Sede durante el pontificado de Pío V; y los de Douais, que editó los despachos de Fourquevaux, el embajador francés en España durante este período, y los de Acta Nuntiaturae Gallicae, con los despachos de los nuncios de Francia. Lo mismo podemos decir con Nuntiaaturberichte aus Deutschland, Nuntiaturberichte aus der Schweiz, Nunciatura de Saboya, Nunciatura di Venecia, etc. También abonan nuevos datos los documentos publicados por Desjardins, en su Négociations diplomatiques de la France avec la Toscane, y Brunetti y Vitale con La correspondencia desde Madrid del embajador Leonardo Dona (1570-1573). Siguiendo esta pista, fueron directamente a las fuentes inéditas y comprobaron que prácticamente todas las cancillerías estaban pendientes de Borja, y los archivos comenzaron a derramar abundante información.

El primero de los tres memoriales antes señalados hace referencia a las negociaciones con Felipe II. Se encuentra en el Archivo Vaticano. El segundo, que narra los asuntos de Portugal, fue enviado por el propio Borja al vicario Nadal, una vez terminadas esas negociaciones. Después de consultar a conciencia el archivo de la Compañía no apareció, pero al revisar todos y cada uno de los documentos del proceso de beatificación, brotó inesperadamente este importante documento. Ahora, tan sólo hacía falta encontrar el de Francia. El archivo de Simancas, con sus millones de documentos, era un mar sin orillas. Revisando la correspondencia del embajador español en Francia, parecía que Borja envió ese memorial al rey, pero cifrado. Se revisaron todas las cifras de Simancas, pero seguía yaciendo dormido en algún oculto legajo. Finalmente, tropezamos nada menos que con el documento descifrado para que el rey lo leyese cómodamente. Ya tenían los tres anhelados memoriales, pero hacía falta algo más. Fueron apareciendo las cartas vagabundas de Borja en un sitio y en otro que completaban sustancialmente la información necesaria sobre sus actividades diplomáticas. Bastaba con leer de corrido el elenco de los 41 archivos y bibliotecas para darse una idea de lo disperso del material, en Alemania, Austria, Italia, Francia, España, Portugal, Irlanda e Inglaterra. Con toda la documentación recabada, más la correspondencia diplomática editada e inédita, pudieron afirmar que su trabajo estaría suficientemente documentado, firmemente apuntalado, homogéneo y original. Contaron con una gran base documental que, por razones obvias, usaron limitadamente, pues el objeto de la investigación de la labor diplomática estaba enmarcado dentro del último año de su vida.

El estudio de la tarea diplomática de Francisco de Borja al servicio del pontificado de Pío V atrae por las personalidades que entran en juego y por la grandeza de su siglo. Envolver en el aire que respiraron a tan grandes personajes es tarea necesaria y grata. Pero abundar en lo que Borja pensaba, decía y hacía, recorrer con él los caminos de Europa, entrar en el mundo de la política de su mano, es tarea nueva y fascina a quien quiera conocer su época. Aparece en estas páginas un Borja más auténtico. En cada caso es él quien nos declara su criterio sobre los grandes problemas de su tiempo, que toman cuerpo y relucen en el último año de su vida acompañando al nepote de Pío V De gran interés resulta conocer su conducta en el último período de su vida, ya maduro, sin necesidad de abrirse camino en una sociedad hostil. Ya lo había conseguido todo cuando hubo de empezar su último servicio al pontificado. Había sido alto cargo en la corte carolina, duque de Gandía, padre de familia numerosa, privilegiado gobernante de Cataluña, consejero real, jesuita tras la muerte de su esposa, después tercer prepósito general de la Orden. En todos esos aspectos había triunfado. Desde muy temprano acreditaron sus dotes diplomáticas sus actividades en España y Portugal por encargo de Carlos V En esta acción diplomática al servicio de Pío V se condensa su vida entera, lo que nos permite analizar sus ideas político-religiosas en una situación límite.

Para comprender debidamente a un personaje es preciso primero conocer al hombre que fue, y quien pretenda juzgar a Borja se debe ante todo a la verdad de su pasado. Siguieron un largo y retrospectivo periplo para trasplantamos a su época misma, se enfrascaron en ella y departieron con él, como si estuviera redivivo. Para llegar hasta Borja, Hernán siguió el camino derecho de rodearle de la sociedad de su tiempo, sin desgajarle ni aislarle proyectando sobre él ideas preconcebidas. Junto a él encontramos hombres de todas suertes, desde encopetados personajes hasta los más humildes y pobres, un abanico que abarca la sociedad entera. Suavemente nos trasladamos a su época reviviendo el ambiente y las ideas.

Pero lo más importante no es ya sólo el indudable mérito de escuchar su voz y lo que sus contemporáneos entendieron, sino sobre todo entrar en su pensamiento, calzar sus botas y caminar y carretear juntos los más de 6.000 km que en diez meses recorrió por los caminos de Europa, acompañando como consejero al cardenal Alejandrino. Se hizo cargo de los más enredados asuntos, fue toda acción y dinamismo.

