viernes, 22 de marzo de 2013

Los Bellegarde de Saint Lary


           INDICE


01. Introducción............................................................................. 4
02. Los Bellegarde en la historia........................................... 35
03. El libro de Oro de la Nobleza Italiana....................... 48
04.  El Beato Pio IX, Papa Mastai Ferretti.......................... 71
05. Árbol genealógico de los Bellegarde.......................... 110
06. Parentesco con Su Majestad Víctor Emanuel II de Saboya-Carignano, rey de Italia.......................................................................................................... 122
07. Descendencia de Su Majestad el rey Augusto III de Polonia          125
08. El conde y mariscal de campo Heinrich Joseph Johannes de Bellegarde          127
09. Hoja militar del conde Augusto de Bellegarde de Saint-Lary      160
10. El conde Federico de Bellegarde de Saint-Lary... 165
10.01 Prólogo.................................................................................. 166
10.02 Capítulo............................................................................... 170
10.03 Capítulo............................................................................... 233
10.04 Capítulo............................................................................... 267
10.05 Capítulo............................................................................... 283
10.06 Capítulo............................................................................... 325
10.07 Capítulo............................................................................... 345
10.08 Capítulo............................................................................... 405
10.09 Capítulo............................................................................... 461
10.10 Apéndice.............................................................................. 510
11. Bibliografía esencial......................................................... 512
12. Lista de nombres................................................................... 516


1.   Introducción

Mi hermano, el conde Roger Roberto de Bellegarde de Saint-Lary (nacido en Milán el dos de junio del 1965, casado y con descendencia como veremos más adelante)  me ha encargado este año 2012, que escriba este libro sobre su noble y antigua familia originaria de la Saboya[1] tanto para él , como para sus hermosos hijos gemelos, Gabriela y Alejandro, su hermosa mujer Herminia y para los demás miembros de dicho linaje. [2]
Para mí supone  una satisfacción que me haya consultado, tal vez por el éxito cosechado en mi primer libro de relatos biográficos que le dediqué sobre los ilustres apellidos Borja, Téllez-Girón, Marescotti y Ruspoli, denominado Retratos y publicado por la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía en mayo del 2011. No voy a seguir hablando de mi primer libro publicado, porque pienso que el autor que habla solo de sus propios libros acaba siendo peor de la madre que solo habla de sus hi jos. Y soy consciente de que no se es escritor por haber elegido decir ciertas cosas, sino por la forma que se digan, así que mi función será la de dar testimonio, como fiel cronista y como si fuera un acta notarial, de la historia de la noble descendencia Bellegarde de Saint-Lary, de origen de Saboya. Los Bellegarde, abreviando el patronímico, fueron barones, condes, marqueses y duques en Francia y condes en Italia. Tantos países diferentes a los que habría que añadir España y Estados Unidos de Norteamérica, entre otros. Pero la diáspora de la familia nunca fue un motivo de que cayera en el olvido, porque allá donde estuvo o está siempre ha destacado. [3]
Tal vez cabe aquí un razonamiento sobre los distintos pueblos protagonistas de este libro, para conocerlos mejor y contrastar con la opinión del autor, cuyos ancestros compartidos al 50% con mi hermanos Roger, son italianos, españoles, norteamericanos, franceses, austriacos, húngaros, alemanes, escoceses, británicos, etc. Los Bellegarde tuvieron que lidiar con varios de ellos y con resultados  no siempre buenos, vamos con altibajos.  En especial el siglo XIX que fue condicionado por la Revolución francesa, los Bonaparte, las alianzas contra el emperador, las guerras de independencia de Italia, para llegar a la ansiada unificación de Italia. En este escenario los jóvenes de buena raza, recién salidos  de sus colegios militares, al final elegían entre las varias opciones disponibles y según la tradición de la familia. Sin embargo esto provocó a los Bellegarde y a otras familias nobles de Saboya que en ocasiones hubiera batallas en las que se enfrentaron hasta unos hermanos.
Humberto Eco en su última novela “El cementerio de Praga” crea a un personaje piamontés, un falso y falsificador capitán inmerso plenamente en las contradicciones de aquel siglo en el que le tocó vivir y que ajustó a sus extravagancias y precisamente sus opiniones son las que reproduzco en parte a continuación, porque son muy adecuadas a la realidad de entonces. Y aunque sean evidentemente causticas, subjetivas y posiblemente injuriosas, a la vez son divertidas y desenfadadas. Lo cual aclaro para que nadie se sienta por aludido, especialmente los Bellegarde y este autor.
