viernes, 22 de marzo de 2013

Orientalia





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 Este libro lo dedico a mis entrañables compañeros de muchos viajes, empezando por mi mujer y mi hija, ambas María de Gracia y sin olvidar a mis grandes amigos o parientes como las tres generaciones Osuna de Ángela Mª y una de Cristina, S.A.R. la Infanta Margarita, Paloma Sanz-Briz, María Guadalcazar, Helena Kirby, Amparo Corel, Reyes Alberdi, Melinda d’Eliassy (D.E.P.), Marité Ceño, María Carrión, Paloma y José Manuel Cabo, Valentín Mollinedo, Ángel Gil (D.E.P.), Carlos Zurita, Federico Trenor (D.E.P.), Javier Gonzalez de Gregorio, Perico González López de Carrizosa y Sergio Alberto Baur, entre muchos otros.

¡Con todos vosotros volvería a viajar!



Índice



00.Prólogo....................................................... 4
01. Introducción.............................................. 8
02. Rusia........................................................ 25
03. India........................................................ 72
04. Tibet...................................................... 112
05. La diosa viviente de Nepal.................... 191
07. Sri Lanka............................................... 216
08. Jornada china........................................ 233
09. Sudeste asiático..................................... 319
10. Aung San Suu Kyi, Nobel de la Paz..... 322
11. La Pagoda de Cholón............................ 334
12. Angkor................................................... 347
13. Tsunami................................................. 363
14. El brazo de la venganza........................ 397
15. Las torres Petronas................................ 407
16. Peces Rojos............................................ 422
17. Laos, la tierra del millón de elefantes... 427
18. Las bellezas........................................... 445
19. Muerte de un niño................................. 437
20. Tentaciones........................................... 450
21. Tzu Hsi, la última emperatriz............... 457
22. Li Po, el poeta....................................... 470
23. Espíritus................................................ 479
24. Religiones.............................................. 484
25. ¡Abajo a los fanáticos en Indonesia!..... 489
26. Ciudades en el recuerdo....................... 524
27. Gia Dinh................................................ 525
28. Teherán y Felipe II............................... 529
29. La luna de Persépolis............................ 533
30. Hue, Vietnam........................................ 536
31. Tokio...................................................... 540
32. Boda árabe en Amman......................... 547
33. Damasco en estado de sitio.................. 556
34. Saná y el khat salvador.......................... 574
35. Reuniones  en  Argel............................. 582
36. Tripoli, bel suol d’amore…................... 587
37. El Cairo y sus animales eternos............ 598
38. Casablanca, indemnización fantasma... 609
39. Los cristianos en los países islámicos... 628
40. Agradecimientos................................... 666


Prólogo


La biografía de las personas que aman el viaje (así, en singular) se ve jalonada por los hitos que marcan sus diferentes viajes. Lo escribo en singular porque no hablo de todos los viajes, ni de muchos viajes, ni de algunos viajes, sino del hecho de viajar como cambio que transforma nuestra vida.

Un día, me levanto, abro la maleta y meto cosas en ella. ¿Significa esta actividad que ya he comenzado el viaje? ¿O ha sido antes, cuando me dan un papel en el que se dice que voy a volar un día determinado a una hora determinada hacia un determinado lugar? Hay un momento en que el viajero ya no es del mundo que le rodea en su vida cotidiana y lo ve como alejándose de él, como si su cuerpo estuviera allí mientras que su mente está ya viajando hacia otro sitio. Ése es el comienzo. Sin apenas notarlo, todo cambia. Y eso es lo importante, porque este cambio nos trasforma, nos convierte en otra persona, nos revitaliza e impregna de una pátina invisible de la que en nuestro día a día carecemos. Abandonamos nuestra imagen de crisálida, mudamos la piel y pensamos en otras historias.