Su extraordinaria personalidad y gran parte de la eficacia de su influjo durante esta misión se debe a la educación recibida. Nació en un estamento social privilegiado, capacitado por nacimiento para el gobierno. No fue de los creadores de una obra culminante, sino que fue toda su vida, con varias cumbres significativas. La etapa de duque y la de jesuita, ambas las vivió con sorprendente intensidad, dos vidas, pero unidas por su condición de noble y gobernante. Lo característico fue su temprana madurez en ambos campos. Primero como preclaro protagonista del pasado donde está viva la genial idea de unidad europea y mundial emprendida por Carlos V. Segundo, como perfecto amador de la Christianitas, que tiene para él sentido de unidad política-religiosa. Todo lo cual se pone de manifiesto en este año que historiamos, de 1571 a 1572.

Gozaba de una gran retentiva, recordaba acontecimientos, fechas, lecturas y personas de modo admirable. Sentía una gran preocupación universal gracias a sus numerosos y dispersos amigos. En su diario espiritual dejó escrito en enero de 1566 que quería sacar provecho de todos y de todas las cosas y en todo tiempo. Pedía la presencia de Dios, mirar sus obras dentro de sí, vivir para él y en él; su mirada se había puesto en la Compañía y en la Iglesia. Y en otra ocasión es todavía más claro, pidió oración por la Iglesia, por el papa, por los cardenales, por los reyes cristianos, por Italia, Alemania, Francia, Inglaterra, Escocia, España, Portugal, Brasil, Indias, Japón, y con sus palabras: "por la mayor necesidad del mundo que entonces se ofrece ... , por lo más agradable al Señor". Sentía una grandísima veneración por la Iglesia, pidió a Dios en sus inicios del generalato "vivir en él según la Iglesia romana", comenzar una vida nueva para servir, seguro de que "estando con el Señor se goza de todo", e, implacable, insistía: "pidióse el espíritu de Cristo para agradar al Padre eterno conforme a la Iglesia romana".

Apenas elegido papa, Pío V no dudó en contar con sus servicios, precisamente porque era uno de los eclesiásticos que mejor conocían su tiempo. Sabía, además, que Borja se iba a consagrar por entero a la misión. Pese a su prematura vejez a causa de sus enfermedades, no se dieron en él todas las señales de la decrepitud, paso breve y encorvado, enajenamiento y olvido; y las pocas que quedaron -pérdida de dientes y reumatismo- las trató de disimular. De ahí que Pío V no tuviera en cuenta sus naturales reticencias. Borja aparecía alto, formidable, su gravedad imponía respeto, podía ayudar de modo decisivo al joven cardenal Alejandrino, bien dotado, pero inexperto.

Esas enfermedades no sólo le impidieron algunos proyectos, sino una de las cosas que más le gustaba, escribir. Los dedos de la mano derecha quedaron afectados, el progreso de su escritura tendía a letras puntiagudas, corridas. Pese a ello y a que tuvo una ajetreada vida, contamos con una frondosa producción literaria. En esos escritos tocamos referencias expresas a su propia experiencia. Lástima que su diario espiritual esté encerrado en los años 1564 y 1570. Los acontecimientos esenciales de la vida misma aparecen perfectamente ponderados. Con la edad comprende mejor el dolor, sus enfermedades quedaron sublimadas. Todo en él rezumaba sensibilidad, de ahí que comprendiera tan rápidamente las debilidades humanas. Derramaba abundantes lágrimas en la soledad. En su diario espiritual consta que pidió a Dios luz "para llorar la miseria de la herejía en Germania, Francia, Inglaterra". Guardaba las cartas más importantes bajo llave, de vez en cuando las releía, rezaba, y luego las rompía. De algunas retenía la sobrecubierta y allí escribía su diario espiritual. Detrás de esos papeles veía a grandes amigos a los que debía guardar intimidad y secreto. Una de las causas por las que tenemos tan poca información de sus dirigidos o clientela.

Para darse idea de lo que representa Borja basta leer las cartas postuladoras de su canonización. No fue sólo un santo más, sino un descubrimiento para Europa y el mundo entero. Poco a poco fue ganándose la admiración de todos. Su prosa había mejorado en estilo, resulta delicioso leer sus cartas. Muchas de sus borrajeadas palabras tenían gran fuerza de persuasión en quienes las leían. Si es verdad que se escribe como se habla, daba al lenguaje eficacia bastante para deleitar, persuadir o conmover. Escribía con naturalidad, impregnada algunas veces de graciosa ironía, con palabra escueta y penetrante. Es innegable que era un predicador extraordinario, con grandísima fuerza de persuasión. Todos los testimonios así lo dicen. Le venía esta fuerza genial de su propia experiencia vital, tener que asumir responsabilidades de gobierno tempranamente, hacer valer los intereses de su familia en un mundo tan difícil, abrir camino a una nueva Orden que desde sus inicios contó con fuertes opositores, todo lo cual le agudizó el entendimiento. Consolidó maravillosamente el difícil tema de los estudios en la Orden, fomentó vocaciones intelectuales, verdadero promotor del Colegio Romano. Se había creado en tomo a Roma, Salamanca, París y Lovaina un círculo intelectual muy fuerte, iniciado directamente por Borja y alentado por Pío V, valga decir, Maldonado, Toledo, Bellarmino, Mariana, Possevino, Canisio..., imbuidos todos de espíritu auténtico de ciencia. En gran medida gracias a la “Ratio studiorum”[16] de 1569 y a los maestros que estaban en Roma. Se emprendió con clarividencia el estudio de Tomás de Aquino, a quien se debía seguir. Era un grupo de hombres que se habían hecho célebres sin escuela, ellos solos, y su fama se había extendido rápidamente, tocando las entrañas mismas universitarias; especialmente cualificados como predicadores y apologistas.