Gobineau [4]escribió sobre la desigualdad de las razas y afirma que si alguien habla mal de otro pueblo, es porqué considera superior el propio.
Sin tener prejuicios, los franceses opinan por ejemplo que los italianos son perezosos, estafadores, rencorosos, celosos, orgullosos más allá de todo límite, tanto que piensan que quien no sea francés es un salvaje incapaz de aceptar reproches. Claro que para inducir un francés a reconocer una tara en su raza es suficiente hablar mal de otro pueblo, como si dijéramos: “Nosotros los polacos tenemos este o aquel defecto” y, como no quieren ser segundos de nadie, ni siquiera en lo malo, reaccionaría al instante con un “Oh, no, aquí en Francia somos peores” y dale a hablar mal de los franceses, hasta que se dan cuenta que han caído en tu trampa. Los franceses no aman a sus semejantes, ni siquiera cuando les sale a cuenta. Nadie es más maleducado que un tabernero francés que tiene todas las trazas de odiar a sus clientes, lo cual quizás sea verdadero, y de desear no tenerlos, lo cual es falso porque el francés es codicioso hasta la médula. Ils grognent toujours. Vamos tu pregúntales algo y te contestarán: sais pas, moi y sacan los labios hasta fuera como si pedorrearan.
Los franceses son diabólicos, matan por aburrimiento. Es el único pueblo que ha mantenido ocupados a sus ciudadanos durante varios años en eso de cortarse la cabeza unos a otros, y suerte que Napoleón consiguió canalizar su rabia hacia las otras razas, movilizándolos para destruir Europa.
Están orgullosos de tener un Estado que dicen poderoso, pero se pasan el tiempo intentando que caiga: nadie como el francés tiene tanta habilidad para hacer barricadas por cualquier motivo y cada dos por tres, a menudo sin saber ni siquiera por qué, dejándose arrastrar por la calle por la peor chusma. El francés no sabe bien qué quiere, lo único que sabe a la perfección es que no quiere lo que tiene. Y para decirlo no sabe sino cantar canciones.
Creen que todo el mundo habla francés. Muchos académicos llegan a sospechar que Calígula, Cleopatra o Julio Cesar o los sabios como Pascal, Newton o Galileo escribieron sus cartas en francés, cuando hasta los niños saben que hasta los ilustrados de aquellos siglos se escribían en latín.  Pero los doctos franceses no tenían ni idea de que otros pueblos hablaran de forma distinta que el francés. Quizás la ignorancia es el efecto de su avaricia, el vicio nacional que los franceses toman por virtud y llaman parsimonia. Sólo en aquel país se pudo idear toda una comedia alrededor de un avaro[5]…por no hablar de Félix Grandet.[6] La avaricia la ves en sus casas polvorientas, con esas tapicerías que nunca se renuevan, con esos cachivaches que remontan a sus antepasados, con esas escaleras de caracol de madera tambaleante para aprovechar el poco espacio…
Los piamonteses y los de Saboya son como la caricatura de un galo, pero de ideas más estrechas. A los piamonteses cualquier novedad los paraliza; lo inesperado les aterra; para que llegaran hasta las Dos Sicilias, aunque entre los garibaldinos hubo muy pocos piamonteses, fueron necesarios dos ligures: un exaltado como Garibaldi y un gafe como Mazzini. Solo ese vanidoso de Dumas amó esos pueblos sureños, quizás porque le adulaban  más que los franceses que, con todas sus lisonjas, no dejaron de considerarle un mulato. Gustó a napolitanos y a sicilianos, mestizos ellos también, por historia de generaciones nacidos de cruces de levantinos desleales, de árabes sudorientos y ostrogodos degenerados, que tomaron lo peor de sus híbridos antepasados: de los sarracenos, la indolencia; de los suabos[7], la ferocidad; de los griegos, la infructuosidad y el gusto de perderse en charlas con tal de dividir un pelo en cuatro.
El italiano es de poco fiar, vil, traidor, se encuentra más a gusto con el puñal que con la espada, mejor con el veneno que con el fármaco, artero en los tratos, coherente solo en cambiar de pendón según sople el viento. Para muestra no hay más que ver lo que hicieron los generales borbónicos, nada más aparecer los aventureros de Garibaldi y los generales piamonteses[8].  Claro, es que los italianos se han modelado sobre los curas, el único gobierno auténtico que han tenido desde que los bárbaros sodomizaran a aquel pervertido del último emperador romano[9] porque el cristianismo había debilitado el orgullo de la raza antigua.