Todo ello sucede por el hecho simple de que viajar es un estado de ánimo que nos impulsa hacia una forma de conocimiento universal: por un lado, mirando hacia afuera nos acerca a mundos diferentes, extraños o cercanos, y nos relaciona con ellos; por otro, mirando hacia adentro (aunque no queramos), nos obliga a reflexionar, a valorar, a escoger. Es decir, a conocernos. Werner Heisenberg, Premio Nobel de Física en 1932 y uno de los padres de la mecánica cuántica, se atrevió a señalar: “el simple hecho de observar modifica lo observado”. En el asunto de viajes que ahora nos concierne, podemos añadir: “y modifica al observador”.

Si hubiera que empezar a viajar por algún lugar, Oriente lo da casi todo. Un viaje a Asia siempre es un viaje de iniciación, de contenido plural y resultados sorprendentes. Cuando hace treinta años fundamos la empresa Catai Tours, los primeros viajes que ofrecimos fueron a la India y a China, a pesar de que entonces eran países apartados de las rutas turísticas debido a su imagen de dureza y dificultad. Lo primero que aprendí fue que Asia no quería perder su pasado milenario, ni sus costumbres antiguas, ni siquiera pretendía parecerse a la otra mitad del mundo. Hoy sucede lo mismo, pero Europa tampoco quiere perder su pasado milenario, ni sus costumbres, ni su bienestar, ni la fulgente América piensa en comer la hamburguesa, los tacos o el asado criollo con palillos en vez de tenedores, trocar la vegetación floral de sus parques por jardines de pura piedra, una película de Woody Allen por la meditación trascendental o el rock por la música dulce que surge del laúd japonés shamisen. 

Carlo E. Ruspoli, autor del libro virtual o físico que ahora tiene en sus manos, dice (con razón): “Distintos, distintos. Entre sí y con respecto a los demás. Eso son los orientales. Nada los une, nada los aglutina”. Excepto a veces la religión. Excepto la familia más cercana. Viven en sus celdillas como abejas solitarias sin saber apenas acerca de quien tienen al lado como vecino. Exactamente igual que le sucede a un neoyorquino en Manhattan, pero con distinta filosofía de vida. Ahí está el desencuentro.

El resultado es magnífico. El viajero llega a la India y pregunta cualquier cosa, por ejemplo, si en ese edificio que tiene ante él hay un cajero automático. La respuesta es un movimiento de cabeza de un lado a otro parecido al que hacemos en Occidente cuando queremos decir no. Y significa todo lo contrario. O nos llevamos la mano al estómago para explicar a un chino que tenemos hambre y él se queda mirando de manera estática con una sonrisa asiática que parece equivaler a un “no tengo ni idea de lo que esta persona está diciéndome”. Con frecuencia, ni siquiera el lenguaje corporal se rige por las mismas normas y eso desconcierta, obliga a buscar nuevas pautas y despierta la creatividad y el sentido de superación que en nuestro medio habitual están adormecidos o escasamente estimulados.

Ese distanciamiento, esa forma de anclarse cada uno en su posición, se rompe con el viaje para convertirse en un compendio de enseñanzas que mucho tiene que ver con la paciencia, la tolerancia, la bonhomía y otras muchas virtudes que suelen acrecentarse cuando se viaja. A ellas hay que agregar una parte sustancial del viaje: su vertiente cultural. Cada paso que damos fuera de nuestro entorno es un aprendizaje, una guía que nos enseña a mirar, oler, palpar, saborear y escuchar más intensamente, una recreación de la otra persona que todos llevamos dentro, un libro (o mejor aún, un mapa) interior que leemos casi siempre sin esfuerzo alguno. Esta relación no camina en un único sentido, sino que va y viene entre ellos y nosotros con la fuerza de un elefante y la velocidad de una gacela.