En el análisis de tan sólo un año de su afanosa y movida existencia, cuando ya estaba en las postrimerías, late su vida entera. Durante el recorrido de miles de leguas el repertorio de su pensamiento tuvo presente su existencia pretérita, pasó por lugares que ya había pisado, se encontró con personas que ya conocía. Las circunstancias eran claramente distintas, hubo de sufrir la marcha de la litera y la incomodidad de las posadas. El servicio al pontificado le llevó por pedregosos caminos y ásperas sendas, sufriendo los rigores de los tiempos, lluvias y calores, tormentas y bochornos, heladas y vientos, escribir a la mortecina luz de los candiles de las posadas por donde pasaba, hablar con unos y otros y escuchar mucho. Su espíritu, ávido de saber, estaba en alerta para así mejor servir. A su rectoría intelectual fue añadiendo el entorchado de su ejemplar conducta en tan delicada misión, superó admirablemente las incomodidades del viaje, los desérticos caminos sembrados de abrojos. Era fundamentalmente vivo y alegre. Este humor, una de las más delicadas actitudes del espíritu humano ante el espectáculo de la vida, era contagioso. Gustaban de su compañía por lo animados que salían. Estas actitudes se pusieron a prueba en la fatiga de tan descomunal viaje, lo soportó todo y ayudó a que los demás llevaran con alegría tantos contratiempos.

Si convenimos en que para desempeñar con el cardenal Alejandrino una misión tan importante era preciso protegerle con varones de intachable conducta, porque la suerte de la legación estaba unida a su personal responsabilidad, Borja tenía ahí un papel primordial. Debían dejar, porque así lo quería el papa, la estela de su paso por todos los rincones, espoleados por el afán común de cumplir bien su cometido. Pero esa vida íntegra y modélica de Borja propendía a disminuir sus méritos con sincera modestia, lo cual nos obliga a desarrollar un fuerte espíritu crítico para leer entre líneas. Tras muchas semanas, meses y años de fatigosa búsqueda, junto con una efusión crítica, con el preciso respeto, inviolable, de la verdad, se llega al esclarecimiento. Se conectan los hechos y se proyectan. Luego, exponerlo con la máxima diafanidad posible. Hacen falta largos silencios para oír a los documentos. Y cuando éstos no hablan, esos herméticos mutismos permiten oír nuevas voces, las del sentido común. Porque aunque la Historia no se hace con lógica se debe escribir con ella. Así emergen de los documentos respuestas a numerosos interrogantes Borja actuó con perdurable eficacia, acompañada de gravedad y generosidad, con genio y sabiduría, con verdadera discreción, supo callar. No quiso en ningún momento suplantar allegado, actuó con disimulo para que el celoso Alejandrino, que gozaba con el incontenible deseo de hablar de sí mismo, no se sintiera protagonista de segunda clase.

La importancia de estas actividades borgianas no hace falta ponerla más de relieve, y tampoco podemos decir que los anteriores investigadores no hicieron bien su trabajo. Verdaderamente era muy difícil lanzarse a una empresa tan grande sin apenas datos. Borja quedó adormecido al arrullo de sus primeros biógrafos. Resuelto el problema de la escasez documental, Borja se encuentra en continuo movimiento, trata todos los asuntos a un mismo tiempo por los distintos puntos por donde pasa. Se trata de centrar a un personaje móvil, en un movimiento crono-geográfico. Así, cuando está, por ejemplo, en Lisboa, sigue asuntos referentes a Francia, España, Italia, Alemania e Inglaterra. Gracias a la nueva documentación tenemos la oportunidad de conocer a Borja desde un nuevo aspecto, al servicio de la Santa Sede en misión diplomática, en continua actividad.

El más señalado de los personajes es Pío V, que aquí toma originales aspectos. Se nos presenta como hombre de gobierno celoso y desconfiado, de preocupación universal, que pone en marcha las disposiciones de Trento con fuerza colosal. Aparece tan alto que nadie de los que le rodeaban podía hacerle sombra. Cuando alguno de los cardenales, obispos o consejeros tenía una idea brillante, él ya la había considerado y estaba por delante. Pero tendía a actuar precipitadamente, no se dejaba asesorar fácilmente, plenamente consciente de su papel de pastor universal. El papa actuó inteligentemente al servirse de hombres independientes, elogio que algunos diplomáticos le hicieron. Uno de ellos le dijo cuando se firmó la Liga Santa que había hecho un milagro, el de saberse gobernar y bandear entre la "furbería"[17], y la "zingárería"[18]. Apenas oyó semejantes alabanzas explotó con una alborotada carcajada, risa desbordante y contagiosa. Pese a ello, Pío V se nos presenta como un hombre de transición, con un pie en el Medievo y otro en la modernidad.