Y para completar el cuadro de las posibilidades que se abrían a los Bellegarde en cuanto en el medio de varios pueblos distintos tengo que hablar de los alemanes[10].
Un alemán produce de promedio el doble de heces que un francés. Hiperactividad de la función intestinal en menoscabo de la cerebral, que demuestra su inferioridad fisiológica. En los tiempos de las invasiones bárbaras, las hordas germanas sembraban a su recorrido de irrazonables amasijos de materia fecal. Por otra parte, también en los siglos pasados, un viajero francés entendía al punto si ya había cruzado la frontera alsaciana por el tamaño anormal de los excrementos abandonados en los bordes de las carreteras. Como si esto no bastara, es típica del alemán la bromhidrosis, es decir, el olor nauseabundo del sudor.  Y está probado que la orina de un alemán contiene el veinte por ciento de ázoe, mientras las demás razas solo en quince.
El alemán vive en un estado de perpetuo embarazo intestinal debido al exceso de cerveza y a esas salchichas de cerdo que se atiborra. Una noche durante uno de mis viajes a Múnich, en esa especie de catedrales desacralizadas llenas de huno como un  puerto inglés y apestosas de manteca y tocino, los pude ver incluso a pares, ella y él, con sus manos agaradas a esas jarras de cerveza que, por si solas, saciarían la sed de un rebaño de paquidermos, nariz con nariz en un bestial diálogo amoroso, como dos perros que se olisquean, con sus carcajadas fragorosas y desgarbadas, su turbia hilaridad gutural, translúcidos por la grasa perenne que les pringa rostros y miembros,  como el aceite en la piel de los atletas del circo antiguo.
Se llenan la boca de su Geist, que quiere decir espíritu, pero es el espíritu de la cerveza que los entontece desde jóvenes, y explica por qué, más allá del Rhin, jamás se ha producido nada interesante en arte, salvo algunos cuadros con unas jetas repugnantes, y poemas de un aburrimiento total. Por no hablar de su música: no me refiero a ese Wagner ruidoso y funerario que hoy pasma también a los franceses, sino de lo poco que he oído de las composiciones de tal Bach, totalmente desprovistas de armonía, frías como una noche de invierno. Y las sinfonías de ese Beethoven: una bacanal de chabacanería.
El abuso de la cerveza los vuelve incapaces de  tener la menor idea de su vulgaridad, pero lo superlativo de esa vulgaridad es que no se avergüenzan de ser alemanes. Se han tomado en serio a un joven glotón y lujuriosos como Lutero (¿puede casarse uno con una monja?), solo porque ha echado a perder la Biblia  al traducirla a su lengua. ¿Quién dijo que los teutones habían abusado de los dos grandes narcóticos europeos, el cristianismo y el alcohol?
Se consideran profundos porque su lengua es vaga, no tiene la claridad de la francesa o de la italiana, y no dice exactamente lo que debería, de suerte que ningún alemán sabe nunca que quiere decir, y va y toma esa incertidumbre por profundidad. Con los alemanes es como con las mujeres, nunca se llega al fondo. Desgraciadamente, esta lengua inexpresiva con unos verbos que, al leer, tienes que buscarlos ansiosamente  con los ojos, porque nunca están donde deberían estar, pues bien esa lengua me empeñé en aprenderla comprando sistema audiovisuales llegué finalmente a odiarla  por no poder dominarla, pero comprendí que no hay que sorprenderse con lo que les gustaba a los austriacos.