Carlo E. Ruspoli sabe mucho de esto. Como buen viajero, sabe que nadie puede decir que es aficionado a los viajes, sino que es viajero o no lo es. Él lo demuestra en este libro que titula acertadamente Orientalia, un atlas descriptivo escrito a través de sus viajes por Oriente, fundamentalmente por Asia, pero también por algunos países del norte africano considerados por los viajeros decimonónicos como orientales aunque estén en los mismos meridianos que atraviesan mentalmente España, Francia, Italia, Grecia o Finlandia. En él, mezcla historia, geografía física y humana, fauna y flora, cultura, religiones, leyendas y relatos de sus viajes por unos treinta estados y los tritura en el crisol de los metales brillantes para que sirva al lector de guía o referencia. 

Pero ante todo, el libro de Ruspoli sirve para iniciarse en un mundo tan enigmático como cautivador: el mundo de los viajes por oriente. De su mano, el lector puede intuir el contenido, la filosofía o las costumbres (tan distintas a las nuestras) de aquella inmensa y lejana tierra continental. Decia Gandhi: "nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo, no en el resultado"; cambiemos dos palabras y obtenemos esta frase: "nuestra recompensa se encuentra en el viaje, no en el destino". Y al este del Mar Amarillo, otro remata: "un pájaro no canta porque tenga una respuesta, canta porque tiene una canción". Algo que, traducido a nuestro particular lenguaje, podría significar: un viajero no viaja sólo por curiosidad, sino porque tiene por delante un camino interior para conocer y conocerse mejor.