Felipe II ya no es el triste rey, envuelto por la mancha de la leyenda negra. Es más humano, más auténtico y real, que pide consejo y no deja papel por leer, se sirve de personajes que eran amigos de Borja. El cardenal Espinosa, alma acerada, dispuesto a llevar a las últimas consecuencias el servicio a la Corona y a la Santa Sede; Gabriel de Zayas, clérigo sevillano, minucioso secretario que todo lo preveía; Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli, el amigo y consejero más próximo al rey, era quien llevaba las finanzas y buena parte de la política interior y exterior del Estado; Juana de Austria, hermana del rey, espíritu religioso que vivía con el vehemente deseo de ayudar a los jesuitas y a sus amadas clarisas de Madrid. Todo el problema flamenco quedará redimensionado, el mismo duque de Alba ya no se nos presenta tan brutal.

En la monarquía lusa hay tres personajes claves: el rey Sebastián[19], el cardenal Enrique y Catalina de Austria. Vivían entre ellos un drama familiar que se proyectaba sobre la política de la Corona. Todos ellos se visten aquí de un modo nuevo, más pasionales, subyacen los conflictos auténticos, las pasiones desatadas, el increíble deseo del rey por una Cruzada en el norte de África, la desbordante tenacidad del cardenal Enrique, y la pasión pertinaz de presencia política de Catalina de Austria.

La monarquía gala queda pintada con colores vivos. La implacable y supersticiosa Catalina de Médicis, que quería orquestar toda una sinfonía con sus hijos, ceñir sobre ellos las más coronas posibles. Se describen los personajes desde la lucha por el poder, la incontinente ambición de Gaspar de Coligny por mandar en todo el reino, los nuevos papeles que van asumiendo Margarita de Valois y Enrique de Navarra, la acción juvenil e inconsciente de Carlos IX, las buenas relaciones de Borja con los Guisa y los Este, especialmente con los cardenales Lorena y Este.

En Italia surgen de modo nuevo una larga cadena de primeras figuras, desde el cardenal Borromeo, pasando por otros purpurados como: Médicis, Colonna, Crivelli, Morone, Farnese, Marescotti[20], etc., hasta las imponentes personalidades de Cosme de Médiicis, Margarita de Parma, Octavio Farnesio, Alfonso de Este, Emanuel Filiberto de Saboya, Marco Antonio Colonna, y otros miembros de familias como los Gonzaga, Marescotti, Della Rovere, Orsini...

También vuelven a la vida los que habían caído en el abismo del olvido y descuido, los que yacían en los papeles más recónditos, nombres que andaban perdidos por los arrabales de la Historia, como el hermano Marcos, fiel compañero de Borja; o el secretario español de la embajada en Francia, Aguilón, un innominado hasta ahora; o el cardenal Rusticucci, secretario de Estado en ausencia de Alejandrino; o el mismo cardenal legado, al que conoceremos en lo más íntimo, sus ansias de triunfar, de enriquecerse.

La misión de Borja se encuadra dentro de la diplomacia pontificia de la segunda mitad del siglo XVI, concretamente junto al vehemente deseo del papa por sacar adelante la Cristiandad, atribulada por sus propios componentes y el común enemigo. La Liga Santa podía unir a los cristianos y ahuyentar el peligro turco. Afortunadamente el ejemplo de Borja no se limita a su acción diplomática, se extiende a toda su vida. La eficaz acción diplomática de este grande hombre fue ejemplar porque lo era su vida. Por esta razón la investigación no se puede incluir únicamente dentro de las relaciones políticas, va más allá, por su misma condición es poliédrica, toca problemas más amplios, es global, está en juego la vida misma de la Iglesia de aquel entonces.

Las distintas etapas de su acción diplomática están estrechamente articuladas entre sí, pero forman unidades independientes y completas, de modo que cada uno de ellos bastaría para conocer el papel que Borja tuvo en esas naciones. En la primera de ellas caben los aspectos que nos permiten mostrar un nuevo Borja. El ancho campo de observación que le proporcionó su atalaya le permitió plantearse como pocos la realidad de cosmovisión. Se presenta de forma precisa la situación político-religiosa que desemboca en los críticos años de 1571 a 1572, periodo decisivo de ese siglo. En las siguientes destaca su acción diplomática en las distintas naciones que visitó en compañía del legado Alejandrino, en España, Portugal y Francia. Luego a continuación se pone de relieve una nueva e inesperada misión en el norte de Italia, que nada tenía que ver con la desempeñada junto al cardenal Alejandrino.

El papa contó con Borja para rodear al cardenal legado de la gente más lúcida, de vida intachable. Nada obliga a las personas de posición destacada como la ejemplaridad. Es entonces cuando las palabras, predicadas con autoridad propia, adquieren eficacia. Borja debía actuar en la sombra, proteger los derechos de la Iglesia, apoyar las iniciativas del pontífice. Pero, como veremos, Pío V pidió su colaboración, no sólo por sus extraordinarias cualidades, sino porque, suspicaz, desengañado y precavido, el anciano papa no se fiaba del aparato diplomático pontificio. Entre algunos de sus consejeros había envidias y resentimientos, morbos letales que Borja podía paliar.