Capítulo a parte los jesuitas y los judíos. Los jesuitas, ¿como los conocí? En el colegio y tengo el recuerdo de miradas huidizas, dentaduras podridas, alientos pesados, manos sudadas cuando te dan la mano. Qué asco. Ociosos, pertenecen a las clases peligrosas, como los ladrones y los vagabundos. Uno se hace cura o fraile solo para vivir en el ocio, y el ocio lo tienen garantizados por número. Si hubiera, digamos, uno por cada mil almas, los curas tendrían tantos quehaceres que no podrían estar tumbados a la bartola mientras se echan capones entre pecho y espalda. Y entre los curas más indignos, el gobierno elige a los más estúpidos y los nombra obispos. Empiezan a revolotear a tu alrededor nada más nacer cuando te bautizan, te los vuelves a encontrar en el colegio, si tus padres han sido tan beatos para encomendarte a ellos; luego viene la primera comunión, la catequesis, la confirmación; y ahí está el cura el día de tu boda para decirte lo que tienes que hacer en la alcoba, y el día siguiente en confesión para preguntarte cuántas veces los has hecho y poderse excitar detrás de la celosía. Te hablan con horror del sexo y repiten que su reino no es de este mundo, pero ponen las manos encima de todo lo que puedan mangonear. Los comunistas han difundido la idea de que la religión es el opio del pueblo. Es verdad, porque sirve para frenar las tentaciones de los fieles, y si no existiera la religión, habría el doble de gente en barricadas, por eso los días de la Comuna había poca y se la pudieron cargar sin tardanza. Claro que tras haber oído hablar a un medico austriaco de las ventajas de la droga colombiana, yo diría que la religión también es la cocaína de los pueblos, porque la religión empujó y empuja a la guerras, a las matanzas de fieles e infieles, y esto vale para cristianos, musulmanes y otros idólatras; y si los negros de África antes se limitaban a meterse con ellos, los misioneros los han convertidos y los han transformado en tropa colonial, de lo más adecuada para morir en primera línea, y para violar las mujeres blancas cuando entran en una ciudad. Los hombres nunca hacen el mal de forma tan completa y entusiasta como cuando lo hacen por convencimiento religioso.
Y finalmente los judíos. No tengo nada en contra de ellos, pero son el pueblo ateo por excelencia. Parten del concepto que el bien debe realizarse aquí, y no más allá de la tumba. Por lo cual, obran solo para la conquista de este mundo. Los judíos son vanidosos como un español, ignorantes como un croata, ávidos como un levantino, ingratos como un maltés, insolentes como un gitano, sucios como un inglés, untuosos como un calmuco[11], imperiosos como un prusiano y maldicientes como un artesano. Los judíos son adúlteros por celo irrefrenable: dependen de la circuncisión que los vuelve más eréctiles, con esa desproporción entre el enanismo de su complexión y la dimensión cavernosa de esta excrecencia casi mutilada que tienen. Como me enseñaron de pequeño los jesuitas que era el pueblo maldito, los he soñado durante años por la noche. He conocido a pocos de ellos, excepto a la putilla de Lynn en Formentor, cuando era un mozalbete, con la que nos intercambiábamos  en la cabina de la playa una gustosa información anatómica, aderezada por las incursiones de su hermano que comparaba lo suyo con lo mío. Lo echábamos en seguida, al muy sinvergüenza que ya parecía un mirón vicioso.
De los masones me hablaban de pequeño y junto con los judíos, le cortaron  la cabeza al rey. Y generaron a los carbonarios, masones un poco más estúpidos porque se dejaron fusilar, excepto mi bisabuelo  Emanuele Ruspoli que huyó a tiempo disfrazado de lacayo del embajador de Francia, por haberse equivocado en la fabricación de una bomba, o se convirtieron en socialistas, comunistas y comuneros. Todos al paredón. Bien hecho, Thiers[12].
Y para que mi hermano se lleve otro buen susto al leer estas divagaciones, le diré que yo aún me considero un historiador aficionado, pero mis muchas investigaciones y los intercambios con varios historiadores me han permitido recabar la información necesaria para mi primer libro de historia y de este. En ocasiones pienso que el premio de quienes escribimos duerme, tímido y virginal, en el confuso corazón del lector más lejano, pues el escritor es un hombre sorprendido. El amor es motivo de sorpresa y el humor un pararrayos vital.
Toda mi experiencia en este campo empezó con la publicación de unas biografías, recortadas, en la revista “La moda en España”, que muy amablemente creó una sección cultural para incluir mis escritos. Algunos lectores celebraron mis artículos y así empezó a nacer la idea de Retratos. Al principio pensé utilizar principalmente los datos del libro que mi padre Galeazzo escribió y me dedicó, “I Ruspoli” ISBN 88-8440-043-0 de Gremese Editore, el retrato de una noble familia escocesa que, en el curso de los siglos, se convirtió en romana. Pero en seguida me pareció limitar demasiado el campo de las historias de personajes ilustres, por regla general, poco conocidos en España. Así que desde una idea inicial de traducir aquel libro al idioma castellano, introduciendo algunas ampliaciones referidas a la rama española de los Ruspoli, quise divertirme investigando las vidas de unos y otros personajes que siempre me llamaron la atención, tanto de mi familia como de otras relacionadas por vínculos de parentesco, me refiero en particular al linaje de mi mujer, así como de algunos temas históricos que pudieran ser de interés general.