Matilde Torres


19. Muerte de un niño


La pierna, apresada bajo el árbol, le dolía cada vez más. Un extraño calambre recorría su frágil cuerpecillo, demasiado resistente como para permitir una muerte rápida. Allá arriba, entre las ramas y las hojas, lucía un sol implacable que bajaba caliginoso hasta tierra, secándole la boca, agrietando sus labios torturados por la fiebre. Por momentos todo se volvía turbio, cesaba el bordoneo de los insectos, se borraba el pájaro que curioso le miraba y el día se transformaba en noche.
Del fondo de esa noche le llegaba el pasado. Se veía aún más niño sobre la espalda de un búfalo negruzco, chorreante, a medias metido en el lodazal. Luego, en la casa, construida junto a agua, encaramada en unos pilotes de madera, jugaba con otros chicos, zambulléndose en el líquido negro de noche, sin hacer caso del resoplido del búfalo. Después, el sueño lo asaltaba sin que bastasen a sobresaltarle voces que parecían echar un jarro de frío entre los que las oían: guerra, presos, tortura. Era la hora de la paz, del sosiego, el momento del puñado de arroz, cuando su madre -unos dientes blancos en un rostro oscuro- le miraba a los ojos. Y él sonreía. Le gustaban aquellas horas, oliendo el humo que se desprendía de la lucecita de fuego de la pipa de su padre, escuchando, en confuso barboteo, palabras sin sentido: gobierno, piastras, política, impuestos.
Recobró el conocimiento. Ahora, el sol se ocultaba, pero aún había luz para sus ojos. Su cuerpo ardía. Su cabeza le estallaba. La pierna, bajo el árbol inconmovible. A unos pasos de él, pero fuera del alcance de su mano, la bolsa de plástico, reventada, escapando de ella, como a borbotones, el arroz, blanco, grumoso. El estómago se le retorció en un espasmo doloroso. Estiró la mano delgada, procuró girar el cuerpo sobre la tierra para ver si cedía algo la pierna apresada, pero la tenía sujeta corno por un cepo inmenso y sólo consiguió arrancarse un gemido de dolor y sentirse cubierto de sudor. La mano no alcanzaba, su corazón jadeaba y hubo de renunciar al esfuerzo. De entre las ramas bajó el pájaro curioso se acercó al arroz, sin atreverse a tocarlo, temiendo al chiquillo aplastado, jadeante y agotado. Las sombras se espesaron y de lo alto de los árboles bajó secreta la noche.
También fue una noche cuando se despertó sobresaltado. Su madre le abrazaba tiritando, apretándole, sollozando. Oyó voces confusas, agrias, ordenancistas. Y súplicas, lloros, lamentos. La aldea entera parecía reunida, en torno a unos desconocidos de rostro duro y mirada reluciente. De sus hombros colgaban unos tubos negros inquietantes y con ellos amenazaban a los que no se daban prisa. Viejos, mujeres, hombres, niños, en un silencio de muerte, escucharon. Escucharon. Los forasteros hablaban y hablaban. Cosas extrañas, incomprensibles: invasores, explotación, patria. ¿Por qué repetían tanto? ¿Qué querían decir? No se les entendía. Nadie les entendía. ¿Querían comida? Sí, buscaban arroz -patriotismo, invasores- y pedían dinero -opresión, libertad-. También eligieron unos hombres jóvenes de entre los aldeanos, a los que empujaron después hacia la oscuridad de la selva cercana, sin que los ojos del pequeño, dilatados por la curiosidad, comprendieran a dónde iban. Los desconocidos elevaron el tono de sus voces - traición, colaboracionistas- y ataron las manos de un viejo de barba rala, arrodillándole en el suelo y golpeándolo. Al verlo, el niño sintió dolor, notó que su madre lo envolvía en sus brazos corno si quisiera ocultarlo, con su gemido ininterrumpido, corno en un crescendo de dolor, de miedo. Se oyó un ruido seco, ensordecedor, en la paz de la noche que se repitió entre las tinieblas yendo a perderse río abajo. El anciano maniatado rodó por el suelo con una mancha roja, extendiéndose entre el pelo sobre la nuca.
Ahora estaba preso. Bajo el árbol. Cuando se despertó era de día, un día gris, turbio, espeso. Ante sus ojos una caravana ajetreada de hormigas zigzagueaba hacia el saco de arroz. Cogían granos apelotados, se los pasaban de unas a otras, corrían con ellos, desaparecían entre unas hierbas para reaparecer más allá, y volver a ocultarse entre la hojarasca verde oro. Hubiera querido tener fuerzas para repelerlas, asustarlas. Miró alrededor y vio una ramita de ratán con unas hojas. Con un esfuerzo que no cabía en su cuerpecillo, la consiguió alcanzar. Pero perdía el conocimiento, la vista se le nublaba. Las uñas azules. Los dedos pálidos. El dolor en todo el cuerpo. Descansó. Abrió los ojos. Las hormigas seguían su estúpida labor, corriendo, robando, tropezando, en una agitación absurda. Con la rama consiguió cortarles su camino, aventándolas, desparramándolas. Enfurecido, encolerizado al verlas, absurdas, desorientadas, tozudas, vencidas. Deseando, en su asco y su rabia pisotearlas. Hasta se le olvidó su pierna. Y, cuando quiso aplastarlas con los pies, un grito de su garganta le recordó su prisión. El esfuerzo y el dolor le volvieron a las tinieblas.