Pío V sabía que Borja podía ser la fuente de inspiración del cardenal Alejandrino. Esa vinculación privilegiada con la nobleza, su experiencia e independencia podían ser fundamentales, sin necesidad de buscar el arrimo para medrar. Como tenía buenas relaciones con muchos gobernantes, podía facilitar la labor del legado. Había luchado como duque de Gandía y virrey de Cataluña contra los turcos, era sabedor perfecto de las intrigas de las cortes europeas, conocía palmo a palmo, con minucia incansable, las honduras recónditas de los órganos de poder. Resonaban todavía en sus oídos las voces de los jesuitas y hombres de buena fe recelosos de sus gobiernos, los de Francia, Irlanda, Inglaterra, Escocia, Alemania, Suiza, allá donde no había un catolicismo oficial, estatal, justo lo que más preocupaba al papa.

Las circunstancias que rodean la misión son múltiples y están íntimamente trabadas entre sí. Superar un terreno minado, servirse del aparato diplomático, secundar la política de Pío V, donde la Liga Santa era un paso decisivo en la veloz carrera de la restauración católica, un instrumento importante, que si se usaba bien podía servir para que se cumplieran muchos objetivos, diferentes en algunos casos a los de los distintos monarcas. Los años de su pontificado no los vivió Pío V a medias, no temía la vejez. Arrastrado por preocupaciones universales, que caían sobre él como un pesado mazo, no le quebraron las fuerzas físicas y morales para iniciar la gran empresa de la Liga Santa, su verdadera criatura. Para su consecución hubo de servirse irremisiblemente de la política matrimonial, cuya principal arma fueron las dispensas.

A continuación se debe observar la acción diplomática de Borja en España. Llevaba ausente de su patria más de diez años, y esperaba con ansia el encuentro con el rey y con tantos familiares y amigos de todos los estamento s sociales, también con algunos jesuitas, especialmente el padre Araoz, conocido como el jesuita de la corte. Tenía, entre otros, el encargo de arrancar del rey alguna concesión para que la jurisdicción eclesiástica no fuera cercenada en Milán, Nápoles y Sicilia. Debía asimismo conseguir de la Corona ayuda para algunos cardenales, como Crivelli, Truchsess, Colonna, etc. El papa le había pedido muy especialmente que protegiera en España a Marco Antonio Colonna, al servicio de las dos cortes, la hispánica y la romana, pero igualmente envidiado en una y en otra. Aprovechando que estaba Borja en España algunos le pidieron favores, que consiguiera ciertas mercedes del papa. En España recibió la noticia de la victoria de Lepanto, los ánimos se ensalzaron tanto que se veía como cosa fácil acabar con el turco. España intentará recuperar los enclaves berberiscos, los venecianos sus posesiones en el archipiélago, el papa había clavado sus ojos en Jerusalén. Borja debía colaborar con los intereses pontificios, conseguir la máxima ayuda de España y Portugal para fortalecer la Liga Santa y recuperar los santos lugares: una nueva Cruzada. Borja preparará la marcha de un grupo de misioneros a Nueva España, culminará algunas fundaciones, como el colegio de Madrid, e intentará cerrar un enojoso litigio que los jesuitas de Toledo tenían con los dominicos de esa ciudad.

Luego renace la polémica que ha envuelto la enigmática figura del rey Sebastián de Portugal. La palabra autorizada de Borja tenía gran peso sobre él. Felipe II podía aprovecharse de esa situación para conseguir que él y la Orden inclinaran el reino luso hacia Castilla. Ayudaría la reina Catalina de Austria, abuela de Sebastián, con la amenaza de que si no la obedecían en la corte lusa abandonaría el reino y pondría su casa en Castilla. Borja se encontrará en una difícil posición. Debía conseguir que Sebastián aceptara casarse con Margarita de Valois, comprometida al mismo tiempo con Enrique de Navarra, y que Catalina de Austria no se exiliara en España. Además, apartar discretamente al confesor del rey, el padre Gonçalves da Camara, porque todos decían que era culpa suya el mal estado en que se encontraba el reino. Borja recibirá entonces especiales comisiones de las coronas hispánica y lusa para actuar en Francia. Debía entrevistarse con la familia real gala para conseguir que Margarita aceptara al rey Sebastián como esposo y que Francia entrara también en la Liga Santa. Antes de esas misiones Pío V había decidido que Borja acompañara al cardenal Alejandrino a Blois, donde estaba la corte gala, para apoyar al nepote. Era otra misión, otra legación, se enviarán especiales instrucciones. La acción en España y Portugal dará lugar para intervenir también en Francia.

Al compás de los viajes de Borja, mientras andaba de un sitio para otro, Inglaterra llegaba a acuerdos con Portugal y Francia. El primero era un tratado comercial, claramente perjudicial a los intereses de España y la Santa Sede. Para desbaratarlo, Felipe II pensará en Borja. El segundo era una liga que dañaba directamente a la Liga Santa. Pío V debía actuar con rapidez, consideró oportuno casar a Juana de Austria -jesuita en secreto-, hermana de Felipe II, con el duque de Anjou, hijo de Catalina de Médicis, y nombrar a ambos reyes de Inglaterra, llevando a cumplimiento la excomunión que contra Isabel I había sentenciado. Borja podía ayudar por su especial influjo sobre Juana de Austria. También la Santa Sede estaba apoyando por dos frentes la invasión de Irlanda. El duque de Alba desde Flandes tendrá una palabra decisiva. En el norte de España había una flota dispuesta a la empresa. Borja conocía muy bien la situación en Irlanda, podía colaborar gracias a los buenos contactos que en la isla y en la monarquía hispánica tenía.