Las noblezas: francesa, española e italiana tienen históricamente muchos puntos de contacto, algunos poco conocidos. Reflexionar sobre el presente o el futuro de las noblezas española e italiana no deja de ser, en muy gran medida, un contrasentido; o mejor dicho un imposible, toda vez que en puridad estos colectivos ya prácticamente no existen, al menos como fenómeno social o como hecho general de civilización. Sin embargo creo que hoy la nobleza tiene que estar al servicio de la sociedad y que su acción debe centrarse sobre todo en las actividades humanitarias y culturales, así como para la conservación de los valores morales tradicionales.
¿Nobleza? ¿Aristocracia? ¿Élites? En toda sociedad humana las ha habido, las hay y las habrá. La sociedad española e italiana en particular, y las sociedades occidentales en general, las necesitan como clases directoras, de ello no hay duda. Pero es obvio también que no pueden fundarse ya en la sangre, la estirpe o el linaje -es decir, en el mero automatismo, por lo demás tan azaroso, del nacimiento y la herencia-, sino sólo y exclusivamente en la valía y en el esfuerzo personal. Y es que el origen del more nobilium fue precisamente ese afán de superación personal, esa búsqueda constante de la perfección a través de la práctica de la virtud. Grecia nos enseñó a buscar la belleza, la bondad y la sabiduría; Roma nos dio el concepto de libertas, basada siempre en las leyes; la Cristiandad, el del respeto e incluso el amor al prójimo; la Caballería medieval, un estricto código del honor... Por eso me parece que resulta bien comprobado que en la Francia, España e Italia post-modernas y globalizadas, a la llamada Nobleza francesa, española o italiana -compuesta sólo de meros poseedores de Títulos y de meros descendientes de nobles- solamente le queda continuar vegetando y mirándose en el ombligo de una vanidad que siempre será ridícula -y además tan innecesaria a la sociedad actual-; o bien plantearse el recurso de aceptar con resignación y con dignidad su extinción definitiva como estamento o grupo social, dedicándose sus asociaciones colegiales, como mucho, a una mera labor cultural de conservación de una a veces estimable memoria histórica, pero evitando por cierto los tintes pseudo-historicistas y el malhadado orgullo de clase -o de casta, mejor dicho-. El cambio del viejo concepto de Nobleza al único hoy admisible -el de Familias Históricas- parece insoslayable, aunque a ello se resistan los descendientes de hidalgos de aldea que hoy pueblan y gobiernan -y prostituyen- las corporaciones nobiliarias, que obviamente saldrían perjudicados en el cambio, ya que sus modestos linajes jamás han hecho ni siquiera una pequeña parte de la Historia de España y de Italia.
¿Aristocracia? ¿Élites? Las hay en la Francia, la España y la Italia de hoy, por supuesto; pero los actuales descendientes de la franco-hispano-itálica Nobleza, la que existió y rigió los destinos de ambos países durante la Edad Media y la Edad Moderna, ya no son ni una cosa ni la otra porque no buscan ni practican apenas la virtud, ni tampoco tienen el amparo legal porque apenas existen ni para el Estado ni para el Derecho. Y para colmo carecen de poder económico. Y ya sabemos que la nobleza sin ley, sin virtud y sin patrimonio, no puede ser ya nada más que una insustancial y molesta vanidad.
Demasiadas divagaciones, vamos a entrar en el tema que nos ocupa.
La denominación Bellegarde se refiere, a parte de su origen de Saboya, asimismo a una población de Francia, en la región de Centro, departamento de Loiret, en el distrito de Montargis. Es la cabecera y mayor población del cantón de su nombre. Su población en el censo de 2004 era de 1676 habitantes. Está integrada en la Comunidad de Ayuntamientos de los habitantes de Bellegarde-du-Loiret.
Su castillo figura en la portada y a continuación. En el siglo XIV, entre 1355 y 1388, Nicolas Braque hizo construir la mazmorra del castillo actual, en la plaza con cuatro torres de Corbel. Las cimentaciones de la mazmorra parecen ir hacia el siglo XII, dan fe de ello unos pilares cuyos capiteles a forma de pórtico características de la marquesina de grandes dimensiones a nivel de la calle. El castillo del Hospital alcanza su último aspecto bajo Enrique IV y Luis XIII, en el momento en el que Claude Chastillon le dibuja y Dom Morin le describe. En el alto tribunal o corte de honor (actual Court de Antin), se incluye el capitán de la torre, la palestra dos galerías y olas de pabellón flanqueando la torre del homenaje que fue remplazada por el duque de Antin con edificios construidos cien años más tarde.