Entre ellas, le volvieron sus recuerdos. De que abandonaron el poblado. Eran niños y mujeres. Muy pocos hombres. Entre ellos no estaba su padre. Ya no le volvió a ver y su madre no hacía más que llorar. Tampoco volvió a ver al búfalo de ojos dormidos. Allá atrás ardían las pocas tablas que constituían el poblado.
El camino fue largo, por sendas de selva, a la orilla de arroyos, por llanuras encharcadas. Encontraron a otros que también caminaban. En la cabeza llevaban en equilibrio calderos, ropas, comida. A las espaldas de las mujeres, algún niño dormido. Un hombre demacrado, vestido de blanco, con una cruz de madera colgando de la cintura les guiaba, les hacía parar a veces; a veces, les obligaba a comer; a veces, les obligaba a andar. Llevaba los pies descalzos, pero le sangraban como si no estuviera acostumbrado a marchar sobre los guijarros. Algunas veces daba una palmada cariñosa en la espalda animando a los rezagados, acariciaba la cabeza de un niño. Por las tardes los reunía en un claro y con lianas ataba ramas bajas de los árboles próximos hasta hacer una especie de cerca. Las mujeres calentaban arroz, té; los hombres hablaban sentados en cuclillas, como embrutecidos. El del vestido blanco, de pie, decía cosas raras de un desconocido que, por lo visto, se llamaba Jesús. Los niños le escuchaban con los ojos abiertos, sin entender nada. Nadie le entendía.
Al cabo de muchos días hicieron alto. Allí se podía preparar la tierra para cultivarla. De la selva cercana traían ramas para hacer chozas. El hombre de blanco se marchaba y cuando volvía traía sacos de arroz y semillas. O traía clavos y martillos. De las colinas vecinas bajaban hombres ágiles, de pieles oscuras y casi desnudas, y mujeres que llevaban niños desnudos de ojos largos y piel cetrina. Luego desaparecían entre los árboles y no se volvía a verles.
Le reanimó la lluvia. Unos goterones espesos, aislados. Sacudían las hojas de los arbustos, resbalaban por ellas, se desprendían en su extremo y la hoja flexible, aliviada del peso del agua, recuperaba su posición normal. Un relámpago rasgó el cielo y las gotas se multiplicaron, cayendo cada vez más juntas, más densas, mojándolo todo, cayéndole en la boca reseca, escurriéndole del pelo, de los ojos, haciendo de la tierra un lecho de barro primero, y de agua después, refrescando sus sienes, limpiándole el sudor del hambre, del dolor y del miedo. Parecía resucitar a la vida, olvidado de la pierna aprisionada. ¿Cuánto tiempo llevaba así? Seguía lloviendo en cortinas espesas, una tras otra, sin descanso, haciendo esconderse a los pájaros y a los monos, deteniendo la vida de la selva. Hasta que un nuevo terror le asaltó: el agua, formaba ya charco caliente, amenazaba con cubrirlo. Hizo esfuerzos para soltarse de su cepo, sin conseguir absolutamente nada más que debilitarse aún más, agotarse en un desenfrenado forcejeo y volver a caer extenuado.
Y recordaba. El hombre vestido de blanco, hablaba de aquel Jesús ¿Dónde estaría? Quizá en algún sitio alto porque, cuando hablaba de él, hacía gestos como si fuese a venir de arriba, de las copas de los árboles. De repente hubo un extraño sonido en el aire.
 Despertó. El agua a su alrededor estaba caliente. Como con el búfalo. Se sintió mejor y consiguió mover algo la pierna muerta, a pesar del dolor. El agua de la lluvia había ablandado la tierra. Y con la fuerza del instinto de conservación empezó a arrancar barro en torno a la pierna cogida bajo el árbol. Las manos le sangraban junto a las uñas. Lo peor era rascar bajo la rodilla, allí donde el golpe había pulverizado los huesos, desecho los tejidos y convertido la carne mezclada con sangre en una pulpa blanca y viscosa cuyo solo contacto le hacía perder el sentido. Toda la noche estuvo trabajando hasta liberar la pierna y al amanecer pudo ver, a los primeros rayos del alba, el espectáculo nauseabundo de su pierna deshecha, purulenta y rodeada de insectos repugnantes. Le pareció que le arrancaban las entrañas y en una convulsión vomitó sobre sí mismo, llenándose de sudor, girándole los árboles en derredor, chillando los monos espantados. Hasta que dejó de oír y de sentir.