Después se presenta de forma clara y resumida los pasos que hubo de dar Borja para que la Orden tuviera cierto influjo en Francia. Pudo conseguir que la Compañía tuviera peso intelectual en Francia y por proyección en toda Europa. El reino estaba en crisis profunda a causa de las guerras de religión. Los estados europeos habían puesto su mirada en Blois, centro neurálgico. Allí entrará Borja con paso seguro, respaldado por la autoridad de Portugal, España y Santa Sede. Contaba con la seguridad de que Pío V no daría dispensa de consanguinidad para el enlace Margarita-Enrique mientras el hugonote no se hiciera católico. Serán difíciles conversaciones jurídico-teológicas, los agentes extranjeros informarán de esas actividades. Borja aparece como personaje principal. Sabía que había grandes peligros en lo que estaba pasando, el arrimo de los Valois a los Béam podía ser perjudicial, especialmente si el papa quedaba desautorizado. Un inexplicable movimiento de los Guisa afectó directamente a la política medicea. El duque de Mayenne, desobedeciendo a su rey, decide engrosar con un buen número de soldados -la joven nobleza católica de Francia- las tropas de la Liga Santa. Ciertos historiadores han implicado a los jesuitas, y algunos, someramente, a Borja y a Pío V de estar detrás del asesinato de Coligny y de la gran matanza de hugonotes que se produjo tras la noche de San Bartolomé. La respuesta a este gran problema de la Historia no sólo libera a Borja y a Pío V de semejantes acusaciones, sino que además presenta una nueva explicación apoyada con documentación inédita.

Más tarde hay que enfatizar las relaciones que Borja tuvo con la península itálica, y la inesperada misión que Pío V le encomendó en Saboya, junto a Emanuele Filiberto. La complejidad histórica de esta misión es grandísima por la intrincada política que vivían los pequeños estados italianos. Estaba en juego el dominio del norte de Italia. En cualquier caso, revelamos la opción política de Pío V y de Borja, en algunas ocasiones no coincidentes. El papa intentará unir a los príncipes de Italia para hacer frente a España y Francia, ayudando así a mantener la paz, el equilibrio de poder europeo. La cabeza sería Cosme I de Médicis, gran duque de Toscana. Las luchas entre Francia y España habían cambiado, ya no era la época de Carlos V, no luchaban dos naciones. Había cambiado tanto Francia que se luchaba no ya contra un rey y sus vasallos, sino contra particulares, nombres concretos que desequilibraban su propia nación y el mundo entero, es decir se peleaba contra individuos y no contra el reino. Pío V creía poder neutralizar a esos elementos fortaleciendo Italia. Aprovechando la confusión en el norte de Italia, la guerra de Flandes y las luchas intestinas de Francia, Felipe II y Carlos IX intentarán adueñarse de Argel. Podía ser un golpe mortal para la Liga Santa.

En Bolonia Borja se encuentra en palacio Marescotti con el Confaloniero Hércules Marescotti, los Cónsules y las Diez y Seis Reformistas donde solían reunirse desde el siglo XV. Este encuentro, en el marco del viaje de San Francisco con el cardenal nepote, fue para impulsar en el Real Colegio Mayor de San Clemente de los Españoles en Bolonia unos nuevos estatutos más ambiciosos que lo vigentes hasta entonces, para hospedar más de la treintena de españoles y cristianos.

Cansado y enfermo, Borja se retirará a la cercana Ferrara, cuyo duque estaba manifiestamente enemistado con el pontífice. Allí tendrá noticia de la muerte de Pío V. Borja llegará a tal agotamiento que entregará todo el gobierno de la Orden al padre Nadal. Pese a ello, algunos pensarán en él como sucesor de Pío V Allí recibirá las dramáticas noticias del descomunal asalto de los piratas neerlandeses -apoyados por Francia e Inglaterra- en tierras flamencas. Allí llegaron a sus oídos los primeros brotes de guerra que en los Países Bajos se habían desatado, precisamente eso que más temía. Allí también llegaron hasta él las nuevas de la noche de San Bartolomé y la elección del nuevo papa Gregorio XIII.

Finalmente hay que meditar sobre algunas reflexiones documentadas acerca del sentido de la tolerancia que Borja tenía, los programas de la reforma y de la restauración católica y el papel que podía desempeñar Borja. Atacar a los herejes se convertía no sólo en motivos religiosos, sino fundamentalmente razones de Estado. Un consejero de Felipe II le decía sin reparo alguno que no se debían tener en cuenta las diferencias entre hugonotes y católicos, meros nombres. Cuando no moviese la causa de la razón de Estado para atacarlos, había de hacerlo la causa de la religión. Algunos se servían de los motivos religiosos para secundar sus propias razones de Estado. Las consecuencias fueron el nicodemismo[21], la disimulación, el desgarramiento de las posturas más ortodoxas.

Por último, hay nuevos datos sobre el viaje de regreso a Roma y su muerte. Borja dejaba la vida confortado por el recuerdo, orgulloso porque había servido al pontificado hasta el último momento para acabar allí sus días. Llegó a Roma con gran paz, sin aparato, con gesto natural, casi inadvertido. Los hechos que historiamos no fueron los que le hicieron inmortal, pues hasta ahora no han sido conocidos en su totalidad. Y no pretendemos darle la eternidad que ya tiene. La gran obra de este hombre grande fue su propia biografía, cuya culminación fue su último año de vida.