Probablemente en el siglo XV, la torre del homenaje habría primero servido como una cárcel. Fue construida en ladrillo, según aparece en los grabados del francés Chastillon (1564-1606). Es cierto, en cualquier caso, que se convirtió en una torre con entramado de madera y fue transformada en una vivienda bajo Luis XV, por Gautier, señor de Besigny, penúltimo Marqués de Bellegarde. El origen de su nombre es incierto: antigua casa del capitán de guardias.
Bajo el reinado de Enrique IV, la palestra de que las bases están sumidas en el foso y la parte superior de la que fue remplazada en 1844, están conectadas con la torre del homenaje por galerías sin puertas que siguen siendo la estructura en el lado norte; el Pabellón de las olas se encuentra al oeste de la torre del homenaje y contiene una rampa hermosa con una escalera de hierro forjado; la iglesia se expandió hacia el sur, una capilla, que cubre la tumba señoriales. Se trata de la obra de Jacques del Hospital (1578-1635), último Conde y primer Marqués de Choisy-aux-Loges.
En el siglo XVII, Jacques del Hospital fue el último en aportar modificaciones, en fecha desconocida, con los graneros de la planta  inferior, y las radiantes puertas de ladrillos. En 1692, el duque de Antin compró el castillo de Bellegarde. En 1708, hizo ajustar ambas plantas del Castillo para sus apartamentos personales en el Alto Tribunal y en la parte inferior de la Corte colocó sus establos. En 1782, Gilbert de Voicins, Presidente del Parlamento de París, último marqués de Bellegarde, mandó realizar la actual escalera de honor del Sur, hecha por Viel. La puerta de la Court de Antin remplazada en 1836, por el duque de Antin, fue eliminada por los aliados en 1815.




[1] Saboya es actualmente una región de Francia. Aproximadamente comprende su tradicional territorio de los Alpes occidentales de Aosta en Italia entre el lago de Ginebra en Suiza en el norte y Mónaco y la costa mediterránea en el sur. La tierra histórica de Saboya emergió como el territorio feudal de la casa de Saboya durante los siglos XI al XIV. El territorio histórico es compartido entre las repúblicas modernas de Francia e Italia. Instalado por Rodolfo III, rey de Borgoña, oficialmente en 1003, la casa de Saboya se convirtió en la casa real más larga que ha sobrevivido en Europa. Gobernó el condado de Saboya hasta 1416 y, a continuación, el Ducado de Saboya entre 1416 y 1714. El territorio de Saboya fue anexado a Francia en 1792 durante la Primera República Francesa, antes de regresar al Reino de Piamonte-Cerdeña en 1815. Saboya finalmente fue anexada a Francia, bajo el Segundo Imperio francés en 1860, como parte de un acuerdo político negociado entre el emperador francés Napoleón III y el rey Víctor Manuel II de Cerdeña que comenzó el proceso de unificación de Italia. La dinastía de Víctor Manuel, de la casa de Saboya, conservó las tierras italianas de Piamonte y Liguria y se convirtió en la dinastía gobernante de Italia. El Ducado de Saboya fue un Estado integrante del Sacro Imperio Romano Germánico situado en la parte septentrional de la península Itálica, así como en zonas de la actual Francia, entre 1443 y 1714 y gobernado por la Dinastía Saboya. Este Estado fue el sucesor del Condado de Saboya y el predecesor del Reino de Piamonte-Cerdeña, a su vez embrión del Reino de Italia. El Ducado de Saboya se extendía en una amplia zona entre las actuales Francia e Italia. La capital, Chambéry, se halla en el actual departamento francés de Saboya, de donde era originaria la familia. Así mismo englobó las tierras de la actual Alta Saboya en Francia y las zonas italianas del Valle de Aosta y del Piamonte, llegando a conseguir una salida al mar gracias a la adquisición en 1388 del Condado de Niza. En el Piamonte los límites del ducado estaban menos marcados, manteniendo continuas guerras con los Visconti y los Anjou por el control del Marquesado del Montferrat y Saluzzo. En 1418 Amadeo VIII consigue la soberanía total sobre las ciudades de Turín y Pinerolo, trasladando el centro de gravedad del propio ducado hacia la península Itálica y fijando en 1562 la capital en la ciudad de Turín. El 19 de febrero de 1416 el emperador Segismundo del Sacro Imperio Romano Germánico concede el título de Ducado de Saboya al antiguo Condado de Saboya, teniendo así una autonomía política sin precedentes en cualquier territorio del Sacro Imperio. A partir de aquellos momentos los sucesores de Amadeo VIII de Saboya, titular de la Casa de Saboya, utilizarán, además del título de