En su delirio volvió a ver al hombre de blanco, cuando de repente se llenó el poblado de ruidos terribles, de luces cegadoras, de humos, de chillidos. Corrió, corrió en busca de la protección de la alta hierba y desde allí vio otra vez hombres armados juntar a las gentes, golpearlas, gritar, exigir. Los campesinos entregaron arroz, dinero. Invasores, exterminio, guerra. Y disparos, disparos. Y exigencias. Contra un árbol sujetaron al vestido de blanco, que ya no hablaba. Tenía la ropa desgarrada y ensangrentada y un ojo fuera de la órbita. Al resto de los vecinos los empujaron de dos en dos y al borde la jungla, los derribaban de una fría explosión en la nuca.
¡Qué no le vieran! ¡Qué no le vieran! Allí, pegado al suelo, con la nariz en la hierba y un gusto amargo en la boca. Esperó horas. Hasta que quedó sólo. Sólo con los muertos. Se levantó sintiéndose rodeado del silencio de los cadáveres tendidos en posturas grotescas. Tuvo miedo. Y empezó a correr.
Huyó de la muerte. Huyó del espantajo vestido de blanco con su cruz y sin vida. Huyó de su propio horror. Alocado. Sin saber a dónde. Hasta dar de narices con un hombre que le sujetó por un brazo y le zarandeó hasta hacerlo volver ciego, le habló. Le dio arroz. Y agua. Le calmó.
Y empezaron a darle órdenes: rellenar sacos de plástico con arroz, ayudar a transportar municiones, traer agua. Y caminar y más caminar. De día se detenían, pero la noche era un continuo moverse de un sitio a otro, cayendo hoy sobre una aldea, llevándose  los chicos y al arroz; chocando mañana con un enemigo del que se veía solo fuego; arrastrando heridos y moribundos de una cuerda atada al pie; aprendiendo a buscar la vida en la huida, en el barro de las acequias, en la red de túneles, en la inmovilidad y el silencio, deteniendo la respiración para no delatarse, aprendiendo a reconocer en el suelo la trampa escondida, distinguiendo por los silbidos en las orejas de dónde disparaban. Llevando comida a los soldados malnutridos y con ojos de sueño, a los campesinos armados y roídos de fiebres y gusanos, cargando sus armas, quitándoselas si se quedaban de repente clavados en el suelo con la mirada vidriosa fija en las estrellas. Colocando, ocultas entre hojas, minas que, a veces, estallaban ensordecedoras destrozando a los que las manejaban. Cubriendo con tierra y ramas los muertos que iban echando a una fosa de fondo acuoso. Soportando el olor dulzarrón, empalagoso y nauseabundo del lazareto entre los árboles, cuyas ramas tejidas servían de techo. Y de cama. Y que sirvieron de pasto a las llamas la noche en que empezaron a llover lenguas de fuego que corrían veloces por el suelo, se abrazaban a las chozas, convertían en antorchas a los heridos y a los sanos, trepaban por los árboles, cruzaban de uno a otro por las lianas, se enroscaban sobre sí mismas, se extendían sobre el agua y convertían el mundo entero en una inmensa hoguera.
Con el corazón en la boca y el miedo en los talones corría, corría, corría. Hasta que puso el pie sobre una mina. Saltó en el aire, desgarrado, cayendo sobre tierra al par que sobre él se abatía un tronco cercenado.
Y se despertó. Con la ayuda de las manos tiró de la pierna. Lo que quedaba de ella. Sangraba. No le importaba nada ya de su padre. No se acordaba de él. Ni de su madre, una mujeruca llorosa desaparecida hacía tiempo. Ni de los otros niños que como él crecían entre el horror. Ni de los que mataban campesinos y robaban arroz. Ni de los que hacían llover ríos de fuego. Su pierna. Su pierna. ¿Qué culpa tenía su pierna? ¿Por qué tenía hambre y sed y fiebre? Todos los hombres eran enemigos. Todos. También los que le habían enseñado a poner minas para su frágil pierna inocente que se desangraba. La miró y buscó el arroz. Las hormigas habían vuelto a él. Pero ya no le importó. El sudor le cubría sumiéndole en la impotencia, haciéndole olvidar hasta su pierna pulverizada.
Entonces fue cuando sintió un bienestar repentino. Frente a él, sobre una rama le miraba un pájaro, el mismo de todos los días. ¿Cuántos? Parecía pedirle explicaciones de su paso por el mundo. A ratos parecía que se iba. Pero era sólo que no lo veían sus ojos. El pájaro seguía allí. Durante horas. Comiéndose su arroz. Espantando a las hormigas. ¡Qué más daba! Todo le era ya igual. Sus ojos se llenaban de oscuridad. y el final fue sólo una pregunta. ¿Quién sería aquel Jesús? 



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