7.     Cuadros genealógicos esenciales.

Se adjuntan los cuatro cuadros genealógicos:

1.      Rodrigo de Borja, Vannozza Cattanei.
2.      Rodrigo de Borja, Vannozza Cattanei, Ignota.
3.      Francisco de Borja y Aragón, Fernando el Católico
4.      Francisco de Borja, Leonor de Castro.
  

8.     El 500 aniversario del Santo

Para el 2010, Gandia prepara los actos del quinientos aniversario del patrón de la ciudad, San Francisco de Borja, el IV Duque de Gandia. Como ya se dijo anteriormente, fue hijo de Joan II, virrey de Cataluña y consejero de Carlos V. En su época, Gandia fue una de las ciudades más florecientes de la península Ibérica y más poderosa de la nobleza española. El declive de su esplendor llegaría años más tarde con la caída del cultivo de la caña de azúcar, con el que los Borja hicieron un gran negocio, y con la expulsión de los moriscos en 1609.

La primera parada en el itinerario borjano por Gandia son las Escuelas Pías, en las que desemboca el concurrido Carrer Major, centro neurálgico de la ciudad. Frente a la fachada, cinco estatuas del valenciano Manolo Boix representan al Borja más famoso: los papas Calixto III y Alejandro VI, César, Lucrecia y San Francisco.[22]El edificio fue construido en tiempos de este último que, más próximo ya a la Compañía de Jesús que al ducado, promovió la fundación de un colegio y más tarde de una universidad (1549). Allí se dieron clases hasta la expulsión de los jesuitas, en 1767. Los escolapios se instalaron en él en 1806 y actualmente su colegio comparte las instalaciones con el edificio de la UNED, el Centro de Enseñanza de Adultos y una sala de exposiciones. De la ampliación de la muralla que el duque realizó entre 1543 y 1548 queda como vestigio el Torrelló del Pi, que recibe este nombre por el pino piñonero que hay en su interior. Poco después de estas obras, Francisco de Borja renunciaría a sus títulos y al Ducado, que dejaría en manos de su hijo Carlos, y sería ordenado sacerdote. Empezó así una vida nueva e intensa y, a la muerte del sucesor de Ignacio de Loyola, fue elegido superior general de la compañía de Jesús. Hombre letrado, autor de tratados espirituales y amante de la música, en 1671 fue santificado por el Papa Clemente X.

[23][24][25]El Palacio Ducal de Gandia, conocido también como del Santo Duque o como el Palacio de los Borja, es uno de los edificios de arquitectura civil más característicos e impresionantes de su tiempo. De aspecto exterior discreto, esconde en su interior sorpresas como el magnífico patio de Armas, el salón de Coronas o la espectacular Galería Dorada El edificio construido, ampliado y restaurado a lo largo de siete siglos, constituye en la actualidad un variado muestrario de estilos arquitectónicos con destacables vestigios del primitivo palacio gótico de los siglos XIV y XV, aportaciones renacentistas del siglo XVI, ampliaciones y transformaciones barrocas propias de los siglos XVII y XVIII y finalmente reconstrucciones neogóticas de finales del XIX y principios de XX. Pero si el Palacio es importante por su arquitectura, lo es mucho más por su impresionante historia. Los Duques Reales de la Corona de Aragón tuvieron aquí su residencia principal, rodeándose de poetas como Pere y Ausias March. El 1485 el cardenal Rodrigo de Borja, futuro papa Alejandro VI, compra para sus descendientes el ducado de Gandia estableciéndose la dinastía de los duques Borja hasta el año 1740. Destacando entre ellos su IV duque San Francisco de Borja. Desde 1889 el Palacio es propiedad de la Compañía de Jesús que se ha ocupado de su restauración y mantenimiento, centrando su interior en la figura de San Francisco de Borja, III General de la Compañía de Jesús. El Palacio Ducal se encuentra dentro de lo que era el primer recinto amurallado de la ciudad. Cerca del ayuntamiento y la colegiata de Santa Maria. La fachada principal está realizada en mampostería y ladrillo. Presenta dos niveles además de los bajos. Casi toda su construcción, salvo la puerta, proviene de las reformas llevadas a cabo en el siglo XVII. El primer piso se ordena a base de seis balcones dintelados que corresponden a salones del Palacio y substituyen las primitivas ventanas ajimezadas góticas. El acceso principal se realiza a través de una puerta de arco de medio punto, con dovelas de sillería, característica de la arquitectura nobiliaria de los siglos XIV y XV.

Por último, las fiestas que Gandia celebra a finales de septiembre y principios de octubre las dedica al santo, cuya estatua preside también la Plaza Mayor. Amplia, amable y depositaria de esa luz que caracteriza a las ciudades del Mediterráneo, invita al visitante a sentarse en sus terrazas y disfrutar del rico bagaje histórico y cultural de la ciudad. Todavía hoy, los Borja dan nombre a calles, hospitales y centros escolares en Gandia, situada entre el mar y la montaña y con una deslumbrante huerta de naranjos de la que todavía puede presumir a las orillas del río Serpis.