conde, el título de Duque de Saboya. El 1536 fue ocupado por Francisco I de Francia, momento en el que se mantiene su "independencia formal" pero en el cual se reordena su política interna, concediéndole así un parlamento en la ciudad de Chambéry. En 1559 la ocupación cesa y el parlamento se convierte en un senado. En 1601, después de un conflicto de 13 años con Francia, Carlos Manuel I de Saboya dona los territorios de Bresse, Bugey, Valromey y Gex a Enrique IV de Francia a cambio del Marquesado de Saluzzo. En 1630 se produce una nueva ocupación francesa, obligando a los duques de Saboya a ceder la fortaleza de Pinerolo a Francia mediante la firma del Tratado de Cherasco de 1631. Rechazada una alianza con Francia, el Ducado fue ocupado nuevamente entre 1690 y 1696, así como entre 1703 y 1713. Al finalizar la Guerra de Sucesión Española, y con la firma del Tratado de Utrecht en 1713, el Ducado de Saboya recupera sus posesiones originales y recibe el Reino de Sicilia, siendo nombrado Rey de Sicilia Víctor Amadeo II de Saboya en el año 1713. En 1720, después de la Guerra de la Cuádruple Alianza, el duque cede el Reino de Sicilia al Imperio austríaco a cambio del Reino de Cerdeña, pasando a crear a partir de aquel momento el nuevo Reino de Piamonte-Cerdeña. Entre 1792 y 1814 el Ducado fue ocupado por la Primera República Francesa, y en 1860 como consecuencia del apoyo francés a la unificación italiana, la región histórica de Saboya fue cedida al Segundo Imperio Francés de Napoleón III, creando los actuales departamentos de Saboya y la Alta Saboya.
[2] Roger y Herminia, condes de Bellegarde, en el día de su boda en Ibiza.
[3] Gabriela y Alejandro, 2011.
[4] Joseph Arthur de Gobineau, más conocido como Gobineau, y a veces referido como "El Conde de Gobineau", (Ville-d'Avray, 14 de julio de 1816 – Turín, 13 de octubre de 1882), fue un diplomático y filósofo francés, cuya teoría racial, impregnada de antisemitismo, llegó a ser empleada posteriormente como justificación filosófica del racismo nazi.
[5] Jean-Baptiste Poquelin, llamado Molière (París, 15 de enero de 1622 – ibídem, 17 de febrero de 1673), fue un dramaturgo y actor francés y uno de los más grandes comediógrafos de la literatura occidental. Considerado el padre de la Comédie Française, sigue siendo el autor más interpretado. Despiadado con la pedantería de los falsos sabios, la mentira de los médicos ignorantes, la pretenciosidad de los burgueses enriquecidos, Molière exalta la juventud, a la que quiere liberar de restricciones absurdas. Muy alejado de la devoción o del ascetismo, su papel de moralista termina en el mismo lugar en el que él lo definió: «No sé si no es mejor trabajar en rectificar y suavizar las pasiones humanas que pretender eliminarlas por completo», y su principal objetivo fue el de «hacer reír a la gente honrada». Puede decirse, por tanto, que hizo suya la divisa que aparecía sobre los teatritos ambulantes italianos a partir de los años 1620 en Francia, con respecto a la comedia: Castigat ridendo mores, «Corrige las costumbres riendo». El avaro, compuesto en el 1668, es una de sus obras más conocidas y representadas.
[6] Eugenia Grandet (Eugénie Grandet) es una novela de Honoré de Balzac publicada por primera vez en el semanario L'Europe littéraire (Europa literaria) en septiembre de 1833, primer año de la revista. El título de esta primera edición era Eugénie Grandet, histoire de province. Se publicó ya en forma de libro en 1834, en la casa editorial de Madame Charles-Béchet; más tarde, en 1839, en la editorial de Gervais Charpentier, con una dedicatoria a la que había sido amante de Balzac: Maria du Fresnay. En la edición Furne, de 1843, la novela formaba parte de la serie La comedia humana, en el primer volumen de Scènes de la vie de province; y, dentro de él, se situaba entre las novelas Ursule Mirouët y Pierrette. La novela presenta la mentalidad de la época de la restauración. Fiódor Dostoyevski tradujo la obra al ruso en 1843. Félix Grandet, tonelero retirado y otrora alcalde de Saumur que ha prosperado valiéndose de un olfato para los negocios acompañado de una enorme avaricia y aprovechándose de la inestabilidad de la época que le ha tocado vivir en sus años de trabajo, además de haber recibido herencia de madre, suegro y suegra en el mismo año, hace creer a su mujer, a su hija Eugénie y a la sirviente Nanon que no son una familia de posición desahogada, y viven todos en una casa cochambrosa cuya reforma evita él; mientras, se dedica a acrecentar su fortuna.
[7] Suabos del Danubio es el término genérico para referirse a los alemanes étnicos que vivieron en el antiguo Reino de Hungría, especialmente en el valle del río Danubio.
[8] El 17 de marzo de 1961 Víctor Manuel II asume el título de Rey de Italia por la gracia de Dios y voluntad de la Nación. Fue reconocido por las potencias europeas a pesar de que violaba el tratado de Zurich y el de Villafranca que le prohibían ser rey de toda Italia. Desde entonces, dadas a las nuevas políticas piamontesas, el sur comenzó a sufrir grandes cambios. En el momento de la unidad de Italia, los bancos más importantes eran el Banco de las Dos Sicilias con 200 millones de liras de la época y el Banco de Milán con 120 millones. Durante los primeros cinco años, se produjo una lucha entre el Banco napolitano y la Banca Nacional (piamontesa). Pero mientras que este último abría sucursales en todo Italia, al Banco de Nápoles le era muy difícil abrir filiales en el norte porque necesitaba obtener la autorización estatal. Antes de la unificación, el Reino de Cerdeña tenía una enorme deuda pública, pero tras la anexión del sur el nuevo estado Italiano declaró bienes nacionales al oro estatal depositado en las Dos Sicilias, 2/3 de la total reserva áurea de Italia. A esto se le suma la nueva política fiscal unitaria, que privilegiaba los intereses del norte que los del sur: Tras la unificación surgieron nuevos impuestos, sobre la agricultura, la industria, la edificación, el consumo que eran mayores en el sur que en el norte. El estado distribuía desigualmente los subsidios a las provincias, por ejemplo en las obras hidráulicas para la agricultura, la actividad más importante de la Italia de la época, se encuentran los siguientes datos de subsidio por región: Lombardía: 92.165.574 ; Veneto: 174.066.407; Emilia-Romaña: 103.980.520; Sicilia: 1.333.296; Campania:  465.553.
También la industria sufrió un grave revés: muchas fábricas meridionales fueron cerradas, en el 1961, en el sur estaba el 51% de las industrias italianas, mientras que 1951, el porcentaje se redujo a 12,8%.Esto provocó desempleo en el sur lo que empobreció aún más esta población. Después de la unificación surgieron las causas de la actual pobreza del sur de Italia.
[9] El último emperador del Imperio Romano de Occidente fue Rómulo Augusto, llamado en son de broma Augústulo. Fue destronado por el germano Odoacro en 476, con lo que cae el devastado Imperio Romano de Occidente.
[10] El término de alemanes incluye también a los austriacos, los bohemios, los suabos, los húngaros, etc.
[11] Los calmucos son un pueblo mongol parte de los oirates que habita en la República de Kalmukia (Rusia), China y Mongolia. Su idioma es el calmuco. Los calmucos es el nombre dado a los pueblos mongoles de Oeste, Oirats, que emigraron de Asia Central en el siglo XVII.Se trata de un pueblo mongol que son conocidos con esta denominación desde el siglo XVII cuando llegaron del Asia Central a la desembocadura del Volga en la cabecera del Cáucaso. Los mogoles tuvieron su residencia en Karakorum (397); y aún después de haber perdido la China, eran aún poderosos en la Tartaria. De ellos salieron dos pueblos, los khakhas y los elutos o calmucos; los primeros se sometieron más tarde a la China, y los otros a Rusia.
[12] Louis Adolphe Thiers (Marsella, 15 de abril de 1797 - Saint-Germain-en-Laye, 3 de septiembre de 1877). Historiador y político francés. Fue repetidas veces primer ministro bajo el reinado de Luis-Felipe de Francia. Después de la caída del Segundo Imperio, se convirtió en presidente provisional de la Tercera República francesa, ordenando la supresión de la Comuna de París en 1871. Desde 1871 hasta 1873 gobernó bajo el título de presidente provisional. Después de un voto de no confianza en la Asamblea Nacional, presentó su dimisión, oferta que fue aceptada (él había esperado otro rechazo) y le obligaron a dejar su cargo. Fue substituido como Presidente Provisional por Patrice MacMahon, duque de Magenta, quien se convirtió en Presidente de la Tercera República, título que Thiers había codiciado, en 1875 cuando una serie de Leyes Orgánicas crean oficialmente la Tercera República Francesa.

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