9.      Oraciones.
Oficio de Lectura: carta del 3 de Octubre, de San Francisco de Borja, presbítero
“Sólo son grandes ante Dios los que se tienen por pequeños”
De una carta de san Francisco de Borja, presbítero, al beato Pedro Fabro
La duquesa está mejor, Dios loado, y se encomienda en las oraciones de vuestra reverencia. Suplique, padre, al Señor que no reciba yo su gracia en vano. Porque hallo que, según dice el salmista, mi alma ha sido liberada de todos sus peligros. Y, especialmente de pocos días acá, yo estaba tan frío y tan desconfiado de hacer fruto, que no le hallaba casi por ninguna parte; lo cual, a los principios, solía sentir al revés. Bendito sea el Señor por sus maravillas, ya que todos estos nublados se han pasado. En lo demás, diga ese «grande» y los otros lo que mandaren; que bien sé que no son grandes, sino los que se conocen por pequeños; ni son ricos los que tienen, sino los que no desean tener; ni son honrados, sino los que trabajan para que Dios sea honrado y glorificado. Y tras esto, venga la muerte o dure la vida, que de ese tal se puede decir que su corazón está preparado para esperar y confiar en el Señor. Plega a su bondad, que así nos haga conocer nuestra vileza, que merezcamos ver su infinita grandeza; y a vuestra reverencia tenga siempre en su amor y gracia, para que le sirva y alabe hasta la muerte y después le alabe por toda la eternidad.
Oraciones:

·         Señor y Dios nuestro, que nos mandas valorar los bienes de este mundo según el criterio de tu ley, al celebrar la fiesta de san Francisco de Borja, tu siervo fiel cumplidor, enséñanos a comprender que nada hay en el mundo comparable a la alegría de gastar la vida en tu servicio. Por nuestro Señor Jesucristo.

·         Señor mío Jesucristo: ruégote por aquella caridad con que rogaste a tu eterno Padre por los que te crucificaron, que Tú me perdones todos mis pecados con que yo te ofendí y fui causador de tu cruz. Oh Señor mío, que no desechaste al ladrón, mas le dijiste con dulzura de amor “hoy serás conmigo en el paraíso”: perdona, mi buen Jesús, los hurtos que yo te he hecho de este mi corazón, que tan tuyo es de justicia. Y dame tal socorro de tu gracia que nada baste para apartarme de Ti






[1] Escudo de armas de Alejandro VI. Sala de las Artes Liberales de los Apartamentos Borja en el Vaticano.
[2] San Francisco de Borja, despidiéndose de su familia. Goya.
[3] Así se llamaron los propietarios de tierras sometidas a la jurisdicción ordinaria de la ciudad, es decir, no sometidas a los señores feudales, sin que dicho término indicara que dichos propietarios fueran de condición social inferior a los caballeros.
[4] Juan Martínez Montañés, 1624. Escultura en madera policromada y telas encoladas, 167 cm. Iglesia de la Anunciación, Sevilla.
[5] Goya. San Francisco de Borja atendiendo a un enfermo.
[6] Goya. San Francisco atendiendo a un enfermo.
[7] Fresco de San Andrés del Quirinal.
[8] La iglesia de San Andrés del Quirinal en Roma, cuyo arquitecto fue Gianlorenzo Bernini.
[9] Fresco de San Andrés del Quirinal.

[10] San Francisco de Borja. Iglesia Manresa.
[11] San Pío PP V O.P., (* Bosco, 17 de enero de 1504 – † Roma, 1 de mayo de 1572). Papa nº 225 de la Iglesia católica de 1566 a 1572. Nacido Antonio Michele Ghiselieri, luego ordenado fraile dominico, obispo y finalmente cardenal alejandrino con el título honorífico de Gran Inquisidor. Comisario General de la Inquisición Romana. Fue canonizado por Clemente XI en 1712.

[12] III duque de Parma y Plasencia, IV duque de Castro, nació en Roma en 1545 y murió en Arras en 1592. Fue uno de los más grandes generales del siglo XVI, al servicio de España y cuyas victorias contribuyeron a formar el aspecto geopolítico de la Europa moderna.
[13] Recuerdos Borgianos.
[14] Enrique García Hernán está citado en detalle en la bibliografía. Tal vez pueda ser considerado como la máxima autoridad contemporánea sobre el personaje de San Francisco.
[15] Retrato del Papa San Pío V por El Greco.
[16] La evaluación de los studios.
[17] Astucia engañosa o fraudulenta, de los venecianos.
[18] Gitanería, de los españoles.
[19] Sebastián I de Avis, apodado el Deseado, (Lisboa20 de enero de1554 -Alcazarquivir, 4 de agosto de 1578) fue rey de Portugal. Hijo póstumo del infante Juan Manuel de Portugal (hijo de Juan III el Piadoso) y de su esposa, la archiduquesa Juana de Austria, infanta de España. Era, por tanto, nieto del emperador Carlos V por vía femenina y bisnieto de Manuel I de Portugal, el Afortunado, por paterna.

[20] Un eslabón entre los dos linajes Borja y Marescotti, luego Ruspoli.
[21] El nicodemismo es la práctica de la disimulación religiosa.

[22] Frente a la fachada de las Escuelas Pías, las cinco estatuas de los Borja más famosos.
[23] Patio de armas.
[24] Aposento del Santo Duque.
[25] Salón de coronas.

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